11. Colt #2
Jonas suelta una risita que suaviza las grietas que han aparecido cuando lo he decepcionado hace unos instantes. Llegamos a lo alto de la colina y regresamos en dirección al granero. Cierro los ojos para disfrutar del calor y de las motas de luz tras mis párpados al estar de cara al sol.
Aunque voy más lento cuando trabajo con Jonas, mis tareas son de verdad farragosas durante los fines de semana, cuando el chico no está. Sin su risita infantil, todo está demasiado silencioso. Y sin esos comentarios de listillo, todo es muy aburrido. Betty también se pone de mal humor.
Este domingo particularmente soleado no puedo evitar preguntarme si estará pescando con su abuelo o haciendo algo divertido con Whit.
Por su bien, eso espero. Por suerte, de niño yo tenía a mi tío, a mi hermano y a mis primos.
Ellos me distraían e impedían que echara de menos a mi padre, que se pasaba semanas o incluso meses fuera, por su trabajo como ganadero.
Probablemente sea el único motivo por el que no estoy hasta las cejas de traumas paternofiliales.
Poco después de las cinco, entro por la puerta de casa de mis padres, no muy lejos de Wells Canyon.
Betty se me adelanta a la carrera, ansiosa por llegar a la cocina a por algo de comida.
De dos rápidas patadas, dejo las botas junto a la pila de zapatos amontonados al lado de la puerta principal.
Me dirijo hacia las estridentes carcajadas que se oyen en el salón.
Las cenas familiares son una tradición desde que era niño.
Mi madre hizo todo lo posible para mantenerlas después de que mi tío vendiera su granja y cada uno de nosotros nos fuéramos por nuestro lado.
Los asistentes han ido cambiando a lo largo del tiempo; se han añadido cónyuges y niños, pero el primer domingo de cada mes hay comida en la mesa y una gran familia para dar cuenta de ella.
—No habrás sido capaz de traer comida rápida a la cena familiar —dice mi madre, pasándome un brazo por la cintura y apoyando la cabeza en mi pecho. Me da una fuerte palmada en la barriga que me deja momentáneamente sin aire.
Suelto un gemido y me acaricio la zona donde me ha pegado.
—No seas así conmigo, que estaba trabajando. Además, a todo el mundo le gustan los nuggets de pollo. Podemos ponerlos en una bandeja bonita.
—¿Nuggets? —grita Beau, mi hermano pequeño, desde el iPad colocado en la repisa de la chimenea. No sé dónde demonios se encuentran su novia y él; están de gira tocando música country. En los pocos meses que llevan juntos, Beau ha visto más mundo del que yo he visto en televisión.
—Están recién hechos, aún humean —replico.
En el mismo segundo en que abro la caja, Betty se sienta sobre mis pies, babeando de anticipación.
La aparto con suavidad para acercarme a la cámara del iPad, con un nugget entre los dedos.
Un remolino de aire caliente oculta el rostro de mi hermano.
Cuando se despeja, veo que está salivando a miles de kilómetros de distancia.
—Toma, cómete uno. —Acerco el nugget a la cámara, y Beau da unos cuantos bocados fingidos al tiempo que su novia se ríe de él de fondo.
—Están deliciosos, joder —murmura, haciendo como que tiene la boca llena.
—Valiente idiota estás hecho. —Me meto el nugget en la boca. Me quemo las papilas gustativas y me arrepiento al instante de haberlo hecho. Respiro rápido por la boca para enfriarlo antes de sufrir una combustión espontánea.
Beau suelta una carcajada y dice que soy idiota. Alguien me da unas palmadas en la espalda y casi me caigo de boca entre toses y escupitajos. Betty da cuenta de todo lo que se me cae al suelo antes de que mi madre vea que he manchado la alfombra.
—¿Qué tal te va en el rancho? —pregunta el tío Chuck.
Una vez que se me pasan las toses que ha provocado el trozo de pollo que se me ha quedado atorado en la garganta, me enjugo las lágrimas y digo con voz estrangulada:
—Bien.
—Me alegro. No has descubierto aún ningún talento secreto que te lleve de gira por todo el mundo ganando dinero, como tu hermano, ¿no?
—No, aún no.
—Lástima. Esperaba que entre los dos pudieseis pagarme la jubilación. Me debéis el resto de mis inviernos en Florida por haberos criado mientras mi hermano paseaba el culo por todo este puñetero país.
Aunque el tío Chuck ha hecho muchísimo más por mí y por Beau que cualquier otra persona, decir que nos ha criado es exagerar un poco.
Quien nos crio fue mi madre. Lo que pasa es que mi padre está sentado en un sillón a menos de tres metros de distancia, y está claro que Chuck intenta tocarle las pelotas. Cosas de hermanos; lo entiendo.
—Me cago en la leche. —Inspiro entre dientes y señalo a mi hermano en la pantalla—. Pues más vale que Beau se ponga las pilas, porque yo también contaba con que me pagase el resto de mis inviernos en Florida.
