Soltar las riendas (El rancho Wells 4) 13. Colt
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13. Colt

Colt

S on casi las nueve y estamos disfrutando de la primera pausa después de tanta carrera.

Whit ha sacado polos helados, como si tantas golosinas no fueran suficiente azúcar, y yo casi he explotado cuando se ha metido todo el polo naranja en la boca y lo ha chupado con fuerza, con las mejillas hundidas hasta sacarlo con un sonoro chasquido.

Podría pasarme horas sentado contemplando la lengua de Whit al dar cuenta del helado, pero preferiría hacerlo sin que su crío estuviera presente.

Luego, el chico se ha tomado sin darse cuenta su trabajo de cortarrollos muy en serio.

Un combo de eructo y pedo ha destrozado por completo el momento.

Todos nos hemos retirado al sofá. Hasta Betty ha salido pitando de la cocina para volver a refugiarse bajo la mesita.

Whit ha tirado su helado a la basura de camino al salón, afirmando que su hijo ha arruinado el postre.

Jonas no se arrepiente de nada.

—Quien gane se enfrenta a tu madre —chincho a Jonas, una vez que se despeja el ambiente, nunca mejor dicho, y todos nos acomodamos en nuestros respectivos sitios en el sofá.

Whit se acurruca bajo una manta blanca de pelitos y juguetea con una gominola ácida en la boca. Me lanza una mirada que viene a decir que no tiene ninguna gana de seguirnos el rollo.

—Mamá conduce aún peor que tú —dice Jonas en el mismo momento en que su coche se estrella contra una pared.

—Buuuuuh. —Whit deja las gominolas ácidas en la mesa y se limpia el azúcar de los dedos en los vaqueros cortos—. Conduzco de miedo. Cuando era adolescente me pasé un montón de tiempo jugando al Mario Kart con tu padre. No había partida en la que no le diese una soberana paliza.

—Me muero de ganas de verlo. —Detengo el coche en medio de la carrera y le tiendo el mando.

Con una sonrisa diabólica, Whit me lo quita de golpe y se une a la competición como toda una conductora veterana. Va maniobrando entre los coches no jugadores y pasa de sexta a segunda posición en pocos segundos. Boquiabierto, Jonas vuelve a estrellarse contra un muro.

—Me cago en la leche. ¿Acaso practicas toda la noche después de que Jonas se duerma o algo así?

Ella se reclina con un suspiro victorioso y se limita a pasearse por la carrera como quien se da una vueltecita en coche en domingo.

—Ya te dije que era buena.

—Pero buena de verdad —dice Jonas. Cuesta ver si está enfadado o impresionado—. ¿Quién eres y qué has hecho con mi madre?

Después de cruzar la línea de meta, Whit deja el mando y estira los brazos. Se cruje los nudillos y menea el cuello mientras esperamos a que Jonas acabe. Llega el último.

—Hora de hacer un bailecito de la victoria, mami —digo.

—No, no. —Hace un gesto al aire—. Yo no bailo.

—Ni hablar. Has estado ahí sentada disfrutando de nuestros estúpidos bailes; no es justo.

Un gesto hacia la pista abierta que es el salón. Sus grandes ojos se cruzan con los míos con una llamarada de calor.

—No me hace falta restregaros mi victoria. —Agarra otra gominola ácida y se la lleva a la lengua manchada de azul.

—A ver, técnicamente soy yo quien ha hecho tres cuartas partes de la carrera. Ha sido una victoria conjunta, así que puedo bailar contigo. —Me pongo en pie, sacudo las piernas para quitarme de encima el cansancio y le tiendo la mano. En tono juguetón, añado—: Vamos, Whittaker.

Para mi sorpresa, Whit acepta mi mano. La suya, cálida y suave, se desliza sobre la mía, curtida por el trabajo. Pone los ojos en blanco y dice:

—Resulta que ahora me gusta mucho más el nombre de Whitney. Te doy las gracias en representación de mis padres.

La pongo de pie de un tirón y empiezo a hacer el robot para dar por inaugurado el baile.

La única música con la que contamos es la de la pantalla de inicio del videojuego, algún tipo de incomprensible rock duro con el que no se puede bailar.

