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Me digo a mí misma que no estamos haciendo un esfuerzo consciente por retrasar la vuelta a Madrid. Vale, sé que podríamos haber salido temprano de Combarro y ya hubiéramos llegado, y que llevamos un par de horas extra por Valladolid, pero…
Ya que estábamos aquí, queríamos verlo.
Además, después de una visita exprés al veterinario (en la que la chica nos confirmó que las gatitas están sanas como robles), tuvimos que pasarnos por una tienda de animales para comprar todo lo necesario para tener a Diana y a Meiga en casa como las dos reinas que son.
A pesar de que la veterinaria nos ha regalado una cantidad bastante ingente de pienso para gatitos bebé para agradecernos el quedárnoslas, creo que hemos dejado la tienda de animales vacía, porque nos hemos llevado otro saco más, un arenero, dos cajas de arena, dos camitas mullidas que tenemos muchas dudas sobre si van a utilizar y una cantidad absurda de juguetes.
—Van a ser las hijas más consentidas de la historia —murmuro, mirando con preocupación el maletero del coche, que está a rebosar entre maletas y trastos.
—Eh, pero si has sido tú la que ha insistido en comprar todo esto —protesta Filomena.
—¿Ah, sí? ¿Quién cogió dos ratoncitos de juguete porque decía que cada una tenía que tener el suyo propio?
—Chicas, chicas… No os peleéis —bromea Miguel—. Ser madres es duro, pero creo que lo estáis haciendo genial.
Dicho esto, y como si no significara nada, da un paso hacia mí y me rodea los hombros con el brazo. En cuanto lo hace, pasan varias cosas: me pongo colorada como un tomate y me tenso, y al mismo tiempo… un calor me envuelve como si hubiera vuelto a mi hogar.
Miguel se da cuenta de que mi cuerpo se ha puesto rígido de repente y me suelta.
—Perdona…
—No, no pasa nada —me apresuro a contestar.
Y, de repente, Filomena anuncia que tiene que ir al baño antes de que reemprendamos la marcha, aunque todos sabemos que ya ha ido y que lo hace solo para dejarnos este momento a solas.
Miguel y yo nos miramos, con sonrisas tímidas, yo mucho más cortada que él.
—Lo de anoche… —empiezo, y se me seca la garganta.
—Estuvo genial —sonríe.
—Sí, estuvo genial.
Le devuelvo la sonrisa, y él alza la mano para apartarme un mechón de la mejilla y ponérmelo tras la oreja.
—He mirado y la próxima luna llena es el domingo —dice entonces, sorprendiéndome.
«Lo ha mirado».
Me tenso de nuevo, esta vez por un motivo diferente.
¿Lo ha mirado? Yo ni siquiera…
Se me había olvidado el motivo principal por el que existe siquiera este viaje que me ha cambiado tanto la vida.
El desamarre. El amarre.
Claro…
—Tamara… —empieza, y su tono es de disculpa—. Creo que tenemos que hablar. Quiero dejar las cosas claras. No me gustaría que…
«Oh».
Como un rayo, algo me atraviesa el cerebro y descubro que no puedo soportar que se disculpe, o que me diga que va a seguir con el amarre porque, al fin y al cabo, Raquel es el amor de su vida y la ama con locura.
—No hace falta que sigas. Lo entiendo —le corto, y fuerzo una sonrisa que se me antoja robótica, porque no me sale del corazón—. Ha sido una vez, los dos lo necesitábamos… Pero yo tengo pareja y tú tienes una persona a la que volver. Lo entiendo, de verdad.
Frunce el ceño.
—¿De verdad?
«¿De verdad no te importa?», me imagino que es lo que quiere decir. «¿De verdad no tengo que rechazarte?».
Trago saliva. Me cruzo de brazos y me recuesto contra el coche, respirando hondo para tratar de infundirme una tranquilidad que no siento.
—Es… complicado. Pero creo que lo entiendo.
Al final, somos parecidos en algunas cosas.
Los dos vinimos sintiéndonos poco apreciados por nuestras parejas, y necesitábamos sentir que algo podía ser más fácil.
Sé que tú quieres a Raquel, no hace falta que me lo digas.
—Sonrío, y consigo que sea un poco más sincera esta vez—.
Yo quiero a Jose y necesito hacer las cosas bien con él.
Estamos en la misma página, no te preocupes.
No soy capaz de descifrar su expresión. Aunque estos días creo que he llegado a conocerle de manera bastante cercana, ahora mismo es un total misterio para mí. El corazón me late a toda velocidad y no sé por qué.
Es lo normal, ¿no? La gente hace este tipo de locuras.
Puede que yo no, que jamás me hubiera imaginado teniendo un rollo de una noche, y mucho menos estando aún con mi pareja… Pero a veces nos sorprendemos a nosotras mismas.
Seguro que Miguel también se ha sorprendido, y una parte de mí se siente orgullosa de haberle ahorrado, por lo menos, el momento de decirme que, a pesar de que se lo ha pasado bien conmigo, tiene que volver con la chica de la que está enamorado.
Al fin y al cabo, nadie hace un viaje así para recuperar a alguien que no le importa más que su propio corazón.
Los segundos pasan y Filomena ya se acerca, dando saltitos desde la gasolinera. Miguel la observa antes de volver a girar la cabeza hacia mí:
—Supongo que lo entiendo. Ha sido un verdadero placer conocerte, Tamara. Y hagas lo que hagas, decidas lo que decidas, la persona a la que permitas conocerte de verdad tendrá mucha suerte.
Me confunde lo triste que parece. Me hubiera gustado que no pensara que tiene que compadecerse de mí, o que alguna parte de mi mente no se sorprendiera de que despedirme de él me doliera tanto.
Es decir, ¿duele? Bastante, sí. Pero, por una vez, es un dolor que merece la pena.
—Lo mismo digo, Miguel —susurro—. Raquel es una chica afortunada, y os deseo todo lo mejor.
Y, aunque resulte raro pensarlo, por un momento estoy convencida de que mi corazón, que ya dejó un pedazo de sí mismo en Combarro, acaba de enterrar otro en esta gasolinera de Valladolid.