8. Colt #2
Una a una, las arrugas de tensión de su semblante desaparecen, y Whit se echa a reír. No sé si es conmigo o de mí, y me da igual. Quiero volver a oír esa risa. Como mínimo, cada día.
—Tienes una risa muy bonita —digo antes de poder contenerme—. Deberías reírte más.
—La verdad es que suelo reírme mucho. Supongo que tú deberías intentar ser gracioso más a menudo.
—Ay, eso ha dolido. —Me llevo las manos al corazón y retrocedo lentamente desde la puerta en dirección a mi camioneta—. ¿Lo ves? Ninguna de las mujeres con las que hablo se siente atraída por mí.
«Me cago en la leche», esa risa suena incluso mejor la segunda vez que la oigo.
Jonas se ajusta la mochila a los hombros y contempla la tranquila superficie del lago con expresión curiosa.
—¿Cómo vamos a pescar si no hay ni muelle ni bote?
—Yo esperaba que trajeras un bote —respondo a las claras, concentrado en mantener el equilibrio cargando las cañas, la caja con los aparejos y la nevera entre las manos. Me corre el sudor por la espalda, y cuando me lamo los labios, noto sal en la lengua.
Siempre se me olvida lo crédulos que son los niños. Puede que Jonas crea que es un tipo duro, todo un adulto en un cuerpo pequeñito, pero es igual que cualquier otro crío.
—¿Qué? ¿Cómo iba yo a traer un bote?
—Mecachis. ¿Y qué tal se te da nadar? A lo mejor puedes llevarme a la espalda. Sería como ir en bote, ¿no? —Señalo con el mentón hacia el inicio de un sendero y añado—: Es broma. Hay que ir un poco en esa dirección. Hay un espigón en el que nos podemos sentar.
Jonas me quita la caña de la mano y echa a andar por entre la hierba crecida del sendero.
Sigue haciendo muchísimo calor bajo este solazo.
Los grillos se apartan de un salto de nuestro camino a cada paso que damos hacia el lago.
Si Betty estuviera aquí, se pondría a perseguir e intentar atrapar a estos insectos voladores.
Sigo a Jonas. Hay una cierta melodía en los pasos cortos y joviales del chico en comparación con el crujido sordo de los míos. No tardamos en dejar atrás el aparcamiento. Un pesado dosel de árboles nos proporciona algo de alivio frente al sol. Al cabo de un par de minutos llegamos al sitio.
Jonas se sube a las rocas del espigón, se quita las sandalias y estira sus escuálidas piernas para meter los dedos en el agua. Yo también libero mis pies sudorosos de las botas de vaquero y me subo los pantalones hasta los gemelos. Me siento junto a él y coloco su caña.
Ninguno de los dos habla. El trayecto hasta aquí lo hemos hecho en silencio, tanto en el coche como durante la caminata.
Resulta que pescar también puede ser una actividad enormemente silenciosa.
A mi abuelo le encantaría: siempre fingía que le molestaba lo mucho que mi hermano Beau y yo parloteábamos de niños en nuestras excursiones de pesca.
Jonas se queda corto la primera vez que tira la caña. Se apresura a recoger el sedal. La segunda vez acaba enganchando el cebo en el árbol que hay detrás de nosotros. A la mierda el silencio: no puedo evitar echarme a reír.
—Creí que habías dicho que sabías pescar —me burlo, del mismo modo que se burló él de mí cuando intenté jugar a su videojuego—. ¿Así se tira una caña?
Él aprieta los labios y contempla el arpón con ojos entrecerrados.
—Estoy más acostumbrado a pescar en bote.
—Ay, usted perdone, señor marqués. —Recojo yo también el sedal y paso con cuidado por entre las piedras calientes del espigón para desenredar su anzuelo de una rama demasiado alta como para que él pueda alcanzarlo solo—.
Te gusta pescar en bote porque cuando tiras la caña hacia atrás, el anzuelo cae igualmente al agua, ¿no?
—Bueno, a veces le doy al abuelo. —Suelta una risita ante lo que claramente es un bonito recuerdo—. No le hace nada de gracia.
—Ya, me imagino que tu abuelo no tiene ganas de que le rajen la nariz o le coloquen un piercing en el labio.
—Estiro el cuerpo todo lo que puedo y forcejeo para liberar del enorme pino el resplandeciente anzuelo, diseñado para tener el aspecto de un piscardo de color azul verdoso.
Una vez lo consigo, vacilo antes de tendérselo al chico.
Lo recorro de arriba abajo con una mirada analítica—. No sé si puedo confiarte esto.
Él niega con la cabeza y recoge el sedal hasta que el cebo escapa de entre mis dedos. Regresa por las rocas para volver a lanzarla. Levanta la caña con la mano derecha y me dedica una mirada por encima del hombro.
—¿Qué prefieres, piercing en el labio o en la nariz? Si te quedas quieto, no durará mucho, te lo prometo.
«Este chico es un peligro. Me encanta».
Me aparto de la posible línea de fuego y me busco un sitio en el que plantarme que no esté lleno de agujas de pino puntiagudas ni guijarros afilados.
—Si eso es lo que pretendes hacer, prefiero algo más bonito que un piscardo en la cara.
