Soltando amarres 34
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—¿Qué es importante para ti? En una relación.

A estas alturas, tengo claro que ninguna pregunta que le haga le va a tomar por sorpresa.

Después de una cena espectacular en un bar demasiado acogedor (y digo «demasiado» porque no pararon de invitarnos a chupitos de crema de orujo y casi no nos dejan marcharnos de allí), en la que me he reído más que en toda mi vida y hemos hablado de absolutamente todo, supongo que es normal.

Me sé su color favorito (el verde… un tío raro), el primer recuerdo que tiene en toda su vida (conocer a su hermano pequeño en el hospital), que le han tenido que operar del tobillo porque de niño era un cafre y se caía de todas partes y que, cuando se ríe mucho, la última risa que expulsa tiene un regusto afónico que a mí me genera una enorme sensación de victoria.

Me avergüenza un poco reconocer que me he olvidado de todo y que para cuando llegamos a la casita y dejamos en la mesa del salón la botella de licor café a medio beber que nos ha vendido el dueño del bar, se cruza fugazmente por mi cabeza la certeza de que ha sido uno de los mejores días de mi vida.

Y recordemos que por la mañana hemos estado en una casa llena de ratas en la que nos han cobrado un precio desorbitado por un par de velas y un puñado de incienso.

Por eso, cuando Miguel se acomoda en un sofá y yo en el otro, la pregunta sale de mi boca y ni siquiera me sorprendo. A estas alturas, podría pedirle prestados los calzoncillos para usarlos de gorro de baño y creo que ninguno de los dos parpadearía dos veces.

Culpo al alcohol.

Y a mí.

Pero, de alguna manera, esta culpa sabe dulce. A licor café.

—Es una buena pregunta —dice entonces Miguel, llevándose la punta del dedo al mentón y alzando la vista al techo—. Para mí es importante… que sea importante. No sé si me explico.

—No lo haces —me mofo, y dejo que mi cuerpo resbale por el sofá hasta quedarme tumbada, con una pierna encima de la otra y la cabeza girada hacia él.

Se ríe, y se pasa la mano por la frente para apartarse los rizos.

—Vale. Reformulo. Para mí una relación tiene que ser importante en el sentido de que es algo por lo que se lucha, algo que se defiende. Cuando Raquel decidió rendirse… fue lo que peor llevé. Yo hubiera luchado. Me hubiera enfrentado a los demonios que hiciera falta por esa relación.

—¿Por la relación… o por ella?

Cierra la boca y me mira, y sé que lo he desconcertado. Yo finjo que no me he dado cuenta, que no soy consciente de todas las veces que frunce los labios y me observa como si hubiera dado con la clave de todos sus problemas o con el origen de mil más.

—Quizá lo hubiera sabido si me hubiera dejado intentarlo.

Silencio. Uno cómodo, de los que caen sobre ti como una manta. Los dos nos perdemos en nuestros propios pensamientos. Las gatitas maúllan en el piso de arriba, reclamando atención.

—Oye, Tamara… ¿Qué tal se vive en esa parte del mundo que solo ves tú? Tiene que ser interesante.

Me río, y entrelazo mis manos a la altura de la barriga para hacerlo.

—¿Qué tal se vive siendo la única persona que piensa eso de mí?

—Yo creo que lo pensaría mucha más gente si les dejaras conocerte.

—Yo no…

Es mi turno de cerrar la boca y fruncir el ceño. ¿No dejo que la gente me conozca…?

Tampoco hago un esfuerzo activo por que lo hagan. Desde adolescente, tengo asumido que, en cuanto alguien habla un par de veces conmigo, se cansa y se larga buscando algo más interesante. Todo el mundo menos Filo, claro.

Y Jose, en su momento.

Quizá por eso…

«No se te ocurra pensar que estás con Jose porque es el único que ha querido estar contigo», me advierto. «Ya eres lo suficientemente triste».

—Me voy a tomar otro chupito —resuelvo, y me levanto de un salto, haciendo que el mundo se sacuda por un momento.

