7. Whit
Whit
E l sonido del motor de una camioneta interrumpe mi concentración. Miro parpadeando el reloj de la esquinita del monitor.
—Ay, mierda. ¿Ya son las cinco de la tarde? —me digo a mí misma. Me apresuro a guardar el trabajo que he hecho para cerrar la sesión, no sea que algún compañero me vea conectada y me pida algo.
Oigo voces que reverberan en la planta baja.
Una de ellas pertenece definitivamente a un hombre adulto, no a un chico de diez años.
Me quito las gafas de color celeste, me aparto del escritorio y bajo las escaleras para darle las gracias a Denny por traer a Jonas.
Con una mano me quito la goma que me recoge el pelo, mientras que me agarro a la barandilla con la otra y desciendo a la despejada planta baja.
—Hey, gracias por… —No consigo terminar la frase al verme cara a cara con Colt, no con Denny—. Ah, hola. Pensaba que lo iba a traer Denny. Pero bueno, eh…, gracias.
Jonas pasa por debajo de mi brazo y echa a correr escaleras arriba.
—Hola, mamá.
—Hola, colegui.
Le revuelvo fugazmente el cabello al pasar y escruto con la mirada al hombre alto plantado en mi puerta.
Por suerte, esta vez lleva una camiseta antigua con un dibujo de Bob Ross, más apropiada para estar en compañía de niños.
Sostiene un gastado sombrero de vaquero pegado a un costado, con el que se da golpecitos en la rodilla moviendo la muñeca.
—Denny estaba ocupado, así que me ofrecí para traértelo a casa —dice Colt.
Desde lo alto de las escaleras, Jonas suelta un bramido:
—Mamá, le he dicho a Colt que se puede quedar a cenar. Dice que no se cree que haya un videojuego de pescar, así que se lo voy a enseñar.
Colt niega con la cabeza.
—No hace falta que me des de cenar.
—No, no, puedes quedarte… Esto… He perdido la noción del tiempo mientras trabajaba, pero algo se me ocurrirá para la cena. —Jugueteo con el cordón de mi blusa verde esmeralda anudada a la cintura—. Entra.
Tras colgar el sombrero en el perchero, Colt entra con una sonrisa despreocupada. Me siento muy agradecida de que Jonas no haya estado hoy en casa, porque está todo limpio y, sorprendentemente, no huele como si aquí viviera un chaval de diez años. Toda una rareza.
—¿Quieres algo de beber? ¿Cerveza? ¿Vino? —le pregunto a Colt.
Los pies de Jonas resuenan en las alturas mientras va agarrando diferentes cosas de su dormitorio. Colt apoya la cadera en el borde de la isla de la cocina y se pasa el dorso de los nudillos por su pronunciada mandíbula.
—Un vaso de agua estaría genial, la verdad.
Le pongo uno de agua fría por delante. Colt me da las gracias con una voz sorprendentemente tierna.
Durante unos agónicos latidos, se me encoge el estómago como si me encontrase en una barca que se meciese sobre las olas del océano; una sensación que me provoca su sonrisa de ojos entrecerrados.
Como necesito hacer algo para mantener las manos ocupadas mientras los dos esperamos en medio de un silencio incómodo a que Jonas regrese, agarro un trapo y empiezo a limpiar migas inexistentes de la encimera.
Aparte de mi padre y Alex, no dejo que entre aquí ningún hombre.
No solo eso: no tengo citas, no quedo con amigos ni interactúo con tipos atractivos en público.
Y, aunque no tengo el menor interés en este tío —a pesar de su cara convencionalmente guapa y su cuerpo aparentemente musculoso—, no tengo la menor idea de cómo comportarme en su presencia.
—Gracias de nuevo por traerlo a casa —digo para llenar el silencio. Jonas está tardando una eternidad, y no puedo seguir fingiendo que limpio la encimera durante mucho más tiempo sin que parezca raro, porque está prístina.
—Me ha dado un buen motivo para pasar por la Pastelería de Anette por quinta vez esta semana.
Lo miro a los ojos. La comida es mi lenguaje del amor. Podría hablar de comer todo el día.
—Ya, sus rollos de canela son adictivos.
Él se lame los labios y dice:
—Dios, están buenísimos. ¿Qué demonios les pondrá? Pero no, lo que yo prefiero es el frapé con pepitas de chocolate que prepara Anette. A mí siempre me pone extra de nata montada y pepitas.
Arrugo la nariz sin querer, y Colt entiende claramente que me ha dado un poco de asquito, porque añade:
—A ver si lo adivino: a ti te gusta el café solo.
—Sin leche, con dos terrones de azúcar.
—Vaya, cálmate un poco y deja algo de diversión para los demás. —Sus ojos juguetones me contemplan por encima del borde del vaso de agua.
Siento el impulso de ponerme a la defensiva, pero entonces Jonas llega corriendo por las escaleras, una manada de elefantes convertida en un único chico, con su videojuego en las manos.
—Aquí lo tengo.
