Soltar las riendas (El rancho Wells 4) 11. Colt
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11. Colt

Colt

D e algún modo, nos hemos buscado público. Vale, solo se trata de ganado, pero sigue siendo intimidante.

—A ver, tío, tienes que intentarlo —digo. Mi yegua da un paso lateral. Está vigilando al ganado. Yo vigilo a Jonas, plantado en mitad del campo de heno, con un mohín en la cara—. Todos nos caemos alguna vez del caballo.

Betty se muestra de acuerdo con un ladrido. A veces me pregunto si no será capaz de hablar pero prefiere no hacerlo.

Pensándolo mejor, puede que esté ladrando porque piense que deberíamos ponernos a trabajar y mover todo este ganado. Jonas y yo le estamos cortando el rollo.

El chico clava la vista en un manojo de alfalfa que tiene en las manos. Lo toquetea y arranca trocitos con las uñas.

—No quiero volver a subirme en ningún puñetero caballo en mi vida.

—Me parece bien. —Asiento, dirijo la vista hacia la línea de los árboles y reafirmo las riendas de la yegua en mis manos.

Dejo que pasen un par de segundos. Jonas da unas pataditas en el suelo y ensucia la puntera de una bota de vaquero algo grande para su talla que Kate le ha traído del ático.

Tras un par de semanas pasando casi todos los días en el rancho, le he propuesto algo un poco más divertido que fregar los establos.

El chico ha echado a correr tan rápido hacia el granero que casi se cae de bruces.

Se ha subido al caballo sin miedo. Quizá el problema es que venía con los humos muy subiditos.

Después de cinco minutos, me ha dicho que no necesitaba que guiase su montura.

«Es una mierda que el caballo te tire al suelo».

—¿Has pensado alguna vez lo listos y sigilosos que son los animales? —pregunto después de darle un poco de tiempo para que digiera lo enfadado que está consigo mismo.

—No —gruñe.

—Bueno, es como que ahora mismo podría haber un puma gigante en ese árbol. —Entrecierro un ojo y señalo hacia un gran abeto no muy lejano—. Vigilándonos. Ni nos enteraríamos. Son los mejores cazadores de la zona. Esperan hasta dar con el momento perfecto.

Veo que sus ojos siguen la dirección de mi dedo y se desorbitan poco a poco hasta alcanzar el tamaño de unas bolas de softball.

—¿Crees que hay un puma allí?

—Podría ser. O podría estar la mar de tranquilo en ese saliente rocoso detrás del árbol. Tumbado como un francotirador.

—¿Y no iría a por las vacas?

Lanza un rápido vistazo del saliente rocoso al ganado, que nos sigue vigilando con ojos cautelosos… o más bien a la perra. Betty también los vigila con atención.

—El ganado sería su cena. Tú eres más bien las patatas fritas que se sacan de aperitivo antes de comer.

Jonas traga saliva y se me acerca.

—Mi tío solía decir que no hace falta correr más rápido que cualquier animal salvaje, solo hace falta correr más rápido que quien vaya contigo. —Acaricio con la mano el cuerno de la silla de montar frente a mí—. A pie perderías sin duda esta carrera, tío.

Los engranajes de su cabeza están girando.

Si yo pensara que de verdad le da miedo volver a caerse del caballo, no lo presionaría.

Pero en cuanto su culo ha aterrizado en el suelo, culpa suya por no haber prestado atención ni haberse afianzado en la silla de montar al llegar a una repentina inclinación, he comprendido que lo que le pasaba es que estaba enfadado consigo mismo.

Y apostaría a que también le da vergüenza haberse caído.

—Está bien.

Jonas echa a andar a grandes zancadas, con nubecillas de polvo a los pies, ignorando los mordisquitos que Betty le da en los tobillos.

Yo lo contemplo, con una ceja alzada. De haber estado con cualquiera de los adultos que me criaron a mí, estos le habrían dicho que se fuera andando a casa a ver si así se le pasaban las ganas de dar malas contestaciones.

El tacón de su bota se balancea hacia atrás cuando da un paso particularmente exagerado, y le arrea sin querer un taconazo a Betty en la mandíbula.

Es un golpe audible, que obliga a la perra a retroceder.

Teniendo en cuenta que se trata de una perra ganadera, que se lleva palos mucho peores del ganado casi a diario, algo así no me preocupa.

Probablemente le ha parecido más bien la picadura de un mosquito.

Sin embargo, Jonas gira en redondo de inmediato, cae de rodillas en el suelo y la llama para que se acerque.

La cubre de tiernas caricias, besos y abrazos, deshaciéndose en disculpas susurradas.

Betty disfruta de cada segundo de estas atenciones y le lame el cuello y las mejillas, como si no hubiera estado comiendo mierda de vaca hace veinte minutos, e intenta sentar su cuerpo de catorce kilos sobre el enclenque regazo del chico, al que acaban de quitársele las tonterías cuando la perra lo derriba con un golpe de culo que le impacta en pleno pecho.

Jonas balbucea bajo el peso de las patas delanteras de Betty, que le presionan el esternón.

—Por Dios, Betty, deja que me levante —dice tumbado en el suelo, pasando las manos por el esponjoso cuello de la perra entre pelos y risitas—. Creo que le hace falta un puppuccino para mejorar la peste que le echa el aliento.