Antes de que pueda pensar en recuperar el equilibrio, unas manos me están sujetando.

—Creo que ya han sido suficientes chupitos por hoy —opina Miguel, con tono dulce.

—Igual para ti, pero yo quiero otro. El último.

No dice nada, así que me lo tomo como un sí. Voy hacia la zona de la cocina, saco un vaso de cristal de la encimera y echo ahí una cantidad de licor café que es… bastante más que un chupito.

Pero hoy es un día raro y esto está buenísimo.

Y me resulta más fácil beber que seguir intentando analizarme según lo que va diciendo Miguel.

Miguel, que me sigue con pasos lentos y se apoya a mi lado en la encimera.

Miguel, cuyos ojos refulgen con un brillo que es peligroso de lo… de lo tranquilo que es. ¿Tiene sentido? ¿Es el alcohol?

Miguel, que ahora está tan cerca que su respiración se entremezcla con la mía.

—Tamara…

Trago saliva. Desde esta distancia, y con el reflejo de la única lámpara encendida, sus ojos parecen tener destellos más claros, como si pudiera ver en su interior.

No digo nada. Ni siquiera tengo palabras, no pueden salir. Parece darse cuenta, porque pregunta:

—¿Qué quieres hacer ahora?

—Otro chupito no, desde luego —bromeo. Tengo la boca seca. Y entonces…—. Supongo que podríamos… saldar cuentas.

Alza una ceja. Me cuesta respirar.

—¿Saldar cuentas?

Me paso la lengua por los labios.

—Sí… Creo que me debes medio beso.

Pum.

Estoy convencida de que nuestros corazones han latido en el mismo instante, con la misma potencia.

La forma en la que me mira… Por un segundo estoy convencida de que se va a lanzar a por mí, a besarme.

De que no quiere solo medio beso. Que, quizá, me los va a arrancar todos .

Sin embargo, no lo hace. Frunce un poco más los labios antes de expirar lentamente:

—Estás borracha, Tamara.

No hay reproche en su voz. Más bien algo cercano a la resignación.

—Igual que tú.

Sacude la cabeza, y sonríe ligeramente.

—No, yo no estoy borracho. Llegué a estar algo tocado, pero se me ha pasado hace un rato.

Parpadeo rápido, sin comprender.

—Pero si has bebido…

—Dejé de beber hace bastante. Recuerda que, en principio, mañana conduzco más de cinco horas. No voy a hacerlo de resaca y a poneros en peligro.

Bufo.

—Eso es si Filomena se digna a aparecer. Me la voy a cargar.

Se encoge de hombros.

—Yo le estoy agradecido. Me ha permitido pasar más tiempo contigo y conocerte mejor. Me lo he… Me lo he pasado muy bien, Tamara.

¿Ha… titubeado? ¿Él, que desde el principio parece tener el control absoluto de la situación, ha titubeado?

Boqueo, y un relámpago se me cruza por el pecho.

Quizá es la sensación de que, mientras estemos en este pueblo, el tiempo no pasa, lo que sucede no cuenta. Es un mundo paralelo en el que yo creo en las brujas y él no es un desconocido, y todo puede pasar porque todo está bien.

Quizá es el alcohol, o quizá es la excusa que quiero ponerme para romper unas esposas que yo misma me cerré alrededor de las muñecas hace mucho tiempo. Quizá he encontrado la llave, o quizá nunca me hizo falta una.

El caso es que me lanzo hacia él con una decisión que no hubiera pensado sentir nunca. Mi boca busca la suya, y la botella de licor café está a punto de caer de la encimera. Miguel la aferra con decisión con una mano mientras con la otra me rodea la cintura y me atrae hacia él.

Si él no está borracho, esto es lo que me desea.

Y aunque yo sí que lo esté, sigue siendo lo que lo deseo yo a él.

Cualquier otra cosa… No soy capaz de pensar, porque la forma en la que toma mi boca me estremece, un relámpago de nervios recorriéndome la columna.

Entonces, sus manos están en todas partes. En mi espalda, en mi cintura, en mi cadera… Pero, sobre todo, en mi cara.

