Soltando amarres 44
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Vuelvo a casa hinchada, más orgullosa de mí de lo que lo he estado nunca.

Esto es hasta que veo el coche de la policía justo enfrente del portal.

Cualquier otra persona pensaría que ha pasado algo en el edificio, no asumiría de manera inmediata que tiene nada que ver con su propia casa.

Bueno, cualquier otra persona que no viviera con Filomena.

Y si bien la policía es la primera vez, ya hemos establecido que los coches de bomberos siempre son para nosotras.

«Claro, como le has prohibido las velas», me digo mientras subo las escaleras de dos en dos como si fuera un chimpancé alborotado. «Pues ha encontrado otra manera de rentabilizar sus impuestos».

Me los encuentro en la puerta y, en cuanto me ve, Filomena suelta un chillido y se lanza a mis brazos. Una pareja de policías de uniforme se miran entre ellos con expresión de fastidio y uno pone los ojos en blanco antes de hablar:

—Déjeme adivinar, esta es la chica desaparecida.

—¡Sí! ¡Es un milagro! Ya decía yo que el llamador de ángeles servía para…

Filomena se separa entonces bruscamente de mí y le arrebata el citado llamador al policía de las manos.

—Ya no lo necesitará, ¿verdad, agente? Muchas gracias por su servicio.

—¿Se encontraba en peligro, señorita? —pregunta el otro hombre, al parecer dispuesto a rentabilizar su viaje.

Estoy demasiado en shock para contestar con un mínimo de sentido:

—¿Yo? N… No. No sé por qué…

—¡Eran las ocho de la mañana y no estabas durmiendo! ¿Tienes idea del susto que me has dado?

Abro la boca y parpadeo despacio, procesando.

—Has llamado a la policía… ¿porque no estaba durmiendo?

—Tamara García. —Me coge de los hombros y me mira, muy seria—.

Desde que te conozco, la única vez que te has levantado un fin de semana antes de las doce de la mañana fue cuando los vecinos hicieron obra y se cayó el techo en tu habitación.

E incluso ahí, cuando fui a despertarte, seguías roncando rodeada de escombros y con una puñetera piedra en medio de la frente.

Uno de los policías se ríe, supongo que pensando que bromea. Pero mi cara le confirma que va en serio, y mira a su compañero alucinando.

—Aun así, podrías haberme llamado —protesto.

—¡No me cogías el teléfono!

—¡Porque estaba dejando a Jose!

Silencio. El otro policía suelta un «Uuuuuh» interesado. Me figuro que ahora nos odia menos por haberle hecho venir hasta aquí para nada. Al menos, se lleva un poco de chisme para el resto de su jornada laboral.

—¿Has dejado a Jose? —repite Filomena, asombrada y dando un paso atrás para observarme bien.

—Sí.

—¿Definitivamente?

—Para siempre.

—¿Y él lo ha aceptado?

—Va a tener que hacerlo, sí.

Y entonces suelta tal chillido de emoción cuando se vuelve a lanzar a mis brazos que se me escapa una carcajada. Entre salto y salto, los policías niegan con la cabeza y se marchan.

—Que sea la última vez que llamáis a la policía por algo así. Obstruir nuestra labor constituye un delito —dice uno de ellos, con seriedad.

—Pero, oye, felicidades. El Jose ese debía de ser un capullo —comenta el otro.

Lo de «poli bueno, poli malo» nunca había tenido tanto sentido.