5. Whit
Whit
B uenos días! —La voz áspera de Blair atraviesa la planta baja poco después de las siete de la mañana.
—¡Jonas! —grito hacia el techo y arrastro el cuerpo apenas despierto para bajarme del sofá, mientras sostengo una taza llena del elixir de la vida—. La tía está aquí.
«Nada».
—Lo siento, se me olvidó decirle que ibas a venir temprano hoy. ¿Quieres un poco de café mientras…? —Me dirijo a la cocina y me encuentro a Blair metiendo ya una cápsula en la Nespresso. Mi atención vuelve a centrarse en mi hijo—. ¡Jonas!
Tras otro minuto de absoluto silencio, me acerco a su habitación.
Me planto frente a la delgada puerta panelada y llamo con los nudillos.
Vuelvo a pronunciar su nombre, esperando alguna respuesta maleducada sobre que ponga más en práctica la paciencia.
Nada le gusta más que tirarme a la cara mis frases prefabricadas de crianza respetuosa.
Sigue sin haber señales de vida, así que trago saliva y llamo con más fuerza, para luego abrir la puerta.
—¿Jonas?
Aún vestido con la ropa de ayer, Jonas está despatarrado como una estrella de mar sobre su cama.
Su pecho sube y baja con las suaves olas de un sueño profundo.
Sus leves ronquidos me recuerdan a cuando era un bebé que dormía sobre mi pecho.
Cálido y abrigadito, emitía suaves ruidos sobre mi piel desnuda.
Me agarro a ese recuerdo como si mi hijo aún me cupiera entre los brazos.
Jonas está aquí mismo. Y lo echo de menos.
No puedo evitarlo: deslizo silenciosamente los pies, embutidos en calcetines, por el suelo. Alargo una mano para apartarle el cabello de la frente y le planto un ligero besito a mi niño.
Jonas murmura algún tipo de tontería con labios agrietados y saliva seca en la mejilla.
—Buenos días, peque. Hora de levantarte e irte con la tía B —digo en tono suave, pasándole la mano por el cabello—. Te espera abajo.
Tras un minuto de gruñir, gemir e interpretar el papel de adolescente malhumorado más de lo que me gustaría, Jonas se despega del colchón y se dirige dando tumbos hacia el armario. Cuando me convenzo de que no va a volver a tumbarse, vuelvo a la planta baja.
—Disculpa —le digo a Blair. Me siento junto a ella a la mesa de la cocina y cojo la taza blanca en la que pone «MAMÁ»—. Resulta que hemos llegado a la fase adolescente en la que no quiere levantarse por las mañanas.
—¿Cómo que fase? Tú aún eres así.
Me echo a reír.
—Pues tienes razón. Jonas lleva agotado desde que estuvo el otro día en el rancho. Creo que anoche se fue a dormir a las siete… Espero que no se esté poniendo enfermo.
—¿Se divirtió?
—Eso mismo le pregunté, pero me contestó con un gruñido. Lástima, porque Colt dijo que podía volver cuando quisiera.
Yo ya sabía que Jonas no disfrutaría de ningún tipo de trabajo manual, desde el mismo momento en que Denny me llamó para preguntarme si quería mandarle al niño.
Aun así, le dije que sí porque sabía que Denny intentaba aliviarle un poco la carga a Blair.
He de admitir que suelo tirar mucho de mi hermana para que me ayude, así que aproveché la oportunidad para aligerarla un poco.
En teoría, puedo trabajar desde casa y tener a Jonas aquí conmigo.
Tiene diez años. No es que vaya a caerse por el balcón si lo pierdo de vista un segundo.
Sin embargo, es capaz de tirarse quince horas seguidas jugando a videojuegos si se le da la oportunidad, día sí y día no, todo el verano.
Y cuando se pasa más de un día así, la culpabilidad materna me devora por dentro.
Así pues, he de cargar con la vergüenza que implica pedirle a mi familia que lo cuide, y me digo a mí misma que va a ser bueno para el niño a largo plazo.
Pero, maldita sea, cómo me gustaría poder permitirme una canguro.
Cómo me gustaría que Jonas tuviese un padre en el que se pudiera confiar.
Y, por más que me duela admitirlo, cómo me gustaría a veces que fuese un niño de trato más fácil.
—Colt es muy buen tío —musita Blair, y da un sorbo a su café.
—Colt… —intento encontrar algo bueno que decir del tipo que apareció con una camiseta increíblemente ofensiva y quiso convencerme de que era un adulto responsable— trajo a Jonas a casa de una pieza.
En ese momento, Jonas aparece en lo alto de las escaleras y baja a trompicones, con un sonoro bostezo a cada escalón.
—Buenos días, ricura —canturrea Blair—. Venga, a desayunar. Hay que ponerse en movimiento.
— Nosdías. —Se acerca a la alacena para sacar una caja de cereales, que derrama por la encimera.
Parte de la leche que vierte en el cuenco no aterriza donde se suponía que debía hacerlo.
Si no encuentro la manera de ignorarlo todo, puede que llegue a perder los nervios, con lo cual Jonas irá aún más lento. «Si es que eso es humanamente posible».