Me cubre la cara con las palmas como si quisiera asegurarse de que sigo ahí, de que no me voy a marchar.

Jadeo, y entonces se separa, apenas un centímetro. Traga saliva antes de preguntar:

—¿Estás bien? ¿Esto te parece bien?

Asiento con energía, incapaz de pronunciar palabra.

Y entonces le vuelvo a besar, como si así pudiera sellar la verdad, como si así pudiera demostrarle que no querría estar haciendo ninguna otra cosa.

Miguel gruñe, no se puede denominar de otra manera, antes de bajar los brazos para aferrar la parte trasera de mis muslos y subirlos a su cintura.

Me lleva en volandas al sofá, donde me tiende con una delicadeza que, aunque aprecio, ahora mismo no necesito. Tiro del cuello de su camiseta para que se tumbe encima de mí y, en cuanto su cuerpo me cubre, siento… Todo mi cuerpo se enciende.

Lo he dicho muchas veces, pero esta vez la certeza se implanta en mi cabeza: lo único verdaderamente mágico que ha sucedido en este viaje es esto.

Esto, él y yo, devorándonos, importando mucho más que todo lo que nos ha llevado hasta aquí.

Mi mano está en su nuca, los dedos enredados entre sus rizos, y no solo dejo que explore alrededor de mi cadera, sino que me retuerzo para que le resulte más fácil introducirse bajo mi blusa y llegar al sujetador.

Solo es eso, un mero roce a la prenda, y los dos jadeamos.

Nos miramos un segundo y sonreímos, porque cualquiera juraría que somos dos adolescentes explorando un cuerpo por primera vez.

No tengo mucha experiencia, así que no sé si esto es lo que sucede cada vez, con cada persona nueva.

Y tampoco me apetece pensar en nadie que no sea Miguel. No ahora. No en este momento en el que siento que todo está donde debe estar.

—¿Puedo…?

La pregunta del chico llega con un rubor en sus mejillas que me hace pensar que le daría cualquier cosa que me pidiera en estos momentos.

Y siguiendo un fuego que no sabía que existiera dentro de mí, me incorporo levemente para quitarme yo misma la blusa.

El sujetador es básico, negro, y doy gracias a todas las meigas del mundo por haberme traído este y no cualquiera de los otros, que serían una opción bastante horrorosa. Aunque de alguna manera, cuando los ojos de Miguel recorren mi torso, me da la sensación de que ni siquiera se hubiera fijado.

Como siempre desde que este chico me mira, me da la impresión de que ve algo que el resto del mundo no es capaz de percibir.

—Y luego soy yo la que vive en otra parte del mundo…

No me doy cuenta de mi propio murmullo hasta que Miguel me mira extrañado, con el asomo de una sonrisa en la comisura de los labios. Sacudo la cabeza y me río.

Y es raro. Nunca me había reído en una situación así.

—Déjalo. Y bésame.

—A sus órdenes… —Se inclina para besarme, pero en el último momento alza de nuevo la cabeza para mirarme a los ojos—. Siempre a tus órdenes, Tamara. No lo olvides.

Y cuando nuestros labios se vuelven a encontrar, el fuego vuelve a prender y yo siento…

Siento, por primera vez en mucho tiempo.

Siento como nunca pensé que llegaría a hacerlo.

Así que me lanzo hacia delante. Una persona distinta, una que desde luego no se podría llamar Tamara, toma posesión de mi cuerpo mientras yo hago lo mismo con el suyo.

Se quita la sudadera y tiro de su camiseta hacia arriba para exigirle que se la quite. Mientras obedece, yo hago lo propio con mi sujetador. Liberar mis pechos se siente como liberar mi alma.

Lo observo queriendo tatuarme esta imagen en la memoria para siempre. De rodillas ante mí, al descubierto, todo mío.

Como era de esperar, el pecho de Miguel es el de un hombre: un rastro de vello le recurre la parte superior y luego baja, en una línea hacia su abdomen que me marca el camino.

