Soltando amarres 45
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Lo celebramos a lo grande.

O nuestra propia definición de «a lo grande», que implica pedir comida china y bebernos el resto de la botella buena de vino, que a Filomena le gusta tan poco como a mí.

No estamos hechas para las cosas finas.

—¿Sabes dónde se ha meado Diana esta mañana mientras no estabas?

—Sorpréndeme.

—En la sudadera de Jose que tenías en tu silla.

La carcajada me sale con tanta fuerza que me hago daño en el pecho y empiezo a toser. Me lanzo hacia delante para secuestrar a la gatita y darle muchos mimos.

—¡Claro que sí! ¡Tú lo sabías! Si es que tenemos las hijas más listas del mundo.

Meiga ronronea en mi regazo. Filomena se ríe también:

—Si llego a saber que te haría tanta ilusión, me hubiera meado yo ahí hace mucho.

—Pues mucho mejor opción que el sofá, qué quieres que te diga.

Filomena me da un empujón, pero también se ríe.

—Y tú, ¿cómo estás? —le pregunto entonces—. Yo he tenido mi proceso, pero tú también.

Baja la mirada a su regazo, pensativa.

—Estoy… mejor. Anoche, al volver a casa, hice la prueba del huevo y sigo pensando que actué bien.

—Vale, ¿la prueba del huevo…? Esa es nueva.

Me mira fijamente, y le doy un sorbo tan grande al vino que casi me atraganto. Cuando me mira así es cuando más cantidades de alcohol suelo necesitar.

—No es nada nueva, es más vieja que tú y que yo —se mofa—. Te pasas un huevo por todo el cuerpo y luego lo partes en un vaso con sal. Depende de lo que pase, significa una cosa u otra.

—¿Si se te rompe la yema significa que eres un desastre en la cocina?

Me mira con los ojos cargados de paciencia.

—Normalmente, la gente lo usa para confirmar si tienen mal de ojo.

Pero también te puede indicar si tienes una acumulación de energía negativa.

Desde que me despedí de Uxía, yo… siempre me salían las burbujas alrededor de la yema, que indicaban que algo iba mal.

Anoche, por primera vez, no pasó nada. El huevo estaba limpio, de revista.

Dejo salir el aire por la nariz y me inclino hacia delante para coger su mano con la mía y darle un pequeño apretón.

—¿Y tú estás… de revista?

—Desde luego me siento como el huevo, como si me acabaran de romper. —Sonríe, melancólica—. Pero también veo el final, ¿sabes? Duele, pero siento que va a dejar de doler.

—Lo entiendo perfectamente.

«No sabes hasta qué punto».

—¿Y tú, Tam Tam? ¿Qué pasa con Miguel?

Me tenso de manera automática y le suelto la mano, llevando la mía de nuevo hacia el vino. Carraspeo.

—¿Miguel? ¿Qué pasa con él?

Ladea la cabeza.

—Que os gustasteis muchísimo .

—Yo… No…

Dejo un silencio, tratando de ordenar mis pensamientos. La oscuridad se está haciendo con la habitación al caer la noche y, como Filomena ahora tiene prohibido tener velas encendidas, el ambiente es un tanto lúgubre.

—Nos hicimos bien, creo —murmuro al final—. Desde luego, siempre le recordaré con muchísimo cariño, a pesar de que fueron solo unos días.

—Tamara, no creo que seas consciente de cómo te miraba. De cómo le mirabas tú a él.

Noto las mejillas ardiendo, y un dolor muy diferente se instala en el centro de mi pecho.

—Eso da igual. A estas alturas, ya habrá vuelto con Raquel.

—Yo no estaría tan…

—Filo —la corto, y mi tono hace que se calle de inmediato—. Déjalo. Miguel será solo un amigo, si es que a su novia le parece bien que siga viéndome, o a las gatitas, y estará bien. La manera en la que pueda encajar en mi vida estará bien. Es una persona… Es un tío maravilloso, ¿no crees?

—Casi la mitad que tú.

Lo dice con tanto cariño que los ojos se me cubren, un poquito, de lágrimas, lo justo para que se dé cuenta de mi emoción. Nos observamos la una a la otra, tranquilas. A salvo.

Entonces, llaman al timbre. Me levanto de manera automática, pensando que será la comida china, que lleva tanto retraso que hemos hecho alguna broma de que la están trayendo de la propia China.

—De todas formas —continúo mientras avanzo hacia la puerta, carraspeando—, ahora mismo necesito tiempo. Lo acabo de dejar con Jose. Necesito tiempo para mí, para ver qué quiero… No me puedo distraer con ningún tío.

—Eh… Pues vaya marrón.

No entiendo la expresión de angustia de Filo hasta que abro la puerta y…

—Hola, Tamara.