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Como era de esperar, la dueña de la casita no tiene ningún problema en extender nuestra estancia una noche más, teniendo en cuenta, sobre todo, que es miércoles.
Igual si esto nos hubiera pillado en fin de semana o en verano, habría sido más complicado, pero lo más raro de esta experiencia es… lo sencillo que resulta todo.
Y yo, que siempre he amado la rutina y odiado los cambios, que siempre me ha atemorizado cualquier cosa que se salga de la norma… no lo estoy pasando tan mal, a pesar de que la vida parece avanzar a trompicones desde que salimos de Madrid.
Lo primero que hacemos es ir a comprobar cómo están las gatitas y darles de comer.
En cuanto nos ven, corren hacia nosotros con sus pequeñas patitas y las cojo en brazos con ternura.
—Cómo se puede querer tanto a alguien en tan poco tiempo… —murmuro distraída.
—A veces, el amor no necesita más —oigo a mi espalda.
Y estoy tan colorada que no me atrevo a girarme para mirar a Miguel. Más que nada, porque no sé qué sucedería.
Después de atenderlas, decidimos dar un paseo por Combarro. Ya que estamos, queremos empaparnos de las calles, de los cruceiros , que vamos tocando según vamos viendo.
—A este paso, tendremos suscripción de por vida al antivirus de todo lo malo —bromea Miguel cuando ya llevamos una decena.
—Necesito toda la ayuda que pueda conseguir. No te olvides de que mi novio prefiere ver la Champions a estar conmigo.
Lo digo en el mismo tono de broma, pero en cuanto sale de mi boca me doy cuenta de que en realidad es más bien triste.
Y que últimamente me pasa mucho. Esto de hablar sobre Jose como si no pasara nada y terminar dándome pena a mí misma.
—¿Puedo decirte algo?
Miguel suena tímido, pero casi implorante. Como si hubiera algo que le marcara el pecho pero supiera que, quizá, no tiene derecho a decir.
A estas alturas no puede decir nada peor que lo que estoy pensando yo, así que asiento.
—No puedo entender cómo alguien puede preferir algo, cualquier otra cosa, por encima de estar contigo.
Y ahí está, otra vez: esa sensación cálida dentro del pecho, ese nudo en la garganta que, en lugar de apretar, afloja.
Pero Miguel no ha terminado de hablar:
—Cualquier persona se merece más que eso, pero tú… Sé que no tengo derecho a decir nada, que te conozco de hace solo unos días, pero eres… eres paz, y no entiendo a nadie que no quiera llevarse esa paz consigo a todas partes.
—Ni siquiera me pide que vea con él los partidos —murmuro, y no sé por qué formo una sonrisa falsa, una podrida que me quema por dentro.
—A mí no me gusta demasiado el fútbol. —Miguel se agacha para tocar otro cruceiro . Desde su posición, en cuclillas, mira hacia arriba para no perderme de vista—. Pero, si me gustara, estoy seguro de que me haría más ilusión verlo con mi pareja. Si a ella no le hiciera infeliz, claro.
—A mí me hace feliz ver feliz a la gente que quiero. No sé si tiene mucho sentido, pero… incluso si yo misma no considero que sienta pasión hacia muchas cosas, sí que me apasiona… la pasión.
Sonríe tan ampliamente que deben de dolerle las mejillas. Esa sonrisa, enmarcada por los rizos castaños, ilumina la calle incluso en estos momentos, cuando está a punto de irse la luz.
—Eres un amuleto, Tamara. Recoges energía positiva, y se nota.
—Soy un cuarzo azul —le recuerdo.
—Voy a tener que buscarme una piedra de esas. ¿Crees que Uxía me dará la suya?
—Creo que, después de la que nos han liado, debería darte su colección entera. Y un par de ratas de regalo.
—No estoy demasiado convencido de que fueran suyas, ¿eh? Pero no pareció muy sorprendida de verlas.
—Estará acostumbrada a cada cosa… ¿Qué crees que será lo más raro que le han pedido?
Miguel se acomoda en el bajo de la estructura del cruceiro y entrelaza las manos entre las piernas. Lleva puestos unos vaqueros que le quedan algo amplios y la sudadera abierta, porque no hace tanto frío como pensábamos al salir de la casita.
Se lo piensa, mirando hacia el cielo, y yo aprovecho para acomodarme a su lado.
—Yo digo… dos amarres a la vez.
—Ah, conozco muchos tíos de esos.
—¿Tíos?
Sonrío.
—Apostaría un brazo a que eso solo lo haría un hombre.
—No me voy a sentir ofendido porque tengo algunos amigos que te demostrarían que tienes razón.
—Ah, ¿ese es tu tipo de amigos…?
Gira la cabeza y parte del cuerpo para mirarme con una sonrisa socarrona.
—En el grupo del instituto hay de todo. Pero los amigos de verdad, los que haces de adulto… te caerían bien.
—¿Tú crees?
—Estoy seguro. Y tú les encantarías. ¿Te gustan los juegos de mesa?
Frunzo el ceño.
—No… no sé.
Su expresión es de sorpresa máxima.
—¿No lo has probado nunca?
No puedo evitar soltar una carcajada.
—Para ti será rarísimo, señor escritor de videojuegos. Pero, no sé, nunca he coincidido con nadie a quien le gustaran demasiado. Espera, ¿el Trivial cuenta?
Resopla, divertido:
—Nunca he conducido un coche. Espera, ¿el carrito del Mercadona cuenta?
Me río de nuevo, con fuerza.
—Me encantaría enseñarte a jugar.
Hay algo en su tono…, algo intenso, que me fascina y me aterra a un mismo tiempo. No sé qué significa esta sensación, y tampoco tengo tiempo a analizarla. Y eso me estresa. Carraspeo:
—Te advierto que me han intentado inculcar todas las aficiones del mundo, y no ha cuajado ninguna.
—No pasa nada. Mi intención no es que cuaje. No te tiene que cuajar nada que no quieras. Pero me gustaría enseñarte algo que a mí me apasiona.
—Ah… Mi punto débil.
Nos sonreímos. Y ese momento…
No puedo con ese momento.
Así que me levanto, carraspeando de nuevo:
—¿Vamos… Intentamos encontrar una botella de licor café?
Miguel saca el móvil del bolsillo para mirar la hora. No puedo evitar, desde mi posición, ser consciente de que lo tiene repleto de notificaciones y llamadas perdidas. ¿A quién, o a quiénes, está ignorando para estar aquí, conmigo, al cien por cien?
—Son casi las ocho y aún no hay ni rastro de Filomena. ¿Qué te parece si buscamos algún bar nuevo, cenamos algo y les pedimos recomendaciones para el licor café? Nadie mejor que alguien de Combarro para ayudarnos.
—Me parece… Me parece un buen plan.
El mejor plan del mundo.