16. Colt
Colt
E l calor de agosto me rodea, me hace sudar, mientras permanezco despatarrado en la cama tras despertarme de la siesta.
Ya me gustaría tomarme un sedante para caer redondo de nuevo, porque el sueño que he tenido con Whit estaba a punto de ponerse realmente bien.
Ha pasado una semana entera desde la última vez que nos vimos, y no soy capaz de dormir, ducharme o tumbarme en la cama sin pensar en ella.
Mientras dormía me ha llegado un mensaje que dice que Cecily, la esposa de Austin, ha hecho sangría y que todo el mundo se va a nadar.
Y, dado que no tengo ningún sedante que me devuelva a mis sueños protagonizados por Whit, pasar la tarde en el río suena bastante mejor que quedarme en los barracones sudando la gota gorda.
Aparte de echar de menos a Whit, tampoco he visto apenas a Jonas últimamente, porque ayuda a las mujeres de la cocina después de acabar sus tareas de siempre.
El esfuerzo de recoger el heno y este agónico bochorno han llevado a Austin a pedirnos que trabajemos a horas indecentes.
Me cuesta mucho conciliar el sueño durante las horas de más calor para luego pasarme la noche trabajando mientras engullo latas de Red Bull y canto música country para mantenerme despierto. Esto está siendo un coñazo.
Con lágrimas en los ojos de tanto bostezar, avanzo dando tumbos por la espesura del serpenteante camino que lleva hasta la orilla del río, contando los segundos hasta que pueda tirarme de cabeza al agua helada.
Casi todo el Rancho Wells ha venido a bañarse esta tarde.
Hay todo tipo de pertenencias desparramadas entre los árboles.
Incluso a la sombra, junto al agua, hace un calor de la hostia.
Me quito las sandalias y las dejo junto con la camiseta al lado de donde Kate —la esposa de Jackson— y Cecily están jugando a apilar piedras con los hijos de Kate. O más bien estaban, porque el juego acaba en cuanto Betty corre hacia Odessa y desparrama todo el montículo de un golpe de cola.
—¡Betty, no seas gilipollas! —grito con una carcajada.
—¡Has dicho una palabrota! —me grita a su vez Odessa sin perder comba.
—Betty es mi contable. Ella se encarga de poner dinero en el tarrito de las palabrotas.
Río abajo, algunos de los rancheros están afianzando una cuerda para usarla de liana y tirarse con ella al río, aunque parece a punto de soltarse. La cuerda está bastante desgastada y la rama no es lo bastante gruesa. Sin embargo, no seré yo quien se niegue a saltar al río con una buena liana.
Casi sin detenerme, agarro una lata de cerveza de la enorme nevera azul que trajimos aquí hace unas semanas. Algún duende de la cerveza no deja de abastecerla, así que yo no dejo de gastarla.
Doy un trago. Está muy fresca.
—Maldita sea, tíos, ¿a quién tenemos aquí? —Me detengo detrás de Red y veo que Denny da un buen tirón a la cuerda para comprobar si la rama aguanta.
—Denny tiene hoy ganas de romperse el cuello —dice Red, dando una patadita a un guijarro con el pie descalzo.
—Siempre que la sueltes a la altura del agua, no te pasará nada. Ahí abajo hay bastante profundidad. Hay agua de sobra.
Denny se encarama aún más alto en la cuerda, que aguanta. Nos lanza a los demás una mirada arrogante.
Jackson niega con la cabeza.
—Se está buscando otro motivo para pasar por la clínica.
—Ahora hacemos visitas médicas a domicilio, querido mío. —Hace como que le dispara a su hermano con el dedo índice para luego subirse a un peñasco con la cuerda bien sujeta.
Se planta sobre nosotros y contempla el agua al tiempo que pasa las manos por la cuerda deshilachada.
Denny suelta un chillido y se balancea hasta zambullirse en el agua helada.
Ni siquiera ha sacado todavía la cabeza, pero yo apuro el resto de la birra y me apresuro a agarrar la cuerda, que oscila de un lado a otro sobre la orilla.
Me arden los pies descalzos sobre el suelo caliente. Me dirijo cojeando hacia lo alto del mismo peñasco desde el que se ha tirado Denny. Parece una buena caída, pero él ha sobrevivido, así que debe de ser seguro.
—¿Queréis ver cómo lo hace un profesional? —grito.
No creo que me hayan oído, porque no responde nadie.
Igualmente, me tiro. Subo las manos todo lo que puedo, agarrando la cuerda, y salto del liso peñasco para salir volando por los aires en una imitación de George de la Jungla.
Tengo que recordarme que debo soltar la cuerda antes de que el impulso me haga retroceder y acabe estrellándome contra el lateral del peñasco.
El agua me cala hasta los huesos al instante. Se lleva el sudor salado de mi piel y calma los dolores de mis músculos tras tantos días trabajando con el tractor. Salgo a la superficie e inspiro una larga bocanada de aire.
