31
Media hora más tarde, salimos de allí.
En realidad, la sesión solo ha durado unos minutos más, en los que Breogana le ha indicado a Miguel que deberá meter algo que perteneciera a su amor en una pequeña cajita de madera que le ha proporcionado, quemar un incienso que también se ha tenido que meter en el bolsillo y dormir con la caja cerca del pecho durante la noche de luna llena.
—Parece que los dos estaréis ocupados la próxima luna llena —bromea Filomena, pero creo que cuando me mira se le pasan las ganas de cachondeo.
El caso es que el resto del tiempo lo hemos empleado en intentar pagar a la bruja.
No tenemos efectivo (porque vivimos en Madrid, obvio), y Breogana no tiene datáfono (lo cual, si lo piensas, no es tan raro). Al final, le acabamos haciendo un bizum que tarda eones porque primero nos da su número mal (dice que no lo usa mucho) y luego desaparece la cobertura.
El baile que realiza Breogana para, según ella, «conseguir que vuelva la red» es digno de ver. Algo así como una jirafa epiléptica queriendo escapar de un león en medio de la sabana.
Lo jodido es que funciona. En cuanto da el último paso y alza la cabeza con los ojos como platos, el bizum se envía.
Al final, nos ha ofrecido una limpieza de aura por «solo diez euros más» y, mira, nos hemos tirado a la piscina.
Ahora huelo tanto a limón que alguien podría usarme para aliñar una ensalada.
Y estoy… cansada.
¿Lo peor? No nos vamos. Al menos, aún no.
Lo único que quiero en estos momentos es largarme a mi casa, pero Filomena se ha empeñado en que vayamos los cuatro a comer, para celebrar «el trabajo bien hecho».
Me ahorro replicarle que el trabajo se realizará la próxima luna llena, porque me mira con esos ojos de cachorrillo que solo usa para implorarme que le siga la corriente.
Es evidente que quiere una excusa para pasar más tiempo con Breogana…
o Uxía, como nos ha pedido que la llamemos en cuanto nos hemos sentado en el mismo bar del pueblo en el que entramos ayer para preguntar por ella.
Carmiña, la dueña, la saluda con una efusividad que hace evidente el cariño que le tienen, y esta vez nos sentamos en una mesa más grande al fondo, rodeadas de personas mayores y familias que se han reunido allí para comer.
Pedimos la mejor tortilla de patatas que he probado nunca, repetimos con el pulpo (cómo no) y lo bajamos con unas cervezas. Tengo que reconocer que la cerveza no ha sido nunca lo mío (no me disgusta, pero no la amo), y aun así la Estrella Galicia es especialmente fácil de beber.
—Estás a dos tragos de mudarte a este pueblo —me susurra Miguel, pillándome por sorpresa.
Doy un respingo cuando noto que se ha acercado para poder hablarme al oído. Miro de reojo el panorama: frente a nosotros, Filomena y Uxía se están poniendo al día, intercambiando conversaciones intensas con miradas aún más intensas.
Está claro que, para ellas, hemos desaparecido.
Suspiro.
—Yo no lo sé, pero esa sí que está a dos besos de mudarse aquí.
—¿Dos?
—En realidad, creo que con medio ya la pierdo para siempre.
Sonrío, muy a mi pesar. No lo creo de verdad (o no quiero creerlo), pero sí que es cierto que Filomena es célebre por hacer muchas locuras por amor. Es la de los grandes gestos, las grandes palabras (quizá antes de tiempo) y los sentimientos desbordados.
Quizá todo eso viene de que, en su momento y con Uxía, no lo hizo, y se ha estado intentando resarcir desde entonces.
—¿Medio beso? ¿Existe eso?
Nos traen otra ronda de cervezas, que no me he dado cuenta de quién ha pedido.
Parpadeo para enfocar la mirada en Miguel, que me contempla con una sonrisa divertida. Así, de cerca, me doy cuenta de que su piel es muy tersa, o quizá me lo parece porque no hay ni un atisbo de barba. Los rizos castaños le enmarcan la cara, y pienso, no sé por qué, que jamás he visto a nadie así.
Ni siquiera en la calle, o en clase. O en el trabajo.
No es solo que sea guapo… que por supuesto que me lo parece. Aunque es más atractivo que guapo, porque es cuando habla cuando se nota todo lo que lleva dentro.
Sí, quizá es eso. Lo que lleva dentro es… bonito.
Como un jaspe rojo.
Le doy un trago tan largo a mi cerveza que poco más y me marco un hidalgo.
—Claro que existen los medios besos. Como existen las medias despedidas, los medios amores o las medias tintas.
Le guiño un ojo, sorprendiéndome más a mí misma que a él.
—Nunca he creído en los medios amores —confiesa, encogiendo un hombro. Luego, se deja caer hacia atrás con pesadez—. Yo siempre he querido con fuerza, ¿sabes? Con intensidad. Para mí el amor es cero o cien.
Lo observo unos segundos, pensativa. Ordenando todo lo que pienso y lo que siento.
—No lo veo así —digo al fin—. Aunque no sé si tengo mucho criterio para ello, para mí el amor tiene que mutar, tiene que cambiar.
A veces es un cien, a menudo un poco menos que eso, porque nadie está al cien por cien siempre.
Eso fue lo que me pasó con Jose… creo. Esperaba que el amor fuese a más, que remontara, y en lugar de ello se fue a pique. Me rendí.
—No pareces una persona que se rinda fácilmente.
Ladeo la cabeza.
—No me pongo muchas metas, así que no sé decirte…
—No hace falta que sean muchas. Solo que sean importantes.
