12. Whit
Whit
L as puertas de nuestro coche se cierran al unísono y miro a Jonas a los ojos por el retrovisor.
Por una vez, no hay una tensión insoportable entre los dos al salir de la consulta de la terapeuta.
Un cambio radical con respecto a esta mañana, cuando casi me habría resultado más fácil convencerlo de que se cortase un dedo que de meterse en el coche para venir hasta Sheridan.
De no haber sido porque esta noche tiene planes con Colt, habríamos tenido que saltarnos la sesión de hoy.
No había manera de persuadirlo y ya es oficialmente demasiado grande como para que pueda llevarlo a rastras llorando a ninguna parte.
Estoy casi segura de que soy mala madre por amenazarlo con quitarle lo único que lleva esperando toda la semana, pero es lo que hice.
Lo amenacé claramente con mandarle un mensaje a Colt para cancelar la noche de videojuegos.
Con eso bastó para que moviera el culo. Luego justifiqué esta maniobra de mierda diciéndome a mí misma que siempre puede hablar con la terapeuta de lo cabreado que está conmigo.
Y parece que ha sido la maniobra adecuada.
Por una vez, la terapeuta pediátrica no ha suspirado y me ha dedicado una sonrisa desesperada cuando he ocupado mi asiento en una silla de tamaño niño frente a ella.
Siempre me parece una locura sentarse en una silla diminuta, en la que apenas cabe una nalga, mientras la terapeuta va soltando frases sentenciosas, hasta el punto de que siento que el peso de todo lo que me dice acabará por romper las patas de la silla.
Pero hoy no.
Hoy había una euforia esperanzada en su sonrisa de labios apretados. Hojeó sus notas garabateadas. Con las rodillas en alto en mi silla diminuta, uní las manos con fuerza y esperé a alguna revelación. Algún avance milagroso.
—Me ha hablado de un nuevo amigo: Colt —dijo ella.
Y yo respondí con:
—Vale…
Eso era todo. Jonas le contó que había montado a caballo, que había limpiado mierda de caballo de los establos y que la perra de Colt adora la nata montada.
No ha mencionado una palabra sobre lo mucho que me odia, ni tampoco ha dicho que la mierda que tiene por padre está intentando ganarse su amor con regalos.
Tampoco ha hablado de que su abuela está enferma.
A mí me pareció que había tirado el dinero y que la terapeuta lo maquillaba como un avance porque es lo bastante lista como para saber que tarde o temprano dejaré de pagar para que mi hijo se siente en silencio con ella semana tras semana.
Más de cien dólares, aparte de las horas que le quito al trabajo para traerlo a su cita. Y todo para que pueda contar lo mucho que adora a Colt.
Frustrada, le solté algo así como que Jonas jamás querría hablar con ella de nada que realmente importase.
—Ahí se equivoca usted —dijo ella con amabilidad—.
Todo importa. Y ahora mismo lo más importante es que empieza a confiar en mí lo bastante como para hablar.
Y no sobre cualquier cosa, sino sobre algo positivo.
Para un chico que carga con tanto como él, compartir algo positivo es un avance.
Es encontrar una grieta en la pared contra la que llevamos estrellándonos tantos meses.
A partir de aquí podemos empezar a construir más conexiones.
Pero todo empieza con la confianza, y hoy me ha demostrado que es capaz de confiar.
Esas palabras fueron como el primer rayo de sol después de una tormenta.
Ahora no puedo quitarme la sonrisa de la cara.
Lanzo otra mirada a Jonas por el retrovisor al tiempo que busco el teléfono en el bolso.
Quiero contárselo todo a Blair mientras aún lo tengo fresco en la mente.
Como madre, no disfruto de muchas victorias, pero la terapeuta tiene razón: hoy ha sido una maldita victoria.
Termino de escribir el mensaje, pongo el coche en marcha y salgo del aparcamiento.
—¿Quieres que compremos helado de camino a casa?
Su cabello rubio le cae sobre la frente al asentir ansiosamente.
—Sí, pero vamos a comprarlo mejor en Wells Canyon, para que podamos llevarle un poco a Colt.
—Buena idea. —Las gafas de sol me caen de la frente a la cara, pero sigo entrecerrando los ojos bajo el sol de última hora de la tarde que se refleja en las manchas de aceite de la carretera.
Entre lo mucho que me ha ayudado a distraer a Jonas y evitar que se meta en líos, las veces que me ha echado un cable cuando Alex lo ha dejado colgado y la sesión de terapia de hoy, lo menos que puedo hacer por ese hombre es comprarle algo de helado. La verdad es que hasta podría darle un beso.
«Podría darle un beso».
Esa idea se infiltra en mi cerebro sin previo aviso.
Se me encoge el corazón. Podría darle un beso a Colt Campbell.
¿Y qué pasaría entonces? Pues que mi hijo perdería uno de los pocos modelos masculinos positivos que tiene ahora mismo en su vida.
Y lo que es peor, perdería al único amigo de verdad que tiene.
Dios, no puedo ni imaginar cómo sería la terapia después de algo así.
