Soltar las riendas (El rancho Wells 4) 4. Colt
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4. Colt

Colt

U nas horas después, me planto con las manos en los bolsillos ante el chico, que está apartando paletadas de mierda en un establo vacío. Jonas se tapa la nariz con una mano, y la voz le sale nasal:

—Aquí dentro apesta.

—Crecí en la granja de mi tío. Él solía decir que este es el olor del dinero.

—Qué asco. —Hace una mueca—. ¿Hemos terminado ya?

—Habrías terminado ya si te hubieras puesto a trabajar con las dos manos. —Señalo con un gesto vago el trinche para el estiércol que tiembla en su mano y que amenaza con derramar la pila de mierda de caballo que el chico se ha pasado una preo­cupante cantidad de tiempo intentando levantar.

Jonas no responde. Se sube el cuello de la camiseta para taparse la boca y la nariz y así poder agarrar el trinche con ambas manos para llevarlo hasta la carretilla.

Para haber venido a ayudar, en realidad no está colaborando en absoluto.

Se ha pasado los primeros veinte minutos persiguiendo una pila de estiércol por todo el establo, incapaz de averiguar cómo recogerla con eficacia.

Yo podría haberle echado una mano, pero ha sido divertido ver cómo se iba enfureciendo lentamente, cómo murmuraba obscenidades en voz baja sin conseguir lo que se proponía.

Una vez que le pilló el tranquillo, se pasó la mitad del tiempo gimoteando y arrastrando los pies, con lo que tardó el doble en acabar la tarea de lo que habría tardado yo a solas. Mientras él limpiaba seis establos, yo tuve tiempo de despejar y organizar todo el cuarto de aperos.

Tras echar la última paletada en la carretilla, el chico me contempla con expresión agotada.

—¿Y ahora qué?

—Estoy seguro de que en los primeros establos ya hay más caca nueva que limpiar, así que puedes empezar de nuevo.

Me muerdo el interior del carrillo para reprimir una sonrisa. El pobre chico hunde los hombros, pero cruza todo el suelo de cemento sin quejarse. Apoya el cuerpo para abrir la puerta del establo.

—Es broma —añado.

Se pasa el dorso de la mano por la frente y se la llena de mugre…, o al menos espero que sea mugre.

—Entonces…, ¿ya he terminado?

—Has terminado. Buen trabajo —digo con una sonrisa, y echo una mirada hacia la puerta del granero—. Vamos a que nos dé un poco el aire.

Al salir al exterior, Jonas llena los pulmones de aire como si llevase horas desprovisto de oxígeno. El sol pica, hace mucho calor. Yo preferiría estar dentro del granero, donde el cemento mantiene la temperatura unos cuantos grados más baja.

El zumbido de los escarabajos verdes de junio resuena por el aire rancio.

En la lejanía, unos cuantos trabajadores del rancho holgazanean junto a un redil circular, contemplando a quien supongo que es Jackson, que está empezando a domar a un potro nuevo.

El sonido de unos golpes contra la valla de metal capta la atención de Jonas, que entrecierra los ojos para atisbar qué está pasando.

—¿Quieres ir a ver?

El chico se limita a asentir, así que echamos a andar por el camino de gravilla.

—¿Por qué te hiciste ganadero? No es nada divertido. —Jonas arrastra los pies al caminar.

—Hum, diría que en un ochenta por ciento se debió a la película Spirit , y en un diez por ciento a pensar que los ganaderos amigos de mi padre eran la hostia de guais.

—¿ Spirit ? ¿Esa peli infantil de caballos? —Tengo la tentación de decirle que se le va a quedar la cara petrificada, en vista de que lleva todo el puñetero día con la misma expresión de asco—. Te falta un diez por ciento.

—Hum, el otro diez por ciento fue por querer hacer justo lo contrario de lo que mi madre quería que hiciera.

Supongo que la respuesta me vale algunos puntos, porque el chico esboza una media sonrisa para sí.

Nos detenemos junto a Denny, que está apoyado en la valla del redil, tocándole las pelotas a su hermano mayor.

Dado que los tres hermanos Wells dirigen el rancho, cada uno de ellos se ha puesto al frente de una rama diferente.

Austin, el mayor, se encarga de la gestión financiera.

Es el único a quien de verdad he de tener contento si quiero cobrar.

Jackson, el de en medio, se asegura de que siempre haya caballos listos para el relevo y a veces entrena caballos nuevos, como el de ahora.

Y de algún modo, Denny, el hermano menor, se ha convertido en una especie de pseudomecánico: arregla todo lo que no necesite los conocimientos de un mecánico de verdad.

—¿Qué pasa? —Denny mira a Jonas y luego se gira hacia mí—. Ya te dije que no estabas haciendo nada ilegal yendo a recogerlo.