—Ninguno de los dos aguantaría ni un día el calor de Florida. —Beau da un bocado de algo crujiente. Yo entrecierro los ojos para ver de qué se trata.
—¿Estás comiendo Oreos a la hora de la cena? Mamá te va a moler a palos. —Chasqueo la lengua y meneo el índice ante la pantalla. Luego me marcho a la cocina, ignorando las protestas de mi hermano, que dice que donde se encuentran ahora no es hora de cenar.
La pequeña cocina despide un olor abrumador a pan recién hecho, como siempre.
Mi madre no siguió su vocación como chef de primera categoría, y nosotros somos los cabrones suertudos que disfrutan de sus habilidades culinarias.
Aunque mis padres se mudaron a esta casa hace pocos años, si alguna vez me toca la lotería, le compraré a mi madre una casa nueva con una cocina cuatro veces más grande y todos los utensilios que necesite. Es lo mínimo que se merece.
Me ruge el estómago, y un único nugget de pollo no basta para calmarlo. Así pues, agarro de inmediato un cuchillo para el pan y ataco una hogaza que nadie está vigilando. Al parecer, incluso sigue caliente.
Y entonces, alguien me da un latigazo con un paño húmedo de la cocina justo en el culo. Doy un salto con un chillido bastante vergonzoso.
—¿A qué demonios ha venido eso?
Me masajeo el cachete con fuerza, intentando aplacar el dolor.
—Si cortas esa hogaza, se va a quedar chiclosa por dentro. Déjala reposar.
Mi madre niega con la cabeza y aparta la hogaza al tiempo que saca otro bollo de masa madre perfectamente redondo. Lo deja caer sobre la encimera salpicada de harina junto a la mantequera de cerámica.
Una vez tengo en un plato tres gruesas rebanadas de pan de masa madre untadas con mantequilla, me dejo caer en la silla vacía en la muy amada mesa de madera de la cocina, frente a mi prima Fiona y su bebé.
—Mira qué bollito. —Mi madre se inclina y le huele el pelo al bebé, para luego tenderme una cerveza fría—. ¿No es genial tener un bebé en casa?
—Yo diría que es más albóndiga que bollito.
Fiona me da una patada por debajo de la mesa.
—Tu opinión no le interesa a nadie, gilipollas.
Por Dios bendito, parece que hoy es el día de pegarle a Colt porque sí.
Suelto un gemido y me llevo la mano al moratón que ya me está saliendo en la espinilla. Con el mantel de la mesa de la cocina, no llego a ver si Fiona lleva hoy botas de acero, pero sospecho que así es.
—¡Pero si las albóndigas son lo mejor! Toda la familia de mamá es italiana. Nos encantan las albóndigas.
Fiona tuerce la boca. Se pone en pie lentamente y murmura algo en voz baja al salir. Ni siquiera lleva zapatos.
—Bueno, este año se queda sin tarjeta de felicitación navideña de parte mía y de Betty —le digo a mi madre después de que la mamá loba de pies de acero se haya alejado.
La mirada que me lanza mi madre basta para que me arrepienta de haber pronunciado esa frase. Me dedico a engullir el delicioso pan.
—¿Y qué tal va el trabajo, cariño? —Mi madre ocupa el lugar de Fiona a la mesa y da un sorbito a su expreso.
De niño me obsesionaban los caballos, los rodeos, los vaqueros y todo su estilo de vida.
Mi madre se dejó la piel intentando quitármelo de la cabeza porque quería algo distinto para sus hijos de lo que ya tenía con su marido, supongo.
Sin embargo, cuanto más se esforzaba por dirigirme hacia el deporte o hacia alguna afición, o por inscribirme en alguna universidad de la ciudad, más metía yo los pies en los estribos.
Ahora que casi he cumplido los treinta, mi madre ha acabado por aceptar que no voy a cambiar de estilo de vida.
Doy las gracias por ello, porque lo último que querría es decepcionarla.
Poco después de empezar a trabajar en el rancho, me planteé si debería renunciar para tenerla contenta.
El único motivo por el que no lo hice fue porque Beau empezó a trabajar conmigo también, y yo tenía una lealtad hacia mi hermano que no podía dejar de lado.
Levanto un dedo a modo de pausa hasta haber tragado. Intento no ahogarme con la comida más de una vez al día.
—No va mal.
Está claro que quiere saber más, a juzgar por su lento asentimiento y su constante contacto ocular. Sin embargo, los fines de semana son tan enormemente anodinos que no se me ocurre nada más que mencionar.
—Últimamente, Jonas lo está haciendo genial.
El otro día se subió a un caballo, y parecía que llevase toda la vida cabalgando.
Le saqué un vídeo para enseñárselo a Whit.
—Levanto el culo de la silla levemente para sacarme el teléfono del bolsillo trasero.
Tras unos segundos, le enseño a mi madre el breve vídeo que hice en el rancho—.
A ver, unos quince minutos después se cayó, pero acabó subiéndose otra vez.
Sus ojos se desorbitan.
—¿Se cayó? ¿Y cómo se lo ha tomado Whit?