2. Whit
Whit
J onas —siseo—, basta ya.
Él se libra de un tirón de mi mano, que lo estaba agarrando con fuerza del hombro, y me lanza una mirada tan agresiva que es casi equivalente a un «que te follen».
Por suerte, no vuelve de inmediato a lanzarle puñados de gravilla al chico espigado del columpio, que es justo lo que estaba haciendo hace un instante, cuando he atravesado el parque para frenarlo.
Ahora se dirige hacia su nuevo grupo de amigos, todos apelotonados en círculo, entre risitas, de un modo que me inquieta.
—Me cago en la puta —susurro en voz baja.
—Eso no se dice —grita prácticamente el niño del columpio. Ahora yo también tengo ganas de tirarle piedras—. Mi mamá dice que tienes que lavarte la boca con jabón si dices esas cosas.
Tiene gracia, sobre todo teniendo en cuenta la cantidad de artículos sobre crianza responsable que comparte su madre en redes.
—Perdón —digo, mirando por encima del hombro.
Me pellizco con fuerza el puente de la nariz y me alejo, sin perder de vista a Jonas por el rabillo del ojo, como tampoco pierdo de vista a las mamás criticonas que están en el otro extremo del patio del colegio.
Ha sido una estupidez traer a todos los alumnos y a sus padres a celebrar el último día de curso.
En un pueblo tan pequeño, donde todos nos conocemos, este tipo de reunión forzada es caldo de cultivo de chismorreos y miraditas de reojo.
No hay ponche de frutas ni salchicha a la parrilla que pueda arreglar relaciones que llevan rotas desde que nosotros mismos éramos los niños que jugaban en este patio.
—Así son los chicos —dice Megan, una de las criticonas, soltando una risa falsa al ver que me acerco—. Menos mal que yo he tenido niñas.
Me aliso la parte delantera de la blusa abotonada y cruzo la traviesa de ferrocarril que separa la zona de los niños de la de los adultos.
La madera oscura traza una dura línea entre la polvorienta gravilla de color gris verdoso y el césped.
Es lo que separa vengarte de tus enemigos tirándoles piedras o con pullas maliciosas.
—Sí, estas criaturas a veces son difíciles.
Modero lo que en realidad quiero decir y esbozo una sonrisa falsa a juego con la de ella. Es mi apariencia habitual de poseída de Stepford. Llevo esta máscara tan a menudo y tan bien puesta que se podría debatir si se trata de mi sonrisa genuina.
—Debe de estar bien tener la energía necesaria para perseguirlo por ahí… Supongo que es una de las ventajas de tener hijos tan joven.
Megan hace el mismo comentario que he oído aproximadamente un millón de veces por parte de todas las madres del cole. Les encanta mencionar que tuve un hijo justo después de acabar el instituto, como si fuera un crimen.
Megan ladea la cabeza y contempla a Jonas, que está jugando a las peleas con un amigo. «Dios, espero que lo que están haciendo sea jugar a las peleas».
—Jonas se parece mucho a Alex.
—Bueno, yo no diría eso.
Alex era lo puto peor. Y, aunque a mí me encantaba de adolescente lo mucho que mis padres lo odiaban, no quiero que Jonas acabe siendo como era su padre. Como es su padre.
—Hum. —Megan emite un sonido con los labios apretados—. ¿Cuántas veces han expulsado a Jonas este año?
Las amigas de Megan —sus secuaces, más bien— apartan la vista y se apresuran a llevarse las copas de ponche a los labios.
—Bueno, así son los chicos, ¿no? Jonas…, bueno, Jonas no es Alex. —Me coloco un mechón suelto detrás de la oreja. Se me está acelerando el pulso—. En fin, tengo que irme a casa, me espera una reunión de trabajo. Que tengáis un verano estupendo, queridas.
Sin esperar a que me contesten, regreso al mundo de los niños y me planteo si debería agarrar un puñado de piedras —o quizá incluso la bolita de papel mascado que Jonas tiene en la mano— y tirárselo a la cara a Megan.
El problema de intentar criar a un niño para que no se parezca a Alex es saber que tengo que dar buen ejemplo, aunque me resulte duro. Especialmente cuando me resulta duro.
El runrún de las conversaciones de los padres da paso lentamente a los chillidos de los niños, al incesante chirrido de un balancín mal engrasado y al golpeteo de las zapatillas que corren por la densa grava.
Los chicos deambulan por toda esta parte, formando ya grupos que imitan a los de los adultos.
Jonas se mete la carcasa desmontada del bolígrafo en el bolsillo trasero de los vaqueros en cuanto me ve acercarme.
—Hola, colega. —Me sitúo a su lado, alargo la mano y, discretamente, le quito la cerbatana de bolas mascadas.
Él se gira y me clava la mirada, pero yo le pongo la mano libre en la nuca y me lo acerco para darle un abrazo.
Le planto un beso sonoro en lo alto de su despeinada mata de cabello. No le hace nada de gracia.
«Así aprenderá a no mirarme mal en el patio».
