Soltar las riendas (El rancho Wells 4) 1. Whit #2
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1. Whit #2

Con un movimiento rápido, lo recojo y lo meto en la lavadora, que está abierta, de nuestro pequeño lavadero. Cierro la puerta de bolsillo tras de mí para tener un instante de calma y enciendo la secadora vacía para luego derrumbarme en el suelo.

Mi padre tiene una tienda de electrodomésticos, pero no le he comentado la escandalera que hace la secadora, porque este cacharro en marcha ahoga cualquier sonido, y yo prefiero que mi hijo de diez años no me oiga sollozar.

A Jonas jamás se le ocurriría pasar por el lavadero si yo no lo obligase —tal y como demuestran los calcetines perdidos—, y yo a veces necesito un minuto a solas.

Hoy, más bien, necesito veinte.

Me pego las rodillas al pecho y dejo que las lágrimas bajen por mis piernas. Un torrente constante resbala por mis mejillas y me escuece en la piel seca. Apoyo la cabeza contra esta máquina escandalosa y repugnante.

«Le he fallado».

«Le estoy fallando».

Todo es cierto. Todos los comentarios maliciosos que la gente empezó a soltar desde el mismo instante en que, con apenas dieciocho años, anuncié que estaba embarazada.

Ahora, con veintinueve, soy la hija ligera de cascos que se vio obligada a desempeñar el papel de mamá adolescente preñada por un sinvergüenza.

Mando a mi hijo a clase con un táper para el almuerzo que parece extraído directamente de la Guía de alimentación sana del colegio, para que así su profesor tenga un motivo menos para mirarme mal.

Después del primer «incidente» del año pasado, empecé a llevar a Jonas a terapia.

No quiero cometer ninguna imprudencia porque sé que en este pueblito abundan las malas lenguas.

Vaya si abundan.

Desde que aparecieron aquellas dos líneas en la prueba de embarazo que me hice en el baño de una gasolinera, todas las decisiones que he tomado en la vida han sido por mi hijo. Y aun así, de alguna manera, sigo fallando.

Se me escapa un sollozo quebrado al pensar en lo cerca que hemos estado hoy de que lo expulsaran. Me paso el dorso de la mano por la nariz goteante al tiempo que maldigo en silencio a Jonas, porque nada de esto le importa una mierda.

—¿Cómo es posible que le dé igual? —le pregunto con un murmullo a la estúpida figura de una ranita con un letrero que dice: «Te he salido rana» apoyada en el alféizar de la ventana frente a mí.

Un regalo por el día de la madre que Jonas me dio cuando tenía siete años, porque le dije que me encantaban las ranas que vimos en un viaje al campo.

Jonas tiene, o al menos tenía, el don de ser un chico atento y encantador.

Y ahora todo son llamadas, reuniones y enfrentamientos. Ahora todo se reduce a convencer a los profesores, al director y a los responsables del distrito escolar de que mi hijo no es un caso perdido. Ahora todo es disculparse por su comportamiento.

Ahora todo es quedarme sentada junto a la secadora temblorosa y ruidosa hasta que dejo de derramar lágrimas y me empieza a doler la cabeza a cada latido. Ahora tapo a mi dulce niño ya dormido en su cama y me arrastro hasta la mía.

Y ahora es cuando empieza la cuenta atrás hasta el siguiente incidente.

El teléfono suena en mi mesita de noche y me despierta con un sobresalto. Lo silencio antes de que moleste a Jonas, que duerme al final del pasillo. Me restriego los párpados para reprimir la quemazón que me provoca la intensa luz de la pantalla y respondo con voz estrangulada.

—Hola, preciosa —canturrea Alex, mi exnovio, al otro lado de la línea.

—¿Qué haces llamándome de madrugada? —Bostezo—. ¿Te encuentras bien?

—Claro, preciosa. Estoy perfecto. ¿Qué haces?

—Pues estaba durmiendo. Debe de ser la una de la mañana. —Llevo la mano libre a la almohada para ahuecarla un poco y luego me subo la colcha hasta la barbilla—. ¿Necesitas algo?

—No, es que echaba de menos oír tu voz… y verte la cara.

Por más que lo intente, no puedo evitar sentir mariposas en el estómago. Sin embargo, trago saliva y me limito a decir:

—Ah, ¿sí?

—Acabo de aparcar delante de tu casa. ¿Me dejas entrar?

Pues sí: si guardo silencio un instante, oigo el ronroneo del motor de su coche, repugnantemente escandaloso.

Alex suele hacerme estas jugadas porque sabe que no me voy a negar, aunque siempre me siento peor después de que pase la noche en mi cama.

Si consigo que se marche antes de que Jonas se despierte, me siento horrible por no dejarlos pasar tiempo juntos.

Sin embargo, cuando permito que se quede, el puto Alex confunde tanto al niño que este se queda de mal humor todo el día.

Suelto un suspiro y me bajo de la cama para recorrer con pasos de pingüino el pasillo a oscuras.

—Está bien, pero tienes que marcharte antes de que Jonas se despierte.

El motor se apaga en medio del silencio de la noche. El cálido aire de junio me sopla en la cara cuando abro la puerta justo a tiempo de verlo subir los escalones de la entrada.

Entra y me dedica una sonrisa y un guiño. «Mierda». No debería ceder tan fácilmente ante un tío armado solo con una sonrisa y un guiño en mitad de la noche. Sus ojos destellan bajo la tenue luz. Me acaricia el cabello largo y oscuro con una mano encallecida que acaba agarrándome de la nuca.