Se deja caer en el sofá, y cuando Colt se acerca a él, me doy cuenta de que aún no sé qué preparar para la cena.
En pocos minutos estoy buceando en el congelador; mis nudillos helados rozan bolsas congeladas de verduras y alguna que otra chocolatina que he escondido de Jonas.
Pocos segundos antes de que me rinda y opte por pedir pizza, toco un recipiente de cristal cuya superficie está ligeramente pegajosa a causa de la escarcha.
Está tan frío que cuesta agarrarlo, pero consigo sacarlo de entre todo el caos y lo suelto triunfante en la encimera.
«Sopa de hamburguesa».
Jonas siempre se ríe de mí por congelar la comida que nos sobra.
Suele citar las numerosas ocasiones en las que he tirado sobras en perfecto estado para hacer espacio en el pequeño congelador para meter bolsas de las que dan en el Costco llenas de tiras de pollo y patatas fritas.
Esta noche se va a comer sus palabras. Sus palabras y esta sopa de seis meses de antigüedad.
Una vez que está en una olla sobre el fuego, agarro un vaso de agua y me apoyo en la encimera para ver cómo Jonas deja que Colt intente arreglárselas con los botones e interruptores de su videojuego.
Con una sonrisa en la cara, se apoya contra Colt y se ríe de él por lanzar la caña accidentalmente contra un puñado de árboles.
—No, no, no. Ay, Dios mío. —Jonas se da un manotazo en la frente—. Tío, me habías dicho que sabías pescar.
—Es que sé pescar. Pero, desde luego, esto de pescar no tiene nada.
Colt vuelve a echar la caña a cualquier lado, y Jonas deja caer la espalda sobre los cojines del sofá.
—Verte jugar es agotador.
Colt suspira y le tiende la consola.
—¿No tienes algún juego de carreras de coches al que podamos jugar juntos?
—No se puede jugar en multijugador con una sola consola. Espero que mi padre me compre una PlayStation nueva por mi cumpleaños.
La sopa empieza a echar humo pocos segundos antes de que a mí también me salga humo por las orejas.
—Por aquí hay algo que huele muy bien.
Colt mira por encima del hombro y se pasa una mano por el cabello castaño revuelto. Un movimiento distraído que se lo despeina lo suficiente como para disimular la marca ondulada del sombrero de vaquero.
—Sopa casera de hamburguesa. —Remuevo este delicioso mejunje. Puede que no parezca muy elegante, pero garantizo que sabe de maravilla. Si hay algo de lo que estoy segura es de mis dotes culinarias—. Está casi lista.
Jonas suelta un gemido.
—La sopa es para el invierno. ¿Podemos pedir pizza?
—La sopa sigue siendo comida, tío. —Colt se palmea los muslos y se pone en pie, tras lo que da una pequeña patada en el aire con cada pierna para alisarse los pantalones vaqueros—. Vamos a ayudar a tu madre a poner la mesa.
Un resoplido de buen humor se escapa de mis narices. «Ya, ni que Jonas fuese a poner la mesa sin protestar».
—Paso.
«¿Lo ves?».
Colt mira a Jonas y luego me mira a mí. De pronto comprendo que, aunque es huésped de Jonas más que mío, también es un adulto, y yo debería intentar darle buena impresión.
—Jonas —digo en tono severo—, ve a lavarte las manos y pon la mesa para cenar. Ahora.
Milagrosamente, Jonas deja la consola en el cojín y va al baño. Gruñendo, pero lo hace.
—¿Te ayudo? —Colt se me acerca y echa un vistazo a la sopa caliente.
—Gracias, pero eres nuestro invitado. Siéntate y relájate.
Minutos después, los tres estamos tomando cucharadas de sopa alrededor de la mesa de la cocina.
Y esto no se parece en casi nada a las cenas que solemos compartir Jonas y yo.
Mi hijo suele quejarse por no poder pasar tiempo jugando a videojuegos con sus amigos, y come a toda prisa para poder volver con ellos.
Hoy, en cambio, se toma su tiempo y conversa con Colt sobre el videojuego al que han estado jugando antes de la cena.
—Bueno, ¿y qué habéis hecho hoy? —pregunto cuando veo un pequeño hueco en la conversación de los dos.
Jonas se encoge de hombros.
Colt deja con cuidado la cuchara.
—Nos hemos dejado el culo trabajando y hemos comido helado como recompensa.
Me aprieto el interior del carrillo con la lengua y miro a mi hijo.
—Así que helado, ¿eh? Eres un chico con suerte.
—En el mío me han puesto trozos de masa de galletas. —Jonas esboza una media sonrisa al recordar el helado—. Oye, mamá, si papá no aparece mañana, ¿puedo ir a pescar con Colt?
Se me borra la sonrisa de la cara y le lanzo una mirada de reojo a Colt, que está completamente tenso y juguetea con un trozo de patata en su cuenco para no tener que involucrarse en esta parte de la conversación.
No puedo echarle la culpa. No debería verse metido en una situación tan enormemente incómoda.
«¿Por qué? ¿Por qué hay que tener esta conversación delante de un extraño?».
