10. Whit
Whit
A la mañana siguiente, estoy disfrutando en silencio del café de las ocho y de una novela romántica con tanta tensión sexual que me descubro a mí misma dando pataditas al aire. Un surfero tatuado que va en motocicleta. Todo un puto sueño.
Por supuesto, mi teléfono tiene que sonar justo cuando está empezando lo que promete ser una escena muy picante.
Porque, claro, cómo iba a ser de otra manera.
Como prueba de lo buena hermana que soy, dejo a un lado el Kindle con un suspiro y le doy a Blair los buenos días con el tono más normal que puedo poner ahora mismo.
—Oye, a mamá le ha dado una ventolera y quiere que pasemos un día de chicas.
—Vale. —Me llevo la taza de café a los labios—. ¿Cuándo?
—Hoy. Ha visto anunciado un rastrillo de segunda mano en el periódico.
—Tendrá que ser día de chicas con Jonas. Y eso suponiendo que consiga que se levante.
Desde que ha empezado a pasar tanto tiempo en el Rancho Wells, prácticamente tengo que sacarlo a rastras de la cama cada mañana. Los fines de semana suelo dejarlo dormir hasta tarde y jugar a videojuegos. A fin de cuentas, son las vacaciones de verano.
—Papá quiere llevarlo a pescar —dice Blair.
—Vale, haré lo posible por despertarlo. —Me levanto del sofá con un gemido y cruzo la estancia con andares de pato—. Pero que sepas que estaba leyendo una novela guarra cuando me has llamado.
Y preferiría seguir en vez de tener que ir a despertar al gruñón de mi hijo.
Blair se echa a reír.
—Mis disculpas. Tráetela y sigues leyendo durante el trayecto hasta Sheridan.
—¿Y tener que explicarle la trama a mamá? Me parece que no. Ahora te veo.
Una hora después, Jonas y yo cruzamos el pequeño terreno que separa nuestra calle de la de mis padres. La hierba alta necesita un poco de lluvia; me hace cosquillas en los gemelos desnudos y roza el dobladillo de mi vestido verde salvia, que me llega hasta las rodillas.
Si alguien me hubiera preguntado a los dieciséis años si quería vivir a tiro de piedra de la casa en la que crecí, me habría reído tanto en su cara que me habría provocado una hernia.
Sin embargo, cuando salí del hospital junto a mi padre, que cargaba con el sillín del coche del bebé —devastada, avergonzada y furiosa a partes iguales porque no era Alex quien me acompañaba—, se desvanecieron los últimos vestigios de mi caractercito adolescente.
Quedarme cerca de mis padres fue la decisión más lógica.
Llevo ya en el cuerpo dos calmantes y una botella entera de agua, para intentar aplacar el dolor de cabeza que me está provocando Jonas.
Desde el momento en que ha abierto los ojos, no ha dejado de gimotear vehementemente porque quería quedarse en casa jugando a videojuegos.
En un primer momento he pensado que no se sentía bien tras haber pasado tantas horas bajo el sol ayer, pero ya no tiene la piel enrojecida, ni tampoco el menor rastro de fiebre.
Además, se ha tragado para desayunar tres trozos de la pizza que sobró anoche.
No está enfermo. Solo está de mal humor.
Cuando llegamos, vemos que Blair está apoyada en el coche.
Por suerte, Jonas tiene los suficientes modales como para darle los buenos días de pasada a su tía y saludar con un gesto a mi madre, que ya está sentada en el asiento del copiloto.
Yo le revuelvo el pelo y le digo que vaya a buscar a su abuelo, asegurándole que se lo va a pasar bien y que esta noche habrá tiempo de sobra para jugar a videojuegos.
Dado que metí el Kindle en el bolso en el último segundo antes de salir de la casa, ocupo el asiento vacío detrás de mamá. Si no me ve leyendo, no me va a preguntar de qué va el libro.
—Yo creía que la idea de pescar iba a entusiasmar a Jonas —dice Blair al tiempo que sale del camino de entrada.
Cierto es que no ha dejado de incordiar a papá para que lo lleve a pescar desde que los lagos de la zona se deshelaron en primavera. Pero, para ser justa, entiendo que no tenga ganas de pescar dos días seguidos.
—Es que fue ayer mismo a pescar. Por eso me parece que no lo emociona tanto. Aun así, estoy segura de que se lo van a pasar bien.
Mi hermana me mira a los ojos por el retrovisor con una sorpresa nada sutil pintada en el semblante.
—¿Fue con Alex?
—No… Esto… En realidad fue con Colt.
—Pensaba que solo se encargaba de asignarle tareas en el rancho.
—Me parece que se han hecho amigos. De normal te diría que cuando un adulto se hace amigo de un niño de diez años hay que llamar a la policía, pero en realidad son muy monos. Últimamente Jonas está mucho más contento y con menos caractercito adolescente…, al menos hasta esta mañana.
Finjo que me distraigo con una uña mal cortada, me miro el regazo y meneo los dedos, al tiempo que pienso en la pizza que compartimos los tres anoche.
