6. Colt #2
—Me cago en la p… fruta .
El miedo lo domina. Me mira con los ojos desorbitados, cagándose metafóricamente en los pantalones. Seguro que está esperando a que le lave la boca con jabón o alguna mierda parecida.
—¿Te cagas en la fruta? —Ya no puedo contener la risa, estoy hasta lagrimeando—. Tío, semejante metedura de pata se merece que te cagues en la puta, con todas las letras. Venga.
El chico da un pisotón, aprieta los puños y grita:
—¡Me cago en la puta!
Y sin que yo tenga que decírselo, baja lentamente la cuesta hasta el neumático, murmurando una serie de exabruptos que estoy seguro de que no le harían nada de gracia a esa chica estirada y trajeada que tiene por madre.
El sudor se acumula en su labio superior cuando llega a lo alto, pero deposita el neumático con la suavidad de quien acuesta a un recién nacido.
Sonríe para sí cuando la rueda se queda en el sitio.
No me parece un buen momento para decirle que podría haberla dejado donde cayó, porque de todos modos hay que cubrir el montículo entero.
—Una rueda puesta. Nos queda más o menos un millón. —Le doy una palmada en la espalda.
Durante una hora, trabajamos los dos solos, haciendo pausas frecuentes para dar desesperados tragos de agua y sudando la gota gorda bajo este sol de verano.
Debido a nuestra boca reseca y nuestra respiración pesada, no hablamos mucho, pero el aire es distinto a los días anteriores.
Ninguno de los dos se queja, ni tampoco tengo que apretarle para que siga.
No somos más que dos rancheros que trabajan codo con codo.
Al cabo, aparecen otros dos tíos para echarnos una mano. Eso nos permite aminorar la marcha y hasta hacer una pausa para comer algo. Charlamos un poco sobre nuestras aficiones; yo me burlo de él por sus estúpidos videojuegos y él se ríe de mi colección de camisetas baratuchas.
Los dos estamos jadeando mientras agarramos neumáticos de la pila cada vez más pequeña. De pronto, Jonas dice:
—¿Crees que a las vacas les gusta el sabor del heno?
Contemplo con los ojos entrecerrados los ondulantes campos de heno bañados por el sol en la lejanía, y me limpio el sudor acumulado en el labio superior.
—Qué va. Creo que es como la ensalada: la comemos porque hay que comerla.
—A mi madre le gusta la ensalada. A mí me parece una asquerosidad.
—Tu madre finge que le gusta la ensalada para convencerte de que tienes que comerla. Pero apostaría a que prefiere la pizza. Y apostaría a que a las vacas les pasa lo mismo.
Lo sigo por el suave suelo de tierra, y pasamos junto a otro ranchero. Cuando la última rueda aterriza sobre las lonas con una nubecilla de polvo, los dos nos dejamos caer bajo la sombra de un roble cercano.
—Joder, ha sido un trabajazo. —Me quito la camisa empapada de sudor y me abanico la cara con el sombrero de vaquero—. Gracias por ayudarme hoy, tío.
Jonas traga saliva, apoya la espalda en el árbol y se restriega las manos sucias en los muslos.
—Por favor, dime que ya no tenemos que hacer nada más.
—Si ves que Denny o Austin vienen en nuestra dirección, corre. —Suelto una risa por lo bajo—. Ni de coña vamos a trabajar más hoy.
Jonas le tiende la botella de plástico vacía a Betty, que la aplasta alegremente y la lanza por los aires.
La perra ha seguido al chico sin descanso por toda la pila de ensilaje, pegada a sus talones y mordisqueando cada neumático que él ha ido dejando, como para recordarle que se quede en su sitio.
—De hecho, vamos a quitarnos de en medio antes de que puedan darnos más tareas. —Apoyo las manos en la tierra fresca y me pongo de pie, disfrutando del crujido de mi espalda y de estas agujetas bien merecidas por todo el cuerpo—. Hoy te llevo yo a casa. ¿Te apetece tomar un helado de camino?
—No tengo dinero. —Arruga la nariz.
—Creo que lo mínimo que te mereces hoy es un helado. Ha sido un trabajo muy duro y lo has hecho de miedo, tío.
Con una sonrisa avergonzada, el chico se pone en pie.
—Gracias.
Yo recojo mi camisa del suelo y arrugo enseguida la nariz.
—Pensándolo mejor, primero deberíamos pasar por las duchas de los barracones. Con el tufo que echamos, no creo que nos dejen entrar en la heladería.
Jonas se huele el sobaco y aparta la cara con expresión de repugnancia.
—No sé de qué hablas, yo huelo a rosas.
—Y una mierda. Desde aquí noto la peste que echas.
—No tengo ropa limpia, así que tendré que esperar hasta llegar a casa.
—Tú mismo, pero si me atufas la camioneta, vas a tener que volver al pueblo en la parte de atrás.
Echo a andar hacia los barracones, con Jonas y Betty a mi espalda.
A cada zancada que doy, mis músculos se relajan y el rugiente dolor que me atraviesa el cuerpo aminora hasta convertirse en una molestia acostumbrada.
Resulta que trabajar de ranchero durante toda la adultez es ligeramente malo para el cuerpo.
—¿Vas a volver mañana? —pregunto—. Pensaba ir a pescar.
Una sombra le cubre la cara. Baja la mirada al suelo.
—No, mañana voy a pasar el día con mi padre.
—Apuesto a que será divertido.
—Sip.
No suena convencido. Teniendo en cuenta lo que sé de este chico y las pocas ganas que parece tener de abordar el tema, no insisto. Y menos después del día que hemos pasado.
Cuando agarra el pomo de la puerta principal de los barracones, suelta un siseo entre dientes apretados.
—Ay. Creo que me ha salido una ampolla.
Se toquetea la pompa que ha descubierto en la palma de su mano. Tan centrado está en inspeccionar sus delicados dedos que casi se tropieza con una silla al pasar por los barracones.
—Para cuando acabe el verano, tendrás las manos tan callosas como las mías. —Le enseño una mano endurecida a base de trabajo y señalo la dura piel de la palma y los dedos—. Serás básicamente invencible.
Jonas me mira, boquiabierto.
—¿Y qué hago hasta entonces?
—Lavarla bien para que no se infecte. Quizá podrías ponerte una tirita cuando llegues a casa. —Saco una toallita del armarito del pasillo y se la tiro. Niego con la cabeza al ver que intenta que nada toque su delicada herida—. Me voy a dar una ducha rápida y nos vamos.
—A por helado, ¿no? —Alza la vista y se olvida de la mano durante un segundo.
—Todo el helado que puedas comer.