—Ha conducido muy muy rápido al venir —interviene Jonas—. Y no sabe ponerse la camiseta del derecho.

Denny me clava la mirada y se echa a reír. Yo bajo la vista hacia mi camiseta manchada de mugre y sudor y me encojo de hombros.

—Se llevan así ahora. Supongo que ninguno de vosotros va a la moda.

Quería volver a ponerme la camiseta bien después de marcharnos de casa de Whit, pero se me olvidó. De todos modos, ahora ya está sucia, así que se va a quedar del revés el resto del día.

Guardamos silencio y contemplamos a Jackson, que vuelve a poner a la potrilla en movimiento. El animal trota en círculos a su alrededor, con una silla de montar vacía. Relincha y resopla al pasar por nuestro rincón de la valla.

—¿Por qué no la monta nadie? —pregunta Jonas tras unos instantes.

Soy yo quien responde:

—Jackson la está acostumbrando primero a la silla de montar.

—No marees más la perdiz, Jackson. Está lista para que la monten. —Denny se apoya en la valla y contempla al animal con concentración. Luego golpea con fuerza el metal con las manos y se acerca a la puerta cerrada—. Si te vas a cagar en los calzones, deja que sea yo quien la monte.

Jackson abre la boca para llevarle la contraria, pero Denny ya está cerrando la puerta tras de sí y dirigiéndose a paso tranquilo hacia él, levantando densas nubes de polvo a cada paso.

Con aire juguetón y una mueca sonriente, aparta a su hermano del redil y le palmea el cuello a la potrilla.

La sigue tocando mientras ajusta la cincha con la mano libre.

—La vas a cagar, Denny —dice Jackson con un resoplido enfadado—. Por eso no hago estas mierdas cuando estáis por aquí. Os encanta inmiscuiros.

—Lo haces cuando no estamos por aquí porque no quieres que te deje en evidencia y te quite tu titulito de domador de caballos. —Denny mete un pie en el estribo, sin dejar de estudiar la expresión de la potrilla.

—Solo está buscando otra excusa para pasarse por la clínica del pueblo —le grito a Jackson.

—No me hacen falta excusas —dice Denny por encima del hombro, y se sube a la silla de montar. Durante un instante, la potrilla permanece perfectamente inmóvil—. Tengo talento para tratar con las mujeres y los caballos, ¿qué puedo decir?

Como si entendiese lo que está diciendo y quisiese bajarle los humos, la potrilla empieza a sacudirse y saltar de inmediato hacia el extremo opuesto del redil.

Con esos movimientos repentinos, Denny casi se cae; se le resbala el culo de la silla y su sombrero de vaquero sale volando y se posa sobre la tierra removida.

Al menos, si la potrilla lo tira al suelo, aterrizará en blando.

Denny grita que ya está bien por hoy, pero Jackson insiste en que tiene que seguir montado sobre la yegua para que esta no aprenda que puede tirar al suelo a quien la monte. Yo estoy seguro de que su razonamiento tiene más que ver con darle una lección a su arrogante hermano.

—¿Se va a caer? —Pasmado, Jonas contempla a Denny luchar por su vida contra la yegua.

—Puede. —Me encojo de hombros—. Pero que los caballos lo tiren al suelo es una de sus aficiones.

—¿Cómo que de sus aficiones? ¿Qué le pasa en la cabeza?

La risotada de Jackson parece más bien un aullido.

—Chaval, llevo treinta y pico años haciéndome esa misma pregunta.

Cuando Denny parece empezar a dominarla, la yegua da un par de botes y un salto con las cuatro patas en el aire.

Todo el mundo se echa a reír. Hasta este chaval que me ha estado asesinando con la vista cada vez que ha podido me mira ahora a los ojos con una sonrisa vacilante.

Cuando el rodeo improvisado acaba, tanto la yegua como el vaquero están sin aliento, sudorosos.

Casi no queda espacio en torno a la valla; prácticamente todos los empleados del rancho han venido a ver el espectáculo.

Denny se baja de la silla de montar con piernas temblorosas y le pasa las riendas del caballo a Jackson, que tiene una expresión de autosuficiencia.

Luego se agacha para recuperar el sombrero caído y se dirige a la puerta del redil.

—Después de esta paliza me vendría bien una cerveza. —Denny le quita la mugre a su Stetson y se lo vuelve a poner en la cabeza—. ¿Te importa llevar al chico a casa? Iba a llevarlo yo, pero aún voy a tardar un rato. Con tanto lío no he podido trabajar casi nada.

—No hay problema.

Le hago un gesto a Jonas para que me siga, y juntos caminamos en dirección al granero.

Me llevo el índice y el pulgar a la boca y emito un silbido agudo.

