17. Whit #2
Cubre con la mano su obra maestra, preparado para la gran revelación. Me mira de un modo que solo puedo describir como impaciente.
Dejo la cuchara en la encimera y me acerco a él.
Me he encontrado con bastantes «pollas», «mierdas» e incluso con un «puta» en este frigorífico.
A estas alturas ya ignoro esas palabras a menos que vaya a venir alguien de visita.
No hay nada que Colt pueda haber formado con las letras que vaya a afectarme, por más inmaduro que sea.
Colt aparta un poco la mano y deja ver las palabras WHIT, QUÉ GUAPA.
—Ya, claro. ¿Qué dice el resto? —Alzo una ceja y le doy un toquecito con el dedo a su mano derecha, que sigue tapando parte del mensaje en el frigorífico de acero inoxidable. Comprendo bastante bien la mente de un preadolescente… Y, en realidad, la mente de un hombre adulto no es tan diferente.
Él esboza una media sonrisa y baja poco a poco el brazo: WHIT, QUÉ GUAPADA EL BAILE DEL BUZO.
Suelto un gemido.
—Ay, Dios. Me lo vas a recordar de por vida, ¿verdad? Eres horrible.
—Sí, eso me han dicho. —Ensancha la sonrisa aún más—. Vale, vale, hoy me portaré bien, que bastante tienes ya encima.
Quita todas las letras hasta dejar solo WHIT, QUÉ GUAPA. Estira la espalda y suelta un resoplido forzado por la nariz. Esto casi parece una confesión. Me confirma lo que ya creo que sé a juzgar por el modo en que me mira y la atracción que siento cuando lo tengo cerca.
—No estoy segura de que sea muy cierto, sobre todo ahora mismo… —Me miro el chándal y la camiseta demasiado holgada—, pero gracias.
—Lo es. —Su nuez sube y baja al tragar, y juraría que lo oigo murmurar con un hilo de voz—: Qué guapa, joder.
Sus palabras me rompen por dentro. Me balanceo sobre los talones y me agarro a la encimera para estabilizarme.
Por suerte, la sopa ya está empezando a hervir, así que tengo algo con lo que distraer las manos y la mente; y en un momento, también la boca.
Lo cual está bien, porque de lo contrario podría acabar besándolo.
Llenamos sendos cuencos con la famosa sopa de su madre y nos acomodamos en ambos extremos del sofá. Conteniendo el aliento, Colt espera mi reacción, teléfono en mano, para poder contarle a su madre qué me parece. Y eso, claro, no añade ningún tipo de presión a toda esta situación.
En cuanto la cuchara de metal caliente toca mi lengua, deposita sobre ella tantos sabores que ni siquiera los identifico.
Ahí entiendo cómo es que esta sopa consiguió que el padre de Colt se enamorase.
Trago poco a poco. Me ha bastado una cucharada para querer desesperadamente acabarme todo el cuenco hasta la última gota.
—Dios mío. —Me acomodo aún más en el sofá y estiro las piernas en el asiento central, carente de cojín—. Dile a tu madre que yo también quiero casarme con ella.
Colt se lleva una cucharada a la boca. Ya ha dado buena cuenta de la mitad de su cuenco. Empieza a teclear en el teléfono.
—Le acabo de decir que entiendes esta sopa como su propuesta oficial de matrimonio, pero me ha pedido que te informe de que ni está soltera ni le gustan las mujeres.
—Maldita sea. —De algún modo, la segunda cucharada me sabe aún mejor que la primera—. Toda una lástima. Podría acostumbrarme a comer esto al menos una vez a la semana durante el resto de mi vida.
Colt apoya su cuenco ya vacío en la mesita del salón. Al reclinarse en el sitio, su mano cae de forma natural sobre mi pie. Creo que estoy delirando a causa de la falta de sueño, porque ni siquiera intento apartarlo.
