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El sábado es como si Jose fuese consciente de que algo está a punto de pasar.
Este chico siempre ha tenido como un don especial (¿brujería?) para notar cuándo la relación está en peligro serio, y reacciona haciendo lo justo para que le dé otra oportunidad.
Y aunque las últimas veces he recibido esos actos con más resignación que alegría, es la primera vez que directamente pongo los ojos en blanco.
Cuando cierro la puerta de casa y le enseño a Filomena el enorme ramo de rosas que me ha enviado mi novio, mi amiga forma tal cara de asco que, por primera vez en todo un día, suelto una carcajada.
—¿Rosas? Pero si no te gustan las rosas. Tu flor favorita son los girasoles, de toda la vida.
—Por supuesto. Y que lo sepas tú y no mi novio desde hace tres años… tiene tela, ¿no?
—Eso mismo te llevo diciendo todo este tiempo, churri.
Avanzo hacia el sofá, y me congelo al ver a las gatitas durmiendo en su camita. Camita que no es la que les compramos, por supuesto, sino una caja de Amazon que les ha gustado mucho más y que no hemos tenido corazón de quitarles.
En cuanto las veo, mi primer pensamiento es que no sé si es bueno tener flores a su alcance. Me suena haber visto algún vídeo sobre que hay plantas tóxicas para los animales…
E inmediatamente después me doy cuenta de que, en esta ocasión, no se trata de una falta de consideración de Jose.
Porque eso ni siquiera lo sabe. He adoptado dos gatitas sin siquiera comentárselo a mi novio.
De hecho, no he sentido en ningún momento que debiera hablar con él, ni por preguntarle ni para contárselo con emoción.
Me dejo caer en el sofá, aún con el ramo entre los brazos y con la expresión congelada.
Cuando Filomena me imita, consciente de que algo está pasando por mi cabeza y con expresión cautelosa, cojo aire profundamente.
—¿Me estoy conformando, Filomena?
Creo que cualquier otra se hubiera reído. Es una pregunta un poco extraña que hacer sin una cerveza en la mano o la profundidad espiritual que te da una madrugada en un portal, pero mi mejor amiga sabe por lo que he estado pasando… por lo que sigo pasando, y chasquea la lengua.
—¿A qué te refieres?
Lo pregunta aunque no sea necesario, para darme el espacio y la oportunidad de ordenar mis ideas. Dejo el ramo a mi lado en el sofá, con cuidado de que no se caiga. En realidad, me preocupa mucho más que las gatitas se hagan con él que el hecho de que se dañe.
Suspiro y dejo caer los hombros mientras entrelazo las manos en mi regazo.
—Siempre he pensado eso, pero esta semana me ha hecho darle más vueltas. ¿Me estoy conformando con mi vida? ¿Soy una persona que simplemente sigue la corriente y acepta cualquier cosa que le llegue sin darle muchas vueltas?
Un silencio. Filomena silenciosa es lo más poderoso que hay. Abre la boca un segundo antes de decidirse a hablar, meditando sus palabras. Y eso sí que es una novedad.
—Yo no creo que te conformes con la vida en general, Tam Tam. Me parece estupendo que no te importe tu trabajo, o que no te esfuerces por tener otras aficiones, porque no te veo infeliz con ello. Pero creo que sí te has estado conformando con tu relación, y eso ya es otra historia.
—¿Tú crees? ¿No es la misma historia?
Mi tono es sarcástico, con un tinte de melancolía. Me noto las manos secas, así que las froto, intentando entrar en calor como si de repente la temperatura de la habitación hubiera descendido varios grados.
—No lo es. El trabajo es para darte de comer, no tiene por qué necesariamente hacerte feliz.
Pero una relación, sí. Puede tener sus más y sus menos, pero una relación es opcional y solo merece la pena si te aporta algo, algo importante.
A veces, el amor entre dos personas es muy potente —casi puedo notar yo misma el nudo en su garganta— y aun así no funciona porque la vida no encaja.
Y otras, como es tu caso, la vida os encaja, pero el amor…
—Nunca ha habido amor. O, al menos, hace mucho que no lo hay.
Escucharme sentenciar eso en voz alta debería darme mucha más impresión de lo que me genera.
Al fin y al cabo, es lo que he estado negándome a mí misma, ¿no?
Esa verdad que en el fondo sabía, pero que ha necesitado un viaje loco a Galicia y adoptar a dos gatitas abandonadas para salir a la superficie.
Y, sin embargo, no duele. No escuece, siquiera. Como mucho, me deja un poso amargo en la base del estómago.
—Podrás decir lo que quieras de ti misma, Tamara.
Te pasas el día acusándote de ser aburrida, anodina, poco ambiciosa…
y yo seguiré intentando hacerte ver que ninguna de esas cosas es verdad, aunque seas una cabeza hueca y no escuches nada de lo que te digo.
Es mi labor de mejor amiga. Sin embargo, jamás has dicho que no quieras amor.
Siempre lo has ansiado con mucha fuerza.
Así que para una cosa de la que no reniegas…
Creo que lo mínimo que puedes hacer es permitírtela a ti misma, ¿no crees?
Se me llenan los ojos de lágrimas antes de que pueda hacer nada para evitarlo.
Los cierro, porque no quiero ver el mundo borroso a través de ellos cuando, en realidad, jamás lo he visto todo más claro.
Y cuando noto los brazos de Filomena rodeándome, he tomado una decisión.