Soltando amarres 42
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Esa noche me quedo mirando la luna llena por la ventana.

Madrid nos ha regalado un cielo despejado, quizá para contrarrestar lo nublado que siento mi interior. Aunque sí que es verdad que, por primera vez, algo emerge de entre las nubes.

Las palabras de Breogana… Uxía, Filomena… ya no sé con qué nombre pensar en ella, resuenan en mi cabeza con un tono místico del que la Tamara de hace una semana se hubiera burlado sin dudarlo:

«En la próxima luna llena, purifica el aire quemando la lavanda.

Luego enciende la vela blanca para llamar a la paz y la vela negra para cerrar el ciclo.

Escribe en un papel lo que quieres borrar y quémalo en la vela negra.

Es importante que se empiece a quemar por el principio de la frase, no queremos que los espíritus entiendan mal tus intenciones».

Filomena no está, aunque se ha ofrecido a quedarse conmigo.

Sin embargo, ella está pasando por su propio proceso, y sé que en estas ocasiones le viene mejor salir de casa. Así que yo le hago un favor dejando que salga por ahí a distraerse de sus penas, y ella me lo hace a mí permitiendo que me quede a mirar a la cara a las mías.

A veces, el mejor tipo de amor es el que entiende tus diferencias.

He abierto la botella de vino buena, la que me dieron con la cesta de Navidad de la empresa. Siempre he pensado en ella como para ocasiones especiales, y ¿qué hay más especial que este momento? ¿Qué hay más especial que yo intentando encontrarme a mí misma, mi camino?

Doy un sorbo al vaso (porque por supuesto que no tenemos copas, ¿tú nos has visto?), decidiendo que quiero que mi vida me guste más que este vino, y empiezo a perdonarme.

Creo que el problema ha sido siempre ese: no quería tener que perdonarme.

No quería tener que rendirme; tener que decidir que, aunque alguien quisiera estar conmigo, yo no quería estar con él.

No quería ser esa persona que piensa que se merece más de lo que alguien le da, lo que alguien es.

No dudo que Jose pueda ser perfecto para alguien… pero, desde luego, no es perfecto para mí.

Esta semana me ha quedado más claro que nunca, aunque no he descubierto nada. Ha sido el último soplo de viento, potente y necesario, para desenterrar este sentimiento que llevaba mucho haciéndome daño en el pecho.

He decidido que no quiero esto, y aunque una parte de mí se siente la mala de la película, es a esa parte a la que tengo que dar alas… y a la que tengo que perdonar.

Y, de repente, un sentimiento de gratitud empieza a palpitar en mis sienes. Porque cuando has estado tanto tiempo confusa, tener tan claro algo parece casi un milagro.

Hace una semana, hubiera jurado que jamás estaría tan segura. Que nunca podría salir de aquí, o salir de dudas en general.

Y ahora lo sé.

Sé lo que es sentirme bien. Sé lo que es sentirme en paz, divertirme con alguien, sentirme deseada…

Alcanzo el móvil, que reposa en la mesita del salón, mientras Meiga se me acurruca en el regazo con un gorgoteo satisfecho.

Abro el perfil de Miguel, con el que jamás he hablado en privado. Los únicos mensajes que hemos intercambiado han sido por el grupo del viaje, destinados a pura logística, ya que estábamos pegados constantemente.

Me gustaría decirle que le echo de menos, pero eso no sería justo. Y tampoco es lo que me arde en los dedos.

Así que tecleo, con calma:

Hola, Miguel. Supongo que tú también estás mirando la luna, y preparándote para recuperar tu vida.

Quiero que sepas que este será el último mensaje de este estilo que te escriba. A partir de mañana, tú tendrás otra vez una relación y yo seré feliz por ti y estaré perfectamente satisfecha con ser tu amiga.

Pero hoy, que apenas acaba de salir la luna, que aún tienes que dormir con la cajita pegada al pecho, puedo permitirme darte las gracias.

Estos días junto a ti han sido los más divertidos de mi vida.

Y esto, viniendo de alguien que vive con Filomena, es mucho decir.

Pero no es solo eso: me has abierto los ojos a quién soy.

De pronto, en los tuyos no parecía alguien aburrido y ese pequeño empujón me ha servido para dejar de sentirme así.

Estar entre tus brazos me ha enseñado cómo quiero sentirme. Cómo me merezco sentirme. Me ha enseñado a no pedir perdón por necesitar, por querer que me devuelvan lo que soy.

Así que gracias por eso, de corazón.

Por tus sonrisas, por tus brazos y por tus besos.

Raquel se lleva a una persona impresionante. Y yo me llevo unos recuerdos inmejorables.

Que tengas una bonita vida .

Releo mi mensaje varias veces, hasta memorizarlo. Siempre he sido de mandar todo en un mismo texto, no me gusta molestar con mil zumbidos innecesarios.

Al contrario de lo que pudiera esperar, no me avergüenza nada de lo que he puesto. No me avergüenzo de estar dándome calabazas a mí misma ni el reconocer que este chico ha sido tan importante para mí en tan poco tiempo.

He llegado a sentir por él en una semana mucho más que por Jose en todo lo que llevamos de relación. Y, gracias a eso, he tenido la información que necesitaba para tomar la decisión que debería haber tomado hace mucho tiempo.

Porque en una semana no se puede sentir tanto , pero en varios años no se puede sentir tan poco .

Eso sí que me resulta fácil de comprender.

Mi pulgar se queda estático encima del botón de enviar. Antes de hacerlo, pulso la parte superior de la pantalla para ampliar la imagen de perfil de Miguel.

Está en primera plana, sin esconderse, sonriendo. Con los ojos casi cerrados por la fuerza de su carcajada.

Algo me cosquillea en la boca del estómago.

Y entonces decido que no tengo derecho a empañar su felicidad.

Él quería esto. Quería volver con Raquel, por encima de todo. Y a mí ya me importa lo suficiente como para querer con todas mis fuerzas que sea feliz.

Esa es mi pasión, él mismo lo dijo: querer.

No se merece que venga a confundirle, si es que tengo la potestad de hacerlo siquiera.

Así que borro el mensaje, me guardo el móvil en el bolsillo y acaricio a Meiga, quien se pone a ronronear de felicidad.

Su hermana no tarda en darse cuenta de que es la única a la que no le están haciendo caso y unirse a la fiesta.

No saco de la maleta las velas ni la lavanda.

Lo que sí hago es irme a la cama temprano.

Al fin y al cabo, mañana me espera un día muy importante.