—Jonas, tu padre…
Él me interrumpe:
—No va a venir. Siempre dice que va a venir y luego sale con una excusa.
Se me cierra la garganta. Tiene razón. Yo lo sé y él también.
Quien no lo sabe es Colt. Alarga la mano hacia su bebida a cámara lenta, con cuidado de no atraer ninguna atención hacia sí, contemplándome con toda intención.
Está esperando a que yo diga o haga algo que confirme lo que seguro ya piensa sobre mí: que soy una madre fracasada y que he tenido un hijo con un mierda…
, lo cual, sinceramente, es cierto. Pero, a pesar de ello, no me hace falta que venga un desconocido a mirarme con tanta compasión.
«Qué vergüenza».
—Jonas, ¿podemos hablar de esto más tarde?
—Da igual. —Se mordisquea el interior del carrillo y se niega a mirarnos a Colt o a mí. El silencio se estira como un muelle tensado, hasta que Jonas apoya las palmas de las manos en el borde de la mesa y se aparta, con lo cual la cena queda abruptamente interrumpida.
Yo ladeo la cabeza y me inclino hacia delante para mirarlo a los ojos antes de que se escape.
—Escucha, si papá no puede mañana, me encargaré de que Blair o el abuelo te lleven al rancho.
Su expresión se suaviza ligeramente, y murmura:
—Vale.
Colt me contempla entornando esos ojos de pestañas oscuras, con una media sonrisa que viene a reconocer que esta situación es jodidamente incómoda.
Tengo un trozo de patata en la boca, sin sabor alguno y con una textura que me revuelve el estómago.
Lo engullo con un buen trago de agua, intentando centrarme en cualquier cosa de la habitación, excepto en la mirada de Colt.
En cuanto me parece que ha terminado, empiezo a recoger los platos sucios.
Me esfuerzo por dar por terminada rápidamente esta cena para que pueda marcharse.
Tengo que llamar a Alex y dejarle claro sin reservas que tiene que venir a por su hijo mañana.
No puede seguir haciendo promesas si no tiene ninguna intención de cumplirlas.
Yo no puedo seguir mintiéndole a mi hijo, no puedo seguir criando a un ser humano que me guardará rencor por todo esto el resto de su vida.
Y una vez que le haya echado la bronca a Alex, le haya pedido a Blair otra vez que me ayude, haya pensado un modo de compensar a Jonas cuando lo de mañana se vaya inevitablemente a la mierda y haya arropado en la cama a mi niño dormido…
, entonces, lloraré. Encenderé la secadora, cerraré la puerta del lavadero y me haré pedazos hasta que no sepa si me arden los ojos por agotamiento o por falta de lágrimas.
Colt me saca ventaja a la hora de recoger los cuencos y me sigue hasta el otro extremo de la isla de la cocina. Tras lanzarle una rápida mirada a Jonas y confirmar que está distraído con su videojuego, me dice en tono bajo:
—Esto…, yo puedo venir a recogerlo. Ya sabes…, si su padre no aparece…, estaré encantado de llevarlo a pescar.
—Aparecerá. —Niego con la cabeza—. Y de todos modos mi casa queda muy lejos de tu trabajo.
—Bueno, sería otra excusa para ir a por un frapé, ¿no?
—Aun así, es pedir demasiado.
Le quito los cuencos de la mano y empiezo a repartirlos por el interior del lavavajillas.
—Pero no me lo estás pidiendo. Me estoy ofreciendo yo.
—Gracias, pero Alex va a venir mañana y pasará el día con Jonas. —Cierro el electrodoméstico con una ligera patada y me giro hacia Colt—. Está muy ocupado con su trabajo, así que a veces tiene que cambiarme el plan, y Jonas se lo toma muy mal. Pero…, bueno, no te preocupes por lo de mañana.
No he soltado una mentira tan desvergonzada —ni tan buena— desde que engañaba de adolescente a mis padres.
—Aun así, gracias de nuevo por ofrecerte.
Espero que mi cara de pocos amigos y mi mirada firme basten para poner punto final a esta conversación.
Sin embargo, Colt se lleva una mano al bolsillo de los vaqueros y saca el teléfono. Me mira a los ojos con un destello de entendimiento.
—¿Me das tu número? Te mando un mensaje ahora mismo para que puedas avisarme si alguna vez Blair no puede llevar a Jonas al rancho y al chico le hace falta que lo lleven. O, ya sabes, si hay una emergencia o lo que sea.
Sinceramente, no es mala idea intercambiar números, sobre todo si Denny piensa dejar a Jonas a menudo a cargo de Colt.
Si mi hijo se hace daño, quiero que pueda avisarme enseguida, sin tener que contactar primero con Denny o con mi hermana.
Así pues, le doy mi número y veo que lo anota con cuidado en el suyo.
Segundos después, mi teléfono suelta un pitido y, en un reflejo pavloviano, lo saco del bolsillo aun sabiendo que es él.
555-229-0320
No es pedir demasiado. Te lo prometo.