—Tengo que irme. Esta noche cenamos en casa de tus abuelos. Después del cole quiero que vengas derechito a casa, ¿entendido?
—Sí. —Se libra de mi abrazo.
—Derechito-a-casa.
—Sí, mamá. Ya puedes marcharte.
—Qué raro que me llames «mamá» como si fuera un insulto. —Le revuelvo el pelo con el objetivo doble de humillarlo delante de sus amigos y darnos el aspecto de una madre y un hijo que se quieren, esto último para las criticonas al otro lado—. Nos vemos en casa. Te quiero.
Poco después de las seis de la tarde, Jonas y yo subimos la cuesta que lleva a casa de mis padres, con el sol a nuestra espalda. Una suave brisa me agita el cabello.
Mi mano vacila sobre el pomo de la puerta. Lo miro.
—Pórtate bien.
—No pongas esa cara. Pareces Roz, de Monstruos, S. A. —Hace como que frunce el ceño e imita pobremente la voz gutural de Roz—: «Jonas Hart, más vale que te portes bien en casa de tu abuela».
—Te lo digo en serio, Jonas. Ahora mismo tienes suerte de que te haya dejado salir a la calle. —Le lanzo una mirada seria—. Últimamente la abuela no lo está pasando bien, y tú la pones contenta. Es el único motivo por el que te he dejado salir de la cárcel antes de tiempo.
Jonas aprieta los labios durante un instante y murmura:
—Me portaré bien. Lo prometo.
A finales del año pasado mamá fue diagnosticada de alzhéimer de inicio precoz, y, aunque me costó encajar el diagnóstico, no me pilló por sorpresa.
Como trabajo en remoto y vivo a tiro de piedra de mis padres, he sido la persona a la que han acudido cada vez que se perdían las llaves, se olvidaban objetos o se daban casos de niebla mental.
Mejor dicho, yo era a quien acudían hasta que mi hermana regresó a casa hace unos meses para cuidar de mamá.
—Hey. —Saludo desde el recibidor y me quito los zapatos para dejarlos junto a los de Jonas. Él se adelanta y entra en calcetines en el comedor, con lo cual le saca una risa a mi madre. Esté o no lúcida, Jonas parece saber exactamente cómo alegrarle el día.
En casa de mis padres no ha cambiado nada desde hace décadas.
El sofá verde bosque en el que me dieron mi primer beso, los gansos decorativos blancos y celestes de la cocina, los diferentes premios de mi hermana sobre la repisa.
Todo este lugar desprende un resplandor dorado; nuestras fotos de familia parecen felices.
Un cálido aroma a canela flota en el aire.
Es hogareño, pero no es mi hogar. Nunca lo ha sido.
Yo soy la pieza que no encaja del todo en el puzle.
Me pasé años limando mis aristas en un intento de ser parte de esta familia de un modo significativo…
Y sin darme cuenta me volví más arisca y resulté aún más difícil de encajar.
Amo a mis padres y sé que ellos me aman, pero nuestra relación es superficial en el mejor de los casos.
Y, desde el diagnóstico, he tenido que aceptar el hecho de que jamás tendremos la oportunidad de cambiar la situación.
Indefectiblemente, Jonas se dirige hacia el frigorífico y saca una lata de zarzaparrilla, para luego acomodarse en un extremo del sofá. Por una vez, mantiene su promesa y empieza a charlar con mi madre sobre su último día de colegio.
—¿Dónde está papá? —pregunto mientras ocupo un taburete junto a mi hermana.
Blair estira su esbelto torso sobre la encimera. El cabello castaño le cae por ambos lados del rostro cuando alarga una mano para coger una copa de vino que hay apoyada en el escurridor.
—Está fuera, preparando hamburguesas.
Debería haberlo sabido. Es lo único que papá sabe cocinar.
—Por aquí no coméis otra cosa, ¿verdad? —Enarco una ceja y miro a mi hermana, que me sirve una generosa copa de vino tinto.
—Cuando cocina papá, así es.
El primer sorbo me baja por la garganta y me calienta al instante el estómago. Agarro la copa con ambas manos, como si fuera una taza de cacao caliente en una noche de invierno. El calor me corre por las venas y me palpita en el pecho cuando oigo a Jonas decir que va a hacer un puzle con mamá.
—¿Qué tal la fiesta de la escuela de hoy? —Blair me contempla por encima del borde de su copa.
Yo resoplo.
—Espléndida.
—O sea, fatal, ¿no?
—Las madres me siguen lanzando miradas de desprecio.
Blair ladea la cabeza hacia mí con expresión interrogativa.
Me detengo y miro a mi hijo, para luego bajar tanto la voz que Blair se ve obligada a inclinarse para oírme.
—Hace un par de semanas dibujó un pene en un examen de lengua.
No me cabe duda de que todos los padres se han enterado.
—Mi hermana se lleva una mano a la boca y reprime una risa—.
Prácticamente tuve que suplicarle al director que no lo expulsase, Blair.
¿Qué demonios voy a hacer si no lo dejan volver el curso que viene o algo así?
