Soltar las riendas (El rancho Wells 4) 1. Whit
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Soltar las riendas (El rancho Wells 4)

Soltar las riendas (El rancho Wells 4)

Por Bailey Hannah

© inepub.com

1. Whit

Whit

S on apenas las diez de la mañana y me encuentro en el despacho del director, contemplando un reluciente pene rojo.

El director Maher —cuya cara tiene exactamente el mismo color que esta polla anatómicamente correcta— no deja de sacudir en el aire el folio en el que está dibujada.

Me echo hacia atrás cuando me apunta con él a la cara.

Una sola taza de café no basta para lidiar con esto.

—Creo que no entiende usted lo grave del asunto, señorita Hart.

El ceño permanentemente fruncido del rostro colorado del director se acentúa aún más mientras mete el folio en una gruesa carpeta que descansa sobre su escritorio.

Yo me paso las uñas por el cabello, me reacomodo en el asiento y miro de reojo hacia la puerta entreabierta del despacho, tras la que mi hijo de diez años está apoltronado en una silla junto al escritorio de la secretaria.

—Lo entiendo perfectamente.

«No, no lo entiendo».

Supongo que no es ideal que un niño dibuje un pene gigante en su examen de lengua.

Entiendo que algo así pueda ser un problema, sobre todo en una clase llena de alumnos de quinto que podrían haberlo visto.

Sin embargo, es una minucia comparado con dibujar una polla en la puerta del director o soltar una bomba fétida en plena clase; dos trastadas que ya le han valido a mi hijo otras tantas expulsiones temporales a lo largo de este curso.

Y, desde luego, no es tan grave como el gancho que le arreó a otro chico en pleno partido hace unos meses, y por el que lo echaron del equipo.

—Es que… —Una bocanada de aire pesado y rancio me llena los pulmones.

Acaricio el reposabrazos metálico con la palma de la mano, contemplo al apático director y sigo con el discurso que he estado practicando desde que me llamaron de la escuela esta mañana temprano.

En tono controlado, tranquilo, esforzándome al máximo para no ser la madre soltera fracasada que sé que este tipo piensa que soy—.

Director Maher, comprendo que el comportamiento de Jonas de hoy ha trastornado su clase, y reconozco que no es la primera vez que se mete en líos…

Él resopla.

—No es ni de lejos la primera vez.

Le lanzo otra mirada de reojo a mi hijo.

—Créame, soy yo quien más frustrada está con todo esto.

Hago todo lo que puedo para criar a un chico amable y respetuoso, y me tomo muy en serio todas estas situaciones.

Pero sacarlo de la clase y alejarlo de sus compañeros, condenarlo al ostracismo, no es la respuesta.

Lo que necesita ahora es estabilidad y apoyo.

—Señorita Hart, se les dejó claro tanto a Jonas como a usted que el próximo incidente tendría consecuencias serias…

Lo interrumpo, inclinándome hacia delante y parpadeando para combatir la quemazón de las lágrimas en los ojos.

—Pero esas consecuencias deberían servir para ayudarlo a ser mejor persona, y no veo en qué va a beneficiar a un chico de diez años que lo expulsen de la escuela.

Este tipo de cincuenta y tantos años sentado frente a mí se mordisquea en silencio el interior del carrillo y repasa la pulcra pila de papeles que contiene la gruesa carpeta de incidentes de Jonas. Yo, por mi parte, prosigo mientras me arranco el pintaúñas descascarillado del pulgar:

—Acude con regularidad a su terapeuta, que está convencida de que arma estos líos por culpa de su padre. Me preocupa lo que sucederá si tiene aún menos estabilidad en su vida.

Pedirle al director que se replantee su decisión es una causa perdida, lo sé.

Pero es lo único que puedo hacer. La alternativa es mudarme de Wells Canyon y meter a Jonas en otro colegio con la esperanza de que no haga más estupideces, o bien educarlo yo misma en casa al tiempo que intento seguir trabajando en remoto a jornada completa.

Las emociones y la bilis se aferran a mi garganta a pesar de mis abundantes intentos de reprimirlas tragando saliva.

—Sé que usted trata de hacer lo mejor para la escuela. Lo único que le pido es que me ayude a hacer lo mejor para Jonas también. En el fondo es buen chico. Pero ahora mismo necesita más paciencia, y alguien que lo guíe.

El director suelta un quejido y se pasa una mano por la cara, con expresión agotada.

Un rayo de sol se cuela entre las persianas medio rotas, proyectando sombras en el escritorio de roble y otorgando cierta calidez a este lúgubre despacho.

Ya sea por la sosa decoración, por el moho que estoy segura se extiende por debajo de las manchas de humedad del tejado o por la potente sensación de estar fallando como madre, cada vez que tengo que venir al despacho del director Maher me siento físicamente enferma.

Estoy a pocos segundos de empezar a suplicar cuando de pronto el tipo me lanza una mirada desde debajo de esas cejas pobladas y asiente tentativamente.

—Faltan un par de semanas para que acabe el curso. Jonas puede volver mañana a clase, siempre y cuando esté dispuesto a pasar la hora del almuerzo en mi despacho todos los días que quedan.

Se me destensa la mandíbula y me sale una palabra acompañada de un suspiro de alivio:

—Gracias.

