Soltando amarres 46
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Si hiciera una lista de lo último que hubiera esperado al abrir esa puerta, estarían, por orden:

★ Un oficial del ejército informándome de que tengo que alistarme para la guerra.

★ Mi madre reconociendo que a veces se pasa un poco de estricta y que no ha tenido razón en algo.

★ Jose pidiendo perdón y llevando, por una maldita vez, un maldito ramo de las flores correctas (que no se note el rencor).

★ Y, por último, Miguel plantado en el umbral con una cajita entre las manos.

Cajita que reconozco perfectamente, porque es la misma con la que se supone que ha tenido que dormir para recuperar a Raquel.

Esto se pasa de surrealista. Casi hubiera preferido al oficial.

—¿Miguel?

—No, soy Papá Noel. ¿Has sido una niña buena este año…?

Tardo un segundo en reaccionar y, cuando lo hago, la risa que suelto se parece más bien a una tos en fuerza y potencia. Miguel reacciona parpadeando y riéndose también, aunque de una manera bastante más natural.

—¿Puedo pasar?

—Ah, sí. Por qué no.

Mi mente está funcionando a toda velocidad, intentando encontrarle un sentido a su presencia. Me aparto para que pueda avanzar y, cuando cierro la puerta y me giro, aún estoy procesando:

—¿Qué haces aquí? ¿Y Raquel?

Miguel no me presta atención, porque se asoma al salón para saludar a mi mejor amiga. Me toca seguirle como una autómata y observarle decir, como si nada:

—¡Hola, Filo! Gracias por la dirección.

Se me desencaja la mandíbula. Y entonces Filo me mira con la boca estirada en una mueca de disculpa y se levanta. Tira de su camisa hacia abajo para alisar unas arrugas que nunca han existido y frunce la boca con las comisuras hacia abajo y cara de circunstancias:

—Bueeeeno… Os dejo solos, para hablar y eso. Miguel, si no eres escrupuloso te cedo mi vino.

—Ya somos familia, Filomena, ¿no crees?

La forma en la que mi mejor amiga le guiña un ojo me indica que piensa lo mismo. Desaparece en su cuarto antes de que pueda hacer nada para evitarlo.

Estoy a punto de volver a preguntarle qué hace aquí cuando Diana sale disparada hacia él y acapara toda nuestra atención.

—¡Pero a quién tenemos aquí! ¿Cómo has crecido tanto en dos días? ¿Es posible? Porque pareces más grande, te lo prometo. Ven aquí…

Mentiría si dijese que no tengo cierta envidia de Diana cuando Miguel la levanta con sumo cuidado y se la apoya contra el pecho. Aunque eso me deja unos segundos para observarle bien, una vez he asumido que no se trata de un fantasma ni de un sueño.

Lleva una camiseta granate, pero una americana negra, lo que le da un aspecto elegante pero informal que me confunde. ¿De dónde viene? ¿Es que echaba tanto de menos a las gatas que ha tenido que pasarse nada más volver con Raquel?

Una certeza me apuñala con fuerza: viene a despedirse de las gatas. Y de nosotras también, quizá.

Tiene sentido. En realidad, el jueves por la noche nos dimos un abrazo y ni siquiera pronunciamos palabra, y al fin y al cabo él fue el artífice principal de que las gatitas estén aquí hoy, y les ha cogido mucho cariño. Puede que incluso nosotras también tengamos un huequito en su corazón.

Si pudiera elegir, me hubiera encantado que viniese a despedirse y estuviera menos guapo, la verdad.

Yo qué sé, que le hubiese salido un grano enorme en la nariz o algo por el estilo.

Que se hubiese rapado sin querer el símbolo del dólar en un lateral de la cabeza. O al menos que se le cayesen los mocos.

No sé, algo . El universo me lo debe.

—He estado a punto de escribirte muchas veces.

Sus palabras me pillan de sorpresa, y me detengo a medio camino del sofá. Miguel se ha tirado en el suelo, y Meiga ha acudido, despacito y con calma (como es propio de ella), a saludarle. Diana, mientras tanto, parece que ha encontrado el nirvana entre sus brazos.

—¿Muchas veces…?

Solo soy capaz de repetir esa parte, confusa. Él mira hacia arriba con una sonrisa melancólica.

—Increíble, ¿no? Apenas hace tres días que no nos vemos. Y ni una semana que nos conocemos, aunque hay una parte de mí a la que le parece imposible. Y, sin embargo, cada pocas horas miraba tu foto, abría tu chat y me sorprendía a mí mismo tecleando cualquier chorrada. Luego lo borraba, claro.

—Claro —repito, en un murmullo.

Hago un esfuerzo por ser una persona funcional y llegar a sentarme en el sofá. Apoyo las manos a ambos lados de mi cuerpo y hundo ligeramente la cabeza en los hombros, intentando por todos los medios que no se me acelere la respiración. Él se gira hasta quedar frente a mí.

—¿Qué tal ha ido el… desamarre?

Parece tímido. Se me hace muy raro verle así. Le cuesta mirarme a la cara y es casi como si el sol quisiera ocultar su existencia. Es imposible. Brilla demasiado.

—No lo he hecho.

Mis palabras solo le hacen asentir, como si se lo viera venir.

—Es lógico. No eres alguien que se rinda fácilmente. Eres… das más amor del que nadie se merece.

Me cuesta procesar lo que dice, y estoy a punto de protestar, de aclararle lo que ha pasado de verdad, cuando se levanta, con decisión y con Diana aún entre los brazos.