—No pueden hacer eso, ¿verdad? No hay otros colegios en la zona.
—Creo que pueden hacer lo que les dé la gana.
Me rozo los lagrimales con las puntas de los dedos, en un recordatorio silencioso de que no debo llorar.
Si lloro, mis padres querrán saber qué pasa.
Y si les hablo del incidente de Jonas, volverán a verme como una fracasada.
Mamá está lo bastante lúcida como para soltarme un sermón sobre la maternidad, sobre cómo gestionaba ella este tipo de situaciones cuando Blair y yo éramos jóvenes, como si diesen premios a la mejor madre.
Papá negará con la cabeza con profunda decepción y cambiará de tema al momento.
—Al menos llegan ya las vacaciones de verano. Quizá cuando vuelva en otoño se encuentre mejor o haya madurado un poco.
—Sí… —Un suspiro tembloroso me provoca un estremecimiento por toda la columna—. No sé qué hacer con él este verano. Si se queda en casa, sé que lo único que hará es jugar a videojuegos y pelearse conmigo.
—¿Siguen ofreciendo campamentos de verano en el Departamento de Agricultura?
Doy un sorbo de vino y asiento.
—No le interesa lo bastante como para pasarse todo el verano con algo así, pero igualmente va a pasar la semana que viene en uno de esos campamentos. Lo ha pagado Alex.
—Es lo mínimo que debe hacer.
«Lo minimísimo».
—Yo te ayudo en todo lo que pueda. Sabes que estoy dispuesta —dice Blair. El gollete de la botella repiquetea contra el borde de su copa—. Puedo… reorganizarme el calendario. Quizá pueda llevármelo otra vez a la clínica. O le diré a Cassidy que ahora mismo no puedo hacerle de canguro.
—Blair, no hace falta que…
—No pasa nada. No me importa ayudar.
—Le he pedido a Alex que pase algo de tiempo con Jonas este verano, pero al parecer está hasta arriba de trabajo. Creo que ha pagado lo del campamento para que lo deje en paz.
Me muerdo el interior del carrillo para reprimir la emoción que se acumula tras mis ojos y en mi garganta.
—Ojalá dejase de ser tan sinvergüenza, joder.
—Ya te digo. —Con un suspiro, paseo la mirada por la cocina de mi infancia y recuerdo intensamente las incontables discusiones que tuve con mis padres sobre Alex.
Entre estas paredes, «sinvergüenza» es de los insultos más suaves que se le han dedicado—.
Aun así, tiene razón. Alex trabaja de techador; el verano es la estación en la que más curro le sale.
—Valiente gilipollez. Tienes que impedir que siga entrando y saliendo de tu vida como le venga en gana.
—Ya lo sé. Lo sé…, pero es el padre de mi hijo. En su día, yo lo quería. No es tan sencillo.
Blair me lanza una mirada melancólica. Las dos fruncimos el ceño a la vez.
—Sé cómo te sientes, de verdad. Pero aferrarse al pasado no es sano, sobre todo porque Alex no está en el mismo punto que tú.
Apuro el resto del vino y alargo ansiosa la mano hacia la botella. Cuando Blair se instaló de nuevo en casa hace unos meses para cuidar de mamá, volvió a contactar con su novio del instituto, y ahora al parecer es experta en relaciones.
—Resulta fácil de decir para ti. El amor de tu vida movió cielo y tierra para volver a conquistarte, y ahora estás radiante y tal, ya sabes.
—Después de más de una década separados —dice ella—. Dale a Alex la oportunidad de echarte de menos.
Trago saliva y me encojo de hombros. El vino me entra de miedo cuando me pongo a hablar de mi ex.
—Pero eso también implica apartarlo de Jonas.
—¿Lo ve muy a menudo?
—Bueno, no, pero…
La puerta corredera de cristal interrumpe mi frase. Papá aparece con un brillo de orgullo en los ojos y una bandeja repleta de hamburguesas humeantes.
—Genial —murmura Blair, con la copa en los labios—. Al parecer, vamos a estar tres días comiendo las hamburguesas que sobren hoy.
Después de llenarme la copa de nuevo —gracias a Dios por vivir lo bastante cerca de mis padres como para volver a casa andando—, voy a sentarme a la mesa junto con el resto de mi familia.
Ocupo un asiento vacío y contemplo a Jonas, que se echa kétchup sobre su hamburguesa con queso con una preocupante cantidad de tensión y angustia adolescente en el semblante.
Tiene más pinta de un quinceañero duro que está pasando por el horrible divorcio de sus padres que de un chico de diez años que empieza las vacaciones de verano.
Recuerdo su tierna sonrisa y el modo en que me miraba cuando estaba empezando a andar, con los brazos estirados para que lo cogiera.
Todo era más sencillo por aquel entonces, se tragaba todas las mentiras que yo le contaba sobre el paradero de su padre y no ponía en duda mis decisiones.
No se merecía esas mentiras, pero tampoco se merecía la verdad.
Ningún niño debería tener que enfrentarse a la realidad de que su padre no lo quiere.