«Mi destino», pienso, enajenada por el alcohol y los errores que estamos cometiendo, uno tras otro, a cada segundo que pasa.

Cuando vuelve a tumbarse encima de mí, nuestros pechos se encuentran, mis pezones duros le acarician y los dos dejamos escapar un gemido entrecortado.

—No sabes cuánto tiempo llevo deseando esto —le confieso en un susurro, con los ojos cerrados para disfrutar de la sensación que dejan sus besos en mi cuello.

—Exactamente lo mismo que yo —susurra él, y me pasa la lengua, plana, por la base de la oreja—. Desde el mismo momento en el que te vi, Tamara.

Mis manos rodean su cuerpo hasta anclarse en su espalda y comenzar a recorrerla. Nuestras respiraciones ya son solo jadeos, y cuando sus besos llegan al principio de mis pechos, mi gemido lo invade todo.

En otro momento, en otra vida, me daría vergüenza.

Ahora solo quiero que me arranque todos los gemidos que tengo enquistados dentro.

Así que otra persona, una que no soy yo, se aferra a los rizos de su nuca y le empuja la cabeza hacia abajo, hasta que empieza a ocuparse de mis pechos y yo echo la cabeza hacia atrás.

Son apenas segundos, meros minutos, quizá horas, y entonces su mano asciende por mi abdomen y me aferra el otro pecho, y yo pierdo la razón.

Si es que todavía me quedaba alguna.

No sé en qué momento le he quitado los pantalones, pero sé que he sido yo. Y, cuando me desprendo de los míos, de repente es como si fuera consciente de la realidad.

De lo que estamos haciendo.

De que apenas nos separa una prenda de hacer algo que no voy a ser capaz de deshacer jamás.

Nos separamos un segundo, los labios hinchados y la mirada ardiendo.

Es eso, solo un segundo, y es lo único que necesito para deducir que no hay nada que pueda hacer, nada que pueda pensar siquiera, que me impida seguir con esto. Que hay algo dentro de mí, algo poderoso, que me impulsa a vivir. A él.

—¿Quieres…? ¿Estás bien?

Sus preguntas, pronunciadas con la voz rasposa, terminan de convencerme.

—Estoy… mejor que nunca.

Y en cuanto lo digo en voz alta me doy cuenta de que es verdad.

Asiente y, mirándome con una reverencia que me hace sentirme una auténtica diosa, desliza mis bragas por mis muslos hasta deshacerse de ellas.

Debería darme vergüenza exponerme así ante él. Y, sin embargo, me resulta tan natural como respirar. Me mira con una intensidad increíble, y nunca me había sentido tan… vista. Tan idolatrada .

—¿Tienes…? —pregunto, pero él ya se está levantando.

Me permito observar su trasero mientras él rebusca en sus pantalones hasta encontrar su cartera y sacar de ella un condón.

Vuelve a mí sin perder un segundo, como si temiera que me desvaneciese, y entonces se quita los calzoncillos y se lo pone en un par de movimientos. Yo no puedo apartar la mirada de su erección mientras lo hace.

Ser consciente, tan consciente, de lo mucho que me desea me marea por un segundo. El calor de mi entrepierna crece hasta límites inaguantables, y cuando se inclina de nuevo sobre mí…

Estoy tan mojada que no hace falta ni siquiera que empuje: se desliza en mi interior con una facilidad que me abruma. Los dos gemimos, y él entierra la cabeza en mi hombro, mordiéndome ligeramente la piel.

—Joder, Tamara…

Se me nubla la vista.

El último tramo se dificulta apenas un poco, porque tengo que acomodarme a él, a su tamaño. Pero incluso ese pequeño instante de dolor se vuelve placer inmediatamente.

Soy yo la que alza las caderas, él el que sale y vuelve a entrar con decisión y con… necesidad.

Lo que sucede después es pura necesidad.

Mi orgasmo viene primero, y le enciende tanto que Miguel se corre apenas unos segundos después.

Y bueno, no tengo claro aún si creo del todo en los amarres, pero esto…

Esto sí que puedo asegurar que se trata de magia.