—Tamara, tengo que decirte algo o no podré vivir tranquilo conmigo mismo.

El corazón me empieza a latir con fuerza, con expectativa. Le observo con los ojos como platos, con la garganta seca, con el corazón en un puño. Asiento, pero algo me dice que, lo que sea que está a punto de soltar, lo hubiera hecho aun si yo no le hubiera dado permiso:

—Ese tío no te merece. No se merece ni una pizca de lo que tú eres, ni siquiera respirar el mismo aire que tú.

Sé que me estoy metiendo donde no me llaman, que no soy nadie para decirte esto, pero llevo tres días pensando que no me parece justo que alguien tan impresionante como tú no se sienta como un milagro todos los días de su vida.

Enrojezco tan fuerte que me escuecen los ojos. O quizá es algo más.

El silencio se instala de nuevo entre ambos.

—Miguel…

—Si quieres intentarlo con él de nuevo, evidentemente no soy quién para decirte qué debes hacer. Nunca se me ocurriría. Soy consciente de que, a veces, el corazón quiere unas cosas… De verdad que lo entiendo, y jamás te lo reprocharía. Pero necesito hacerte una contraoferta.

Frunzo el ceño, anonadada.

—¿Una contraoferta? ¿Qué dices?

Me mira con intensidad antes de dejar a Diana en el suelo, al lado de Meiga, y recoger la cajita que ha dejado ahí.

Cuando me la tiende, no sé qué hacer.

—Esta es la cajita en la que tenías que meter algo de Raquel para…

—No. Esta es la cajita en la que tenía que meter algo que perteneciera a mi amor . Esas fueron las palabras de la bruja.

No quiero pensar en el significado de sus palabras, porque todo me da vueltas, así que decido abrir la cajita y salir de dudas, de una vez por todas. La tomo entre las manos, que me tiemblan, y trago saliva antes de levantar la tapa.

Lo que encuentro dentro hace que mi corazón se salte un latido.

En el centro de la cajita hay un cuarzo azul.

Alterno una mirada estupefacta entre la pequeña piedra y Miguel, que me mira con… con un sentimiento tan intenso en los ojos que no puedo ni siquiera definirlo.

Es en ese momento en el que me doy cuenta de que se ha arrodillado frente a mí, casi como en una pedida romántica de película.

—¿Qué significa esto? —pregunto aturdida.

Miguel pone la mano en mi rodilla con tanto cuidado que parece que esté tocando terreno sagrado.

—Significa que, en apenas cuatro días, te has convertido en lo único que quiero guardar en mi corazón.

Significa que yo pensaba que había querido, pensaba que había conocido alguien por quien merecía la pena luchar, hacerme seiscientos kilómetros para recuperarla.

Pero en apenas unos días tuve claro que hubiera preferido quedarme ahí, contigo, un solo segundo que garantizar una vida entera con ella.

Sé que no nos conocemos mucho. Sé que no ofrezco demasiado.

Sé que tienes… que tienes una relación, y que quieres salvarla.

Si me lo dices, me alejaré y no volveré a molestarte.

Pero si me das la oportunidad, Tamara, te juro que te demostraré cada día que la verdadera magia de este mundo, para mí, se genera cada vez que sonríes.

Me he quedado paralizada. Ni aunque quisiera podría moverme. El tacto de su mano en mi rodilla, su cercanía, sus palabras… El mundo de repente ha dado un salto y, cuando ha vuelto a caer, ya nada está en su sitio.

El silencio se alarga, y sé que está esperando una respuesta, pero no soy capaz de hablar. No puedo moverme. Mi corazón ha dejado de latir.

Al final, Miguel deja escapar el aire por la nariz, resignado, y comienza a levantarse.

Pero, entonces, la verdadera magia ocurre cuando mi mano sale disparada hacia su antebrazo para frenarle. Me levanto, tirando de él para que no se aleje.

—No he… No he hecho el desamarre porque no ha hecho falta.

Ahora es su turno de quedarse congelado en el sitio, el ceño ligeramente fruncido, los ojos brillantes.

—¿No ha hecho falta?

—No me hacían falta velas, o lavanda. Me hacía falta un chico de rizos y sonrisa enorme que me diera en unos días mucho más de lo que él me ha siquiera prometido en años.

Coge aire lentamente, llenando los pulmones, pero yo ya no puedo parar:

—Quiero que sepas que no se trata solo de que nunca me hayan tratado bien. Si fuera así, no te hubiera echado tanto de menos. No quiero que sientas que me hubiera pillado de cualquier chico que me tratara con un mínimo de cariño, no es nada de eso. Creo que los dos sabemos que estos días…

—Lo sé. No me siento ni un poco menos que la persona más especial del planeta si dices que te has pillado por mí.

Enrojezco de nuevo, lo que me indica que la sangre vuelve a circular por mis venas. Miguel insiste, un deje de impaciencia en su voz:

—¿Entonces…?

Respiro hondo.

—Entonces, dejé a Jose esta mañana. No por ti, sino por mí. Pero no te voy a negar que, si hoy no hubieras aparecido, siempre hubiera estado esperándote.

La forma en la que se lanza a besarme es tan natural como el hecho de estar lista para recibirle. Es como si nuestros cuerpos se pusieran de acuerdo para moverse a la vez, en sintonía.

Sus labios me devoran con una pasión que es reflejo del fuego que quema ahora mismo mis entrañas. Una vela blanca y una vela negra, ese era el desamarre. Pero quizá, en el fondo y desde siempre, lo que tenía que prender… éramos nosotros.