Después de echar un vistazo rápido a la caja de los aparejos, el crío debe de haber decidido que no hay alternativas adecuadas, porque acaba por centrarse en el agua y por fin consigue un lanzamiento más que decente para un chico de diez años.
Lo dejo practicar un par de veces más hasta que me siento lo bastante seguro como para acercarme de nuevo a mi sitio sobre un peñasco grande y plano.
—Ya te dije que sé pescar —presume, y me saca la lengua.
—Ya. Y, por lo que sea, no te pavoneas en absoluto.
La resplandeciente superficie del lago está más calmada que nunca. No hay ni una onda provocada por el salto de un pez. Se pueden contemplar las nubes sin alzar la mirada. El sol sigue calentando mucho, pero con los pies descalzos en el agua estoy cómodo.
Recuerdo perfectamente el día en que cumplí doce años.
Mi madre había decorado la cocina con serpentinas naranjas y había preparado una tarta la noche anterior, después de que yo me fuera a dormir.
Me dejó saltarme las clases para ir a pescar con mi padre.
Cuando estaba dando cuenta del segundo cuenco de cereales Lucky Charms, el teléfono sonó.
Mi padre estaba a catorce horas de distancia, en un pequeño rancho ganadero.
Seguramente ya sabía el día anterior que no iba a llegar a tiempo a casa.
Mi tío dejó que mi primo mayor se saltara las clases conmigo, y los tres pasamos el día pescando en su bote de aluminio.
Yo lo único que quería era pasar un buen rato y olvidarme de las putas mierdas que hacía mi padre.
Diría que a Jonas le pasa lo mismo.
En algún momento a última hora de la tarde, Jonas da un sorbo de su botella de agua y busca una barrita de granola en su mochila. Para mi sorpresa, me tiende en silencio otra. Abre la suya y se la mete entera en la boca. Mastica con aire pensativo para luego decir:
—Yo iba mucho a pescar con el abuelo antes de que la abuela se pusiera enferma.
—Deberías pedirle que te lleve a pescar este verano. Apuesto a que le encantaría.
—Sí…, puede.
—A los abuelos les encantan estas mierdas. Pasar tiempo con los críos les hace sentirse guais y jóvenes de nuevo.
—¿Por eso me has traído a pescar? —Esboza una mueca sonriente.
Me quedo boquiabierto y suelto una sonora exclamación ahogada. Le doy un toque con el índice en las costillas, y el crío da un salto.
—Señor Jonas McPedorro, ¿estás diciendo que soy un viejo?
Su carcajada reverbera por todo el lago, por las orillas y entre los árboles, como un viento aullante. Un sonido que es como un bálsamo sobre las cicatrices protuberantes de mi alma.
Sin dejar de resollar de la risa, el chico dice:
—Yo no me llamo así.
—Bueno, no me sé tu apellido, así que me lo he inventado.
—Me llamo Jonas Alexander Hart —me corrige con una sonrisa de oreja a oreja.
Aunque su padre esté presente en su segundo nombre, que Jonas lleve el apellido Hart ya me lo dice todo. Whit es una tipa dura. Seguramente lleve criándolo sola toda su vida, y es probable que haya tenido que pagar las consecuencias de no haberle puesto el apellido de Alex.
—Muy bien, Jonas Alexander Hart. Como me llames viejo otra vez, te vuelves caminando a casa.
Él desorbita exageradamente los ojos.
—Tardaría una eternidad en llegar.
—Pues entonces más vale que te pongas en marcha ya.
Centra sus intensos ojos verdes en mí y me obliga a mantenerle la mirada.
—Mamá es capaz de darte una paliza si no me llevas a casa antes de la cena.
Sin parpadear, alzo un hombro y finjo que la imagen de Whit pegándome no me ha inundado de repente el cerebro. Me cago en la puta, eso podría gustarme.
—No me da miedo la señora Whit McPetardita Hart.
«No, poco». Su presencia me pone de los nervios.
Por suerte, Jonas es un chico de diez años, lo cual significa que los chistes de pedos ocupan demasiado su atención como para darse cuenta de que estoy mintiendo.
—Pero supongo que tendremos que llevarte a casa —digo al fin mientras él se ríe—. No quiero que tu madre nos prohíba volver a pescar juntos.
Él asiente, pensativo. Mete la botella de agua en la mochila y recoge el sedal.
Los dos hacemos como que nos dan arcadas al ver el lodo que nos cubre los pies tras haberlos metido en el agua.
Yo finjo que quiero arrojarlo al lago. Jonas se venga llamándome de nuevo viejo y al rato regresamos a la camioneta.
Quemados por el sol, totalmente felices y con ansia viva por tomar algo refrescante en la Pastelería de Anette.
—Oye, Colt. —Jonas se pone el cinturón de seguridad y no espera a que le responda para seguir hablando—: La próxima vez que papá no aparezca, ¿podemos ir a pescar de nuevo?
Una vez que se traspasa la dura barrera que se ha construido, Jonas es un chaval increíble.
No entiendo cómo puede ser que su padre tenga cosas mejores que hacer hoy.
Puedo decir con toda seguridad que, cuando yo tenga hijos, lo dejaré todo para pasar el rato con ellos.
Decirle a un crío que vas a ir y dejarlo colgado en el último minuto…
Eso no es ni siquiera ser un padre de mierda; es ser una persona de mierda.
—Claro, tío. Será un placer.