Soltar las riendas (El rancho Wells 4) 14. Whit
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14. Whit

Whit

L e lanzo una mirada de reojo al reloj del microondas mientras doy un sorbo de café y le hago un gesto a Jonas con la mano para indicarle que tiene que prepararse para irse. Una vez que he dado un trago, lo digo en voz alta:

—Colt va a llegar en cualquier momento. No está bien hacerle esperar.

Con un gemido de protesta, Jonas se inclina, aparta con el antebrazo el cuenco de cereales y la taza, ambos ya vacíos, y apoya la cabeza en el otro brazo como si fuera una almohada.

Cuando me dijo que Colt quería salir temprano a pescar, antes de que hiciera demasiado calor, pensé que esta iba a ser una mañana movida.

A Jonas le cuesta ponerse en marcha hasta en los días buenos, pero levantarse antes de las siete…

Es un milagro que tenga los ojos abiertos.

De hecho, creo que se ha comido los cereales dormido hace unos minutos.

—Se ha tomado la molestia de venir hasta aquí para recogerte. —Apoyo la espalda en la encimera y toqueteo el dobladillo de mis pantalones cortos de correr.

A mí tampoco me gusta levantarme temprano, pero de ninguna de las maneras voy a permitir que Colt vea la pinta que suelo tener por las mañanas, así que me he levantado hace una hora para peinarme y maquillarme tan meticulosamente que no parezca que lo he hecho en absoluto. También me he puesto sujetador.

Vuelvo a repetir el nombre de Jonas, esta vez en tono enfadado.

—Un minutito —murmura con la cara pegada al antebrazo.

Al oír el inconfundible ruido de la camioneta de Colt en la entrada, dejo la taza en la encimera y, a punto de perder la paciencia, digo entre dientes:

—Ponte en marcha ya.

—Pensaba que no te gustaba repetir las cosas, pero no dejas de hacerlo. —Alza la cabeza y me mira con ojos malhumorados y el ceño fruncido—. Qué coñazo eres.

Tenso la mandíbula.

—¿Seguro que quieres contestarme así?

—Es que no dejas de pincharme.

—A lo mejor deberías intentar hacerme caso la primera vez que te digo las cosas. Así no tendría que pincharte. —El sonido del motor se detiene. Colt va a llegar a la puerta en cualquier momento—. Como no te muevas, te quedas sin videojuegos el resto del fin de semana.

Jonas aparta la silla, agarra los platos sucios y los lleva al fregadero.

—Me importa una mierda no jugar a videojuegos.

«¿Desde cuándo?».

Yo alzo una ceja en silencio y lo recorro con la mirada. Con los hombros hundidos y el ceño fruncido, Jonas suelta de golpe los platos en el fregadero. Para mi sorpresa, no se rompen. Se gira hacia mí y se cruza de brazos.

—¿Se puede saber qué te pasa?

Él resopla.

—Nada.

—¿Pasa algo con tus amigos? ¿Por eso no quisiste invitarlos a jugar la otra noche?

Él contrae el semblante. La frustración da paso a algo aún más potente.

—¡No!

—Siempre puedes hablar conm…

—Hablar, hablar, hablar. Es lo único que quieres que haga. —Su voz aumenta a cada palabra que pronuncia. Se pasa una mano por el cabello, que se queda apuntando en varias direcciones—. No hay nada de lo que hablar.

Doy un paso hacia él y prácticamente se aparta de un salto.

A pesar de su tono duro y ese carácter malhumorado, lo que más me preocupa es el abatimiento absoluto que veo en sus ojos.

No hay fuego alguno en ellos. Preferiría liarme a gritos con un preadolescente encendido que contemplar esta versión hundida de Jonas.

—Jonas…

—Dios, es que te odio. ¿No puedes dejarme en paz de una puñetera vez? —chilla, y la voz se le rompe en la última sílaba.

Sus palabras me golpean como un bofetón, rápido y humillante.

Antes de que pueda responder, otra voz se oye en la estancia:

— Jonas .

Los dos nos giramos y vemos a Colt, plantado en el umbral, con una mano apoyada en el marco y el ceño fruncido. «Mierda». Debe de haber oído el alboroto de nuestra pelea y habrá decidido entrar directamente. Betty, que se mantiene atenta a sus pies, nos dedica una mirada cautelosa.

Colt, con los ojos clavados en Jonas, aparta la mano del marco de la puerta y se la mete en el bolsillo frontal de los vaqueros.

—No le hables así a tu madre.

—Lo que tú digas. —Jonas niega con la cabeza y resopla.

Y entonces, sin que ninguno de los dos pueda pronunciar ni una palabra o respirar siquiera, el chico gira en redondo y sube en tromba los escalones. Cierra la puerta de su cuarto con fuerza, y yo me encojo, incapaz de mirar a Colt.

—¿Va todo bien? —Colt ladea la cabeza y me estudia.

