Soltar las riendas (El rancho Wells 4) 3. Colt #2
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3. Colt #2

No dejo de hacer aspavientos con las manos para subrayar cada una de mis frases, pero en realidad solo consigo enfangarme más y más. Dejo caer las manos a los costados y le muestro una sonrisa mansa a la reina de hielo que tengo delante. A mi pesar, prosigo:

—A ver, no es que… apoye a las strippers, no sé si me entiendes. Pero apoyo que tengan el derecho a ser strippers, ¿comprendes?

—Ya. —Vaya, no suena nada complacida—. Tu elección de vestuario no me inspira confianza. No sé si vas a poder cuidar de mi hijo, así que mejor lo dejamos. Encantada… de conocerte, supongo. Voy a llamar a Denny para decirle que Jonas se queda hoy conmigo.

Casi me derrumbo bajo el peso de su mirada. Unas gotitas de sudor me cubren la piel. Qué bien me vendría un poco de brisa. Denny no se cabrea a menudo, pero si aparezco por el rancho sin este niño, me parece que no va a ser muy comprensivo conmigo.

—La he cagado con la camiseta. Lo entiendo perfectamente. —Sujeto la prenda por el dobladillo y me la quito de un tirón—. Deja que le dé la vuelta; nadie tiene por qué enterarse.

Bajo su mirada nada impresionada, le doy la vuelta a la tela y me pongo la camiseta del revés. Me señalo el pecho con un gesto de azafata de La ruleta de la suerte y le sonrío.

—Listo, ya está arreglado.

—Aún se ve el contor…

—Solo se ve si se mira con mucha atención.

—Meto los brazos por dentro de la camiseta y la giro para que el leve contorno de una mujer que baila en una barra americana quede a mi espalda—.

Tengo certificado de primeros auxilios y ni una sola multa de tráfico.

No fumo y no bebo mucho. Además, si vuelvo solo, Denny es capaz de pegarme un tiro.

Sus cortas uñas pintadas de negro tamborilean sobre la puerta. Aunque sus labios siguen apretados, capto una leve sonrisa que le asoma por el rabillo de los ojos.

—¿Vas a ir directo al rancho con él?

—Sí, señora.

Se queda ahí plantada en silencio durante un instante, meciéndose sobre los talones y rumiando mi respuesta. Al cabo, se gira y grita por encima del hombro:

—¡Jonas, vamos!

Yo me meto las manos en los bolsillos y veo cómo se muerde ansiosa el labio inferior cuando el chico responde algo que no llego a captar.

Whit se gira hacia mí de nuevo y suelta todo el aire con fuerza por la nariz.

—Tardará un minuto. Gracias por darle algo que hacer hoy.

—No hay problema.

A su lado aparece un chico delgado de cabello rubio, con una mochila al hombro.

En vista de la mirada que me echa, me queda claro que es el hijo de Whit.

Maldita sea, creo que ningún chico de diez años me ha intimidado jamás así.

Pero claro, es que parece que a este le bastaría una mala palabra por mi parte para echarme azúcar en el depósito de gasolina.

—Tú debes de ser Jonas —digo.

—¿Por qué llevas la camiseta del revés? —pregunta con una mirada sentenciosa.

Mis ojos aletean entre el chico y su madre. Aparte de compartir esta increíble habilidad para hacer que me entren ganas de huir con el rabo entre las piernas, no se parecen en nada.

—Ah, es que… me he manchado la parte de delante comiendo.

El chico alza una ceja y mira a Whit.

—No me irás a mandar de verdad con este tío, ¿no?

Ella saca a Jonas de la casa con un empujoncito.

—Todo irá bien…, creo.

Decir que se muere de ganas de librarse de su chaval durante una tarde sería quedarse corto. Whit cierra la puerta tan rápido que por fin disfruto de la brisa que tanto necesitaba.

Jonas se dirige hacia mi camioneta y frena en seco ante la puerta del copiloto.

—¿Tienes perro?

No hay forma de negar la fugaz alegría que asoma a su tono de voz.

—Se llama Betty —le digo al chico, cuya expresión vuelve a ser de piedra—. ¿Te gustan los perros?

