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Es domingo y madrugo. Inaudito en mí, lo sé.
Sin embargo, salir de la cama me cuesta muchísimo menos que de costumbre, y me planto en la casa de Jose con las manos temblando.
Y el temblor cesa en cuanto me abre la puerta, despeinado y extrañado.
«Así es justo como quiero que estés», me digo. «Nada de manipularme».
—¿Cariño…? ¿No habíamos quedado por la tarde? Estoy… Uf, la resaca me está matando.
—Serán cinco minutos —le digo como si tal cosa, y mintiendo como una bellaca. Al fin y al cabo, sería muy triste dejar una relación de años en cinco minutos—. ¿Saliste anoche? —le pregunto, aunque es evidente la respuesta.
Me sigue hasta el salón bostezando. Lleva el pijama de patitos que le regaló su madre estas navidades. O las anteriores, no lo recuerdo bien. Siempre le regala un pijama de patitos y tiene muchísimos.
¿Cómo no me he dado cuenta antes de en lo que estaba metida?
—Se vinieron los del insti a tomar unas birras, nada más.
—¿Y preferiste eso a verme a mí? Hace una semana que no nos vemos, Jose.
—Ya había quedado con ellos. Y sabes que Raúl está jodido por lo de su exnov…
—Vale —le corto—. En realidad, me da igual. Me imagino que sabrás por lo que estoy aquí.
Parece confuso, y me resulta hasta ofensivo que lo esté.
—¿Para… vernos? Te he echado de menos.
Niego con la cabeza y meto la mano en el bolsillo de la sudadera para acariciar la ramita de lavanda. No sé por qué me la he traído, pero de alguna manera me reconforta.
Lo tengo claro: no voy a hacer un desamarre.
Me voy a desamarrar yo sola, como debería haber hecho hace mucho tiempo.
—No me has echado de menos, Jose. Si me hubieras echado de menos, habrías hecho hueco para verme mucho antes. El mismo día que volvía, habrías ido a mi casa. Pero, desde que me mudé con Filomena, ni siquiera la has pisado.
—Te ayudé con la mudanza…
—Me ayudaste un día y un trayecto . El resto lo hizo Filomena. Siempre ha estado ella conmigo, y al final se lo tienes que agradecer, por mal que te caiga. Porque si ella no me hubiera cuidado, yo me habría sentido sola y te habría dejado mucho antes.
Es la palabra «dejado» la que consigue que se despierte del todo. Su cuerpo se tensa, alerta, y hasta estira la espalda. Y, entonces, cambia su actitud por completo:
—¿No crees que estás exagerando? Ya llevamos un tiempo, es normal que no nos veamos todos los días. Diría que incluso sano. ¿Te acuerdas de Toni y Alejandra? Se fueron a vivir juntos al poco de empezar a salir y duraron tres meses.
—Me acuerdo de Toni y Alejandra y… ¿sabes qué te digo? Siempre les tuve envidia. Incluso cuando lo dejaron, envidié… lo que tuvieron. Cómo se miraban cuando estaban juntos. Tú nunca me has mirado así.
—¿Quieres que cambie cómo te miro ? ¿Cómo hago eso, Tamara?
Está enfadado. Y me parece bien. Es así como lo necesito. Enfadado, en lugar de triste. Porque es una emoción que me cuesta menos ignorar.
—No quiero que cambies nada, Jose. Por eso estoy aquí.
Entonces, lo entiende.
Y sé que no son mis palabras, o al menos no exactamente.
Es mi tono de voz. Es la distancia que estoy dejando entre nosotros, aunque él hace esfuerzos por superarla.
Lo que avanza, yo lo retrocedo, decidida.
Es mi mirada, algo detrás de mis ojos. Lo sé.
Aunque yo misma no pueda verme, lo siento en las entrañas.
¿Qué tiene de diferente este momento del de la semana pasada? No es la primera vez que estamos así: yo me quejo, él se defiende como si mis quejas fueran absurdas, inventadas.
La diferencia soy yo.
La diferencia es que, esta vez, ya no me sirve ninguna excusa.
Puede parecer tan simple, pero llegar a este punto ha requerido de muchos otros puntos, muy dolorosos, que se me han clavado a lo largo del tiempo.
Ahora, la herida ya no escuece. Y hay que dejar que se cierre.
—¿Me estás… Me estás dejando?
Suspiro, y dejo caer los hombros. Suelto la lavanda y saco la mano del bolsillo.
—No es nada que no te hayas ganado a pulso, y lo sabes.
—¡Pero si yo te quiero!
—¡Me quieres mal! ¡Me quieres poco! —Y ahí están, las lágrimas—. ¡Y yo me merezco que me quieran… mucho!
Me siento un poco ridícula gritando esas palabras, como una niña pequeña que sufre, pero igual es que lo soy. Igual es que es lo que siento. Puede que me merezca sacarlo.
O puede que, a estas alturas, ya no se pueda hacer nada para evitarlo.
—Yo te quiero todo lo que se puede querer. —Frunce los labios y en sus ojos se arremolinan, también, lágrimas.
Y sé que son sinceras. Sé que él piensa que me quiere. Pero yo no estoy dispuesta, ni hoy ni nunca, a convencerle de que está equivocado. No es mi papel.
—No es suficiente. Nunca lo ha sido, Jose. Pero quiero… Ojalá te vaya todo muy bien. Vendría otro día a por mis cosas, pero… la triste realidad es que nunca ha habido nada mío aquí.
Y con estas, decido que no tengo por qué estar en este salón tan frío durante más tiempo.
Avanzo hacia él y le esquivo, y Jose hace un pobre esfuerzo de aferrarse a mí.
Si fuera la primera vez que intento dejarle, quizá lo hubiera conseguido.
A estas alturas, lo peor es que me conozco de sobras todos sus movimientos.
Así que me aparto a tiempo y le cojo la mano para depositar en ella la llave de su casa.
—Hasta siempre, Jose. El amarre termina aquí.
No llego a observar su expresión confusa por más de un segundo, porque al siguiente ya me he largado, para siempre, de esa casa.
De esa casa y de la relación podrida que siempre ha habido dentro.