Por desgracia, pocos minutos después de salir del agua y tumbarme en la superficie rocosa, ya estoy seco y muerto de calor de nuevo.
Atraigo la atención de Denny con un gesto para que volvamos a tirarnos.
No tiene gracia que sea yo el único que se tire de la liana mientras todos los demás siguen por aquí sentados bebiendo cerveza.
—Apuesto a que no eres capaz de dar una voltereta en el aire.
Conozco bien la kriptonita de Denny. No puede resistirse a un desafío.
—Y una mierda que no puedo. Espero que estés preparado para perder la apuesta. —Denny ya se acerca al lugar donde cuelga la liana de la rama del enorme pino. Al ver que los demás rancheros lo están mirando, dice—: Hagamos un concurso de volteretas en el aire. ¿Quién se apunta?
—¿Hay algún premio? —pregunta Red.
—Pues… —Denny pasea la vista por la orilla—. Quien gane se queda con el resto de la cerveza de la nevera. Y quien pierda tiene que…
—¡Dejarse bigote! —grita Kate haciendo bocina con las manos desde la silla plegable donde descansa río arriba. Le da un empujoncito a su marido para que participe. Este accede a regañadientes.
—Ni de coña, no pienso dejarme bigote. —Red se acaricia la barbilla recién afeitada—. A mí el puto vello facial me sale casi de color naranja. No me hace falta que mi novia me vea más feo de lo que ya me ve.
Le enseño el pulgar hacia abajo y lo abucheo.
—Solo tendrás que dejártelo unos cuantos días.
Cinco minutos después ya hemos decidido las reglas. Red accede a participar; las mujeres harán de jurado. Denny empieza.
Y, vaya por Dios, es capaz de hacer la voltereta en el aire.
Las mujeres y los niños lanzan vítores. Quién sabe cómo deciden puntuar. Sea como sea, todos alzan nueve dedos.
Jackson hace algún tipo de pirueta en el aire que le asegura dieces directos por parte de los niños, pero apenas dos dedos de su esposa.
Sale del agua, sujeta a Kate y se la echa por encima del hombro al tiempo que ella suelta una risa histérica.
Se tira al agua con ella, pero Kate saca la cabeza entre risas y se pone a echarle agua en la cara.
Atraído por el alboroto en el agua, mi cerebro apenas capta tres siluetas que salen de entre la línea de árboles en lo alto de la ladera que da a la orilla. Betty ladra, y yo me giro para reñirle cuando pierdo de golpe la capacidad de hablar y de pensar.
Blair. Jonas. Whit.
Trago saliva con fuerza y tanteo a ciegas en busca de mi lata de cerveza; cualquier cosa con tal de calmar los nervios y frenar este súbito ascenso de temperatura corporal. Centro la vista en un puñado de rocas apiladas que lame ahora mismo la pequeña corriente de agua.
«Vaya. Unas rocas geniales. Qué textura tan guay. ¿Es cuarzo?».
Como un tonto, miro de reojo en su dirección y veo que se está sacando el vestido por la cabeza.
«Joder, se está quitando la ropa».
«Y, por cierto, ¿cómo se erosionan tanto las rocas?».
La saliva se me acumula en la garganta más rápido de lo que puedo tragar.
Lo cierto es que siento unos celos locos porque Rob puede estar ahí sentado clavándole despreocupadamente la vista a mi chica .
Y, sin embargo, si yo me atrevo a reconocer siquiera su presencia, estoy seguro de que todos me darán la del pulpo al instante.
«Quizá pueda echarle una mirada… si lo hago así como si nada».
Finjo que no encuentro a mi perra y paseo la vista muy despacio por la orilla, tomándome mi tiempo para asegurarme de que no se ha escapado.
«Joder».
Lleva un bañador de cuerpo entero de color negro con un escote peligrosamente bajo.
«Vale, ya he visto a Betty». Asiento levemente para mí mismo, como para decir que ya he encontrado lo que estaba buscando, y luego me permito seguir paseando la vista por entre la multitud, deteniéndome un poco en Whit.
En sus largas piernas de color crema, en la curva de sus caderas, en el brillo que cubre sus pechos, en el modo en que inclina la cara hacia el sol.
Me quedo tan embobado que casi no oigo a Red, que me llama porque me toca saltar. Tengo la mirada turbia. Me limpio el sudor de la frente con el dorso de la mano mientras avanzo a trompicones hacia él.
Coloco las manos en la cuerda justo por encima de un nudo que Denny ha hecho para tener mejor agarre y me lanzo.
Cuando tengo una visión clara del cielo azul entre el dosel de árboles, comprendo que estoy encima del río.
Sin miedo, suelto la cuerda y caigo libremente durante medio segundo.
Mi estómago y mi corazón parecen intercambiar posiciones cuando doy una voltereta hacia atrás.
Splash .
Aterrizo de espaldas en el agua prácticamente helada.
Me quedo sin aire en los pulmones con una rápida y dolorosa implosión que sé que me dolerá durante días.
Al instante me pica la piel a causa del impacto.
