3. Colt
Colt
E n realidad, la jefa es ella. Yo solo trabajo aquí. —Señalo con el mentón a Betty, que mantiene la distancia junto a los fogones y los contempla con ojos intensos y una boca jadeante abierta del todo.
Esta boyera australiana es el amor de mi vida y, al mismo tiempo, cualquier día me va a matar.
Aun así, a pesar del número de zapatos y cables de teléfono que destruyó cuando apenas era una cachorra, y del número de veces que los tíos de mi barracón del Rancho Wells han amenazado con pegarle un tiro, Betty ha demostrado ser una perra fantástica de trabajo. Y es aún mejor como amiga.
Aparte de mi madre, Betty es la única chica que necesito.
—Te va a quitar el trabajo —dice Red, el capataz del rancho, para a continuación dar un buen trago de su cantimplora de metal.
Luego vuelve a guardarla en la alforja y señala con un cabeceo hacia el ganado que llevamos pastoreando una hora—.
Quizá vayas a tener que empezar a comer pasto para convencer a Austin de que no te despidan.
Como se le ocurra calcular cuánto le cuesta tu comida y alojamiento, seguro que te pone de patitas en la calle y se queda con la perra.
—Betty es una dama con clase. A ella con pasto no le basta.
—Me inclino hacia delante en mi silla de montar y me recoloco el sombrero para bloquear el resplandor de este sol de media mañana—.
Prefiere los « puppuccinos ». —Red enarca una ceja y se me queda mirando.
No dice nada y lo dice todo a la vez—. Después de algunos días especialmente largos y duros, suelo darle a Betty alguna recompensa.
Le gustan los puppuccinos : nata montada en una taza de café con una galleta con forma de hueso.
Sin decir una palabra más, Red azuza a su yegua para alejarse.
Betty se adelanta y le mordisquea la pata trasera a una vaquilla perdida para que se una al resto del rebaño.
Mira por encima del hombro como si esperase mis órdenes.
Ambos sabemos que no las necesita. Hemos practicado órdenes sencillas, pero entre su instinto natural y sus años de experiencia, apenas recurrimos a ellas.
Bajo estos cielos de verano, en este rancho tan grande que probablemente jamás recorreré por entero, me lamo los labios resecos y contemplo a los demás rancheros, que van dirigiendo hacia un redil al ganado que ya ha preseleccionado Austin.
Sujeto con las manos callosas la cuerda liada en un lazo mientras contemplo a una pareja de cabestros particularmente malhumorados que siguen plantados en el sitio, por más que Betty les ladre y mordisquee.
Sin embargo, antes de que yo pueda llegar hasta ellos, Betty los obliga a ponerse en marcha y cruzar la puerta del redil, para luego volver felizmente al trote hasta mí.
—Al menos podrías fingir que quien manda soy yo —le digo.
Una vez que se escucha el chasquido de la puerta del redil al cerrarse, Betty se acomoda entre la hierba a la sombra del tráiler del ganado.
Bajo este cielo despejado y azul, el suelo desprende ondas visibles de calor.
En esta época del año, no empezaremos a cargar hasta que se ponga el sol.
Luego, este camión con remolque llevará al ganado hasta la siguiente provincia bajo el fresco manto de la noche.
Mientras los demás trabajadores del rancho empiezan a discutir sobre si deberían darse un chapuzón rápido en el pequeño estanque artificial junto al río, mi teléfono suena con un tono de llamada asociado a uno de mis jefes.
El Rancho Wells está dirigido por tres hermanos, además de Red.
De alguna manera, yo he de responder ante todos ellos.
En los pocos años que llevo aquí, he ido subiendo de categoría.
Me gusta pensar que el único motivo por el que no me han dado aún un título oficial es porque no necesitan contar con cinco jefes.
Sinceramente, cuatro ya parecen demasiados la mayor parte del tiempo.
Cambio de postura en la silla de montar y saco el teléfono del estuche de cuero que llevo en el cinturón.
Este estuche de padre de mediana edad tiene un aspecto enormemente ridículo, pero después de haber roto tres teléfonos mientras perseguía al ganado por llevarlos guardados en el bolsillo, me hacía falta una solución.
Denny
Necesito que me hagas un recado.
¿Ahora?
¿De qué se trata?
Denny
De un chaval de diez años de Wells Canyon.
Tráelo al rancho y ponlo a hacer tareas.
Eso suena a delito.
Denny
Trátalo bien y no pasará nada.
Es el sobrino de Blair.
Lo poco que sé de tratar con críos se reduce a los cabritillos que me tocó cuidar en la asociación 4-H.
Resulta que soy experto en darle el biberón a una cabra.
Para cuando acabé de colaborar con la organización, tenía suficiente dinero como para construirme un pequeño bote pesquero con lo que gané tras vender en subasta a los cabritillos.
Sin embargo, estoy bastante seguro de que lo que aprendí con las cabras no me va a servir con este chaval.
¿Necesita una silla especial para el coche?
Denny
No, tiene diez años.
