17. Whit
Whit
Jonas está enfermo,
hoy no va a ir al rancho.
Colt
Mierda, pobrecillo.
Necesitáis algo?
No me vendrían mal unas vacaciones tropicales, ya que lo preguntas.
Colt
Yo estaba más bien pensando en medicinas o sopa.
Creo que lo único que nos hace falta es una buena siesta.
Han pasado tres horas desde la última vez que Jonas vomitó, una victoria que nos hacía falta a los dos después de la horrible noche que hemos pasado.
Resulta que hasta los niños más duros necesitan a su mamá cuando les duele la barriga a la una de la mañana.
Y de un modo codicioso y egoísta, me alegré de que me preguntara si podía dormir en mi cama.
Me tumbé a su lado y vi cómo se le iban cerrando los ojos, acariciándole el cabello.
Luego me dormí durante los cuarenta y cinco minutos más pacíficos de todo este último año.
Pero después se desató la tormenta: me pasé los siguientes cuarenta y cinco minutos acariciándole la espalda mientras él vomitaba toda la cena.
Otros veinte minutos quitando las sábanas manchadas y echándolo todo a la lavadora, para luego poner ropa de cama limpia.
Armada con un cubo para recoger el vómito y un paño frío, agarré a Jonas de los hombros y lo llevé a mi cama.
Después de manchar accidentalmente las sábanas de recambio, nos mudamos a su habitación, donde me pasé el resto de la noche medio dormida y medio despierta en el suelo.
Agarro el Kindle y una humeante taza de café y me derrumbo en el sofá, donde me cubro con una manta mullida. La luz del sol, que pasa entre las ramas del gigantesco roble de mi vecino, bailotea por el suelo entre rayos desparramados. El primer sorbo de este café solo me sabe a absoluto lujo.
A una hora aceptable, he cancelado mis reuniones de hoy y le he dicho a mi jefa que me tomo el día libre.
Aunque técnicamente me encuentro bien, los ojos no dejan de lagrimearme de agotamiento, y apenas consigo concentrarme lo suficiente como para leer las guarrerías que pasan en esta novela romántica.
No estoy en condiciones de entrevistar a posibles candidatos a ningún puesto.
Arrastro mi cuerpo agotado del sofá a la cocina para echarme otra taza de café, pero me desvío escaleras arriba para ver cómo está Jonas.
Un hedor nauseabundo emana de la puerta entreabierta de su cuarto.
Por puro reflejo arrugo el rostro al olerlo.
Toda la planta de arriba va a necesitar un limpiado a fondo en cuanto mi hijo se sienta mejor.
De momento, está hecho una bolita en mitad de su cama, tapado hasta la barbilla con las mantas.
Después de comprobar que respira y que no tiene fiebre, cierro con cuidado la puerta y me ocupo de la colada.
Aprovecho el ruido de la secadora y me dejo caer en el suelo a contemplar la ranita del alféizar.
Mi memoria muscular toma las riendas en medio de esta niebla mental que siento.
Y de pronto me doy cuenta de que hacía ya semanas que no me derrumbaba entre las baldosas del lavadero.
Por supuesto, eso no significa que no haya hecho la colada; a fin de cuentas, tengo un niño de diez años que lleva todo el verano trabajando en un rancho.
Tampoco significa que no haya llorado. Sin embargo, la última vez que lloré, Colt me estrechó entre sus musculosos brazos y me calmó con el repiqueteo de su pecho.
Oigo unos golpes. Frunzo el ceño, me pongo en pie y me limpio las manos en el chándal. Adoro la secadora porque ahoga el sonido de mi llanto pero funciona bien. Si deja de tirar, me veré obligada a pedirle a mi padre que la arregle.
Apago la máquina, pero se siguen oyendo los golpecitos amortiguados. Al salir al pasillo me doy cuenta de que el sonido viene de la puerta principal. No pueden ser ni mi hermana ni mi padre, porque los dos tienen llave y entrarían sin dudarlo.
Voy a mi despacho y cruzo la alfombra medio agachada, no vaya a ser que a quien esté ahí fuera se le ocurra mirar por la ventana. En cuanto me asomo, reconozco de inmediato la camioneta aparcada enfrente.
Por supuesto, Colt ha venido a ser testigo de otro momento horrible de mi vida.
Contemplo mi reflejo en la superficie negra del monitor. Cierro los ojos con fuerza y dejo escapar un gemido. Cierto es que no estoy enferma, pero nadie lo diría al verme.
Debería darme igual tener este aspecto; bien sabe Dios que no me importaría si fuese Blair quien llegase con suministros para pasar este trago.
Y, sin embargo, me descubro peinándome con los dedos por puro reflejo.
Aún agachada, alargo la mano hacia el escritorio.
Por suerte tengo varios enseres guardados ahí para ponerme presentable al momento antes de alguna videollamada inesperada.
Un coletero para recogerme el cabello en un moño desastrado y un toque de lápiz de labios, que también me hace las veces de colorete.
Nada de ello sirve para ocultar mis ojeras, pero al menos tengo menos aspecto de trol.
Luego, bajo las escaleras antes de que sus golpecitos de pájaro carpintero acaben por hacer un agujero en la puerta.