Por suerte, el clásico baile del robot no necesita ir al ritmo de nada.

El esbelto cuerpo de Whit se menea en el sitio. El baile de la victoria más cutre que se ha hecho jamás.

—¿Eso es todo lo que sabes hacer? —pregunto, ladeando la cabeza.

—Sabe hacer un baile tipo buzo —dice Jonas—. Tiene una pinta ridícula cuando lo hace.

No sabría decir qué límites se le ponen a este crío. En el rancho, podría decirle que dejase de comportarse como un pedazo de mierda. Pero aquí estamos en una zona gris. Aun así, no consigo morderme la lengua a tiempo:

—No llames ridícula a tu madre.

—Lo que he dicho es que su baile es ri…

—No acabes esa frase. Decir una cosa o la otra es la misma mierda. No lo hagas. Capisci?

Él me mira y parpadea.

—¿Qué?

—¿Entendido?

Claramente confundido aún, Jonas se limita a asentir y alarga la mano hacia su refresco, evitando mirarme a los ojos. Lo cual me parece bien, porque de inmediato escruto el rostro de Whit para ver si me acabo de pasar de la raya.

—Vale, te voy a enseñar mi pedazo de baile del buzo.

Se echa el cabello por encima del hombro, se pinza la nariz con una mano y se menea como si estuviese nadando. Yo nunca he buceado, así que ¿qué sabré yo?

Además, está muy mona, joder.

Es la mejor oportunidad que voy a tener de hacer como que le tiro una caña.

Se la lanzo directamente y ella me sigue el rollo, dando saltitos por el suelo hasta que se me acerca muchísimo, mucho más que antes.

Su lenguaje corporal me suplica que reduzca aún más la distancia entre los dos.

La alfombra se arruga bajo sus pies, y ella tropieza y alarga la mano en un gesto frenético para no caer al suelo.

Sus dedos hábiles se cierran alrededor de mi bíceps.

Sabía que era alta, pero ahora que está tan cerca, me doy cuenta de lo fácil que sería inclinarme levísimamente para darle un beso en los labios.

En la frente. En la nariz. Todo está ahí, a mi alcance, listo para mí.

—Uy, casi te rompo esta caña que me has tirado —dice con una risa que asoma a sus ojos.

Sí que le he tirado la caña, sí. Y por mí puede quedarse con la caña, el sedal y la plomada.

—Más vale que te atrape en mis redes antes de que te escapes, ¿no?

—Si me escapo, les contarás a tus colegas que estuviste a punto de pillar una buena presa.

—La mayor presa de todas. Les hablaría de esta presa hasta a mis nietos.

No puedo evitar fijarme en que no ha apartado la mano de mi bíceps.

Cada segundo se ve subrayado por el bajo de una canción de rock sin letra.

De alguna manera, el ritmo la acerca todavía más a mí.

Se mueve como si estuviera en el agua, oscilando y doblándose.

No puedo sino preguntarme qué tal se curvaría ese cuerpo contra el mío.

Sus ojos vuelan a mis labios. Durante un fugaz instante en el que me quedo sin aliento, me parece que me va a entrar.

—Qué raros sois. —Jonas se mete un puñado de golosinas en la boca—. Tenemos que correr otra vez para que pueda darte una paliza. No quiero volver a ver el baile del buzo de nuevo.

Antes de apartarse, las uñas de Whit me recorren todo el brazo. A juzgar por el modo en que se me para el corazón y me arde la piel, bien podrían estar empapadas en veneno.

—Venga ya. Algún día haré este bailecito en tu banquete de boda.

—Se sienta junto a él en el sofá y se inclina hacia delante, con los codos apoyados en los muslos.

Es como si le hubiesen encendido un interruptor: vuelve a ser toda una gamer —.

Quizá lo haga incluso en tu funeral, porque voy a acabar contigo en la siguiente carrera.

Y justo cuando yo empezaba a pensar que esa mirada verde musgo de Whitney es más intrigante que amedrentadora, esta veta competitiva aparece de la nada.

Una hora más tarde, un Jonas muy frustrado pide la sexta revancha de la noche, a pesar de que su madre le ha dado una soberana paliza en cada carrera.

Yo la miro y niego con la cabeza, prácticamente suplicando clemencia en nombre del chico. Va a conseguir que se eche a llorar.