Betty gira la esquina del granero y se acerca a toda velocidad apenas un segundo después.

Probablemente espera otro puppuccino . Se pega a nuestros talones y entra de un salto por la ventanilla del copiloto antes de que Jonas tenga tiempo de subir.

Esta vez, cuando la camioneta pasa junto al redil grande del ganado, Jonas le deja sitio a Betty, apoya el brazo sobre su lomo y baja la ventanilla para que la perra pueda asomar la cabeza al aire fresco.

Las grandes orejas negras de Betty se doblan con el viento y su lengua cuelga felizmente a un lado de la boca.

Bajo el volumen de la radio y pregunto:

—¿Tienes algún plan guay para el verano?

Jonas le acaricia suavemente el costado a Betty.

—El mes que viene sale un videojuego que estaba esperando. Me ha dicho mi padre que me lo va a comprar.

Con diez años de edad, yo habría tenido ya algo planeado para todos y cada uno de los días de las vacaciones de verano.

Cuando era niño, en la granja de mi tío siempre había una manada de chavales que cometían todo tipo de trastadas desde el alba hasta el anochecer.

Mi madre nos llamaba para comer tocando una enorme campana, pero, aparte de eso, éramos prácticamente salvajes.

Construíamos fuertes, pescábamos, nadábamos, intentábamos montar en los diferentes animales de la granja y la liábamos de todas las maneras posibles.

—¿No te vas a ir a nadar, a pescar o a salir por ahí con tus amigos?

—Jugamos online cada dos días. Puedo pescar y nadar en un videojuego.

Arrugo involuntariamente la nariz y le lanzo una mirada de reojo.

—Suena como el peor verano de la historia.

—Es mejor que cargar caca a paletadas.

—A mí no me suena mucho mejor, tío.

Tras unos minutos de silencio —excepto por los sonoros jadeos de Betty, que se ha acomodado en el regazo de Jonas—, el chico carraspea.

—Antes iba mucho a pescar con mi abuelo —dice.

—Mi abuelo también nos llevaba a pescar todo el tiempo a mi hermano y a mí.

—Más silencio. Un silencio doloroso—. Si alguna vez quieres ir a pescar, en el rancho hay un río.

—Aprieto la funda de cuero del volante con la mano derecha—.

Solemos pescar bastante por allí después del trabajo. Y también nadamos.

Apenas lo veo asentir por el rabillo del ojo.

Aparcamos frente a la casa media hora después. Me acuerdo de que no me he cambiado la camiseta. Estoy a punto de dar mala impresión por segunda vez en un solo día. Pero bueno, he traído al chico con vida.

No es que me haya puesto la oreja colorada a base de hablar durante todo el camino, pero al menos ha sido menos incómodo y forzado que el trayecto de esta mañana hasta el rancho.

Resulta que está más que dispuesto a explicarme cómo funciona su videojuego favorito actual.

En cuanto he conseguido que se pusiera a hablar del tema, el viaje ha transcurrido en un santiamén.

Después de rascar a Betty una última vez tras las orejas, el chico se baja de la camioneta y se dirige a la casa. Se detiene un momento y alza una ceja al ver que lo sigo.

—Quiero hablar con tu madre un segundo —es mi respuesta.

Jonas abre la puerta y la llama con un chillido estridente. Luego se quita los zapatos en medio del recibidor y se aleja sin dedicarme ni una mirada más.

Apenas unos segundos después, Whit aparece por una esquina, con los labios apretados en una expresión nerviosa.

Sigue llevando el traje negro de esta mañana.

Vuelve a mirar mis ropas sucias de arriba abajo y arruga la nariz con un gesto que viene a decir que no solo parezco sucio, sino que también huelo a suciedad.

—Gracias por traerlo. Espero que no haya sido un problema.

—En realidad, por eso no lo he tirado de la camioneta en marcha de una patada. Quería decirte que el chico ha sido de gran ayuda y que puede volver al rancho cuando le apetezca.

Como si la moviesen los hilos de un titiritero, contrae la cara en una expresión de duda:

—¿De gran ayuda?

«Vale, me ha pillado».

—Bueno, quizá sea pasarse. Pero a fin de cuentas no ha estado tan mal.

Al verla apoyarse contra el marco de la puerta, con esa pronunciada curva de sus amplias caderas que desembocan en una estrecha cintura, se me queda la mente en blanco. No queda claro si este calor repentino que siento se debe al sol o a esos ojos penetrantes.

Whit agarra la puerta como si estuviese más que lista para cerrármela en la cara para que deje de clavarle la vista.

—Se lo comentaré, pero estoy bastante segura de que, para él, el día de hoy ha sido un castigo cruel y desacostumbrado. De todos modos, gracias por traerlo de una pieza.