—Te… te lo estás pasando de miedo con Colt este verano, ¿eh? —Lanzo una mirada inquisitiva en su dirección—. No me acuerdo de la última vez que quedaste con tus amigos del cole.
Él mira por la ventana.
—A veces quedamos para jugar online.
—¿No quieres invitarlos a casa a jugar con tu PlayStation nueva? —Mis labios dejan que salga la pregunta antes de que pueda detenerlos.
Lo cierto es que no espero que diga que sí, porque tener a un grupo de preadolescentes salvajes jugando a videojuegos en mi salón viene a ser mi definición personal de lo que es el infierno.
Subconscientemente, creo que lo que intento es descubrir si Jonas sigue teniendo algún amigo, porque si resulta que Colt no es más que uno de muchos, quizá entonces podría pensarme si de verdad puedo darle un beso.
«Dios, soy una madre terrible».
Jonas tarda apenas un segundo en decidirse.
—No, prefiero que venga solo Colt. Papá me ha comprado un juego de carreras multijugador. Le voy a dar una paliza.
Poco después de llegar a casa, alguien llama a la puerta principal y Jonas grita que ya abre él.
Ladeo la cabeza y compruebo por última vez mi maquillaje al tiempo que me meto un mechón de pelo suelto tras la oreja.
Llevo un aspecto sutil y desenfadado, desde el peinado ondulado y playero que me he pasado una hora componiendo hasta la modesta camiseta y los pantalones vaqueros cortos.
«¿Por qué te esfuerzas tanto en que parezca que no te estás esforzando?».
Me paso el dedo por los labios para repartir uniformemente el brillo que me he puesto.
Me dejo el cabello suelto para que enmarque mi rosado rostro.
Siento mariposas en el estómago cuando bajo a toda prisa los escalones, e intento aplacarlas pasándome la palma de la mano por la parte delantera de la camiseta.
—Hey, mami. —El saludo de Colt me corre por la columna vertebral como melaza caliente.
Está reclinado en el sofá, con esos brazos bronceados y musculosos apoyados en el respaldo.
La camiseta que lleva tiene unos cortes bajos en los costados.
Por ellos se ve un poco de su costillar, que se expande y contrae con su respiración profunda y firme.
Esa sonrisa descansa levemente torcida en medio de su cara simétrica.
Tiene el pelo como si una mujer lo hubiese estado recorriendo con los dedos.
«Este es el nivel de buenorro sin esfuerzo que yo misma intentaba ponerme para esta velada».
—Mamá, mira todas las chucherías que ha traído Colt. —Jonas atrae mi atención y señala con un gesto la enorme pila de golosinas que hay en la mesita, debajo de la cual descansa Betty, lista para lanzarse sobre cualquier comida que caiga al suelo.
—Me cago en la leche. Bueno, no vamos a comernos todo eso esta noche, ni tampoco en todo este siglo, probablemente. Así que quítatelo de la cabeza. —Escudriño el montón de chucherías para identificar las que me gustan y poder escamotearlas discretamente más tarde.
—No sabía qué tipo de dulces te gustaban —dice Colt. Asumo que se dirige a Jonas, pero, cuando levanto la vista hacia él, parpadeo, porque me está mirando directamente a mí—. He comprado todo lo que había en el quiosco. Si hay algo que no os gusta, se lo llevaré a los rancheros.
—O quizá se lo puedas dar a las vacas —grita Jonas desde la cocina—. Los dulces son buenos para las vacas.
Yo miro a mi hijo con una ceja levantada. Está rebuscando en la nevera.
—Le he contado que a veces mezclo algún dulce con el pasto de las vacas —aclara Colt—. Pero no les voy a dar estos malvaviscos de fresa. Son mis favoritos.
Le lanzo toda la bolsa.
—Pues para ti. Probablemente sean de lo que menos me gusta de aquí.
—Es una gran noticia para nuestra amistad.
No me gustaría verme obligado a tener que echarte un pulso a ver quién se los queda.
Me asesinarías con la mirada y yo acabaría dándome por vencido.
—Flexiona las manos para abrir la bolsa.
Asoman venas protuberantes que van desde sus nudillos hasta sus antebrazos gruesos y bronceados—. ¿Cuáles te gustan?
—Bueno, estas me encantan. —Aparto la vista de su brazo, cojo una bolsa de gominolas ácidas y la sacudo en el aire—. Apúntatelo para la próxima.
Colt finge que se escribe algo en el muslo.
—Tomo nota.
Sonríe. Yo sonrío. Nos mantenemos la mirada durante un lapso irrazonable de tiempo.
Jonas rompe la tensión al meterse directamente entre ambos y dejarse caer en el sofá, con una Coca-Cola en la mano. La PlayStation cobra vida y resuena por los altavoces de la televisión. Jonas le tiende a Colt el mando adicional.
—Conducir en la vida real se te da tan mal que imagino que aquí no tendrás nada que hacer.
—¡Jonas! —Lo miro boquiabierta—. Eso ha sido muy maleduc…
—Muy gallito por tu parte, teniendo en cuenta que no eres más que un crío que apenas ha dejado de necesitar silla en el coche. No te preocupes, mami, se lo haré pagar.