10. Whit #3
Estoy apretando con tanta fuerza la camiseta de Colt en la mano que mis nudillos han perdido todo el color.
Ni me había dado cuenta de que la había agarrado, pero ahora no soy capaz de soltarla.
Ya la plancharé antes de dársela. Ahora mismo es un buen modo de canalizar mi ira; me permite mantener esta sonrisa falsa y este tono agradable de voz delante de tantos desconocidos.
—¿Se puede saber qué pájara te ha dado ahora? —pregunto.
En lo más profundo de mi ser siempre he albergado la esperanza de que Alex me llamase de repente para decirme algo así, para pedirme que lo dejase participar más en la vida de Jonas.
Esperaba que se despertase por fin y se diese cuenta de lo mucho que se está perdiendo por no pasar más tiempo con el chico más increíble que he conocido en mi vida.
No tengo ningún delirio de grandeza; jamás seremos una familia perfecta con jardincito y valla blanca, dos hijos y medio y un golden retriever.
A pesar de que siempre cedo cuando Alex quiere meterse en mi cama, no fantaseo con la idea de volver a estar juntos. Eso se acabó hace eones.
Lo único que quiero es que haya alguien más apoyando a Jonas, alguien que lo quiera incondicionalmente.
Se merece tener un padre. Por eso reprimo una y otra vez el impulso de bloquear el número de Alex y sacarlo por completo de nuestras vidas.
Es cierto que le permito salirse con la suya muy a menudo.
Nunca le pongo límites ni me defiendo. Maldita sea, el único motivo por el que ahora mismo lo estoy reprendiendo por sus comentarios es porque me siento en la cima del mundo tras haber comprado esta olla perfecta de Le Creuset.
—Bueno, es que Amapola y yo hemos pensado que…
Sigue hablando, creo, pero todo mi cerebro se ha quedado en «Amapola». ¿Se le ha ido del todo el coco y le ha dado por la jardinería?
Lo interrumpo:
—Disculpa, pero ¿qué es eso de Amapola?
—Es mi novia.
—Te has echado novia… ¿y se llama Amapola?
Por Dios. Ahora mi migraña tiene nombre de flor.
—Me ha dicho que te pida pasar más tiempo con Jonas.
Suelto una risa a medias. Ay, Amapola. Mi dulce e inocente Amapola.
Por supuesto que le ha pedido a Alex que pase más tiempo con Jonas, porque estoy segura de que Alex le ha contado que soy un monstruo que no lo deja estar con su hijo.
Imagino que se ha puesto una foto de Jonas en la pantalla del móvil; una foto sacada de mis redes sociales.
Amapola va a desempeñar el papel de novia comprensiva durante unos meses, hasta que se dé cuenta de que todo lo que Alex le ha contado es mentira.
Después de una década con la misma dinámica, me conozco todos los ascensos, descensos y bucles de esta montaña rusa que es nuestra relación.
He desempeñado todos los papeles posibles —de ex malvada a mejor amiga— en el guion repleto de mentiras que Alex emplea para convencer a las mujeres de que no es un pedazo de sinvergüenza.
—A ver, mira: Jonas no va a ir al rancho este jueves porque tiene terapia. No le voy a decir nada, pero si quieres recogerlo después de la terapeuta, no seré yo quien te lo impida.
—Allí estaremos Amapola y yo.
—¿No te parece una hipocresía echarme la bronca por Colt, aunque no tenga el menor interés en salir con él, y que luego quieras presentarle a tu nueva novia a Jonas?
—En realidad llevamos saliendo tres meses.
Hago el cálculo mental más rápido de mi vida. Se me sube la bilis a la garganta y trago saliva. No quiero acabar vomitando dentro de esta olla de hierro que ha resultado ser el amor de mi vida.
—¿Tres meses? —grazno, y luego mi voz se convierte en un siseo bajo—. Tú y yo nos hemos acostado en los últimos tres meses y no has dicho ni una puta palabra sobre que tuvieras novia.
—Al principio no iba muy en serio con Amapola. No sabía si iba a salir bien la cosa.
—Será una puta broma, ¿no? No vengas con Amapola el jueves. No quiero ni mirarla a la cara sabiendo que he sido tu puta amante.
—Estás exagerando un poco, Whit.
Gracias a Dios, mamá y Blair vienen hacia mí. Me apresuro a limpiarme las lágrimas de los ojos.
—Tengo que colgar.
Clic .
Noto un sabor repugnante en la boca. Me limpio el vestido de hierba y subo al coche de Blair.
Si estuviera a solas con mi hermana en el coche, me desahogaría y le contaría todas las mierdas de Alex de camino a casa.
Pero mamá está aquí y me está enseñando la bailarina mecánica de cerámica que ha comprado.
Me cuenta la misma historia cuatro veces, y para cuando llegamos a casa, mis ganas de soltarlo todo de golpe casi han desaparecido.
Aparto a Blair a un lado para que mamá se adelante en la entrada y le susurro:
—¿Tienes planes para esta noche?
—Nop. ¿Por qué?
—Alex está saliendo con una tal Amapola y me he convertido accidentalmente en su amante. La tal Amapola quiere que Alex pase más tiempo con Jonas, lo cual, al parecer, es más importante para Alex que cuando, bueno, ya sabes, cuando Jonas quiere pasar más tiempo con su padre.
Vale, lo admito: el impulso de soltarlo todo de golpe no se había ido del todo.
—Vale. Llevaré vino.
—Que sean dos botellas.