Tengo que esforzarme por enderezarme dentro del río, por ubicar la superficie.
Luego me quedo hundido en el agua, contemplando los rayos de sol que bailan por la superficie, hasta que mi cuerpo lucha instintivamente por salvarse.
Aunque preferiría ahogarme a enfrentarme a Whit, que desde luego no va a tener el menor interés en salir conmigo después de este ridículo.
—Me cago en la leche, tío —me dice Denny en cuanto asomo la cabeza del agua—. ¿Estás bien?
—Qué daño, joder. —Me paso con cuidado la punta de los dedos por la parte baja de la espalda, donde más me ha dolido.
Todo el mundo se encoge de preocupación por mí. Este dolor abrasador bajo la piel parece empeorar una vez que saco el culo del agua. Me niego a hacer contacto ocular con Whit, aunque Jonas está armando un escándalo a su lado.
El jurado me da tres puntos. Incluso eso me parece que ha sido por pena.
—Cero de cada diez traumatólogos recomiendan hacer lo que acabo de hacer —digo al tiempo que tomo asiento en una roca lentamente, sin dejar de temblar.
Mis extremidades funcionan, así que no me debo de haber hecho demasiado daño. Donde más me duele es en el orgullo.
Ah, se me olvidaba. Parece que voy a tener que dejarme crecer un maldito bigote. Voy a parecer una versión joven de mi padre.
—¿Sabes qué, tío? —Denny me da una palmada en el hombro y me tiende una cerveza—. Creo que me voy a dejar bigote yo también contigo, ¿por qué no? La última vez que Blair y yo tuvimos una cita apenas me salía un poco de pelusa en la barbilla. A lo mejor le gusta.
¿Quedaría raro si digo que ojalá sea así, porque quizá eso implicaría que a su hermana también le gusta?
Me parece que así no funciona esta mierda.
A las hermanas no tienen por qué resultarles atractivas las mismas cosas, ¿verdad?
Me mordisqueo el interior del carrillo y reflexiono sobre ello.
A ver, la novia de mi hermano me parece guapa.
Sí, es una cantante country famosa, así que imagino que la mayor parte de los varones de la especie la encuentran atractiva.
—Supongo que en el próximo rodeo todas querrán cabalgar sobre mi bigote. —Me paso un dedo por el labio superior, ahora mismo liso.
Los ojos de Denny se desorbitan de pronto y chasquea los dedos.
—Tenemos que comprarte una camiseta que diga justo eso: «Cabalga sobre mi bigote». Ya sé a quién se la puedes enseñar.
«Un momento. ¿Acaso sabe…?».
Lo miro de arriba abajo en busca de algo que me confirme que está al tanto de que me gusta la hermana de su novia. Por suerte, no veo nada que me lo indique.
Me he andado con mucho ojo para que nadie del rancho sepa que he pasado algo de tiempo con ella.
Oí todos los chismorreos en los barracones cuando Red se pegaba trayectos de media hora hasta Wells Canyon todos los días para estar con su chica…
, y eso que por aquel entonces estaba embarazada.
Denny tuvo más cuidado: solía decir que la herida del hombro estaba empeorando y que tenía que pasar por la clínica.
Aunque tampoco sirvió de mucho, porque todo el mundo se dio cuenta de cómo se la comía con la mirada a diario en el rancho.
Nop. Lo que yo he hecho es intentar que todos piensen que estoy yendo más a menudo a ver a mi madre.
Que comenten que soy un niño de mamá… Lo cual, siendo sinceros, es justo lo que soy.
También intento mantener al mínimo las miraditas que le echo a Whit, cuyo cuerpo goteante y húmedo sale ahora mismo del agua y me lo pone enormemente difícil.
Aun así, sigo pensando en ella a todas horas. Tanto que deben de pitarle los oídos.
A última hora de la tarde, Whit le da uso por fin a mi número de teléfono.
Futura esposa
¿Qué tal la espalda después de habértela
pegado hoy?
Pues creo que en realidad me he arreglado un par de contracturas que ya tenía.
Donde estoy más herido es en el orgullo.
Futura esposa
Vaya aterrizaje con estilo.
Ya has visto que las volteretas se me dan de miedo.
Por cierto, ¿te gustan los bigotes?
Futura esposa
¿Tipo Burt Reynolds o tipo Michael Cera?
¿Me darás una respuesta u otra dependiendo de a quién diga?
Futura esposa
¿Burt Reynolds en esa foto antigua en la alfombra?
No hay más preguntas, señoría.
¿El vello púbico que le sale encima del labio a Michael Cera? Arroba polichía.
Contemplo el techo de mi dormitorio, aterrado, con los ojos desorbitados.
No hay manera de convertir a Colt Campbell en Burt Reynolds, a menos que me vaya a Turquía a ponerme pelo en todo el cuerpo y me empadrone en un gimnasio.
Aunque no soy religioso, me voy a pasar los próximos días rezando para que no me salga un bigote que le recuerde a Whit a vello púbico.