Soltar las riendas (El rancho Wells 4) 9. Whit #2
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9. Whit #2

—Ah, es que suelo ser el que hace de conductor sobrio para llevar a mis colegas. —«Cómo no»—. No me hace falta emborracharme para hacer estupideces, así que no me importa no beber para que ellos lleguen a casa sanos y salvos. Supongo que disfruto de la vida sin sustancias.

—Disfrutar de la vida. Tiene que estar bien eso.

—Todo se reduce a pasarlo bien y que no te importe una mierda lo que piensen los demás. Deberías probarlo alguna vez. —Lo dice con un guiño, dando a entender que soy algún tipo de mojigata.

Pero no lo soy.

No sé por qué me molesta tanto que piense algo así…, excepto por el hecho de que quizá me importe demasiado lo que piense la gente.

Colt se dirige al salón, y yo lo sigo con la mirada.

Un vaquero de metro ochenta, con unos Levi’s ajustados y una camiseta con las mangas cortadas.

No le importa una mierda lo que nadie —yo incluida— piense de él, ni siquiera después de confesarme que ha intentado enseñar a una gallina a traerle pelotitas como si fuera un perro.

Él no tiene absolutamente nada que sea de mi tipo.

Cierto es que no tengo un tipo fijo, porque no he tenido novio desde que Alex y yo rompimos, cuando Jonas era apenas un bebé.

Pero está muy alejado de lo que supongo que es mi tipo, teniendo en cuenta las celebridades que sigo y los hombres sobre los que leo en mis libros románticos.

Colt es un tontorrón encantador; no tiene ni un gramo de zonas grises morales.

Jamás diría algo como «Si tocas a la señorita, te mato». Ni una sola señal de alarma a la vista.

He tenido unas cuantas citas a lo largo de los años, pero incluso los hombres que afirmaban que no les daba miedo estar con una madre soltera se largaban ante la primera dificultad.

Se enfadaban cuando cancelaba una cena porque Jonas estaba enfermo, o se negaban a entender que no pudiera irme de escapada de fin de semana porque le estaba dando el pecho.

Acabé por dejar por imposible lo de las citas, y permití que fuese Alex quien cubriese esa necesidad que en realidad solo puede atender un hombre real.

Y sin embargo, no puedo dejar de clavarle la mirada. De hacerme preguntas. De albergar esperanzas.

Me aliso la camiseta. Inspiro hondo. Me recoloco el pelo. E intento ver mi reflejo en la ventana de la cocina para comprobar cómo tengo el maquillaje.

—Respira, Whit —me murmuro a mí misma, para luego girar en redondo y ver que Colt examina con cuidado los adornos que tengo en el salón.

Se trata de una pequeña parte de la colección de pines esmaltados que llevo reuniendo desde que era adolescente. La mayor parte está guardada en mi dormitorio. Prefiero mantener mi casa del mismo modo que mi apariencia exterior: libre de todo aquello por lo que la gente podría juzgarme.

—Casi todos son de mercadillo —digo cuando veo que Colt contempla mi colección. Me siento ilógicamente abrumada por el deseo de que él sepa que los dos compartimos la misma afición por los rastrillos de segunda mano—. Son de grupos de punk que me gustan.

—¿De punk? —Me lanza una mirada fugaz de reojo—. Sí, la verdad es que tiene sentido.

—¿Y eso qué quiere decir? —Me contemplo la ropa, casi esperando ver una camiseta de las Bikini Kill y unos vaqueros ajustados rajados. De hecho, me siento algo decepcionada ante lo poco punk de mi aspecto, con estos pantalones cortos de correr y esta camiseta blanca de tirantes.

—Esa puerta negra de la entrada me quema los nudillos cada vez que paso por aquí, tienes pinta de ser capaz de matarme con una mirada y no me cuesta imaginarte con el pelo rosa.

—Había pensado ponerme un toque de color —jugueteo con las puntas de mi cabello y me las enrollo entre los dedos—, pero no puedo por el trabajo.

—Lástima. Te quedaría de miedo.

La velocidad con la que empiezo a pensar en maneras de saltarme esa política de empresa debería ser considerada una falta profesional por derecho propio. Por otro lado, ¿quién se iba a enterar si me tiño solo las puntas y me dejo el pelo recogido en las videollamadas?

