Soltar las riendas (El rancho Wells 4) 15. Colt
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15. Colt

Colt

U na vez que se ha puesto el sol, el aire se enfría con rapidez, dada la elevada ubicación del rancho. Sigue haciendo calor, pero los barracones ya no parecen una sauna.

Abro la ventana de mi dormitorio, en calzoncillos, para que la brisa nocturna me recorra la piel y el sonido de los grillos reverbere por este cuarto sencillo de color beis.

Tenemos suerte: este edificio era antes la casa de la familia, y los Wells no se molestaron en echar abajo las paredes para crear un enorme espacio abierto.

Según me han contado otros rancheros, muchos lugares ofrecen a su personal alojamientos que parecen más bien el albergue de un campamento de verano.

Pero aquí no. Algunos de los trabajadores nuevos comparten habitación, pero a quienes llevamos suficiente tiempo trabajando se nos asigna una individual.

Cuando empecé a trabajar en el rancho, mi hermano entró conmigo, así que pasamos de compartir habitación en casa de nuestros padres a compartirla aquí.

Para ser sincero, no sé si me habría quedado tanto tiempo de haber tenido que meterme en un dormitorio compartido con los otros rancheros.

El teléfono da tres tonos de llamada y mi madre responde. De fondo se oye una película que parece una de esas comedias románticas para tías.

—Hola, mamá. Perdona, no quería molestarte.

—Hola, cariño. No es molestia ninguna. —Pone la película en pausa—. ¿Cómo estás? ¿Qué tal tu día?

—Austin me ha tenido trabajando trece horas seguidas en el tractor, así que tengo la espalda…

Ella me interrumpe:

—Ponte un poco del bálsamo que te di.

—Lo he hecho.

«Lo he intentado, al menos». No me llegan los brazos. Pero lo que sí he hecho es poner el bálsamo en un trapo y liarlo en un cepillo que uno de los rancheros se ha dejado en el baño común. Con eso he llegado a casi todas las partes que más me duelen.

—Bueno, aparte de eso, todo bien. Me voy a la cama. Toca recoger heno mañana a las cuatro de la madrugada.

—¿Y qué haces todavía despierto? La falta de sueño tiene el mismo efecto que una borrachera. Vete a la cama.

—Voy, voy. —Pongo los ojos en blanco a pesar de saber que no puede ver mi reacción—. ¿No quieres saber por qué te he llamado?

—Ah, sí, claro.

—¿Te acuerdas de que hace unas semanas te dije que serías la primera en enterarte si conocía a alguien?

El antiguo sillón tapizado de flores en el que se sienta mi madre —sé que está sentada en él porque ha sido su sillón favorito desde que lo compramos en un rastrillo hace unos pocos años— suelta un chirrido cuando ella cambia de postura.

Probablemente se ha enderezado un poco para prestar toda su atención a lo que le estoy diciendo.

Espero una fracción de segundo antes de soltar la bomba:

—Me voy a casar con una chica.

Mi madre siempre ha afirmado que, cuando se conoce a la persona adecuada, se sabe. Y yo lo sé.

Ella ahoga una exclamación.

—¿Te has prometido con una chica y me lo cuentas ahora?

—No, no, no. Ni siquiera le he pedido todavía salir, la verdad. Es solo que… sé que es ella. Tuve la revelación ayer mismo. Quiero estar con Whit.

El chillido que se escapa de sus labios es tan alto que probablemente alcance la frecuencia de un silbato para perros. Betty alza la cabeza con aire cansado desde mi cama para ver a qué viene tanto jaleo. Yo le acaricio el suave pelaje de la barriga hasta que vuelve a desplomarse con un resoplido.

—Ahora mismo no somos más que amigos, pero…, joder, mamá. —Cierro los ojos y disfruto de la alegría de mi madre, que emana del teléfono—. Ayer, cuando llegué, Whit y Jonas estaban en plena pelea…, y pareció muy aliviada de verme allí.

