12. Whit #2
Colt se inclina hacia delante en su asiento, con los ojos centrados en la televisión, al tiempo que abre un paquete de M&M’s con los dientes. Un músculo de su antebrazo se tensa cuando se echa un montón en la palma de la mano. Los sacude y se los lleva a la boca.
Los dos se ponen a tunear sus coches, lanzándose pullas todo el tiempo. Para cuando empieza la primera carrera, yo ya estoy echada de lado en el sofá, con una mantita de pelo sobre las piernas desnudas, comiendo gominolas ácidas.
Le lanzo miradas discretas al tipo sentado en el extremo opuesto al mío.
Todo parece salirle… sin esfuerzo. Desde el modo en que le cae el cabello —sexy pero despeinado— hasta el modo en que consigue que Jonas se ría más de lo que lo he visto reír en una eternidad.
Sabiendo que los dos están ocupados, poseídos por una seria energía competitiva, permito que mi mirada recorra el cuerpo de Colt, ese pulgar que se mueve fervientemente en el diminuto mando…
e incluso permito que una punzada de deseo recorra por un instante el centro de mi ser.
Es un ansia que no quiero sentir, que no puedo sentir. Y, sin embargo, aquí está. Llameante, hambrienta, lasciva.
Así pues, me levanto del sofá y me dirijo a la cocina, donde me distraigo llenándome un vaso de agua helada y contemplando la espuma que aún flota en nuestro fregadero, desesperada por dejar de imaginarme ese pulgar sobre mi propio mando.
He preferido no tomar vino esta noche, porque he supuesto que fue el motivo por el que me sonrojé y alteré tanto la última vez que Colt estuvo aquí.
«Quizá es que ahora estoy ovulando…».
Me meto los dedos bajo el dobladillo de la camiseta y me los clavo en la piel, como si fuese una bruja especializada en el periodo.
No sé qué es lo que espero descifrar al toquetearme la barriga blandurria.
Nuevamente, odio los dolores de regla, porque son un agónico recordatorio de todo aquello que no puedo tener.
Entiendo el razonamiento científico de no extraer los ovarios durante una histerectomía, pero ojalá no tuviese que acordarme de su presencia con tanta regularidad.
Por otro lado, aunque solo sea por esta noche, estaría bien tener una excusa para estar comiéndome con la mirada a un tipo a quien normalmente ni siquiera miraría dos veces.
En medio de un borrón caótico, Jonas vence a Colt en la carrera.
Se lanza a hacer un graciosísimo baile de la victoria, tras lo que Colt lo golpea varias veces con un cojín.
Yo disfruto de esta alegría pura, me echo a reír y animo a ambos bandos de esta lucha de mentirijillas.
Jonas menea su escuálido culo delante de Colt.
El cojín de Colt impacta contra la cabeza de Jonas.
Suena el timbre de la puerta y todos guardamos silencio.
—Yo voy —decimos Colt y yo al mismo tiempo.
La última vez, pagó él la pizza. Y ha traído tantos dulces que probablemente ha tenido que pedir un adelanto de su paga del rancho para compensar lo elevado de los precios del quiosco. Además, le debo una por ayudarme con Jonas. Aunque sea él quien haya pedido la pizza, no pienso dejar que pague.
Corro hacia la puerta y casi me tropiezo con un par de zapatillas tiradas de cualquier manera por el suelo.
Soy la primera en llegar, pero Colt estira el brazo para detenerme.
Su cálida mano descansa sobre la mía en el pomo.
Los dos nos giramos a la vez. Me quedo sin aliento mientras escucho el chasquido de la puerta.
Está cerca. Muy cerca. Su aliento, cálido y con un leve aroma a chocolate, me roza la nuca.
—Deja que pague la pizza. —La palabra «pizza» roza mi piel y se me contraen instintivamente los muslos. Queda confirmado: estoy ovulando. Y tengo hambre.
Sin protestar, me echo a un lado e intento recuperar la compostura buscando algo que hacer en la cocina.
Agarro platos, servilletas y aderezo ranchero.
Cuando Colt deposita dos cajas de pizza familiar en la encimera, quiero decirle que no hace falta que pague.
Sería yo quien debería organizar la velada para él después de todo lo que ha hecho durante el último mes.
Antes de que yo pueda siquiera decir que hay que usar platos o sentarse, los dos chicos ya están devorando trozos aquí mismo, de pie, en la isla de la cocina. Jonas vigila el juego puesto en pausa como si fuera a desaparecer en cuanto aparte la vista.
«A la mierda todo».
Agarro un trozo de pizza y apoyo la cadera en el borde de la encimera.
