8. Colt
Colt
Whit
De verdad, sin presión.
Si de verdad lo decías en serio ayer, sé que a Jonas le encantaría ir a pescar contigo hoy.
Pescar solo es un coñazo.
Dile que iré a por él a mediodía.
—Hey, ¿alguno de vosotros tiene una caña que pueda dejarme hoy? —Mientras me pongo la camiseta sin mangas, entro en la cocina de los barracones, donde un grupo de rancheros bebe café, todos sentados alrededor de la mesa—. Voy a llevar a pescar a Jonas y no sé si tiene caña.
—¿Ese chaval te sigue incluso en tus días libres? —Rob suelta una risita y da un sorbo a su café—. Espero que la madre te esté chupando bien la polla a cambio de hacerle tanto de canguro de gratis.
Algunos de estos tipos se echan a reír y dicen que soy un man-guro , un tío que hace de canguro.
Ni uno solo de ellos se ofrece a prestarme una caña.
Me apoyo en el marco de la puerta y dejo que las palabras de Rob floten por el aire hasta que se acaban las risas.
Este pobre desgraciado se cree muy gracioso.
Paso los dedos por el áspero marco de roble y digo:
—Para ser alguien que solo tiene una relación con su mano derecha, te preocupa de la hostia qué tal me va a mí.
Ignoro las gilipolleces que replica Rob y salgo, dejando que la puerta se cierre suavemente tras de mí. Hace más calor y el aire parece más liviano aquí fuera que en el barracón. Mejor, más solecito y menos cerveza.
Aunque algunos de los tíos que viven aquí son mayores que yo, estoy empezando a sentirme demasiado viejo para esta mierda.
Quizá es porque he visto que mis mejores amigos y mi hermano ya han encontrado el amor, o quizá es que mi madre no me deja en paz con eso de que me busque una buena chica y siente la cabeza.
Por suerte, me basta pasar por la casa grande para hacerme con otra caña de pescar. Supongo que debería haber venido aquí directamente. Ni a Austin ni a ninguna de las mujeres que trabajan en la cocina les ha parecido rara mi petición, y nadie se ha burlado de mí por pasar el día con un chaval.
Además, ¿qué cojones voy a hacer si no? No es que pueda mirar a los ojos al chico y decirle: «Lo siento, niño; al parecer, tu padre es un pedazo de mierda, pero eso no es problema mío».
Mi madre me cruzaría la cara si lo dejase colgado.
Y lo último que quiero hacer es decepcionar a la persona más importante del mundo para mí.
Por no mencionar que entiendo perfectamente la situación en la que se encuentra Jonas, porque yo también crecí con un padre que casi siempre estaba viajando para participar en rodeos y demás actividades de vaqueros.
Tuvimos la suerte de poder vivir en una casa independiente en la granja de mi tío, así que mi madre contó con algo de ayuda, y estoy seguro de que fue eso lo que la salvó de perder la cabeza.
Porque, incluso cuando papá estaba presente, él no sabía qué hacer con una esposa y dos hijos.
Y creo que no le importábamos lo suficiente como para aprender.
Por supuesto, mis padres estaban —y siguen— casados por derecho, pero, a todos los efectos, mi madre es madre soltera. Por eso no me resultó sorprendente que quisiera mudarse más cerca de Wells Canyon cuando mi hermano Beau y yo empezamos a trabajar en el Rancho Wells.
Whit mencionó que podía contar con su padre y su hermana, pero también me he enterado de que su madre está enferma, así que no debe de tener mucha ayuda.
No podía no ofrecerme a llevar al crío a pescar.
Maldita sea, soy capaz de ofrecerme a lo que sea cuando Whit me mira con esos ojos, dos esmeraldas resplandecientes cargadas con tanta angustia que se me encoge el corazón.
Betty, la muy traidora, decide quedarse con Odessa, incluso a pesar de que le haya ofrecido un puppuccino .
Peor para ella. Subo al coche, suelto mis cosas y enciendo el motor de mi fiel camioneta, que cobra vida con un ruido atronador.
El dulce aire veraniego se impregna de olor a diésel, y empiezo a conducir por el camino polvoriento.
En el rancho ya hacía calor, pero es que en el pueblo de Wells Canyon la temperatura es insoportable.
Se podría freír un huevo en la acera. Es un día horrible para ir a pescar, porque todos los peces estarán tan cerca del fresco fondo del lago como les sea posible.
Sin embargo, no pienso ser el segundo adulto que deja tirado hoy a ese chico.
Llamo tres veces con los nudillos a la puerta principal. Retrocedo un paso y me peino un poco con los dedos justo en el momento en el que Whit aparece. Viene sin aliento y con la frente perlada de sudor. Dice:
—Llegas pronto. Esto… Jonas aún no está listo…, pasa.
Es sábado, pasadas las diez de la mañana, pero ni se me había ocurrido que Whit no fuese a llevar ropa de trabajo.
Desde luego, no esperaba encontrarme con un sujetador deportivo negro y pantalones cortos de salir a correr que le llegan a la parte superior de los muslos.
Lleva el pelo recogido en una coleta alta, y sin maquillaje se le ve el rostro cubierto de pecas y las mejillas sonrojadas.
