11. Colt #3
Entre el chat grupal de familia y una partida online de Scrabble que mantenemos desde hace eones, hablo cada día con mi madre.
Sabe los detalles básicos: que Denny me pidió que recogiese a Jonas un día y que, en las semanas que han pasado desde entonces, el chico se ha convertido en mi secuaz en el rancho.
Le conté que Whit casi me mata por llevar una camiseta inapropiada —mi madre se puso de su parte—, pero no le he contado nada más.
No sabe lo buena que está Whit. Si se lo contase, empezaría a presionarme para que le pidiese salir o algo así. La verdad es que estar con ella es sorprendentemente guay, así que no me opondría del todo a la idea. Sin embargo, Whit no tiene el menor interés en mí.
—Como Jonas no se había dado en la cabeza ni se había roto nada, se quedó tranquila.
Se sorprendió bastante de que le contase lo que había pasado, teniendo en cuenta que Jonas no se había hecho daño.
—Arranco un trozo de la corteza del pan—.
¿Te acuerdas de aquella vez que te echaste a Beau al hombro en la feria y tuviste que cargar con él porque se enfadó y plantó el culo en el suelo?
Mi madre pone los ojos en blanco ante el recuerdo inmediato.
Beau debía de tener la edad de Jonas. Era demasiado grande como para cargar con él, y lo sabía, así que se sentó firmemente en el suelo a la hora de irnos de la feria.
Para nuestra sorpresa, mamá se lo echó al hombro como un saco de patatas y atravesó con él el grupo más cercano de niñas preadolescentes que pudo encontrar.
—Pensé que tendría que hacer algo parecido con Jonas cuando se cayó. Pero creo que Betty me habría dado una paliza de haberle puesto un dedo encima al chico.
Mi madre se echa a reír.
—Cuando tengas tus propios niños, Betty no se va a apartar de su lado ni un segundo.
—Sí, probablemente tampoco dejará que se les acerque nadie.
Le echa un vistazo a lo que le queda de expreso.
—Eso suponiendo que para entonces Betty no sea demasiado vieja…
«Ya estamos».
—Para darte nietos tendría que tener antes una mujer, mamá.
Betty debe de habernos oído, porque entra al trote por la puerta abierta y se acomoda a mis pies. Parto el último trozo de pan en dos, me inclino para darle una mitad y le acaricio la cabeza.
—¿Sabes? Hay una chica preciosa que ha empezado a asistir a mi club de lectura. Y me he enterado de que está soltera.
Sin dejar de darle palmaditas a Betty, digo:
—No te ofendas, pero no me fío de tu gusto con respecto a las mujeres.
—Pues que sepas que, gracias a mí, tu hermano empezó a salir con Keely. Y ahora mira cómo están. —Hace un gesto con la mano para subrayar sus palabras con una floritura.
—Beau ya la había conocido él solito. Tú conseguiste que se diera cuenta de que estaba enamorado. No es lo mismo que emparejarme con una chica de tu club de lectura que probablemente sea fea y haga suéteres con pelo de gato.
Ella me atiza en la mano.
—¡Colt! Qué maleducado.
—Ah, así que no lo niegas. —Mi madre alza un hombro con un movimiento tan leve que yo no lo habría notado de no conocerla tan bien—. Siiiip. Es un cardo. Tiene cara de perro, ¿verdad? Sin ánimo de ofender, Betty Espagueti.
Betty me lame el antebrazo, y yo le tiendo el resto del pan.
Mi madre suelta una risa por lo bajo. «Sigue sin negarlo».
Justo por eso no me fío de su gusto con las mujeres.
Se levanta, y yo me quedo sentado a la mesa, preguntándome cómo de fea será esa chica del club de lectura.
A Whit le gustan los libros… Quizá podría enviarla en misión de reconocimiento para que se entere.
Mi madre se echa el paño por encima del hombro y, con una cuchara de madera, vuelve a centrarse en lo que está cocinando.
—¿Y qué me dices de Whit? ¿Es guapa?
Me ahogo con mi propia saliva. Empiezo a toser y jadear y me llevo tembloroso la cerveza a los labios.
—Esto…, eh…, la verdad es que no me he fijado.
—¿No te has fijado en si es guapa?
—Nop.
«La palabra guapa se queda corta». Es una diosa alta, de pelo castaño y ojos verdes, con facciones afiladas y un ingenio aún más afilado. Cada vez que la miro, me siento entre intimidado y cachondo. Y ambos sentimientos me ponen la sangre al rojo vivo.
No sé qué es lo que está cocinando mi madre en la sartén de hierro, pero me encantaría hablar de ello en lugar de hablar de Whit.
—¿Qué cocinas? —Estiro el cuello para ver mejor—. Huele de miedo. Y apostaría a que sabe aún mejor.
—Cebolla caramelizada para las hamburguesas. ¿No está Denny saliendo con su hermana?
—Por favor, no vuelvas a hablarme de lo enamorada que estás de Denny.
La rodeo para dejar el plato vacío en el lavavajillas y la miro a los ojos.
Estudio sus pupilas para adivinar si hoy ha bebido.
Hace un par de años, mis padres vinieron a una fiesta de Navidad en el rancho; mi madre se tomó dos copas y me puso la oreja colorada a base de contarme durante toda la noche lo mono que es Denny.