—Te he echado de menos.

El instinto y la costumbre toman las riendas, y me derrito ante su contacto.

«Me cago en la puta, cómo lo odio».

—Tengo que volverme a la cama. —Ladeo la cabeza hacia el estrecho pasillo—. Ha sido un día muy largo y mañana tengo que recuperar un montón de trabajo.

Alex se quita los zapatos de dos patadas, igual que hace su hijo, y me agarra con fuerza por la cintura para escabullirse junto a mí hacia el dormitorio.

En un día normal, yo me mostraría juguetona y complaciente.

A pesar de lo mucho que insisto en que hemos terminado, no puedo evitar los sentimientos que este tipo despierta en mí.

Salimos juntos y nos separamos varias veces durante el instituto, y me dejó preñada justo al final de nuestros estudios.

Me esforcé la hostia para que todo funcionara.

Por Jonas. Pero no funcionó, evidentemente, y lo único que me queda es esto, sea lo que sea…

Alex me llama cuando no tiene pareja y se siente solo, o cuando se ha pasado con la bebida, o en las pocas ocasiones en las que se siente culpable y quiere hacer algo bonito por su hijo.

Y siempre me pisotea como si fuera un felpudo.

«Pero esta noche no». Esta noche estoy demasiado cansada como para que me importe una mierda lo que quiera, para que me importe una mierda la razón por la que ha venido.

Puede dormir en mi cama, pero es lo único que se va a llevar.

Me meto en mi lado, que sigue caliente, y me tapo con las mantas hasta la barbilla.

Me retuerzo un poco para ponerme cómoda.

Alex me rodea la cintura con un brazo para hacerme la cuchara. A los pocos segundos, sus dedos se cuelan por debajo de mi camiseta.

—Esta noche no. Estoy agotada —susurro.

—¿Ni siquiera uno rapidito?

Le agarro la mano y me la quito del vientre.

—Hoy casi expulsan a Jonas.

—¿Cómo que casi lo expulsan? —Levanta la cabeza y aparece de pronto por un lado de mi vista—. No lo pueden expulsar durante las vacaciones de verano.

—Aún no han empezado; quedan dos semanas de curso. Te mandé un mensaje para hablarte de la fiesta de padres de fin de curso, ¿te acuerdas?

—Ah…, sí. —«No se acuerda»—. ¿Qué ha hecho ahora?

—Pintar un pollón en su examen de lengua.

Alex suelta una risita.

—¿Y de verdad querían expulsarlo solo por eso? Es un chico de diez años. A esa edad las pollas son muy graciosas.

A esa edad, y por lo visto también a los veintinueve años, teniendo en cuenta cómo vibra el colchón con la risa silenciosa de Alex.

—Bueno, a la escuela no le ha hecho tanta gracia. Sobre todo porque no es ni de lejos la primera trastada que hace. He tenido que ir hoy a pedirle al director que le dé otra oportunidad. —Suspiro—. Gracias a Dios que el curso casi ha terminado… Me parece que se le está acabando la compasión.

—La próxima vez deja que vaya yo.

—¿Que deje que vayas tú ?

Me giro y lo miro, con los ojos desorbitados, esperando una explicación. Alex jamás se ha ofrecido a asistir a ningún tipo de reunión escolar. Por más que yo le haya suplicado llorando un poco de ayuda, siempre se inventa una excusa.

—Sí, puedo ir y dejarle un par de cosas claras al puto imbécil que manda en ese sitio.

Me masajea el hombro y luego me planta un beso al tiempo que me acaricia el brazo. Llega hasta el dobladillo de mi camiseta y empieza a juguetear con ella. Esta es la explicación que necesitaba: está intentando apaciguarme.

Con un dedo le da un tironcito a la cintura de mi pantalón de pijama.

—Bueno, ¿por dónde íbamos?

—Estoy intentando tener una conversación seria contigo sobre nuestro hijo.

Alex suelta un gemido. Incluso en la oscuridad, sé que está poniendo los ojos en blanco. El mismo gesto que hizo Jonas antes.

—Por Dios bendito, Whit. Te acabo de decir que la próxima vez iré yo…, ¿de qué más quieres que hablemos?

—¿Puedes hablar con Jonas? Tipo… de hombre a hombre. Nunca quiere hacer caso de nada de lo que le digo. —Me muerdo el labio inferior—. ¿Qué tal si te lo llevas a pescar? No ha podido ir con mi padre desde que diagnosticaron de alzhéimer a mamá.

—Vale, está bien.

—Joder, parece que te vuelve loco hacer planes con tu hijo.

—Es que ahora mismo estoy muy ocupado con el trabajo, Whit. Y no he venido a que me comas la cabeza con esas mierdas.

Se aparta por completo de mi cuerpo y pone casi veinte centímetros de espacio entre los dos. Parece que ha dejado por imposible aquello por lo que había venido. La verdad es que por mí, bien.

—Lo siento —susurro, y me giro hacia mi lado para darle la espalda.

Él suelta todo el aire por la nariz y se pone cómodo. El colchón se hunde y se mueve. Después del festival de la llantera que me dio en el lavadero, apenas me quedan un par de lágrimas. Lo justo para mojar la almohada antes de quedarme profundamente dormida.

Cuando me despierto, Alex ya se ha ido.