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Por mucho que lo hemos intentado, Filomena no ha soltado prenda sobre su noche. En cierto punto, se ha hecho tan incómodo seguir preguntando (para nosotros, porque ella estaba tan pancha) que hemos decidido, en un pacto silencioso, dejarlo correr.
Yo, por mi parte, volveré a sacarle el tema cuando estemos solas, en Madrid. Eso por supuesto.
Para desayunar nos hemos bajado a las gatitas, que están sorprendentemente activas. Es impresionante lo mucho que crecen y se desarrollan en apenas unos días, juraría que están enormes en comparación a cuando nos las encontramos.
Juraría que yo también soy más grande, en algún sentido.
O puede que este pueblo me esté afectando más de lo que creía posible.
El caso es que Diana y Meiga tardan un rato en estarse quietas, y mientras desayunamos y jugamos con ellas descubro un sentimiento nuevo que nada tiene que ver con la culpa que pensaba que me iba a embargar.
Es… plenitud.
No podría definirlo de otra manera.
Ese sentimiento se traduce, con rapidez y como si se despeñase por un barranco, en una pena absoluta cuando tenemos que abandonar la casa.
Casi no puedo creerme lo fácilmente que me he acostumbrado a vivir ahí, como si mi rutina (esa que tanto adoro) se hubiera evaporado, convertida de pronto en una pastilla efervescente. Con burbujitas.
«Se te está yendo, Tamara», me digo mientras me acomodo en el asiento del copiloto del viejo coche de Miguel.
Eso tampoco lo hemos tenido que hablar. Después de todo, las gatitas están agotadas después de un par de horas de juegos y Filomena va a dormirse en cuanto tenga la oportunidad.
—Primera parada… Valladolid —anuncia Miguel nada más arrancar el coche—. Adiós, Combarro. Te echaremos de menos.
Compartimos una mirada cómplice que, de alguna manera, me hace enrojecer.
—Voy a llamar al veterinario antes de nada para preguntar si ya hay alguna casa de acogida disponible —se me ocurre.
Intento el número, pero sale ocupado. Supongo que los veterinarios están siempre hasta arriba. Casi tanto como las brujas.
—No nos hemos despedido de Uxía… —murmuro de pronto. Giro el cuerpo para mirar a Filomena, que para mi sorpresa sigue despierta y con expresión melancólica—. ¿No quieres…?
Niega con la cabeza, decidida.
—No. Es mejor así.
Frunzo los labios.
—Vaya, pensaba que…
Cierro la boca de nuevo, porque me doy cuenta de que no sé cómo acabar la frase.
No tengo claro, en realidad, lo que pienso de todo esto.
Quizá porque tampoco he tenido mucho tiempo de asimilarlo, o porque no he podido, como solemos, comentarlo en profundidad con mi amiga.
O porque es la primera vez que veo a Filomena tan triste por alguien.
Normalmente, cuando se terminan sus rolletes siempre dice que es como si se le terminara el papel higiénico. Es un poco rollo (nunca mejor dicho), tienes que levantarte con las bragas por los tobillos y reponerlo, pero eso es todo. No le supone mucho más.
Cuando rompió con una chica de clase, casi nada más conocerla, lo supe porque ya no se dirigían la palabra al cruzarse a diario.
Cuando rompió con la del extintor, me enteré porque le pregunté por ella, me miró con extrañeza y tardó un sólido minuto en acordarse de quién era (habían pasado tres días).
Cuando rompió con la chunga… bueno, después de que se marchara la policía, ya estaba otra vez activa en Bumble buscando su siguiente cita.
Su rostro jamás se ha siquiera ensombrecido ante una situación así.
Pero tampoco había estado tanto tiempo esperando reencontrarse con alguien, para después marcharse sin mirar atrás.
Alargo la mano para coger la suya, que reposa en su regazo. Es una posición bastante incómoda, porque el asiento se me clava en el lateral del pecho, pero cuando me la estrecha dejo escapar el aire.
No estoy acostumbrada a estar preocupada por ella. Normalmente es al revés.
—Estoy bien —me aclara, y estoy convencida de que lo hace solo para tranquilizarme—. Necesito procesarlo todo, pero estoy bien. Estaré bien.
No hago referencia a ese cambio de presente a futuro, pero mantengo mi mano en la suya hasta que se queda dormida.