—Esta noche no, colegui —dice ella—. Hora de irse a la cama; es tarde.

Jonas hunde los hombros y, al instante, un mohín de disgusto aparece en su rostro cansado. A juzgar por las ojeras de su cara, está a pocos minutos de quedarse dormido.

—Sí, yo debería marcharme —digo, con la esperanza de que eso ayude a que haga caso a su madre—. Hace rato que debería haberme ido a dormir. Además, me parece que tengo que practicar para que podamos arrebatarle el primer puesto a Whittaker.

Jonas suelta un bostezo y se levanta del sofá con un gemido.

—Sí, la próxima vez nos compinchamos.

Tras rascar a Betty detrás de las orejas, el chico arrastra el culo escaleras arriba.

—Buenas noches, tío —le digo.

Un instante después, la puerta de su dormitorio se cierra y me encuentro a solas con Whit. Me moría de ganas de estar así.

—Gracias por invitarme.

—A Jonas le encanta pasar tiempo contigo.

En mi mente flota la pregunta de si a ella también le gusta.

—Es un chico muy guay. Aunque, claro, después de haber visto tu colección de pines esmaltados y tus bailecitos, supongo que no es ninguna sorpresa que sea tan genial.

Ella juguetea con el borde rajado de sus vaqueros cortos.

—Debería recoger e irme a dormir.

Sus ojos se cruzan con los míos durante medio latido. Están turbios. A mí se me encoge el corazón en el pecho. Whit oculta lo que sea que sienta ahora mismo bajo la falsa muralla de una sonrisa descarada. Empieza a recoger las golosinas y los restos de pizza que cubren la mesa.

—Deja que te ayude.

Agarro un puñado de envoltorios de chucherías y la sigo a la cocina.

—No te preocupes. Te queda mucho camino hasta casa. Yo me encargo del estropicio.

Retrocede para poner distancia entre los dos y rodea la isla hasta el otro extremo para volver al salón. Las miradas que hemos cruzado esta noche eran ansiosas, hambrientas, pero ahora que no hay ningún niño que vaya a interrumpir nuestros intentos de flirteo, Whit se niega a mirarme. Vaya bajón.

Mientras voy recogiendo y la sigo como un cachorrillo, finjo que no me doy cuenta de todo lo que está haciendo para mantener la distancia entre ambos. Al cabo, me pastorea con mucha habilidad hasta la puerta principal. Betty podría aprender un par de lecciones de ella.

—Oye, Whit…, esto…

«Esto… esto… esto es lo que pasa cuando se te queda la mente en blanco».

Ella abre la puerta, con el pomo bien agarrado, y deja que Betty eche a correr al fresco aire del verano.

—Gracias por la velada —dice en un tono extrañamente profesional y monótono, como si se despidiese de mí tras una entrevista de trabajo. Sus ojos verdes parecen casi negros bajo la tenue luz. Se me clavan en el alma—. Me lo he pasado muy bien.

Yo quiero decirle que ha sido la mejor noche que he pasado en mucho tiempo. Y quiero preguntarle si le gustaría que tuviéramos una cita. Y me encantaría que me dejase darle un beso de buenas noches.

—La velada ha sido…, o sea, esto, me lo he pasado… Bien. Bien, así nos lo hemos pasado. —«Vale, y ahora intenta pronunciar una puta frase que no parezca tan rara»—. Si te…, sin presiones…, si te apetece… que lo pasemos… bien… otra vez…, ¿quizá podríamos…?

«Ay Dios, me está dando una embolia».

—Estoy segura de que a Jonas le encantaría pasar otra velada contigo.

—¿Y a ti?

—Sí, a mí también. —Esboza una media sonrisa—. Gracias por ser tan buen amigo. Creo que no entiendes lo mucho que me ha ayudado tu amistad…, a mí y a Jonas. De verdad…, gracias.

—Un placer.

Whit se coloca un mechón de pelo tras la oreja y se inclina. El denso aire entre los dos se impregna de un aroma azucarado. La esperanza me hincha el pecho desinflado. Y sus labios suaves y gruesos me rozan la mejilla con un beso sutil.

Creo que ser amigo de Whit me va a matar.