Cierro la boca y frunzo un poco el ceño, sin comprender. Entonces, él suelta una risa y se cambia la cerveza de mano:
—Una persona también es una meta, ¿no crees? Conoces a alguien, sea pareja o amigo, y la meta es mantenerle en tu vida, hacerle feliz… Y no hay más que verte con Filo para darse cuenta de que eres una persona muy ambiciosa en lo que tiene que ver con tu amistad con ella.
De repente, y a pesar de todo lo que he consumido, tengo la boca seca. Alzo una mano para pedir otra cerveza.
Nunca he sido de beber demasiado, pero ahora… ahora siento que necesito al menos algo que atonte un poco esta cosa que está pasando conmigo.
Esto que estoy sintiendo por alguien que se va a ir a casa y va a hacerle un amarre a su ex para volver con ella.
Alguien con el que no tengo ningún futuro.
Pero alguien que me está viendo como ni siquiera yo he sido capaz de verme jamás.
—Nunca hubiera pensado que nadie me fuera a considerar ambiciosa… —bromeo, con un hilo de voz.
—Quizá porque estás muy centrada en lo que se supone que ambiciona todo el mundo, cuando a ti a eso, por lo que sea, no te interesa.
—No, no me interesa.
Y cuando lo digo, dentro de mí siento… paz.
—¿Sabes qué? —me envalentono, con la tercera cerveza en la mano y calor en las mejillas—. Que no me interesa todo eso que se supone que tendría que interesarme. Y no pasa nada.
—No pasa absolutamente nada —concuerda Miguel, mirándome con intensidad.
—No soy más aburrida por ello.
—No eres nada aburrida, Tamara. Me resulta muy extraño que alguien pudiera creer eso.
Sonrío sin poder evitarlo.
—Significa mucho para mí, viniendo de ti. Eres el tío más divertido que he conocido nunca.
Se me escapa, pero estoy en ese punto: en el que el alcohol comienza a invadirte, en el que siento que precisamente estoy usando las cervezas de excusa para decirle todo aquello que en unas horas, cuando estemos de vuelta en Madrid, no podré.
Él ladea la cabeza sin dejar de mirarme.
—Pues… si te digo que Raquel se aburría conmigo…
Abro mucho los ojos.
—Estás de broma.
—Lo digo muy en serio. Siempre decía que no… que no tenía sangre en las venas.
Y sonríe, y por primera vez esa sonrisa tiene un tinte triste.
Eso hace que salten todas mis alarmas. No debería ser así. Ese chico, esa sonrisa… nunca debería estar empañada de tristeza.
Sin poder evitarlo, alzo la mano para suavizarle la comisura con el dedo. Y en cuanto me doy cuenta de que le estoy tocando, en cuanto nuestros ojos se vuelven a encontrar, me aparto rápidamente, apurada.
—Ostras, perdona… Se me ha ido la olla.
—Te perdono.
Empiezo a darle las gracias, y entonces:
—... Si me das medio beso.
Alzo las cejas y examino su rostro para intentar averiguar qué es lo que quiere decir con eso. A estas alturas, ya estamos girados totalmente el uno hacia el otro, y juraría que en este bar había más ruido que el que estoy escuchando. La distancia entre nosotros es muy pequeña, casi ridícula.
—¿Medio beso…?
Se encoge de hombros, como si no pasara nada. Casi me convence.
—Me has provocado curiosidad.
Sin darme cuenta, me paso la lengua por los labios, y solo soy consciente cuando los ojos de Miguel se fijan en el movimiento. Sin perderse un detalle.
—¿Estás seguro?
—¿Cuánto daño puede hacer medio beso?
«Mucho», pienso. «Puede romper medio corazón».
Seguro que es el alcohol. Estoy convencida. Es el alcohol el que está haciendo que mi corazón lata con tanta fuerza, está generando esta presión en mi pecho, esta anticipación con la que no contaba.
Estoy exagerando, como siempre. En el fondo, siempre he sido una exagerada.
O quizá es que estoy tan desesperada por vivir ciertas cosas que me las imagino.
No me está pidiendo matrimonio. Me está pidiendo «medio beso», sea lo que sea eso. Tendré que inventármelo, supongo.
¿Quiero inventármelo…?
Mi cuerpo decide por mí. Aunque, a mi favor, no resulta nada complicado: recortar la distancia que nos separa requiere únicamente inclinarme un poco hacia delante. Acerco mi boca a la suya, y él parece sorprendido, como si de verdad esperara que le fuera a decir que no.
Pero yo estoy cansada, a estas alturas, de decirme a mí misma que no.
Así que no me permito dudar, pero en el último momento me acobardo y apunto a la comisura de sus labios.
Lo que no me espero es que él sea el que tome la iniciativa, gire la cabeza y corrija la trayectoria del beso.
Un segundo, el único que me permite mi cuerpo dudar. Al segundo siguiente, ya he abierto la boca y él ha hecho lo mismo, como si nuestros labios se hubieran sincronizado, como si lo llevasen deseando mucho tiempo.
Dentro de mí se despierta algo…
Espero que los cruceiros sirvan porque, desde luego, lo que estamos haciendo solo puede considerarse magia negra.
Es él el que se separa a los pocos segundos, aunque con esfuerzo. Acaba esbozando una sonrisa, una que no tiene nada de triste.
—Medio beso —anuncia, como explicándolo.
—Medio beso —afirmo, notando la cara ardiendo.
Y, entonces, caigo en la cuenta de dónde estamos. O, más bien, todo a mi alrededor cae , como si hubiera desaparecido durante esos apenas tres segundos.
Mi primer pensamiento es para Filomena: no me puedo creer que haya visto esto.
Incluso encontrándose tan ocupada con Uxía, seguro que ha…
—¿Filomena?
No está.
No me lo puedo creer.
Solo me hace falta un segundo para tenerlo claro: se ha largado con Uxía.