Soltar las riendas (El rancho Wells 4) 9. Whit
16%

9. Whit

Whit

D oy un sorbo de vino y contemplo el impecable esmalte negro que me cubre las uñas.

Me estrujo el cerebro para recordar la última vez que pude disfrutar de dos horas para mí sola un sábado.

Después de que Colt y Jonas se fueran esta mañana, me tumbé en el sofá con mi Kindle y una taza de café.

Un par de horas después, Blair me llamó y me mantuvo el cerebro ocupado mientras yo me pintaba las uñas.

Luego acabé la novela romántica que estaba leyendo al tiempo que me comía un delicioso sándwich de pavo en el porche.

Y ahora estoy acurrucada en el sofá viendo Orgullo y prejuicio .

Lo que empezó como un día de mierda se está acercando a la perfección.

Se oye el sonido estridente de un motor por mi calle, para luego detenerse abruptamente.

Me estiro en el sofá para mirar por la ventana.

Jonas se baja del asiento del copiloto de una enorme camioneta y echa la cabeza hacia atrás para soltar una carcajada por algo que debe de haberle dicho Colt.

Enseguida veo que trae las mejillas quemadas por el sol; está claro que a ninguno de los dos se le ha ocurrido ponerse la crema solar que metí en la mochila.

Un instante después, Jonas entra en tromba por la puerta principal y se quita las sandalias a patadas.

Tiene las mejillas y la nariz de un intenso tono rosado, el pelo despeinado y la ropa desaliñada.

Algo en su comportamiento general me indica que ha dejado en el lago buena parte de la pesadumbre vital que lo suele acompañar.

Lo que ha regresado se parece más a un niño pequeño.

Colt lo sigue de cerca. Apoya una mano firme en la puerta principal para mantenerla abierta.

Está muy bronceado, y un leve lustre del sudor seco le cubre la piel.

Cuando me ve, su mirada desciende hacia mi pecho con un movimiento tan sutil y rápido que acabo por preguntarme si no me lo habré imaginado.

—Hey, mami.

Se me encoge el corazón, y un calor a fuego lento me sube por las mejillas.

Me llevo una fría mano al pecho, y le echo la culpa al vino de este repentino sonrojo.

Durante los últimos diez años me han llamado mamá, mamita, «ma», madre e incluso tía más de un millón de veces.

A estas alturas, lo oigo más que mi nombre de verdad, así que no tiene ningún sentido que ahora mismo tenga una reacción visceral al oír esa palabra.

Sea como sea, me siento como si me acabase de sumergir en un baño de burbujas caliente.

— Hey. —Me sale la voz más azorada de lo que esperaba. Carraspeo y lo intento de nuevo—: Hey.

«Mejor».

Me aparto del sofá y me dirijo a los chicos. Le lanzo una mirada rápida de reojo a Colt para luego centrarme en Jonas.

—¿Os lo habéis pasado bien?

El tono jovial de Jonas resulta embriagador.

—Casi le clavo un anzuelo de pescar a Colt en la nariz. —Yo enarco una ceja, curiosa. Colt asiente—. Y me he tomado un batido en la Pastelería de Anette de camino a casa.

—¿Un batido? —Ahogo una exclamación con aire teatral—. ¿Justo antes de cenar?

Jonas mira a Colt. «Te lo dije», viene a decir su expresión. Y entonces sus ojos verdes se vuelven a cruzar con los míos.

—Ya le dije que te enfadarías, pero me dijo que podía echarle la culpa a él.

—Supongo que tiene suerte de que esté de buen humor. —Agarro con firmeza a Jonas del hombro y lo oriento en dirección a las escaleras—. Ve a asearte, la pizza llegará pronto.

—¿Puede quedarse Colt? —grita mientras sube las escaleras.

—Lleva contigo todo el día, colegui. Estoy segura de que tiene otras cosas que hacer.

A fin de cuentas, Colt sigue plantado en la puerta.

No ha hecho ademán de quitarse el calzado ni de apartarse del felpudo de fibra de coco que tiene un dibujo de una rana verde.

Ya ha hecho su buena acción del día llevando a Jonas a pescar; estoy segura de que está listo para pasar un poco de tiempo sin niño, bebiendo cerveza con sus compadres o lo que sea que haga aparte de comprar camisetas de segunda mano.

—Si tienes hambre, eres más que bienvenido a quedarte a cenar, pero si prefieres largarte, lo entiendo.

Sin siquiera responder, Colt se quita las botas y las coloca en el zapatero.

Está claro que se queda. Se endereza y se quita el sombrero, para colocarlo sobre sus botas.

Luego se pasa una mano por los cabellos ligeramente húmedos de sudor.

El gesto le levanta la camiseta hasta el ombligo.

Aunque ya lo he visto sin camiseta antes, estaba demasiado alterada como para fijarme en lo que tenía delante: un hombre de brazos musculosos, cintura esbelta y una fina línea de vello que desciende hasta…

«Maldita sea, me pregunto hasta dónde desciende».

La camiseta vuelve a bajar, y yo me encuentro de pronto parpadeando con rapidez para disipar mi propio estupor.

—Engullir una buena pizza siempre me parece un planazo —dice. Nuestras sonrisas se encuentran y se mantienen un instante más de lo necesario.