Ponlo a fregar los establos o algo así.
Betty asoma la cabeza por la ventana abierta del copiloto, con la lengua colgando, absorbiendo contentísima el aire del verano durante todo el trayecto hasta Wells Canyon.
La calle Mayor está rodeada de pintorescos parterres con flores.
De las pocas farolas también cuelgan numerosas cestas florales.
A pesar de que la población habitual de Wells Canyon no supera un par de miles de residentes, siempre vienen muchísimos turistas durante los meses de verano.
Hoy, un viernes soleado y caliente de junio, este diminuto pueblo está repleto de gente hasta los topes.
Aminoro la marcha para dejar que una familia con dos niños cruce la carretera, todos con unos cucuruchos gigantescos de helado en la mano.
Había pensado hacer una parada en la cafetería para comprarme un café con hielo —y el puppuccino ya prometido—, pero, entre las caravanas y las motocicletas, no hay un solo aparcamiento a la vista.
Ya sea porque ve o porque huele la cafetería, Betty suelta un ladrido estridente y agudo. Mira por encima del hombro y empieza a babear de anticipación.
—Ahora mismo no te puedo dar nada, Betty Espagueti. Primero recogemos al niño y luego volvemos.
Giro para salir de la calle Mayor y no tardo en dejar atrás a los turistas. Al cabo, aparco delante de una casa blanca de estilo Craftsman. Le echo un vistazo al teléfono para confirmar que estoy en el sitio correcto y dejo la camioneta en marcha por Betty.
El aire está más caliente que un tobogán en verano, así que agarro el dobladillo inferior de mi camiseta y aleteo para darme un poco de aire por la espalda, al tiempo que subo los escalones de la entrada.
Llamo a la puerta de color negro con un par de golpecitos con los nudillos, intentando minimizar el contacto con la superficie abrasadora.
Luego espero. Vuelvo a llamar. Espero.
Hay algo de revuelo en el interior. Si no me importase cabrear a Denny, saldría pitando de aquí.
Una voz femenina grita algo que no llego a comprender.
Luego suelta un gruñido aún más sonoro, aunque las palabras siguen siendo indistinguibles.
Al instante, la puerta principal se abre de golpe y aparece una mujer.
—Hola —dice con un suspiro exasperado—. Debes de ser Colt.
Agarra la puerta como si esta fuera lo único que la mantiene en pie.
Es alta y guapa; no hay duda de que se trata de la hermana de Blair.
Tiene el mismo pelo castaño y complexión esbelta.
Sin embargo, parece de algún modo más dura que Blair.
Lleva un traje negro ajustado y tiene una expresión hundida que le tuerce las comisuras de la boca, acompañada de un leve fruncimiento de ceño.
«Quizá esté camino de un funeral. Por eso necesita canguro».
—Hey, sí, soy Colt. —Aturrullado, me limpio la mano en la camiseta y se la tiendo para estrechar la suya.
Crecí a un par de horas de Wells Canyon.
Me mudé aquí para empezar a trabajar en el rancho hace algunos años.
Por eso, supongo que no es ninguna sorpresa que no nos hayamos conocido formalmente, pero ¿cómo demonios no he visto antes a esta chica?
Ni siquiera de reojo al pasar, o en medio de una multitud.
No he posado la vista sobre esta mujer ni una puñetera vez.
En un pueblo tan pequeño, algo así no debería ser posible.
La gente se encuentra lo quiera o no. Una cara tan hermosa como esta debería haberme frenado en seco hace ya mucho tiempo.
—Yo Whit… —dice ella tentativamente, recorriéndome despacio con esos intensos ojos verdes. Despacio, aparta su suave y cálida mano de la mía.
Para cualquier tipo más idiota que yo, podría parecer que me está marcando con la mirada. Sin embargo, yo entiendo que lo que está haciendo es desmontarme pieza a pieza sin palabras, tomando nota mental de todos mis defectos mientras arruga desdeñosamente la nariz.
Por fin, su mirada asqueada se cruza con la mía. Pregunta:
—Pero ¿qué llevas puesto?
Bajo la vista y comprendo mi error. Después de los mensajes que me mandó Denny, me di una ducha rápida y me puse lo primero que encontré. Resulta que lo primero que encontré fueron unos vaqueros desgastados y una vieja camiseta a la que en su día le corté las mangas con una navaja.
Para ser concreto, es una camiseta con la imagen de…
—¿Una stripper? ¿En serio? ¿De verdad se te ha ocurrido venir a recoger a mi hijo de diez años con una camiseta con la imagen de una stripper?
—La verdad es que no lo había pen…
—No es solo la stripper, es que además pone: «Yo apoyo a las madres solteras».
Niega con la cabeza y empieza a cerrar la puerta.
—B-bueno, es que yo apoyo de verdad a las madres solteras, que conste —balbuceo—. O sea, no es que apoye a las madres solteras que tienen que trabajar de strip… No. Bueno, eso también lo apoyo. Ante todo, apertura de mente. Todos los cuerpos son bonitos. Los derechos de las mujeres…