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No hay ni rastro de Filomena en el bar, y no solo eso: no responde al teléfono.
Mi primer impulso es correr hacia la casa de la tal Uxía, porque estoy segurísima de que estarán allí. Pero es Miguel el que me lo impide:
—¿Y qué crees que pasará? ¿La vas a sacar a rastras y obligarla a volver?
Dejo caer los hombros. Estamos en la calle, después de haber pagado una cuenta que no nos pertenecía por completo.
Me las voy a cargar. Por si no me hubiera salido cara ya la bruja, y aunque parecía muy ocupada, se las apañó para pedir dos de las bebidas más caras del bar antes de largarse sin pagar.
En cuanto leí «orujo envejecido» en el papel que me tendió Carmiña supe que la chavala lo había hecho a propósito.
Menuda… bruja.
—No. Si se ha empeñado en irse con ella… no podría convencerla de que se viniera conmigo.
—¿Entonces?
Suspiro, derrotada.
—Solo nos queda esperar. Cuando termine… lo que sea que está resolviendo…
—Los dos sabemos lo que está resolviendo —me corta, alzando las cejas varias veces.
Le doy un codazo suave.
—Cuando termine, nos buscará. Pero no sé cuándo será eso y tenemos que irnos de la casa… Y, además, tú tendrás que volver a Madrid, ¿no? Filo se ha cogido toda la semana libre y está siendo una egoísta pensando que nosotros…
—Yo no tengo ninguna prisa —me asegura—. No hay ningún otro sitio donde prefiriera estar.
Y de nuevo hay algo en su mirada que me hace enrojecer. Me pasa el brazo por los hombros, y aunque es un gesto puramente amistoso, el calor que me invade no lo es. Para nada.
No obstante, él parece ajeno a todo lo que está sucediendo dentro de mí y propone:
—¿Qué te parece si llamamos a la mujer de la casa y le preguntamos si podemos reservar una noche más? No perdemos nada.
—¿Y después? ¿Qué hacemos hasta que Filomena decida emerger de entre las sombras?
«Ha sonado demasiado gráfico… Quizá eso sea exactamente lo que está haciendo».
Se encoge de hombros.
—¿La verdad? Cualquier cosa me parece bien. Un paseo, cenar… No es mal plan, ¿no?
Evalúo su propuesta. Sus ojos, lo que podría pasar. El «medio beso» aún revolotea en mis labios, y ya me siento lo suficientemente rara por haberlo permitido. Y, en ese momento, suena mi móvil.
El sonido nos sobresalta a ambos y, cuando veo quién es, la culpabilidad me inunda de golpe.
—Es… Es Jose. Tengo que cogerlo —me disculpo.
—Claro. —Sonríe.
Me alejo unos metros, como si eso fuera a impedir que me oyera, o más bien como si fuera lo mínimo que puedo hacer para respetar… no tengo ni idea de a quién.
—Dime.
—¿Cariño? ¿Todo bien? Llevas un día como desaparecida.
«Pero no me has escrito», pienso. «Si me hubieras escrito, te habría respondido».
—Sí, sí, perdona. —Me paso la mano por la frente, cansada de pronto—. Estamos teniendo un poco de lío, y quizá tengamos que volver mañana.
—Ah, claro, no te preocupes. De hecho, te llamaba porque mañana me han propuesto jugar una pachanga y tal. Por si volvías, que no puedo quedar hasta el finde. Bueno, el sábado tampoco, que hay Champions, claro. El domingo si quieres nos vemos, ¿vale, cariño? Y me cuentas qué tal tu viajecito.
El domingo.
Esas dos palabras retumban en mi cabeza.
La última vez que nos vimos, le di un ultimátum y casi lo dejamos. Uno de los motivos era que cada vez parecía que quería pasar menos tiempo conmigo.
Me he ido unos días y le ha dado igual. Voy a volver más tarde y no solo le da igual, sino que me propone que nos veamos el domingo .
¿Eso sería, si me quedara con él? ¿Una novia de domingos, que le permitiera estar libre el resto de la semana para sus pachangas y sus colegas?
Trago saliva. Cierro los ojos.
Y la culpabilidad que podría haber sentido por ese medio beso con Miguel…, bueno, sigue ahí, porque nunca justificaré del todo lo que he hecho, pero sí que empequeñece y se hace… manejable.
Cuando cuelgo, me giro para mirar al chico, que me observa con ojos curiosos. Entiendo que la conversación, desde su punto de vista, tiene que haber sido bastante reveladora.
Me envalentono. Exploto. Y para una persona que está acostumbrada a la calma, eso es mucho decir.
Y antes de que Miguel pueda preguntarme si está todo bien (ya veía esas palabras descolgándose de sus labios), le corto:
—¿Sabes lo que nos queda por probar antes de irnos? El licor café.
Y con eso, empiezan todas mis malas decisiones.
O, quizá, las mejores de mi vida.