Soltando amarres 40
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Hoy la oficina se me hace extraña. El ordenador frente a mí parpadea, o quizá sea mi propia consciencia, que no está del todo allí y le cuesta enfocarse en su trabajo.

Normalmente, las facturas y lo mecánico de mis tareas resultan un alivio, una comodidad a la que volver.

Por primera vez siento que debería estar haciendo otra cosa. Algo más importante. Y, de alguna manera, la despedida de anoche sigue resonando en mi mente como el eco de una canción pegadiza que no eres capaz de soltar de tus pensamientos.

Nos dimos un abrazo.

Un abrazo que me llevó de vuelta a la cama de la casita de Combarro, a ese momento en el que hicimos la cucharita y nada más.

Por mucho que sepa que lo que sucedió la noche siguiente fue más relevante, lo que se me tatuó en la mente de manera imborrable fue ese abrazo. Y, ahora, también el de la despedida.

Me dolió dejarle marchar, y aunque prometió que vendría a visitar a Diana y a Meiga… el domingo hay luna llena.

Así que, desde ese mismo día, tendrá la vida muy ocupada con Raquel.

Y yo quiero eso para él. Lo quiero de verdad. Porque se merece ser feliz más que nadie.

Estoy agradecida de haberle conocido. Eso es lo único que tengo claro mientras actualizo el Excel más tedioso de todos los que normalmente me toca actualizar.

Eso es lo que pienso mientras Olivia, la tía más pesada que camina sobre la faz de la tierra, insiste en contarme todo lo que ha pasado mientras yo he estado enferma. Que, en resumen, no ha sido absolutamente nada.

El caso es que pienso en estos días y no puedo sentir otra cosa que no sea agradecimiento.

Estoy agradecida de que Miguel me haya demostrado que, al menos, tengo razones para quejarme de mi relación. Que hay algo que no funciona.

O no, quizá estoy agradecida de que me haya impulsado a demostrármelo a mí misma. Aún no sé qué voy a hacer el domingo. Si voy a coger el incienso, la vela y toda la pesca para romper el amarre o no.

Después del viaje astral del otro día, ya me resulta un poco ridículo no creer en ello, pero tampoco soy capaz de pensarlo en serio.

Olivia parlotea, aunque no reciba ni un ápice de mi atención.

Parlotea y teclea en el móvil, con el sonido de las teclas activado, como siempre.

Parlotea y no me deja pensar.

Y, por una vez, eso es algo que me molesta.

Tanto que me sorprendo a mí misma diciendo:

—Olivia, ¿te importa? Tengo que terminar esto hoy, y necesito concentrarme. En silencio.

Cierra la boca con expresión anonadada, y algo parecido a la satisfacción se arremolina en mi estómago. Y me doy cuenta de que, en el fondo, no ha pasado nada por ser sincera con lo que necesito. No he perdido nada, no se ha muerto nadie y no se ha parado el mundo.

Curioso.

***

Cuando llego a casa, la estampa que me recibe me anima bastante: Filomena está tirada en el suelo, en medio del salón, jugando con Diana y con Meiga.

Bueno, más bien con Diana, que es la que persigue el plumero con energía. Meiga se limita a sentarse, inclinando la cabeza hacia los lados con curiosidad, pero sin moverse del sitio.

«Definitivamente, es mi espíritu animal».

—Niñas, ¡ha llegado papá!

Filomena alza los brazos en mi dirección y yo frunzo el ceño mientras dejo el bolso en el sofá.

—Eso es muy sexista. ¿No pueden tener dos mamás?

—Ah, sí pueden. Pero tú eres su papá. Será su primera palabra, ya verás.

Sacudo la cabeza mientras las observo, y entonces me doy cuenta de algo:

—¿Esta no es la alfombra antigua? La que estaba debajo de…

—Ah, sí. Diana se ha hecho pis en la nueva. Pero ya se le había ido la energía y…

—Y Diana estaba intentando recargársela. Qué maja.

—La más maja.

—De hecho, ha salido a ti.

—Yo no me meo en las alfombras —protesta airada.

—Pero en los sofás, a veces, sí.

Abre mucho la boca para mirarme con los ojos como platos y señalarme con un dedo acusador:

—¡Qué mala! ¡Solo fue una vez!

—Fueron dos. Tiramos el sofá y este tiene protección antimeos por tu culpa.

Froto la funda plasticosa y gris del sofá para que el sonido de la fricción me dé la razón.

—Pues bien que lo agradeciste cuando se te cayó la Coca Cola…

—No hay mal que por bien no venga.

Y entonces: PUM, se me congela la sonrisa y, de pronto, estoy triste.

El cambio debe notarse bastante, porque Filomena pone una mueca y se gira sobre el trasero para quedar frente a mí y aferrarme las rodillas.

—¿Qué pasa, Tam Tam? Tienes la misma cara que cuando algo te da gases de repente o alguien dice que el cercanías de Madrid es maravilloso.

Pongo los ojos en blanco. Y luego analizo su expresión para encontrarme algo muy parecido a lo que siento por dentro.

—Tú también estás… triste —contraataco—. No creas que no huelo el incienso. Solo enciendes tanto cuando intentas animarte y ahora mismo esto parece un submarino de palo santo.

—Resulta que también hace falta cuando el salón apesta a pis de gato. No tienes ni idea de la potencia que tiene esa diablilla.

Sonrío, pero no consigo volver a estar animada.

—El domingo hay luna llena —comento, como toda explicación.

Asiente.

—¿Y qué vas a hacer?

Me encojo de hombros.

—No lo sé… Aún no lo sé. Nunca he estado más perdida.

—Pues la luna está para guiarnos a donde tenemos que llegar.

Inspiro despacio.

—¿Y tú qué vas a hacer, Julieta? ¿Vas a ir a por tu Romea?

Es su sonrisa esta vez la que parece triste.

—No. Creo que no. No funcionaría. Somos… demasiado diferentes.

—¿Y por eso no puede funcionar? No me parece suficiente motivo.

—No puede funcionar porque no queremos que funcione. Y no hay motivo más importante que ese.

Me agacho para envolverla en un abrazo.

—¿Seguro que no quieres?

Asiente contra mi pelo.

—Fue una noche maravillosa, pero no somos compatibles.

Lo sabíamos antes incluso de besarnos. Ella necesita su vida allí, yo me ahogaría entre todo su caos.

Ha sido una noche mágica, como una tirita encima de una herida muy dolorosa.

Tenía que verla, debía suceder, pero las dos sabemos que no puede salir nada más de ahí que un maravilloso recuerdo.

—Y entonces, ¿por qué te pone tan triste esa decisión?

Se aferra a mis hombros, impidiéndome romper el abrazo. Y cuando habla, su voz está rota y mi corazón se rompe un poco con ella:

—Porque a veces lo correcto duele un poco más que cometer un error.