Soltar las riendas (El rancho Wells 4) 5. Whit #2
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5. Whit #2

Una vez que por fin reúno la energía necesaria para empezar el día, la mañana transcurre en un borrón de currículums y entrevistas de trabajo.

Puede que la selección de personal no sea el trabajo soñado de nadie, y entiendo por qué es así.

La parte buena es que, al llevar a cabo entrevistas para varios puestos en el sector privado sanitario, conozco a mucha gente interesante.

Además, tengo la flexibilidad de trabajar desde casa y montarme mi propio calendario, lo cual ha resultado ser decisivo a la hora de lidiar con Jonas.

¿Era mi puesto soñado a los diecisiete años? No.

Pero el mismo día que descubrí que estaba embarazada, mi única preocupación pasó a ser cubrir nuestros gastos.

Sabía que la mayor parte del pueblo cuchicheaba a mi espalda; todos decían que yo era una fracasada, comentaban mi relación con Alex, suponían que mis padres tendrían que cargar con la crianza del bebé.

Así pues, empecé a recibir cursos online, me pelé el culo a trabajar y empecé a subir en el escalafón por mis propios méritos.

Me compré una casa, pagué la guardería, apunté a mi hijo a actividades extraescolares y me ofrecí voluntaria incontables veces para participar en eventos de recaudación de fondos vendiendo magdalenas.

Hice todo lo posible para demostrar que todo el mundo se equivocaba, yo incluida.

Alrededor de la una de la tarde, los restos de pizza del frigorífico me llaman con demasiada intensidad como para ignorarlos.

Me aparto del escritorio, agarro el teléfono y bajo las escaleras.

De pronto, me doy cuenta de que no he activado el permiso para que el número de Blair se salte el modo «no molestar».

«Mierda. Menos mal que no ha habido ninguna emergencia».

Blair

Hey, Jonas quiere ir al rancho.

¿Te parece bien si Denver te lo lleva luego a casa?

Si no, lo llevo ahora mismo.

Tengo que leer varias veces el mensaje para entenderlo, para confirmar que varias horas seguidas frente a la pantalla no me han afectado a la vista.

¿Quiere ir al rancho? Cada vez que he intentado sonsacarle algo sobre su experiencia allí el otro día, Jonas se ha limitado a contestar con monosílabos bruscos o a encogerse despreocupadamente de hombros.

No me ha dado ni un detalle, ninguna señal evidente de emoción o desdén.

Escribo varias veces alguna respuesta posible mientras me atiborro de pizza.

No quiero parecer demasiado ansiosa por librarme más tiempo de mi hijo, pero también tengo en cuenta que la menor señal de inquietud tendrá como resultado que Blair meta directamente a mi escuálido niño en el asiento del copiloto de su coche para traérmelo aquí.

Si quiere, me parece bien.

Giro lentamente el cuello para aflojar las contracturas y los tirones; un agudo chasquido suelta la presión acumulada tras pasarme horas encorvada frente al ordenador.

Me tomo mi tiempo para regresar lentamente a mi despacho, girándome y estirándome para aliviar el dolor que siento en la parte baja de la espalda.

«Silla ergonómica de oficina. Ya, y una mierda».

Me dejo caer exageradamente en la supuesta silla ergonómica con ruedas y contemplo el pequeño contador que indica cuántos correos electrónicos han llegado a mi bandeja de entrada mientras yo me llenaba la barriga.

Sin embargo, como aún me quedan dos minutos antes de tener que volver al trabajo, me giro hacia la ventana y contemplo a la mujer mayor que, al otro lado de la calle, juega con su nieta de tres años, a la que suele cuidar con frecuencia.

Al igual que un hueso roto duele durante una tormenta, un dolor melancólico irradia de mi esternón al verlas.

A pesar de mis propios problemas con mis padres, doy las gracias por la buena relación que Jonas ha tenido con ellos, especialmente teniendo en cuenta el hueco que ha dejado Alex.

Me aterra pensar en lo que sucederá ahora que estamos perdiendo a mamá a marchas forzadas.