Imagino que, al haber llegado pronto, la he interrumpido mientras hacía ejercicio.
Whit se echa a un lado y abre más la puerta para dejarme entrar en la casa. Luego gira en redondo y se dirige a la cocina. Mira hacia atrás y dice:
—No esperaba que llegaras tan pronto después del mensaje.
Se me descuelga la puta boca y me doy cuenta de que estoy jadeando solo de verla alejarse.
Sabía que era guapa, pero esto…, maldita sea.
Se mueve con un contoneo natural de caderas que le sube esos pantalones cortos holgados hasta el culo y deja al aire el espacio íntimo donde se unen los muslos y el trasero.
Dejo que la puerta de la entrada se cierre tras de mí, mirándole el culo, mientras ella llena un vaso de agua del grifo de la cocina.
No puedo quedarme aquí plantado comiéndomela con la mirada por toda la eternidad, porque no quiero que me corte las pelotas…
, cosa que me temo que hará si me pilla mirándola así.
Por ello, me esfuerzo por cerrar la boca y formar algún tipo de pensamiento coherente con mi cerebro dañado.
—Sí, he venido antes para que no nos foll… —«¿Eso es un pensamiento coherente? Pille »— … para que no nos pille lo peor del calor.
—Ya, tu camiseta ya me lo ha dejado claro.
«¿Mi camiseta?».
La miro con los ojos entrecerrados un segundo, pero luego bajo la vista a la camiseta de la suerte que me pongo para pescar. Me la he puesto tantas veces que el dibujo está deslucido. La verdad es que ni se me había ocurrido pensar si era adecuada para ponérmela hoy.
«AQUÍ SE PESCA CON CARNADA GORDA»
—Es… un chiste de pesca. —Me encojo—. La carnada es… lo que se pone en el azuelo…
Ella da un lento sorbo de agua.
—Entiendo el chiste, gracias.
«Esta mujer cree que soy más tonto que hecho por encargo».
Sin pensármelo dos veces, vuelvo a meter los brazos por los agujeros de las mangas, listo para volver a ponérmela del revés, pero ella alza una mano para detenerme.
—No pasa nada. Jonas se ha metido en líos en el colegio más de una vez por dibujar pollas. Un chiste de mal gusto sobre el tamaño de un pene no lo va a corromper del todo.
—Strippers, mal. Pollas, bien. Tomo nota. —Hago un gesto de escribir en el aire—. Repasaré todas mis camisetas y haré una pila de prendas aprobadas por Whit.
Ella suelta el aire por la nariz y se apoya en la encimera. El movimiento le sube levísimamente el borde de los pantalones cortos. Me permito una rápida mirada a su piel ligeramente bronceada, para luego obligarme a apartar la vista.
—¿Dónde encuentras tantas camisetas horribles? —pregunta.
—Sobre todo en rastrillos de segunda mano. A veces voy con mi madre; le encantan.
Ella me recorre con la vista, una mirada que me provoca un hormigueo por la columna. No la aparta apresuradamente, como he hecho yo. Por instinto, enderezo la postura, no muy seguro de si este escrutinio debería intimidarme o ponerme cachondo.
—¿Y todas las que compras tienen las mangas arrancadas?
—Qué va, esto lo hago yo por costumbre. —Me arranco un hilo suelto del hombro izquierdo.
He cortado con tijeras o a navaja la mayoría de las camisetas que tengo.
En algunas, como esta, he llegado incluso a agrandar el agujero hasta la mitad del torso.
Soy muy sensible al calor y me gusta ir aireado—. Así voy fresco durante el verano.
—Así vas fresco —me chincha con una media sonrisa.
Los pasos de Jonas resuenan por las escaleras y apartan mi atención de Whit a pocos milisegundos de decir cualquier estupidez. El chico baja de un salto desde el tercer escalón y aterriza con un sonoro golpe.
—¿Tienes todo lo que necesitas? —le pregunta Whit—. ¿La mochila, algo de comer, la botella de agua, el protector solar, un sombrero?
—Sí, mamá. —Pone los ojos en blanco y se sonroja de vergüenza—. ¿Podemos irnos?
Whit cruza la estancia, con la cola de caballo oscilando de un lado a otro de su cuello. Me permito un último vistazo a la curva de su cintura, a esos pantalones cortos, a esas largas y esbeltas piernas. Ella cierra la cremallera de la mochila de Jonas y le da una palmadita rápida en la cabeza.
—Que os divirtáis.
El chico echa a correr por la puerta antes de que yo haya tenido la oportunidad de saludarlo siquiera. Whit lo contempla marcharse a la carrera con una expresión que no consigo descifrar del todo: es una sonrisa manchada de una tristeza presente en los surcos que se le marcan en el ceño.
Yo carraspeo.
Ella centra su atención en mí.
—Gracias por llevártelo a pescar. Significa mucho para él.
—Es mejor que pasarme el día entero hablando solo. No me malinterpretes, doy muy buena conversación. Imagínate cómo sería La isla de las tentaciones pero estando yo solo de concursante, en un lago en lugar de en una playa… Y sin que ninguna de las mujeres que participan se sienta atraída por mí.