—Deja que te pague la pizza. Pagaste tú la última vez.
—Qué va —dice en pleno mordisco—. La última vez vine por la cara, sin invitación. Lo menos que puedo hacer es poner la cena.
—Bueno…, gracias.
«Por todo».
Me sale de la garganta un gemido vergonzoso al dar el primer bocado. El queso, la carne y la salsa abruman mis papilas gustativas. Colt alza una ceja.
—Perdón —digo, y me trago el trozo aún caliente de pizza que he arrancado de un bocado—. No he comido en todo el día, y esto está muy bueno.
—Siempre las pido con parmesano. Cuestan un dólar más, y estoy bastante seguro de que lo que ponen es el mismo queso rallado que se compra en cualquier supermercado, pero me doy el capricho.
—Da un bocado y arranca la tira de queso más gloriosa que he visto en mi vida—. También pido extra de mozzarella.
—Desde luego, esta noche has tirado la casa por la ventana.
—Qué puedo decir, he venido a impresionaros. Las mejores golosinas y pizza de calidad.
Yo me echo a reír y, joder, qué bien me sienta esta risa.
Delante de Colt, no voy con pies de plomo para que Jonas no se enfade por lo que sea.
No tengo que odiar el hecho de ser incapaz de ofrecerle a mi hijo una cena familiar normal y corriente.
No tengo que preguntarme si debería dejar aparte mis sentimientos hacia Alex y pedirle más a menudo que venga a cenar.
Colt apoya su lata de refresco en la encimera de cuarzo.
—Bueno, hace poco me enteré de que Jonas no se apellida en realidad McPedorro. Admito que fue toda una decepción. Pero he empezado a preguntarme… ¿de dónde viene el nombre de Whit?
Jonas devora un trozo de pizza con rapidez para decir:
—Viene de white porque tiene el culo blanco.
Colt reprime una sonrisa tapándose la boca con una servilleta, pero no lo consigue. Me arden las mejillas y le lanzo una mirada a Jonas.
—Whitney. Viene de Whitney. Pero siempre me ha parecido un nombre un poco pijo, por eso prefiero que me llamen Whit desde que tenía la edad de Jonas.
—Esperaba que me dijeses que te llamas Whittaker o algo igual de loco.
—Sí, o witch , en plan bruja —dice Jonas. Este crío se la está buscando esta noche.
Pero Colt, el muy gilipollas, asiente y se apresura a añadir:
—Pero una bruja buena. La que lleva el vestido rosa y va dentro de una burbuja.
—Siento pincharte la burbuja, pero de bruja no tengo nada.
—El mal de ojo que me estás lanzando ahora mismo me indica lo contrario.
Colt se inclina hacia delante e invade mi espacio personal, apoyando los codos en la encimera y dedicándome una sonrisa inocente.
No me había dado cuenta de lo azules que tiene los ojos.
Sus iris oscuros y grandes contienen la profundidad de todo un océano.
Podría apoyarle la mano en la nuca y atraerlo aún más hacia mí.
Contemplar sus ojos hasta que nuestros labios se toquen inevitablemente.
En un primer momento sería un beso delicado.
Quizá los dos nos preguntaríamos si realmente había sucedido.
Luego nos daríamos un beso más hondo, inconfundible.
Él me agarraría y tendería todo mi cuerpo sobre la encimera, estrechándome entre sus brazos cincelados.
Colt da un salto y rompe mi ensoñación cuando Jonas le clava el índice en el costado.
—Acábate ya la pizza, que tenemos que volver a correr.
—Lo que usted diga, jefe. —Le mantiene la mirada implacable a Jonas y mastica con una rapidez imposible. Los músculos de su afilada mandíbula asoman a cada bocado exagerado. Después de tragar, se gira hacia mí y señala con el pulgar a mi hijo—. ¿Es culpa tuya que sea tan mandón todo el tiempo?
—Mamá es una supermandona —dice Jonas, y coge su refresco.
La mirada ardiente de Colt sobrevuela mi piel.
—Por lo que sea, no me sorprende.
Antes de que yo pueda responder algo que no parezca un flirteo, Jonas agarra a Colt del brazo y se lo lleva al sofá. Y yo vuelvo a respirar con normalidad.
Lo único que necesito es que Jonas deje de interferir hasta que mi cuerpo y mi cerebro lleguen al mismo punto.
El dolor que me recorre todo el cuerpo a causa de los nervios tiene que parar.
Necesito volver a no sentir nada cuando miro a este tipo.
No puede pasar nada con Colt, por muchísimos motivos.