10. Whit #2
Deambulo entre incontables habitaciones muy horteras.
Llego a un dormitorio más pequeño repleto de ropa, aunque esta no parece ser elegante ni delicada, como sí son los vestidos que mi madre estaba mirando ahí fuera.
Rozo el algodón y el poliéster, aliso la tela entre los dedos.
En una camiseta rajada pone «Disneylandia 88».
Otra anuncia orgullosa «Torneo de golf de Ria Creek», sin año, aunque, por los colores, yo diría que es de los noventa.
El estridente chirrido de las perchas de metal sobre la barra me araña por dentro, pero siempre he adorado asomarme a la vida de los desconocidos, ya estén vivos o muertos.
Es como hojear un álbum de recortes. No puedo evitar pensar que alguien —con la mente bastante más sucia que las viejas de por aquí— contemplará algún día mis pines esmaltados cuando yo haya muerto.
Y entonces, veo el santo grial. Es casi una necesidad. Tengo que comprarla.
Colt se va a morir cuando la vea.
Entre varias camisetas muy monas con motivos de vacaciones familiares, de torneos de golf de beneficencia y de la fiesta anual del cangrejo, cuelga una, aún con la etiqueta, que anuncia un rodeo en Wells Canyon en 1990.
Para ser sincera, creo que es una camiseta de mujer.
En la parte delantera hay un mapache marrón con un sombrero de vaquero y la inscripción: «A LIARLA PARDA».
A liarla parda, desde luego. Sostengo la camiseta gris bajo la moteada luz del sol para iluminarla mejor.
«Sería raro regalarle una camiseta, ¿no?».
Casi no nos conocemos. Desde luego, no estamos en un punto en el que no sea extraño que le compre algo sin la excusa de algún tipo de ocasión en la que se hacen regalos.
Y, teniendo en cuenta el modo en que me miró ayer, el modo en que nos miramos ayer, lo último que quiero hacer es darle una impresión equivocada.
Vuelvo a dejar la percha en la barra, me quito la idea de la cabeza y me digo a mí misma que no puedo seguir cargando con más cosas si quiero pasarme por todas las demás habitaciones de la casa.
«Lo siento, mapache vaquero, pero mi ansiada olla de hierro es más importante».
Durante diez minutos más, deambulo por estos pasillos.
Me siguen varios ojos envidiosos de gente a la que le habría gustado tener la suerte de haber visto la olla antes que yo.
Me duelen los dedos de tanto sujetarla, así que empiezo a dirigirme al tipo que cobra, sentado frente a un pequeño escritorio junto a la puerta principal.
—¿Me permite pasar? —le pregunto en voz baja a una recia señora mayor plantada bajo un estrecho arco. Esta se aparta y yo le doy las gracias con voz muda.
Mientras espero en la cola para pagar, estudio a los demás clientes. No es el tipo de multitud que viene a liarla parda. Si no compro esa camiseta, acabará en la basura o en alguna tienda de beneficencia. A menos que Colt pase también por aquí hoy con su madre, claro.
«Me la podría guardar hasta Navidades o hasta su cumpleaños».
—Además —me digo a mí misma mientras recorro el pasillo vacío—, es el tipo de camiseta tonta que dice a las claras «Solo vamos a ser amigos».
Siento un hormigueo burbujeante en el estómago, como una gota de antiácido en un vaso de agua, al ver la fina manga gris de la camiseta, que aún asoma entre las demás. La vuelvo a inspeccionar una última vez. Es verdad que es el regalo perfecto para Colt.
Ojalá estuviese aquí Jonas. Así podría manipular la situación para que pensase que ha sido idea suya comprar la camiseta. Colt no tendría por qué enterarse.
Antes de que pueda seguir dándole vueltas al asunto, saco torpemente la camiseta con una mano. Le pago al tipo de la puerta principal y me escabullo hasta un rincón en sombra bajo un enorme roble. Aquí espero a que vuelvan mi madre y mi hermana.
Me siento en el fresco suelo. Mis hombros desnudos rozan la corteza del árbol. Me recoloco para que no se me vea nada por debajo del vestido. Con la olla de hierro a mi lado, y la camiseta pulcramente colocada encima de ella, saco el teléfono para matar el tiempo mirando las redes sociales.
Alex
Mañana no tengo que trabajar.
Voy a por Jonas a las nueve.
Resoplo.
—Ni una puta disculpa por lo de ayer.
Mañana tiene planes.
Alex
Pensaba que quería hacer algo conmigo.
Ayer.
Quería hacer algo contigo AYER.
Mañana va a ir al rancho con Colt.
«Tres, dos, uno…».
Zum-zum-zum.
El teléfono vibra en mi mano. Alex me está llamando. Yo sabía lo que iba a pasar en el mismo instante en que he mencionado el nombre de otro tipo.
—¿Quién es Colt? —me pregunta mientras yo sigo intentando obligarme a saludarlo.
—Uno de los trabajadores del Rancho Wells. El novio de Blair le ha buscado a Jonas trabajo allí durante el verano. Colt es algo así como su supervisor.
—Tiene diez años, Whit. —«Al menos se acuerda de la edad del crío»—. Es demasiado pequeño para pasarse el verano trabajando.
—No podía dejar que se dedicara todo el tiempo a jugar a videojuegos. Además, lo está disfrutando mucho.
—¿Estás saliendo con ese tío? Porque yo diría que deberíamos hablarlo antes de que le presentes a Jonas a cualquier pavo.
«¿Me lo está diciendo en serio?». Me aparto el teléfono de la cara y le clavo la mirada al cacharro. Tiene las putas agallas de poner en duda mi crianza cuando a él no le dio la gana de venir ayer a por Jonas. Aprieto con tanta fuerza la mandíbula que siento una punzada de dolor.
—No, no estamos saliendo —digo entre dientes. «¿Y qué si estuviéramos saliendo?»—. Por otro lado, no es asunto tuyo quién es parte o no de mi vida. —Él resopla—. A Jonas le viene bien estar en el rancho. Además, Colt es buen tío. Y Jonas lo adora.
—Jonas no es lo bastante mayor como para saber qué le viene bien de verdad. Está claro que lo único que te interesa es quitártelo un poco de en medio.
—¿Pero qué cojones dices?
—¿Acaso me equivoco, Whit? —Noto claramente su mueca sonriente al otro lado de la línea.
Consciente de que hay gente deambulando por el jardín delantero con la antena puesta después de mi última frase, bajo la voz y echo mano de mi tono aprobado por Recursos Humanos:
—¿Me estás diciendo que tú, precisamente tú, sabes qué le conviene a Jonas?
—Soy su padre.
—Quieto ahí. Que hayas contribuido con esperma no te da ni un puto derecho a la hora de tomar decisiones sobre su bienestar. Y menos teniendo en cuenta que no es la primera vez que finges tener interés en él.
—Eso va a cambiar.
Resoplo.
—Lo que tú digas.
Vuelve a alzar la voz:
—¿Acaso no he empezado esta conversación diciendo que voy a pasar mañana todo el día con él?
—No voy a pedirle que cancele sus planes con la esperanza de que no vuelvas a dejarlo tirado.