Ya no recuerda en absoluto a Jonas, y él cuenta con una persona menos que lo quiera durante los días más duros.

Horas después, Jonas cruza la puerta principal y deja que esta se cierre a su espalda. Yo alzo la vista del libro que estoy leyendo y me pongo lentamente en pie. Me estiro para aliviar la rigidez de las piernas y la espalda.

—Hola, colegui. ¿Le has dado las gracias a Denny por traerte a casa?

—Evidentemente —gruñe.

—Jolines, ¿qué tal si lo intentas otra vez pero ahora me hablas bien? —Aparto la mosquitera y saludo con la mano al novio de mi hermana, que ya se marcha con el coche.

— Sí , le he dado las gracias.

Sigue sin hablarme bien del todo, pero estoy dispuesta a bajarme de este burro.

—He hecho la famosa lasaña de la abuela para cenar.

Jonas va directo al frigorífico, saca una lata de Coca-Cola y engulle la mitad de un trago largo. Aunque sé bien lo que va a pasar a continuación, me encojo igualmente cuando suelta un eructo.

Me paso una mano por los ojos y tropiezo con los zapatos tirados por el suelo de camino a la cocina.

—Jonas, haz el favor de recoger tus cosas.

Lleva diez segundos en casa y ya se ha desatado el caos.

Me ignora. Y yo no insisto.

Con dos platos bien cargados de lasaña, me siento frente a él con una mirada que espero que exprese las ganas que tengo de escuchar cómo le ha ido el día.

Y lo que es más importante, me muero por saber el motivo que lo ha llevado a pasarse toda la tarde en el rancho.

Deslizo el plato de comida por la mesa ha­cia sus manos ansiosas y le pregunto con cautela qué tal ha ido. Él da un buen bocado y murmura:

—Bien.

—¿Has hecho algo emocionante?

—Hum…, no.

—¿Y qué has hecho?

Mueve la cabeza de un lado a otro sin dejar de masticar. Y justo cuando creo que va a decir algo, lo que hace es llevarse otro trozo de lasaña a la boca.

«Este crío sería capaz de sobrevivir al interrogatorio más intenso que haya conocido nadie».

Hundo los hombros, derrotada, y yo también pincho un pedazo de carne.

—He aprendido a ensillar un caballo.

—Espera, ¿en serio? Eso es muy guay, Jonas. —Le dedico una sonrisa radiante—. Estoy segura de que a la tía B le encantará saberlo.

—Supongo. —Se lleva el refresco a los labios—. ¿Puedo ir mañana otra vez? La tía B dice que va a ir por la mañana y que puede llevarme.

—Si a Denny le parece bien, no veo por qué no.

Él asiente, con un leve brillo de luz en los ojos.

—Ha dicho que mañana puedo montar a caballo si quiero.

Yo pensaba que lo normal era que los niños pidieran una mascota.

En su día, Blair y yo hicimos una presentación completa para explicarles a nuestros padres que nos merecíamos un perro, aunque no se lo tragaron.

Sin embargo, Jonas jamás ha mostrado interés en tener ni siquiera un pez de acuario, por más que yo le haya preguntado si le apetece. Pensaba que no le iban los animales.

—¿Y quieres? —Me lamo un resto de tomate de la comisura de la boca—. ¿Quieres montar a caballo?

Responde sin dejar de masticar:

—Sí.

—Dile a Denny que quiero fotos.

Durante los siguientes minutos, se hace el silencio.

Sin embargo, es un silencio pacífico. No hay tensión ni incomodidad, no hay ninguna bomba de angustia adolescente a punto de estallar en medio de la mesa.

El tenedor de Jonas roza el plato al recoger hasta el último resquicio de comida.

Yo casi juraría que oigo los sonidos típicos de un aspirador cada vez que abre la boca. Y encima, repite.

Al inclinarse para dar el último bocado, se me ocurre que existe la posibilidad real de que lama el plato.

—Esto está pero que muy bueno, mamá.

Me yergo en el asiento, disfrutando de las mariposas y la calidez que siento en el pecho.