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La cabeza me da vueltas.
Mi primer pensamiento al despertarme está dedicado al licor café: maldito brebaje del demonio. Está bueno y eso te engaña. Mi abuela decía eso mismo de ciertos tipos de hombres, y tenía razón.
Muevo la lengua dentro de la boca, odiando cada segundo de la sensación pastosa que la envuelve. Qué asco.
Mi prioridad va a ser lavarme los dientes y…
Estiro el brazo y me topo con algo. O… con alguien, porque me doy cuenta de golpe de que no estoy sola. A mi lado hay un cuerpo cálido.
Saltan todas mis alarmas, y los recuerdos de anoche se lanzan encima de mí.
Encojo el brazo, abro los ojos y me preparo para enfrentarme con…
Filomena.
Tumbada de lado, con el brazo flexionado y la cabeza reposando sobre la palma. Con la otra mano en la cintura, en un gesto casi igual de victorioso que la expresión de su cara.
—Buenos días, princesa. Qué bien lo pasamos anoche, ¿eh?
«¿Qué narices…?».
Dos segundos. Eso es lo que tarda en partirse de la risa. Literalmente se parte en dos, sujetándose el estómago y echando la cabeza hacia atrás en tremenda carcajada que casi provoca que se caiga del sofá. La agarro de manera instintiva antes de que eso pase.
—Tu cara… Madre mía, ha merecido la pena. No te preocupes. Miguel —alza las cejas, el tonito en su voz más que evidente— se ha ido a por el desayuno.
Mi cabeza no puede procesar tanta información de golpe.
—¿Qué hora… qué hora es?
—Las diez. Le he mandado un WhatsApp a tu jefe diciendo que ya estás bastante mejor y que mañana irás a la oficina. De nada.
Resoplo y, después del pánico que me ha hecho sentir, el dolor de cabeza vuelve. Me llevo las manos a la cara con un gemido.
—¿Resaca?
—¿Tú qué crees…? —Y entonces recuerdo algo importante— ¡¿Y dónde estabas?! Nos has dejado tiradísimos.
—Tirados estabais, sí. Cuando llegué estabais muy tirados. Pero creo que habéis hecho buen uso de la posición horizontal…
Le doy un empujón que termina de echarla del sofá y rueda por la alfombra muerta de la risa.
—Me habías preocupado —la acuso, asomándome desde el borde del sofá.
Me mira desde abajo con una sonrisa y, aunque suene increíble, un clean look que no se le ha movido ni al rodar por el suelo.
—Lo siento mucho, Tam Tam. Necesitaba… Lo necesitaba.
—¿ La necesitabas? —pruebo, alzando una ceja, y ella cabecea. Después, chasquea la lengua.
—No lo sé. Quizá sí era necesidad de ella, de esto. Aún no lo tengo claro. Pero ha sido reparador para la Filomena de diecinueve años.
Respira hondo y, como siempre que hace eso, me tranquiliza también a mí.
«Mierda. La estás perdonando», me digo. «No puedes perdonarla aún».
—Aun así…
—Lo sé —me corta—. Estuvo fatal y pido perdón. No volverá a pasar.
Frunzo el ceño. Ladeo la cabeza.
Ella suspira. Y añade:
—Y tú eres la más sabia y yo la más imprudente.
Ladeo la cabeza al otro lado. Resopla.
—Y cuando lleguemos a casa te haré una tortilla de patatas del tamaño de un rinoceronte adulto.
Sonrío. Y entonces, sí, me permito perdonarla. Ayuda bastante que se levante de un salto, vaya a la cocina y regrese unos segundos después con un ibuprofeno y un vaso de agua.
—Para la resaca física. De la emocional no te libras ni con pastillas, me da a mí.
No sé qué debe ver en mis ojos cuando la miro, pero su expresión entonces varía. Ya no queda ni rastro de la mofa, o de lo mucho que se ha divertido con esto. Ahora solo hay empatía.
Así es Filo.
Se sienta a mi lado en el sofá y me posa una mano en el hombro.
—Si te sirve de algo, no me parece que hayas hecho nada malo.
Empiezo a protestar, pero me corta:
—¿Según los estándares de esta sociedad? Puede que sí. ¿Según lo que te mereces y se merece tu corazón? Para nada.
Esta vez, suspiro yo:
—Lo que hicimos anoche tiene poco que ver con lo que quería mi corazón y mucho que ver con lo que quería… ya sabes.
—¿Tu caldero mágico?
Me atraganto con el vaso de agua.
—¡Filomena!
—¿Su varita de incienso?
Me incorporo para darme palmadas en el pecho y desatascar mi respiración. Pero ella sigue:
—¿Tu cuarzo rosa del amor?
La tos da paso a una carcajada estrangulada.
—Qué idiota eres.
En ese momento, se abre la puerta, y maldigo en mis adentros no tener tiempo para mentalizarme antes de ver a Miguel.
Sin embargo, la vergüenza que esperaba al verle… no llega.
Solo una sonrisa, que él me devuelve con el mismo entusiasmo.
—Buenos días, dormilonas. Traigo café y bica , que al parecer es una especie de bizcocho tradicional gallego. ¿Apetece?
—¿Dormilonas? —Filomena se levanta de un salto del suelo y se alisa los pantalones—.
Me he acostado a las seis de la mañana y aun así me he levantado antes que vosotros dos.
Cuando he bajado, se os caía la babilla a ambos y tú seguías durmiendo, campeón.
Te he visto salir por esa puerta hace diez minutos.
Miguel se carcajea.
—No se puede ganar contigo, ¿eh?
—Solo si tienes razón. Ahora, trae esa bica . Que me muero de hambre.