—Vale, estupendo. Bueno…, estás en tu casa.

Hago un ademán que abarca el espacioso interior abierto, dolorosamente consciente de que es un gesto muy extraño.

Colt ya ha estado aquí, y, aunque no fuera así, no sirve de nada señalar nuestro humilde salón.

Hay un sofá para sentarse, una cocina para cocinar, una mesa para comer… Y ahí acaba el gran tour.

Está claro que necesito dejar un poco el vino y meterme algo de comida en el estómago. Me dirijo al fregadero y agarro un vaso de la alacena de camino. El agua cae entre mis dedos, refrescándolos lentamente, y me pierdo en el patrón de gotas que resbalan por la pila.

Mi mente vuela hacia Jonas. Sobre todo hacia la pura emoción de sus ojos después de que yo accediese esta mañana a mandarle un mensaje a Colt. Su valiente rostro no ocultaba vacilación ni ansiedad, como le sucede cuando le digo que Alex va a venir.

¿No es de lo más jodido que Jonas ya confíe en Colt —un hombre al que conoce desde hace apenas unas semanas— más que en su propio padre?

Cierto es que Colt tiene algo que parece apaciguar a todo el mundo.

Excepto a mí. Yo no me siento nada apaciguada en su presencia, por si acaso no quedaba claro a juzgar por el modo en que contemplo el chorro de agua del grifo como una mujer victoriana que ve por primera vez un trabajo de fontanería.

Al cabo, hablo para llenar el silencio.

—Parece que se ha divertido mucho pescando.

—Ha estado bien tener compañía, aunque es verdad que ha intentado ponerme un par de piercings faciales. —Colt se apoya en la encimera con el codo—. Ese crío tiene que practicar la pesca más allá de sus videojuegos.

Este tipo jamás lleva camisetas con mangas, como si así pretendiese desequilibrarme: veo sus brazos esculpidos, dorados tras largas horas bajo el sol, que desembocan en unos hombros anchos que podrían soportar todo mi peso.

«¿Pero qué cojones te pasa?».

El agua fría me provoca un estremecimiento por la columna. Espero impaciente a que se llene todo el vaso estriado para apurarlo de golpe. Probablemente echármelo por la cabeza se­ría más útil a la hora de disipar este extraño estado mental en el que me encuentro.

Necesito actuar con normalidad.

—Jonas…, esto…, me ha preguntado si puedo volver a llevarlo a pescar la próxima vez que su padre no pueda venir. Por supuesto, le he dicho que sí. Espero que no sea un problema.

Prácticamente me estoy ahogando con el agua. Engullo todo el vaso de un trago. ¿Cómo puede ser que este tipo esté bueno y sea tan agradable?

—Ah, muy amable por tu parte. Su padre…, Alex…, puede llegar a ser…

—¿Poco fiable?

«El eufemismo del siglo».

Contemplo el rostro imperturbable de Colt y dejo que el peso del silencio flote entre nosotros hasta que me convenza de que no lo pregunta para juzgarme.

—Eso en los mejores momentos. La mayor parte de las veces he dejado de decirle a Jonas cuándo va a venir su padre.

Sin embargo, ahora que tiene diez años y puede mandar él solo mensajes por internet, a veces Alex se adelanta y hace planes directamente con él sin que yo me entere. Y claro, lo decepciona más a menudo.

—La verdad es que suena como un pedazo de mierda…, sin ánimo de ofender.

—No me ofendes. Es un pedazo de mierda. —Me sorprendo a mí misma al admitirlo.

Solía defender a Alex como se defiende a un miembro de la familia: yo puedo decir que es un pedazo de mierda, pero no permito que nadie más lo diga.

Maldita sea, incluso he puesto excusas en su nombre cuando Colt se ha ofrecido a llevar a Jonas a pescar hoy mismo.

Sin embargo, ahora que está aquí, y con esa mirada sincera y digna de confianza, no tiene sentido mentir—.

Yo lo sabía desde el principio, pero… no era más que una adolescente estúpida.

En su día me parecía guay que rompiese todas las reglas y que no le importase nada.

—Todos hemos sido unos estúpidos de adolescentes.

—¿Qué es lo más estúpido que has hecho tú a esa edad?

Colt piensa durante un buen rato y se acaricia la mandíbula con la punta de los dedos.

—Bueno…, vaya, la lista de estupideces es muy larga. Una vez intenté enseñar a una gallina a traerme las pelotas que yo le lanzaba, como si fuera un perro.

He escogido el peor momento del mundo para dar un trago de agua. Aunque consigo no escupirla, porque me llevo la mano a la boca, se me escapa un chorrito por un hueco libre en la comisura. Empiezo a toser, medio asfixiada, y parpadeo con los ojos anegados de lágrimas.

—¿Que hiciste… qué? ¿Con una gallina?

—Se llamaba Nugget. Era bastante lista, pero se le daba fatal traerme las cosas que le tiraba.

—Me parece que no era culpa de Nugget. —Le dedico una media sonrisa mientras intento reponerme del agua que se me ha ido por mal camino y ha acabado en mis pulmones en lugar de en mi estómago—. Esperaba que dijeras algo como que hiciste alguna estupidez estando borracho, o…