Soltar las riendas (El rancho Wells 4) 6. Colt
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6. Colt

Colt

L a crema de arce se hunde en mi café al removerlo con la cuchara.

Añado otra cucharada por si las moscas. A pesar de lo temprano que es —apenas las cuatro de la mañana—, los barracones están atestados de rancheros que se preparan para trabajar.

En los meses de verano, empezamos al alba y trabajamos hasta que el sol de mediodía se vuelve insoportable.

Austin, el jefe, insiste en que solo trabajemos a caballo.

Las altas temperaturas no solo ponen en riesgo a los hombres, sino que también son peligrosas para toda la caballada.

Rob, el mayor gilipollas que hay en los barracones, me da un fuerte codazo en las costillas, con lo que casi se me derrama la cucharada de azúcar que estoy acercando con cuidado a la taza.

—¿Por qué no echas toda la lata de azúcar dentro?

—Me echo tanto para seguir siendo igual de dulce. —Remuevo el café y le dedico un aleteo de pestañas.

—¿Te ha dicho tu mami que eres dulce?

Le hago una peineta acompañada de un guiño.

—Me lo ha dicho la tuya.

La risotada de Denny reverbera por la pequeña cocina. Se abre paso entre Rob y yo para coger una taza de café.

—Se lo has puesto en bandeja, Rob.

—Que os follen a los dos —escupe él.

Yo chasqueo la lengua en su dirección.

—No deberías hablarle así a tu nuevo padrastro.

Abro el frigorífico y contemplo pasmado la falta de comida del interior.

Las mujeres de la casa grande —la casa principal del rancho con su enorme cocina— nos preparan táperes con el almuerzo a diario, pero mi metabolismo sigue pensando que soy un adolescente, y necesito algo de desayunar.

Supongo que hoy tendrá que bastarme con una manzana algo magullada y las pocas chucherías que tengo en mi cuarto.

—Hablando de padrastros —Rob se apoya en la encimera y da un sonoro sorbo al café—, ¿viene hoy ese chaval que no se te despega del culo?

Una rápida mirada hacia Denny me confirma que sí, Jonas vendrá hoy.

He perdido la cuenta de las veces que ha pasado por aquí en las últimas semanas.

Lo que empezó como un intento por parte de Denny de ganarse la simpatía de su exnovia ha acabado convirtiéndose en «Colt, de profesión, niñera».

Encontrar tareas para un chico de diez años que jamás ha pasado tiempo en un rancho es un trabajo en sí mismo, aunque las paredes y los suelos de los graneros jamás han estado tan limpios como ahora.

—Anoche hablé con Whit. Le dije que lo mantendríamos ocupado todo el verano. Así que se va a pasar mucho tiempo por aquí —dice Denny.

—¿Se te ocurre alguna tarea más que pueda darle? —le pregunto, con una ceja enarcada—. Va a terminar descascarillando la pintura del granero de tanto fregar.

—La verdad es que sí. Hoy vamos a cubrir el pozo de ensilaje. Puede ayudar a mover los neumáticos.

Rob suelta una risita.

—No está mal para librarte de una puñetera vez del chaval. Es más pesado que un neumático de esos.

Pocas horas después, estoy bebiendo café en la puerta de la caja de mi camioneta, esperando, cuando mis oídos captan el traqueteo de un coche que pasa junto al redil del ganado.

Me inclino para ver de quién se trata, y Betty interpreta el movimiento como una invitación a comerse el tentempié que tengo en la mano.

Sus dientes acarician delicadamente mis nudillos cuando cierra las fauces en torno a la barra de cereales y mantequilla de cacahuete, que casi me arranca junto con media mano.

—¡Hey! Valiente petarda estás hecha. —Resoplo y le tiro el pedacito que aún sujeto entre los dedos.

Betty se pone a husmear entre las piedras al tiempo que yo me bajo de la camioneta y empiezo a caminar hacia la casa grande. Con un poco de suerte, las chicas tendrán algo que pueda comer para darme suficiente energía como para sobrevivir hasta el almuerzo.

Betty se atreve a seguirme, la muy petarda, y me mordisquea los talones cuando me acerco a la casa grande.

Le encanta este puto sitio, porque los críos de Jackson y Kate Wells se dejan comida olvidada por todas partes.

Por supuesto, la perra me deja tirado en cuanto ve a Odessa, la hija de seis años de los Wells, que está jugando entre los parterres.

—Pórtate bien —le digo a la perra. Y supongo que a la niña también. Betty suelta un ladrido evasivo.

Me sacudo a pisotones el polvo de las botas sobre los escalones delanteros y abro la mosquitera, que se cierra de golpe tras de mí al entrar.

Por toda la casa reverberan unas voces joviales y música country.

Las oigo pasillo abajo y me dejo llevar en esa dirección.

Mi estómago ruge ante el aroma de pan recién horneado; se alargan mis zancadas.

Espero poder escamotear una rebanada caliente con un poco de mantequilla.

—Hey. —Anuncio mi presencia y me acerco por la espalda a uno de los propietarios del rancho, Austin, que está comiendo queso en lonchas.

Cuando él aparta la mano de la bandeja, yo cojo un trozo de queso suizo. Él me lanza una mirada y niega con la cabeza, pero sigo estudiando todos los alimentos repartidos por la encimera.

