Soltando amarres 38
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Cuando llegamos a Valladolid, aún no tenemos noticias del veterinario. He tratado de llamar en otras dos ocasiones y la línea siempre sale ocupada, así que decidimos parar a comer por allí hasta que consigamos contactar con ellos.

Dejamos el coche en un parking y nos llevamos con nosotros el transportín con las gatitas. Por suerte, no tardamos mucho en encontrar un restaurante italiano en cuya terraza nos dejan plantarnos con el transportín, que pronto empieza a recibir miradas curiosas de las mesas de al lado.

Abrimos la parte superior para poder tenerlas controladas, con la seguridad de que aún son tan pequeñitas que no pueden salir por ahí.

—Aunque Diana es capaz de usar a su hermana de trampolín —observa Filomena, aferrada al transportín y con la mirada puesta en ellas.

—En tal caso, que alguien tenga el móvil preparado para grabar. Ese vídeo se viraliza fijo.

Pedimos un par de pizzas y unas copas de vino, y me siento extremadamente elegante por ello. Justo cuando nos las ponen enfrente, vuelvo a llamar al veterinario y esta vez… sí que hay suerte.

O relativamente, porque lo que me cuenta me deja fría.

Cuelgo ante la mirada expectante de Miguel y Filomena, que han estado estudiando mis expresiones con ansia.

—¿Qué te ha dicho?

Suspiro.

—Al parecer, estos días ha habido dos abandonos más de camadas en Valladolid, un total de nueve gatitos recién nacidos.

Les resulta imposible aceptarlas, y nos sugieren que las llevemos a alguna protectora de Madrid.

Me ha dicho que os… que os pida perdón también de su parte. Y que os dé las gracias.

El silencio que nos envuelve es total, como si la propia ciudad de Valladolid contuviera el aliento para dejarnos pensar.

Y la primera en romperlo es Diana, que suelta un chillido reclamando atención. Filo y yo, que somos las que estamos más cerca, nos lanzamos a mirar cómo está con tanta fuerza que nos damos un tremendo cabezazo mutuo.

Gritos de dolor seguidos de risas y frotarnos la coronilla relajan bastante el ambiente.

Observo a las mininas. A Diana, que ya sé que le encanta llamar la atención y que le gustan muchísimo las personas. Si estás acariciándola solo con una mano, protesta hasta que lo haces con las dos.

A Meiga, que es tan tranquila que casi parece un peluche, pero que lo observa todo atentamente con esos ojos enormes, de pupilas dilatadas. Meiga, que se me duerme en los pies, como si hubiera encontrado su lugar seguro en el mundo.

Filo me mira con un mohín y yo siento una presión enorme en el pecho.

—Estas gatitas se merecen una casa que las adore, no rebotar de un rechazo a otro —comenta mi amiga, metiendo la mano para acariciar a Meiga con cariño.

Y entonces…

—¿Y si…? —empiezo, pero cierro la boca.

La forma en la que se le iluminan a Filo los ojos cuando me mira me dice que estamos pensando en lo mismo.

—¿Sí? —pregunta, con un deje de emoción.

—Sí, ¿no?

—¿Por favor?

—¿Quieres?

—¡Yo sí! ¿Y tú?

Miguel nos mira alternativamente con los ojos como platos.

Dejo escapar el aire.

—Tendrían que cambiar ciertas cosas.

—Por supuesto. Podemos mirar…

—Todas tuyas —aclaro.

Se hace la ofendida con una mano en el pecho.

—¿Perdón?

Resoplo.

—Para empezar, nada de velas. Ya estamos en alerta roja de incendio sin gatas que las tiren.

Pone una mueca, pero acaba por asentir. Sin embargo, yo no he acabado.

—El altar de la esquina del salón tendría que irse, porque no se me ocurre otro lugar donde poner el arenero.

Su expresión ahora mismo es de dolor.

—Perdón —interrumpe Miguel—. ¿Un altar…?

Suspiro.

—Si solo fuera uno… —me limito a decir—. Y limpiamos cacas las dos, que ya estoy viendo venir que me va a caer el marrón a mí.

—¡Prometido!

La estudio con la mirada, y luego la bajo hacia el transportín. Las dos se han dormido, la una contra la otra, hechas un ovillo. Como si supieran que ya pueden estar tranquilas.

Una sonrisa se extiende por mi cara y, antes de que pueda arrepentirme, estoy volviendo a llamar al veterinario:

—Sí, soy Tamara, hemos hablado antes por dos gatitas… Ya, lo hemos entendido, no te preocupes. El caso es que… ¿tendríais un hueco para revisarlas y hablar con nosotras? Hemos decidido que se vienen a casa y queremos tener toda la información.