—Solo estoy suponiendo que Denny no saldría con una chica con «cara de perro», así que imagino que su hermana también debe de ser guapa.
—¿Has comprado mozzarella para las hamburguesas?
Sus finas cejas se unen al tiempo que me clava la mirada. «Supongo que nada de mozzarella. Maldita sea».
—Crecí con tres hermanos varones. Me casé con tu padre, que era capaz de romperse el cuello para mirarle el culo a cualquier chica guapa que pasase. Y he criado a dos hijos. Sé cómo funcionan los hombres, y me niego a creer que no te hayas dado cuenta de si es atractiva.
—Dejo a Jonas en su casa algunos días de la semana. He visto a Whit un puñado de veces, y siempre cuando estaba cansado después de tanto trabajar todo el día, así que no estaba pensando precisamente en guapuras, la verdad.
Su mano suave y cálida aterriza sobre mi antebrazo. Me lo acaricia lentamente al tiempo que me habla con un susurro tranquilizador:
—Colt…, ¿te gustan… te gustan los chicos? Si te gustan los chicos, no pasa nada. Sabes que os amaré a ti y a tu hermano independientemente de con quién queráis estar.
«Ay. Dios. Mío».
—O sea, que si no me fijo en si una mujer es guapa es que de pronto soy gay, ¿es eso?
—No, no, no. Pero nunca has traído a casa a ninguna chica, y rechazas todos mis intentos de buscarte novia. Y cuando eras pequeño te gustaban muchísimo las Spice Girls.
—Ya, y quien diga que no le gustan las Spice Girls miente más que habla.
—Apoyo la cadera en la encimera de la cocina y esquivo el manotazo de mi madre para coger un poco de cebolla caramelizada con una cuchara directamente de la sartén.
Me quemo la lengua, pero vale la pena—. Me gustan las mujeres.
Me encantan, de hecho. Si tanto te interesa saberlo, me acuesto con muchísimas mujeres, pero no quiero traer a ninguna a casa.
Bueno, eso no es del todo cierto. Me acuesto con muy pocas mujeres. En realidad, se puede decir en pasado: me he acostado con muy pocas mujeres, y recientemente con ninguna.
A ella se le cambia la cara.
—Ay, Colt. Yo solo quiero que encuentres a alguien que te haga feliz.
—Ya, bueno, cuando la encuentre, serás la primera en saberlo.
La mano que sigue acariciándome el brazo desciende hasta mi cintura, y mi madre aprieta su pequeño cuerpo contra el mío hasta que le devuelvo el abrazo.
Sé que no es vieja, lo que se dice vieja, pero desde luego me parece más frágil que la recia granjera que me he pasado la vida abrazando. Y eso es una putísima mierda.
Si hay algo de lo que estoy seguro es de que quiero que mi madre sea feliz.
Mi hermano viaja por todo el mundo en pos de sus sueños musicales; tener niños es la última de sus preocupaciones.
Me encantaría darle a mi madre los nietos que tan desesperada está por tener, porque los ahogaría con la hostia de amor.
Les prepararía galletas todos los días, los llevaría al zoo y haría todo lo que le habría encantado hacer con Beau y conmigo de no haber tenido que dejarse la piel para criar ella sola a dos niños, porque papá pasaba mucho tiempo fuera. Eso es lo que quiero para ella.
—La próxima vez deberías traer a Whit y a Jonas a cenar.
Me aparto de su abrazo y le lanzo una mirada.
—Mamá…
—No estoy intentando inmiscuirme. —Alza una mano en gesto de rendición—. Pero ese chico te encanta; queda claro a juzgar por el modo en que hablas de él. Y soy tu madre, lo cual significa que me gustaría conocer a la gente que forma parte de tu vida.
—Es un chaval bastante guay —admito—. Me dijo que sabía que su padre lo iba a dejar tirado, y recuerdo la sensación de cuando yo mismo era niño. Así que sentí…, no sé, el impulso, supongo, de ocuparme de él.
—Colt… —Mi madre gira la cintura para mirarme a la cara. Se me hace un nudo en la garganta al ver las lágrimas que asoman a sus ojos—. Siento mucho que te pareciera que no podías contar con papá.
No es solo que me pareciese que no podía contar con él…, es que esa era la realidad de nuestra situación. Los rodeos y las ferias de ganado eran su prioridad. No sé cuál será la excusa de Alex, pero sé lo que se siente cuando eres un hijo cuyo padre no está presente.
Y, sin embargo, no puedo soportar la idea de que mi madre se sienta culpable, así que recojo cable enseguida.
—No pretendía decirlo así. Lo que digo es que sé lo que se siente cuando tu padre no está siempre en casa. Ya sé que papá trabajaba mucho para poner comida en la mesa. Pero me gusta estar presente para Jonas.
—Tiene suerte de que estés ahí. —Se restriega el rabillo del ojo con la punta del trapo de cocina. Una diminuta sonrisa le fractura la cara—. Te quiero, cariño. Lo único que deseo es que seas feliz.
—Ya soy feliz, mamá. —La estrecho entre mis brazos de nuevo y le planto un beso en la coronilla—. Va a hacer falta una pedazo de mujer para que esté a tu altura y a la de Betty.