—Pero se acabaron las… ideas creativas. —Con una tos húmeda, el director agarra a toda prisa la carpeta de Jonas y gira en redondo en su silla para guardarla en un armarito.

—Hablaré con él. —Apoyo las palmas sudorosas de las manos en los brazos de la silla y me pongo en pie.

«Jonas va a odiar tener que pasar la hora del almuerzo aquí».

La puerta del despacho se cierra con suavidad tras de mí. La secretaria alza la mirada con una expresión de familiaridad cansada.

—Vamos. —Le hago un gesto a Jonas y le coloco la mano en el hombro para sacarlo del edificio.

Ninguno de los dos dice ni una palabra.

Ni siquiera durante el trayecto de cinco minutos en coche hasta casa. Ni cuando entramos y nos quitamos los zapatos en el recibidor. Ni cuando nos quedamos el uno al lado del otro frente a la isla de la cocina, cada uno con un vaso de agua en la mano.

Sin embargo, cuando Jonas deja el suyo y echa a andar hacia las escaleras, yo carraspeo. Apoyo el mío medio lleno sobre la encimera blanca salpicada de manchas.

—Hay platos sucios en el fregadero.

Jonas echa la cabeza hacia atrás y emite un gemido, como si lo acabase de condenar a mil horas de servicios comunitarios.

Yo pensaba que solo las niñas preadolescentes tenían este mal carácter, pero el lento rumor de sus calcetines al deslizarse sobre el suelo y esa expresión absolutamente torturada dicen lo contrario.

—No te van a expulsar. Pero tendrás que pasar la hora del almuerzo con el director Maher hasta que acabe el curso.

—¿Qué? —Me mira y parpadea, con una expresión de repugnancia que le retuerce la cara—. No. No pienso hacerlo.

—Jonas…

Estrella mi vaso en el fregadero con tanta fuerza que es todo un milagro que no se rompa.

—Almorzar con el director da muchísimo cringe .

—Lo que da cringe de verdad es que te expulsen del colegio.

Lo que da cringe es dibujar penes en clase.

—No se me escapa el modo en que contrae los labios al oír la palabra «pene».

Al parecer, todas esas clases de educación sexual para las que tuve que rellenar varios formularios en septiembre no bastan para evitar que los chicos preadolescentes suelten risitas al oír hablar de ciertas partes del cuerpo—.

Y lo que de verdad dará muchísimo cringe será que cumplas cuarenta años y sigas en quinto curso.

—No pienso hacerlo —dice Jonas. Pone los ojos en blanco y se aleja, como una versión en miniatura de su puñetero padre.

—No tienes alternativa.

Sube los escalones de dos en dos y se pierde de vista. Tiene los huevos de ignorarme.

—¡Jonas! —grito tras él, tan fuerte que me duele la garganta.

A los pocos segundos, agarro el pomo de la puerta de su habitación y abro de golpe.

Normalmente tenemos el acuerdo tácito de respetar la intimidad del otro cuando se cierran las puertas, pero, ahora mismo, su intimidad se puede ir a la mierda—. Esta conversación no se ha acabado.

Él, sentado con las piernas cruzadas en la cama, alza la vista hacia mí al tiempo que se pone unos auriculares.

—De ninguna manera. —Le quito la consola portátil de un manotazo y entrecierro los ojos—. Estás castigado.

Jonas hace un aspaviento con las manos y suelta un gruñido desagradable.

—Pero si Maher no me ha expulsado.

—¿En serio, Jonas? Eso no significa que no vaya a haber consecuencias. —Me aprieto la consola contra el pecho, sujetándola con fuerza, como si fuera el valioso rescate que en realidad es—. Estás castigado hasta… hasta… —Aquí es donde siempre me vengo abajo—. Hasta que acabe el curso.

—¿Cómo que hasta que acabe el curso? —Su voz sube una octava y se quiebra en la última palabra—. Faltan aún dos semanas. No voy a…

—¿… poder ir a la fiesta de fin de curso del finde que viene en la casa con piscina de tu amigo? Nop. Quizá, si te parases a usar el cerebro, digamos, medio segundo antes de hacer cualquier estupidez, no estarías metido en este lío.

—Pero es que todo el mundo va a ir a la fiesta de Logan.

—Error: todo el mundo menos tú. —Giro en redondo—. Tú te vas a quedar aquí sentado.

En el mismo instante en que cierro la puerta de golpe tras de mí, su voz áspera y llorosa grita:

—¡Eres una zorra!

Bien podría darme la vuelta. Podría volver ahí dentro y dejarlo castigado hasta septiembre.

Es justo lo que habrían hecho mis padres.

Sin embargo, esa maniobra no les salió muy bien, teniendo en cuenta que ahora que soy adulta me esfuerzo por no tener una relación muy íntima con ellos.

No son malos padres per se, pero me hicieron pagar duro todos mis errores.

Me juzgaron por expresar mis emociones. Me menospreciaron por tener opiniones.

Y yo me niego a hacer lo mismo.

Así pues, a pesar del deseo innato de descargar toda mi rabia sobre Jonas, dejo escapar un suspiro tembloroso y me voy pasillo abajo, concentrada en todas las muescas del suelo para evitar echarme a llorar.

«Ah, mira, ahí está el calcetín perdido de antes».