Abro de golpe y me lo encuentro con el brazo alzado, listo para seguir dando golpecitos. Sujeta con el otro brazo una bolsa de papel.
—Hey, mami.
Dos sencillas palabras que me provocan un caleidoscopio de mariposas en el pecho.
Siempre sé cuál va a ser mi reacción, pero eso solo sirve para que sus saludos resulten más eficaces.
La anticipación casi me mata a medio segundo de verle la cara y oír su voz.
Cualquier día de estos se me va a notar lo mucho que me afecta esa sencilla frase, que se queda rebotando por mi cerebro durante horas.
Betty cruza la puerta antes que Colt. Se detiene, me husmea y acepta unas palmaditas en la cabeza, para luego ponerse a buscar a la persona a quien realmente ha venido a ver.
—¿Qué tal el crío? —pregunta Colt con un susurro, y me tiende un vaso de cartón lleno de café.
—No quisiera yo sonar dramática, pero me estás salvando la vida con este café.
—Doy un lento sorbo y dejo que mi cuerpo se deleite con este diminuto placer en una mañana que ha sido una buena mierda.
Lo recorro con la mirada. De algún modo, está más bronceado de lo que estaba en el río la semana pasada.
Además, parece no haberse afeitado desde entonces.
Siento un hormigueo preliminar en los dedos al pensar en acariciarle esa raspa de vello facial—.
Jonas está durmiendo ahora mismo. A ver si puede mantener la comida en el estómago cuando se despierte.
Colt entra en mi casa como si viviera aquí y deposita la bolsa de papel en la encimera.
—Te he traído un par de cosas.
—Ah, ¿sí? —Me empiezan a lagrimear los ojos, hinchados por la falta de sueño—. ¿Por qué te has molestado?
Él esboza una media sonrisa.
—Porque estás cuidando tú sola de un chaval enfermo. Y supongo que nadie está cuidando de ti.
Niego con la cabeza, fingiendo despreocupación.
—Es que yo no estoy enferma.
—No es ese el único motivo por el que alguien podría querer cuidar de ti.
Siento una presión en el pecho, como si me apretasen con fuerza las cuerdas de un corsé.
Soy consciente de cada una de mis inspiraciones poco efectivas y latidos desacompasados.
Puede que sí que necesite ayuda, porque estoy a punto de tener un infarto.
Sin embargo, cuando se me pasan los calambres y veo que Colt sigue ahí, lo que me queda es una calidez que me recorre todo el cuerpo y la sensación de que quizá este tipo me entiende mejor de lo que yo había pensado.
—De todos modos, la ocasión es perfecta.
Anoche estuve en casa de mi madre y preparó una olla gigante de sopa de boda italiana.
Cualquiera diría que ha tenido diez hijos, a juzgar por la cantidad de comida que suele hacer.
—Y, claro, saca dos táperes enormes. Lo suficiente como para que Jonas y yo comamos durante al menos cuatro noches—.
Me dio los restos para los tíos de los barracones, pero he decidido que a vosotros os hace más falta.
Bien podría echarme a llorar ahora mismo.
Pero no puedo: ya he llorado antes en sus brazos y la mera idea de volver a hacerlo me da vergüenza. Además, tengo un aspecto —y diría que un olor— horrible. Estoy segura de que no piensa acercarse ni a metro y medio de mí, y quién podría culparlo.
Colt mete la mano en la bolsa y saca una pequeña botella de ginger-ale marca Canada Dry.
No hacen falta más explicaciones. También saca una bolsita de gominolas ácidas y una diminuta sombrilla verde como las que ponen los restaurantes en los cócteles de fruta.
Yo lo miro, con la cabeza ladeada, y él abre con cuidado la sombrilla e introduce la punta en el hueco de mi vaso de café para llevar.
—Es lo más parecido que he encontrado a unas vacaciones tropicales con tan poco tiempo.
Me echo a reír. Es una risa cansada y poco entusiasta, por más que yo no quiera que suene así.
—Gracias por todo esto. Es… De verdad que no hacía falta que lo hicieras.
«Pero me encanta que lo hayas hecho».
—Ya, bueno… Si no os hubiera traído sopa, mi madre se revolvería en su tumba… Aunque está viva, así que no sé por qué he dicho eso. Pero haría el equivalente de los vivos a revolverse en su tumba.
Cojo uno de los táperes e intento ver su contenido por el plástico opaco.
—Apuesto a que está buenísima.
—Mi padre dice que se llama sopa de boda italiana porque es el único motivo por el que se casó con mi madre.
—Te lo compro. Tomaremos sopa para desayunar, pues.
No tardo en ponerme a calentar ciegamente una olla llena de sopa en el fogón, mientras Colt toquetea las coloridas letras magnéticas de mi frigorífico.
Últimamente, Jonas solo juega con ellas para formar palabrotas, pero no me animo a tirarlas a la basura porque me acuerdo de cuando me sentaba delante de este frigo y le enseñaba a deletrear nuestros nombres con esas mismas letras hace tantos años.
—Más vale que dejes este mensaje toda la vida en el frigorífico.