Chistes, bromas, una conversación sencilla y repleta de risas que duró hasta mucho después de la hora de irse a la cama de Jonas.
Cuando Colt se marchó, yo me derrumbé en la cama, liviana y saciada.
—¿Quién iba a pensar que Colt era el hombre que susurraba a los muchachos? —replica Blair.
—¿Colt es tu nuevo novio? —pregunta mamá, girándose en el asiento.
—¡No! —Niego excesivamente con la cabeza, como una niña que no quiere tomarse su medicina. El gesto aumenta estas dolorosas palpitaciones que siento en el cráneo.
Blair me mira por encima del hombro.
—Qué respuesta tan agresiva.
—Tú céntrate en la carretera, ¿vale? —Hago un gesto hacia la estrecha autovía de dos carriles al otro lado del parabrisas, para señalar el tráfico que nos viene de cara—. Jonas lo ha invitado a cenar un par de veces, no sé cómo nos define eso. Como amigos, supongo.
—Tu padre y yo fuimos amigos en su día —recuerda mamá—. Tardó cuatro años en pedirme salir.
—A mí me parece mono hacerse primero amigos —dice Blair, y empieza a contarnos lo suyo con Denny.
Las dos se dedican a hablar entre ellas, lo cual me parece bien.
Eso me da el espacio suficiente como para sacar discretamente el Kindle del bolso, que descansa en el asiento junto al mío.
Me muero de ganas de leer un poco de esta novela romántica y guarra para que el trayecto pase más rápido.
Quiero perderme dentro de la historia de amor —y de sexo intenso— que tanto me falta en la vida.
Con este libro en concreto, me emociona leer sobre una madre soltera que se cruza con un hombre sexy que le provoca todo tipo de orgasmos, le presta su atención y le da su amor.
Por otro lado, no tengo el más mínimo resquicio de esperanza de que algo así me vaya a suceder a mí.
Leer novelas románticas es básicamente un acto de masoquismo.
Mis ojos no se apartan de la pequeña pantalla, a pesar de todas las curvas, baches y acelerones. Sin embargo, acabo leyendo la misma página veinte veces. No puedo concentrarme lo suficiente como para absorber las palabras. Al cabo, dejo el libro por imposible.
Apoyo la frente palpitante en el frescor de la ventanilla durante el resto del camino hasta Sheridan.
Blair tiene que despertarme cuando llegamos a la casa que ha organizado el rastrillo de segunda mano.
Es un enorme rancho ganadero a las afueras de la ciudad.
Hay varias personas deambulando por el lugar y todo tipo de objetos domésticos esparcidos por el patio.
—¿Venimos a buscar algo en concreto? —le pregunto a mi madre en medio de un bostezo tan intenso que me lagrimean los ojos.
Al parecer, no se me da bien relajarme, porque, de alguna manera, estoy más cansada después del día de ayer de lo que habría estado tras una semana entera limpiando, haciendo tareas de casa y paseando con Jonas por el pueblo.
Mi madre sonríe y se dirige a un perchero lleno de vestidos antiguos en el jardín delantero.
—Cuando vea algo que me guste, lo sabré.
A pesar de lo temprano que es, hace un calor abrasador y húmedo. Dejo atrás los vestidos y los voluminosos muebles del exterior, rezando para que la casa tenga aire acondicionado. Un caballero alto y mayor aguanta la puerta un tanto preventivamente, así que me acerco al trote para entrar.
Los dueños de este sitio son, sin duda, ancianos —es probable incluso que hayan muerto—, teniendo en cuenta la decoración y la cantidad de porcelana china que hay aquí.
Por fin hemos llegado a un punto de la vida en el que se puede dejar a Jonas solo cerca de objetos de cristal y platos de cerámica.
Ya no usa cubiertos ni platos de plástico con personajes de La patrulla canina.
Aun así, la porcelana china queda fuera de toda discusión.
Hay dos señoras mayores a punto de llegar a las manos por un juego de té. Paso cerca de ellas y arriesgo mi vida para alcanzar una olla de hierro de Le Creuset que descansa entre cacerolas en una estantería de la cocina.
«¿Cincuenta dólares?». Por ese precio, es casi una ganga.
Me meto la pesada olla bajo el brazo como una jugadora de rugby, contemplando con cuidado a las señoras del té, no sea que centren su atención en mí y decidan compincharse.
No me parece mal endiñarle a alguien para llevarme esta preciosidad, pero acabar en la cárcel por una olla de hierro no sería el tipo de ejemplo que se supone que debo darle a Jonas.
Sigo recorriendo este antro. Rozo con la punta de los dedos el piano y pulso brevemente una tecla, con lo que sobresalto a una pareja de mediana edad.
Reprimo una sonrisa y prosigo por un pasillo estrecho.
La olla pesa bastante, resulta difícil de cargar, pero me niego a perderla de vista hasta que esté en casa.
No la puedo dejar siquiera al alcance de mi madre o mi hermana.