—¿Habéis montado una fiesta y no me habéis invitado? —Agarro un puñado de galletitas saladas y más lonchas de queso. Me meto un trozo de cheddar en la boca y rodeo la isla.

Cecily, la esposa de Austin, me tiende un plato.

—Nuestra boda…

Tamborileo con los dedos sobre el borde de la encimera y digo:

—Ah, es verdad.

No sé cómo no se me ha ocurrido si de lo único que hablan las mujeres por aquí desde hace semanas es de la boda de Austin y Cecily.

Tomo asiento en la mesa extralarga —lo bastante grande como para que se siente toda la familia Wells y aún más gente— y engullo suficiente queso y galletas saladas como para saciar a todo un curso de preescolar.

Jonas entra en la cocina pocos minutos después.

Kate le tiende un plato y le da un empujoncito para que se acerque a mí.

Teniendo en cuenta que vuelve aquí por decisión propia, Jonas no parece nada emocionado. Su expresión me recuerda un tanto a la mirada que me lanzó su madre cuando fui a recogerlo la semana pasada. Whit me aplastó de un vistazo y, maldita sea, que me aspen si no me encantó.

—¿Qué vamos a hacer hoy? —Jonas mira las delicias de su plato.

—Tú empieza por comerte los cereales. —Le enseño la pila de queso Monterey Jack y las galletas saladas que se amontonan en mi plato—.

Esos palillos que llamas brazos van a necesitar toda la energía posible.

—Austin ladea la cabeza y se lleva lentamente la taza a la boca—.

Vamos a cubrir el pozo de ensilaje —explico, y él asiente al tiempo que da un sorbo.

—Toma, chavalín. —Kate coloca una bolsa de papel marrón en la mesa junto al plato de Jonas—. Te he puesto un poco de comida extra. Llevaos mucha agua. Hoy va a hacer calor.

Poco después, los dos salimos de la casa grande, cada uno con dos bolsas de papel marrón hasta arriba de sándwiches, barritas de granola, fruta y botellas de agua de sobra.

En apenas un instante, el sol me provoca chorros de sudor por la espalda.

Ladeo mi sombrero de vaquero para hacerme sombra en los ojos.

En silencio, nos dirigimos hacia el camino de gravilla.

Dejamos atrás el granero, las cabañas y los barracones.

Jonas me recuerda bastante a mi hermano pequeño, Beau, cuando este era niño.

Es muy callado y reservado, muy duro consigo mismo incluso con los errores más insignificantes.

El otro día, Jonas le dio un buen puñetazo a la pared del granero —lo único que salió mal parado fue su propio orgullo— cuando Denny lo regañó por no haber cerrado correctamente la puerta del potrero.

Pero bueno, aprendió la lección y durante el resto del día la comprobó hasta tres veces cada vez que la cerraba.

—¿Y qué es lo que vamos a hacer exactamente? —pregunta Jonas.

Arroja una ramita para que Betty vaya a buscarla mientras nos acercamos a la enorme montaña de suave pendiente del ensilaje: trigo troceado que se podrá fermentar para usarlo como pasto para el ganado.

Ya está cubierto con varias lonas blancas que forman capas superpuestas.

Ahora hay que cubrirlo todo con varias hileras de neumáticos para aplastarlo y evitar que el oxígeno y la humedad estropeen el proceso de fermentación.

Señalo la enorme pila de neumáticos viejos de automóvil.

—Vas a cubrir las lonas con esas ruedas.

Jonas me mira y parpadea, y una sonrisita asoma a sus labios.

—Te estás quedando conmigo, ¿verdad? Eso no hay que hacerlo.

—Ya lo creo que hay que hacerlo. Cubrimos el trigo troceado con plástico para que pueda fermentar durante unas cuantas semanas. Será el alimento del ganado a lo largo del invierno. Hay que colocar esos neumáticos encima para sujetar las lonas y que no salgan volando con el viento.

Él parece dudar de si le estoy tomando el pelo, así que echo a andar por la suave pendiente, agarro un neumático bajo cada brazo y voy a colocarlos en lo alto de la pila cubierta.

Hago bocina con las manos, que ya tengo manchadas de negro a causa de la goma caliente de las ruedas, y le grito a Jonas:

—Vamos, que no quiero estar liado con esto hasta la noche. ¿Y tú?

El chico agarra incómodamente un neumático con ambos brazos y se asoma por el agujero del centro.

Echa a andar hacia mí, resoplando y jadeando todo el camino.

Con un gañido exasperado y teatral, suelta el neumático una vez que ha llegado a lo alto.

La rueda cae sobre las lonas con un golpe sordo, se balancea en el borde durante una fracción de segundo y se precipita rodando hacia abajo.

Cuando por fin choca con un pequeño hueco en el plástico, vuelca y da vueltas en el sitio durante un instante, con un sonido que recuerda al bote de una pelota de baloncesto desinflada sobre el suelo de un gimnasio. Como si se burlase de Jonas.

Me cubro la boca bajo el cuello de la camisa para soltar una risa muda. Desde luego, esta vez no tengo que corregir al chico: sabe exactamente dónde se ha equivocado.

Jonas alza las manos al aire.