—No están mal.

Subo a la camioneta y agarro a Betty del collar para apartarla del asiento del copiloto.

No la vuelve loca ceder el puesto junto a la ventana, pero sabe encajarlo bien.

De vez en cuando me gusta recordarle que hay otros humanos que también pueden viajar aquí con nosotros… , para mantener a raya su ego.

Vigilo a Jonas por el rabillo del ojo para confirmar que es capaz de ponerse el cinturón. Luego nos alejamos de la casa. Enciendo la radio para ahogar este silencio incómodo.

Tamborileo con los pulgares sobre el volante al ritmo de una canción country. Veo un aparcamiento vacío justo delante de la Pastelería de Anette. Sin pensármelo dos veces, doy un volantazo y me detengo bruscamente.

Sé que le he dicho a Whit que íbamos directos al rancho, pero ahora mismo estoy dividido entre dos mujeres cabreadas, y de momento me preocupa más tener contenta a Betty.

Jonas agarra el cierre de la puerta.

—Tengo sed. ¿Puedo comprar algo de beber?

—Claro. ¿Tienes dinero?

El chico parece pasmado ante esta sencilla pregunta.

—N-no.

—Pues no sé qué esperas poder comprarte. Ahora vuelvo —digo, saliendo ya por la puerta—. ¿Puedes…, te dejan quedarte sentado en la camioneta a solas un minuto?

—Qué tontería, pues claro.

En el aire fuera de la Pastelería de Anette flota una mezcla perfecta de café, pan recién horneado y canela azucarada.

El lugar está tan atestado que casi no se oyen las campanas que cuelgan sobre la puerta principal cuando entro.

La cola para pedir abarca toda la longitud de la pequeña cafetería.

Por suerte, voy a pedir para llevar, porque está todo ocupado, desde los sillones demasiado grandes y las diminutas mesas hasta el último resquicio de pared vacía en el que apoyarse.

Rodeo a tres mujeres que ojean productos locales expuestos en una estantería de madera. Casi me tropiezo con un chiquillo que gatea por el suelo gastado.

Por suerte, aquí suelen darme un trato especial.

Como es de ley, porque vengo casi cada día, sea o no temporada turística.

Por ello, Anette, la menuda y canosa propietaria de la cafetería, me guiña un ojo desde el mostrador y una de sus empleadas adolescentes se pone a prepararme la bebida en cuanto me ve.

Cuando acaba, le paso un billete de diez dólares y me largo sin que la cola haya avanzado ni veinte centímetros.

Hago equilibrios con mi frapé con pepitas de chocolate y extra de nata, como siempre, más el puppuccino de Betty y agua fría para Jonas. Abro la puerta de la camioneta.

—Aquí tienes.

Le tiendo el vaso lleno de agua y le doy la bebida a la perra antes de que me arranque el brazo.

—¿Agua? —Jonas arruga la nariz—. Pero tú te has comprado… lo que sea esa cosa.

—Has dicho que tenías sed. —Me encojo de hombros y me llevo a los labios la cañita azul que asoma por la densa masa de nata de mi bebida—. Y no tienes dinero. Lo único que hay gratis en el menú es agua.

Jonas deja con aire malhumorado el vaso en un portavasos vacío y se hunde en el asiento. Pone un mohín que le dura todo el trayecto hasta el Rancho Wells e ignora los repetidos intentos de Betty de buscarlo para que la acaricie.

Sin embargo, cuando pasamos junto al redil del ganado, la perra lo aparta bruscamente para asomar la cabeza por la ventanilla.

Tras un instante de quejarse e intentar apartarla a empujones, Jonas se rinde y rodea su cuello peludo con el brazo.

Se endereza para ver mejor toda la extensión del rancho.

Las casitas blancas y las granjas que hacen sombra por encima de los altos árboles, los campos repletos de hileras de balas de heno, los caballos que alzan la cabeza para vernos pasar por el camino de entrada.

No conozco a nadie que sea inmune al encanto del rancho, y Jonas, a juzgar por el resplandor de sus ojos y esa media sonrisa que asoma a sus labios, tampoco lo es.