—Pues tienes suerte —dice él—. Puedes considerarme tu camello oficial de sopa. También puedo proporcionarte pan de masa madre, pechuga de pollo y tarta de manzana.
—Me lo quedo todo, gracias. Mi madre era profesora y solía organizar un concurso de tartas de manzana para recaudar fondos para el colegio. Muchísimos alumnos y padres se pasaban todo un fin de semana preparando una cantidad demencial de tartas.
Pierdo a mi madre una y otra vez, día tras día. Pierdo un poco de ella cuando menos me lo espero; por ejemplo, ahora, al comprender de repente que este otoño ya no habrá tarta de manzana. Estoy pasando un duelo constante y perpetuo por una persona que sigue viva.
Colt aprieta el pulgar con firmeza y ternura contra mi talón.
—A estas alturas deberías estar ya harta de tartas de manzana.
—Bueno, pasé una época en la que las odiaba, cuando me uní al equipo encargado de pelar cientos de manzanas. —El recuerdo me aletea en el pecho. Si hay algo bueno del diagnóstico de mi madre es que ahora aprecio estos escasos recuerdos. Algún día desaparecerán—. Pero ahora… es un recuerdo bonito.
Colt asiente con aire cómplice y se acaricia la corta barba con la palma de la mano.
—Por cierto, siento mucho lo de tu madre.
—Gracias —susurro—. Es… duro.
Puede que mi madre y yo no tengamos una relación muy estrecha.
Cuando yo era adolescente, chocábamos muchísimo, y ahora, de adulta, no siempre me ha gustado que me dé su opinión no solicitada sobre todas mis decisiones.
También puede que me sintiera algo celosa por lo mucho que amaba a mi hermana mayor.
Y, sin embargo, perderla resulta igual de difícil.
Así pues, me guardo mis sentimientos y los aparto para aprovechar la mayor parte del tiempo que nos queda.
Los tengo siempre presentes cuando tomo cualquier decisión sobre Jonas, porque no quiero que sienta jamás que no lo quieren, que no es digno o que cuando está conmigo no puede expresar cómo se siente.
Admito que nada de ello me está saliendo bien.
—Me lo imagino. O sea, en realidad no me imagino lo que se siente al perder así a una madre —dice Colt.
Estira las piernas sobre el sofá y me levanta los pies para apoyárselos en el regazo.
El masaje que me da no esconde falsas intenciones ni resulta seductor.
No es más que una conexión; el tipo de conexión que al parecer llevo muchísimo tiempo sin experimentar, porque la caricia de sus manos en mi piel me quita al instante toda la tensión de los músculos.
Aparte del choque de la cuchara de metal contra la cerámica, se hace el silencio en el salón mientras doy cuenta de mi sopa. Si Colt no me clavase la mirada, podría hasta lamer el cuenco.
—Bueno, ¿y cómo es que no estás en el rancho? —Veo un trozo de piel entre el dobladillo del pantalón y la parte superior de su calcetín y le toco el tobillo con la mano. Siento el vello suave contra la palma; su piel está sorprendentemente caliente.
—Es que… empecé a trabajar a las tres de la mañana.
—Se acomoda bajo mi contacto; casi parece tan relajado como me siento yo—.
He salido antes porque el tractor se rompió, cosa que me parece estupenda.
Soy ranchero, así que tengo que hacer lo que me diga Austin, pero la verdad es que odio pasarme todo el condenado día subido a ese cacharro.
—¿Y qué es lo que te gusta hacer?
—Me gusta trabajar a caballo. Me gusta pasar los días con Betty… y con Jonas. Al raso, cuidando del ganado o recorriendo el perímetro del rancho.
—Sigo sin poder creerme que hayas conseguido que Jonas monte a caballo…
o que trabaje de verdad en el rancho, así en general.
—Abarco la estancia con un gesto—. A mí me cuesta que me ayude con las tareas más básicas de casa.
Cuando regrese al colegio dentro de unas semanas, se va a encontrar perdido del todo.