Yo reprimo una risa, suelto las riendas y me bajo de la yegua. Jonas agarra mi mano tendida con la suya, pequeña y cálida. Lo levanto de un tirón en medio del implacable asalto de Betty.

Si no fuera por todos los puppuccinos que se traga, Betty estaría tan delgada que el mero impulso de mover la cola la arrojaría hacia delante. Entierra el hocico entre las piernas de Jonas y casi lo alza por los aires.

—Maldita sea, Betty, dale al chico un segundo para respirar al menos.

Ella me manda callar con un brusco ladrido.

—Está bien, Betty Espagueti. —Jonas le acaricia el pelaje desordenado tras las orejas—. Vamos a por algo dulce.

Ayudo a Jonas a subir al caballo, monto en mi propia yegua y los dos atravesamos el campo de heno recién cortado, cuyo aroma impregna el aire.

El sol brilla sobre la lejana cordillera, y cada golpe de cascos levanta nubecillas relucientes de polvo en el aire.

Vamos bastante más lentos que antes, pues Jonas cabalga con mucho más cuidado, pero por mí, bien.

—Ayer pasé el día con mi padre —dice tras unos minutos de cómodo silencio.

El alivio me recorre las venas. Cuando Whit me mandó un mensaje para decirme que el chico no iba a venir al rancho, me pregunté si su ex habría vuelto a cambiar el plan.

Luego, no pude evitar preguntarme si iba a volver a dejarlo tirado.

Puse el volumen del teléfono al máximo por si acaso alguien necesitaba volver a ir a pescar.

A fin de cuentas, puede que no conozca a Alex, pero sí que conozco a ese tipo de persona. Mis padres siguen casados, y aunque mi padre aún está presente en mi vida, comprendí desde muy pequeño que sus promesas no valían una mierda.

Ladeo la cabeza y miro a Jonas. Le he dejado uno de mis sombreros Stetson para protegerse del sol. Le queda ridículamente grande en la cabeza. El ala casi le cubre los ojos. Es un milagro que pueda ver adónde vamos. Quizá se ha caído justo por eso.

—¿Y qué tal fue?

Él se encoge de hombros, apático.

—Me ha comprado esa nueva PlayStation de la que te hablé.

Joder. No es el tipo de reacción que yo esperaría de mi hijo tras pasar el día conmigo, sobre todo después de no habernos visto durante semanas, o quizá más.

—Qué guay. Aunque me dijiste que tu cumpleaños es en marzo, ¿no?

—Siempre me compra algo después de cancelar nuestros planes y mamá le grita por hacerlo. ¿Quieres venir a casa a jugar esta noche?

—Ay, mierda, tío. No puedo, lo siento. Este fin de semana voy a una venta de ganado.

Algo se me rompe en el pecho al ver que el entusiasmo abandona su expresión.

Es una vieja herida que jamás se ha curado del todo.

El mohín que Jonas intenta disimular desesperadamente me da ganas de enfrentarme a las consecuencias de decirle a Austin que no puedo ir, para poder jugar cinco minutos a videojuegos con este chico.

—Pero, hey —suavizo la voz y centro la vista en el cuello de su caballo, al que acaricia delicadamente—, ¿puede ser el próximo jueves? El viernes por la mañana no tengo que trabajar, así que puedo pasarme toda la noche dándote una paliza.

Él me dedica una sonrisa altanera.

—Quien te va a dar una paliza a ti voy a ser yo.

—Eso ya lo veremos, chaval. Pillaremos algo de comer después de trabajar. Quizá podamos convencer a tu madre para volver a pedir pizza.

—Pero yo no voy a poder venir al rancho el jueves…

Se remueve en la silla de montar y el sonido del cuero se propaga incómodo por el aire.

Yo intento no perder comba y digo:

—No pasa nada, voy yo a vuestra casa y llevo algo de picar. ¿Vas a echar el día otra vez con tu padre?

—No, mi madre me lleva a un sitio los jueves.

Tengo que pasarme un rato dentro de un cuarto lleno de juguetes para niños.

Se supone que tengo que hablar con una señora, pero huele muy raro y tiene el pelo encrespado, como patatas fritas rizadas.

Como no le cuento mucho, me obliga a hacer dibujos.

Lo odio. Es una estupidez. —Alza las manos en el aire con un aspaviento.

Tardo un poco más de lo que me gustaría admitir en comprender de qué demonios está hablando.

Cuando por fin caigo, no sé qué responder.

Yo también fui ese niño que tuvo que sentarse en un sitio desconocido con un adulto desconocido, aunque a mí me obligaban a ponerme a leer, en lugar de hablar o hacer dibujos.

Supongo que, a largo plazo, fue por mi bien, pero cuando tenía la edad de Jonas, a mí también me parecía una estupidez.

—Yo personalmente prefiero hablar con Betty y con el ganado de lo que me pasa.

A veces huelen raro, pero no suelen repetir las cosas que les digo.

—Jonas le lanza un vistazo a Betty, que trota leal tras nosotros—.

Lo que pasa es que Betty es muy exigente.

Hay que comprar su silencio a base de puppuccinos .