No puedo dejar de pensar en cómo me sentí al tenerla entre mis brazos.

Fue como si me hubieran puesto en este mundo con el único motivo de ser su espacio seguro durante los pocos minutos que me dejó cargar con su dolor.

Con su cabeza encajada perfectamente entre mi clavícula y mi mandíbula, apoyé la barbilla en su cabello, que olía a madreselva.

Quiero estar con Whit Hart. Quiero estar con ella de un modo abrasador, descorazonador.

Estoy bastante seguro de que adoro a su crío.

Sobre todo después de habernos pasado horas en el lago, pescando y compartiendo la experiencia de haber tenido una mierda de padre.

En esas pocas horas me habló más que en todo el tiempo que ha pasado desde que lo conozco.

Y hablamos de mierdas importantes, además. De verdad que se abrió conmigo.

—Ya había entendido que me gustaba cuando pasamos la otra noche jugando a videojuegos en su casa, pero después de lo de ayer… —Me doy cuenta de que mi madre está guardando un silencio espectral—. ¿Te parece que estoy loco?

—Me parece…, no, no me parece que estés loco. Estoy segura de que Whit es una mujer guapa y encantadora, y de que Jonas es un gran chico. Veo por qué te atrae…

Mi madre deja morir la voz.

—¿Pero?

—Pero… me parece que no sabes dónde te estás metiendo. No me gustaría que empezaras a salir con alguien que ya tiene un hijo sin estar listo para aceptar tanta responsabilidad.

—Jonas y yo somos colegas… Le he estado enseñando cosas del rancho y vamos a pescar juntos.

«Lo cual ya es más de lo que hacía mi padre conmigo, para ser sincero».

—Ser su amigo es una cosa, y ser su padrastro es otra bien distinta. Ser padre es duro, Colt. No es algo en lo que meterse por capricho.

—Pensé que te encantaría saberlo.

A fin de cuentas, se ha pasado los últimos cinco años chinchándome para que me busque novia, para que siente la cabeza, para que me case, para que le dé nietos. Este es su sueño. Esperaba que estuviese a muerte conmigo.

—Y me encanta, si es que todo sale bien. Quiero que conozcas a alguien, te enamores, tengas familia… Pero también quiero que bajes tus expectativas.

Suspiro y se me va toda la energía que tenía por dentro. De pronto, esta estancia me parece oscura; el aire, pesado.

—Esta llamada me ha dado bastante bajón, a decir verdad.

Ella chasquea la lengua, molesta.

—Sé que algún día serás un padre fantástico. Quizá incluso para Jonas. Pero tú mismo has dicho que su padre no está muy presente, así que si de verdad quieres a ese chico, no precipites nada. No crees una situación que añada inestabilidad a su vida.

«Cómo odio que mi madre tenga razón».

—Tomármelo con calma. Comprendido.

—No quiero quitarte las ganas de pedirle salir. Solo quiero que tomes la mejor decisión posible para ti… y para ellos.

Soy consciente de que aquí estoy como pez fuera del agua, de que no tengo ninguna pericia como padre ni ningún padre del que aprender.

Es posible que no pueda irrumpir en sus vidas y convertirme en el padre de Jonas de la noche a la mañana.

Pero si hay algo que he aprendido tras ver cómo mi madre nos criaba ella sola es que Whit puede cuidar de Jonas.

Lo que necesita sobre todo es a alguien que cuide de ella. Que la anteponga a todo.

Y eso sí que puedo hacerlo.

—No se me han quitado las ganas, mamá. Whit ya se ha referido a mí como un amigo, así que sé que voy a tardar tiempo en conseguir que cambie de opinión, pero me parece bien. ¿Qué día es hoy?

—Eh… —Se hace el silencio unos segundos al otro lado de la línea—. Hoy es trece.

—Perfecto. Pues bloquea el trece de agosto en tu calendario durante los próximos años. En uno de ellos vas a tener que ir a una boda, y luego vas a tener que hacer de canguro de uno o dos nietos en los siguientes aniversarios.