Rayos de luz dorada entran por la puerta entreabierta de la entrada y rodean su recia silueta. Su expresión preocupada me da ganas de arrojarme a sus brazos, contra su ancho pecho. Tiene pinta de ser capaz de curar todos mis problemas con un único abrazo.

—S-sí, todo… No, no va todo bien. No sé qué le ha entrado hoy.

—Seguramente se ha levantado con el pie izquierdo.

—No… —Contemplo las escaleras vacías, y el nudo que siento en el estómago se aprieta aún más—. No sé si se trata de sus amigos, de su padre…, o si simplemente me odia.

Nuestra relación parece más bien una tela rajada y hecha jirones. Cada vez que cierro un agujero, otra parte se raja. No deja de deshacerse, y se me da demasiado mal coser —y criar a un niño— como para repararlo todo.

Aparto de una rápida patada algunos de los zapatos de Jonas, que ocupan el espacio de la entrada. Al ver el gesto, Betty cree que quiero que se acerque. Me agacho y le acaricio el peludo lomo. Ella me lame la mano libre.

—Pensaba…, supongo que es una estupidez, pero pensaba que ya habíamos dejado esto atrás. Se ha estado portando muy bien desde que empezó a frecuentarte.

Betty se pone panza arriba para que la acaricie.

—Es un gran chico, Whit.

Yo suelto un leve resoplido al oír eso.

—Sí.

Colt se acerca y se agacha al otro lado de Betty para acariciarla también. Nuestras manos casi se rozan, y a mí se me desboca el corazón en el pecho, suplicando que toque con sus dedos los míos.

—Evidentemente, tú decides si Jonas tiene permitido venir a pescar hoy, después de lo que ha pasado. Sin embargo, quizá estaría bien que paséis un rato sin veros.

La complicada danza de nuestras manos aumenta de ritmo cuando su pulgar encallecido roza mi piel, como quien sopla suavemente unas ascuas. El fuego en el mismo centro de mi ser se aviva. Engancho el meñique al suyo, y nuestras manos se quedan inmóviles.

—Jamás va a querer hablar conmigo de lo que le pasa —admito en tono quedo.

—Si lo dejas venir a pescar, yo puedo intentar hablar con él…, si es eso lo que quieres.

«Y pensar que he tenido que suplicarle a Alex que hable con Jonas… y aun así no lo ha hecho».

Asiento levemente.

—No se abre con mucha gente, pero confía en ti.

Y justo por eso no puedo hacer nada que acabe jodiendo esta situación.

Trago saliva para reprimir la emoción que me embarga la garganta y retiro la mano.

La dejo caer a un costado al tiempo que los dos nos ponemos en pie.

A lo largo del último mes, Jonas ha encontrado un amigo y confidente en Colt.

Si yo quisiera explorar el modo en que se me acelera el pulso y se me aprietan las entrañas cada vez que lo miro, pondría su relación en riesgo, y mucho más.

Si se lo estropeo, mi hijo jamás me lo perdonará.

No sé si es por lo rápido que me he puesto en pie o por el vértigo de pensar en Colt, o bien por las tres tazas de café que me he bebido esta mañana con el estómago vacío, pero de pronto me siento mareada.

Por puro reflejo, apoyo las manos en su firme pecho para estabilizarme.

Él me agarra del codo. Por desgracia, el contacto de su mano firme y cálida en mi brazo tiene justo el efecto contrario.

—¿Estás bien?

—Me he levantado demasiado rápido.

Tengo que dejar de tocarlo. Cada vez que mi piel hace contacto con la suya, me cuesta más separarme.

—No tienes que preocuparte por Jonas. Tiene una madre estupenda. Todo irá bien.

Parpadeo para reprimir la quemazón que siento bajo los párpados y me obligo a soltar una risa débil.

Me doy cuenta de que mi mano sigue firmemente apoyada en su pectoral, de que mi pulgar le acaricia el fino algodón de esa estúpida camiseta.

Un sonido retumbante en el interior de su duro pecho vibra en mi mano.

Noto que sus latidos se aceleran cuando nos miramos a los ojos.

—A veces no estoy tan segura.

—Bueno, yo sí.

Doy un paso hacia él, sin invitación.

—Colt…

Sabe exactamente qué es lo que necesito: alarga los brazos levemente para acogerme entre ellos justo en el momento en que se derraman mis lágrimas. Me restriego la mejilla contra el hombro para enjugar esta humedad que la cubre, y todo mi cuerpo se derrumba en sus brazos.

Entierro la cara en su clavícula y oigo el áspero roce de su mano callosa en mi pelo al acariciarme. Su amplio pecho amortigua mis sollozos. Me lleno las fosas nasales con el tranquilizador aroma a sándalo de su gel de baño.

Mi teoría sobre sus abrazos era cierta en parte.

No estoy curada, pero me estoy curando.