Aparto los ojos antes de que me dé un parraque y pregunto:
—Bueno, ¿cómo está mamá?
—He descubierto que, a la vigésimo séptima vez que mamá me pregunta si he hecho los deberes, acabo por perder el control.
—¿Tienes deberes? —Las palabras suenan pastosas viniendo de la boca llena de cereales de Jonas.
—Por suerte, no. Pero la abuela a veces se confunde un poco. —Blair le dedica una sonrisa tranquilizadora.
Yo apoyo la barbilla en una mano.
—Eso no es nada. El otro día, mamá me recordó al menos cuarenta veces que me trajese a casa la colada limpia. ¿Había hecho la colada en su casa, te preguntarás? Nop.
La risa de Blair suena débil. La sigue un suspiro de entendimiento.
El diagnóstico de mamá fue un golpe duro para todo el mundo, pero Blair ha sido siempre la viva imagen de lo que debe ser una hija mayor.
Adoptó el papel de cuidadora principal sin pensárselo dos veces.
Prácticamente apartó de un golpe de hombro a nuestro padre.
A mí no me molesta. He hecho todo lo que he podido para ayudar a nuestros padres, pero papá rara vez pide ayuda, y la primera vez que mamá me llamó por otro nombre, acabé derrumbada en el suelo de mi lavadero.
Aunque no siempre le ha gustado la persona que soy, sí que ha amado a Whit Hart como todos los padres aman a sus hijos.
La pérdida de conexión materna ha sido un modo de suavizar nuestros últimos roces, de eliminar los únicos puntos en los que aún podíamos chincharnos la una a la otra.
El silencio que sigue es ensordecedor. Lo único que atraviesa el aire inmóvil es el ruido de Jonas al mascar los cereales azucarados. Y los sorbos que da a la leche de su cuenco.
Suelto un bostezo, sonoro y largo.
Jonas me mira y estudia mi cara con un parpadeo.
—Si eres más joven que la tía Blair, ¿cómo es que pareces mucho más cansada todo el tiempo?
Doy un largo sorbo al café caliente y me esfuerzo por ignorar la risita disimulada de Blair, que coloca su taza vacía en el lavavajillas.
—Qué gracioso. —Apoyo la taza en la mesa con un golpecito y me aprieto la sien con el pulgar. Me encojo de dolor—. Ese cuenco, al fregadero, ya.
Jonas alza un hombro y obedece, aunque le da tiempo a ponerse faltón, por supuesto:
—Lo digo por tu bien. Quizá deberías probar a ponerte todas esas cremas que tienes en el baño o algo así mientras yo estoy con la tía.
—¿Tú no querrás un niño? —Me giro hacia mi hermana, que intenta desesperadamente disimular la mueca sonriente de sus labios—. Está disponible, sabe ir al baño y a veces hasta escucha. Llévatelo, por favor.
—Pero entonces voy a acabar pareciendo una vieja, como tú —replica Blair.
—Oh, por supuesto que sí. Apostaría a que te salen canas antes de que acabe el día de hoy. Pero mira qué carita tan mona…, ¿no vale la pena?
Jonas tuerce el labio con desagrado. Puede decirse que así tiene la carita menos mona.
—Así no me vas a convencer. Me gusta parecer joven. —Se aparta la larga melena castaña con gesto teatral—. Y guapa.
Jonas se pone los zapatos y me mira con ojos suplicantes.
—¿Ves? Tengo que quedarme en casa hoy para que la tía no se ponga fea.
Engullo lo que queda de café de un trago rápido. Me parece que voy a tener que aliñar con un poco de licor la siguiente taza que me eche.
—Buen intento, colegui. —Blair le revuelve la mata de cabello rubio.
—Si me dejáis quedarme aquí, prometo no armar mucho ruido mientras mamá trabaja.
—Jonas —replico, cansada—, hemos hablado un millón de veces del plan del verano. Puedes quedarte en casa los lunes y los jueves.
El plan del verano, también conocido como «operación para evitar que Jonas esté pegado a una pantalla quince horas al día cada día al tiempo que nos aseguramos de que no se va con sus horribles amigos a liarla por ahí».
Pasa dos días a la semana con Blair y otro con mi padre.
Ojalá pudiera contar con el apoyo de Alex, en lugar de tener que recurrir a ellos, pero es que ya nos dejó tirados dos veces la semana pasada.
El viernes cometí el error de prometerle a Jonas que su padre iba a venir.
Cualquiera diría que después de diez años de este tipo de mierdas sabría a qué atenerme.
Inevitablemente, Alex no apareció y yo me quedé con un preadolescente malhumorado dos días completos.
Jonas resopla y pasa junto a Blair para salir de casa tan rápido como le sea posible. Tantas ganas tiene de demostrar su cabreo que se le olvida hasta atarse los cordones en plena huida airada.
Le murmuro una disculpa a mi hermana. Blair empieza a cerrar la puerta principal para seguir a Jonas, pero antes dice:
—No es nada que no pueda gestionar, pero voy a necesitar un vale de regalo del Sephora, eso sí.
La casa queda en silencio, excepto por el melodioso sonido del café al filtrarse. Debería prepararme para empezar a trabajar, pero lo que hago es hundirme en la silla con un suspiro de alivio.