Colt se inclina levemente para contemplar mejor los pines esmaltados que tan pulcramente he colocado en el salón —cosa que admitiré que tampoco es muy punki— enganchados en un viejo chaleco vaquero que descansa sobre el mueble del televisor.

—No es exactamente el tipo de música que me gusta escuchar, pero admito que es una buena colección.

—Gracias. —Mi voz es apenas un susurro. Veo que pasa a estudiar la pequeña colección de pines literarios.

—¿«Atención: esta lectura provoca humedades»?

¿Qué signi…? Oh. —Siento calor en el rostro al tiempo que las mejillas de Colt adoptan un tono rosado.

Con dedos temblorosos, toca el pin que me regaló Blair por Navidad.

Juguetea con él durante un segundo y me mira a los ojos—.

Creo que ya sabemos quién ha corrompido a Jonas.

—Más vale que cortes el rollo antes de que empieces a sonar como mi padre.

—Alargo la mano para quitarle el pin esmaltado de color lavanda y reprimo el hormigueo de mi piel cuando nuestras manos se rozan.

Y la pizza, que no llega. Necesito algo que absorba el vino que tengo en la barriga—.

En cuanto Jonas empezó a leer, guardé los más guarros en mi dormitorio. Debería guardar este también.

—Pero ¿qué es guarro? ¿Los libros o los pines? —Suelta una risita.

—Aunque Jonas supiera lo que hay en esos libros, no le da la gana ponerse a leer.

En este instante, Jonas aparece en lo alto de las escaleras.

El cabello, aún mojado de la ducha, le gotea sobre los hombros de la camiseta verde.

Baja las escaleras con más energía de la que pensé que tendría después de una tarde entera pescando.

Apoya el culo en la barandilla y se desliza el último tramo.

Al ver que lo estoy viendo, sus labios dibujan la palabra «ups».

Una vez que confirma que la pizza aún no ha llegado, agarra a Colt e insiste en que los dos jueguen a un videojuego.

No sé cómo sentirme al ver el vínculo que se está afianzando entre Colt y mi hijo. Este tipo está rompiendo las barreras de Jonas con relativa facilidad. Veo que se le da realmente bien.

O quizá se deba al vino.

«A la mierda todo. Voy a acabarme la copa».

—La pizza ha llegado —anuncia Jonas al oír la puerta de un coche que se cierra frente a la casa.

—¿Le abres? Tengo que ir a por la cartera.

La única pizzería del pueblo debe de ser el último restaurante de la Tierra que no utiliza ninguna aplicación para pedir comida y pagar. Para ser justa, los propietarios son un matrimonio de setenta años, así que no creo ni que tengan móvil.

Empiezo a subir los escalones de dos en dos. Por supuesto, hay un calcetín tirado en el pasillo, pero ¿cuándo no lo hay? Sin detenerme, lo agarro y lo llevo a mi dormitorio, donde aterriza con un susurro en la cesta de la colada.

No puedo evitar lanzarme un vistazo de reojo en el espejo.

Tengo algo de rímel corrido bajo el ojo izquierdo y una pequeña mancha de vino en la parte delantera de la camiseta.

Pero lo que más me llama la atención del espejo es la cara de una idiota.

Colt no me estaba comiendo con la mirada antes.

Estaba escrutando este desastre de madre soltera que tenía delante.

Y yo estaba demasiado ensimismada comiéndomelo con la mirada como para darme cuenta de mi error.

Niego con la cabeza ante mi reflejo. Se me escapa un suspiro derrotado que me deshincha el pecho como un globo pinchado. Agarro la cartera que descansa sobre mi tocador. No hay tiempo para arreglar mi apariencia, y tampoco importa.

Vuelvo descorazonada al salón y me digo en silencio a mí misma que tampoco es que sea un problema, porque en realidad no me parece un tío tan mono. Menos mal que no me estaba comiendo con la mirada. Eso volvería la situación muy incómoda.

—¿Dónde está el de la pizza? —pregunto, paseando la vista entre la puerta y la mesa de la cocina, donde descansan dos cajas de pizza entre Colt y Jonas.