30
La ha reconocido por su risa.
Estoy convencida de que se podría escribir más de una novela romántica solo sobre eso. En cuanto Miguel y yo nos damos cuenta, intercambiamos una mirada y acordamos sin necesidad de palabras mantenernos en silencio.
—Vaya, pensaba que no me reconocerías. No he cambiado tanto.
—Yo… se me rompieron las gafas esta mañana. Y no tengo lentillas.
Por la expresión que pone Filo, esta chica ya debía de ser un topo cuando se conocieron, porque le basta esa explicación para entenderlo.
—Además, no sería la primera vez que mi mente me juega malas pasadas y confunde a alguien contigo.
Pam. Otra mirada con Miguel, que claramente dice: «¿Esto es real? ¿Nos estarán grabando?».
Y Filomena se… ruboriza.
Esto sí que es un fenómeno y no las estrellas fugaces. Estoy a punto de pedir un deseo.
El deseo sería, probablemente, dejar de estar en medio de esta situación, pero algo me dice que no voy a tener tanta suerte.
—Te pusiste mi nombre —se limita a decir mi amiga tras unos instantes de silencio.
—Siempre me pareció que tenía mucha magia.
Silencio, y puedo oír los latidos de sus corazones. Algo me dice que están cerca, muy cerca, de lanzarse la una a por la otra con la potencia de dos huracanes, y mi instinto me empuja a largarme de ahí para evitar la explosión.
Pero, oye, hemos conducido (bueno, lo ha hecho Miguel) y hemos pasado mucho para hablar con ella. Así que su movida tendrá que esperar.
—Si no os importa… ¿Podemos pasar a lo nuestro?
Lo digo con la voz atragantada, y cuando sus miradas se giran para clavarse en mí es como si hubiera llamado la atención de dos fieras peligrosas, pero en el fondo, y tras unos instantes, creo que incluso lo agradecen.
Por cómo se suavizan sus miradas, ambas necesitaban un respiro de tanta intensidad.
—Por supuesto. —Breogana carraspea—. Antes de empezar, necesito analizar vuestras energías.
Mete la mano bajo la mesa y tira de un cajón que había permanecido oculto. De él saca una caja del tamaño de un libro, de madera, sin ningún adorno.
La tapa se abre con un clic para dejar paso a una relación de piedras preciosas.
—Lo ideal sería que supierais de antemano qué piedra se alinea mejor con vuestras almas, pero creo que podemos intentar…
—Yo lo sé —interviene Filo, con una sonrisa enorme.
Breogana alza la vista y la clava en ella unos segundos.
—¿Lo sabes?
—Lo tengo clarísimo. Tamara es un cuarzo azul.
—¿Qué?
Filo me mira con una amplia sonrisa, como si no pudiera ver algo que está justo delante de mis narices.
—Cuarzo azul. Te ayuda a mantener la mente clara y sirve para mantener el enfoque en la vida. Es la única piedra que no tengo en mi colección.
—¿Y eso por qué?
—Porque ya te tengo a ti, tonta.
Mentiría si no dijera que sus palabras me llegan al corazón. Últimamente siento que, a veces, soy un poco fría con ella, pero escucharla decir eso me enternece y no puedo evitar mostrarlo apoyando la cabeza en su hombro por un segundo.
—¿Y el chico?
Miguel mira a Filo con curiosidad y una sonrisa tranquila:
—¿Qué opinas, Filomena? ¿Qué piedra soy?
Mi amiga se lo piensa, con la mano en el mentón, unos segundos. Y luego chasquea los dedos.
—Está clarísimo. Un jaspe rojo.
Antes de que pueda (o podamos) preguntar, Breogana asiente.
—Ya veo. Eso significa que tienes el aura limpia y exudas calma y tranquilidad. ¿Te encaja?
—Mucho —suelto yo, sin poder contenerme.
Cuando Miguel me sonríe, es mi turno de ponerme colorada.
—Está bien. —Saca de la caja, con mucho cuidado, el cuarzo azul y el jaspe rojo. Nos los tiende—. Cerrad el puño con fuerza, con la piedra dentro. Apretadlo contra vuestro pecho. Necesito que le transmitáis vuestro calor.
Hago lo que me dice, y la piedra se siente extraña en mi mano. No me gustaría siquiera pensar en por qué, o en si me estoy creyendo algo de esto. Al fin y al cabo, si estoy aquí será porque al menos una pequeña parte de mí lo hace, ¿no?
—Primero tú —le indica a Miguel pasados unos minutos.
Cuando el chico le tiende el jaspe rojo, casi con reverencia, Breogana se lo coloca en la palma de una mano, lo cubre con la otra y cierra los ojos.
—Veo… una mayoría de energía positiva. Dudas, por supuesto, pero humanas. Veo ganas… Muchas ganas, pero de algo muy concreto. Siento una enorme tranquilidad en ti, es cierto. Es difícil encontrar eso en esta sala, créeme. La mayoría de las personas que entran aquí están bastante desesperadas.
Lo dice como quien enuncia unos datos, como si estuviera leyendo una gráfica. Como si la desesperación, lejos de ser un sentimiento aterrador, fuese para ella lo más normal del mundo.
Abre los ojos y, cuando me mira, siento un escalofrío.
—Ahora tú.
Asiento y le tiendo el cuarzo azul. Mi mano tiembla un poco al encontrarse con la suya. Cuando repite el proceso, durante los primeros segundos su reacción es idéntica. Pero, luego, frunce el ceño.
—Esta energía es mucho más negativa. No crees en esto. En realidad, lo único que quieres es escapar. Pero ¿de qué? ¿De alguien… o de ti misma?
Trago saliva. Sus palabras han dado en un clavo que no sabía ni que existía. ¿Estoy huyendo? ¿De Jose?
—¿Te impedirá eso ayudarme? —pregunto, y me doy cuenta al hacerlo de que la respuesta, contra todo pronóstico, me importa mucho.
Para mi alivio, niega con la cabeza.
—Estás aquí. Eso significa que quieres provocar un cambio. Y solo puedo ayudarte si lo pides. Ese es un primer paso. Así que dime, Tamara, ¿qué necesitas?
Me paso la lengua por los labios secos.
¿Qué necesito?
Es una buena pregunta.
En realidad, una que me llevo haciendo toda mi vida.
¿Necesito tener esas aficiones que apasionan a todo el mundo? ¿O necesito más bien aceptarme a mí misma como soy?
¿Necesito librarme de Jose… o tener la valentía para reconocer que me estoy aferrando a él?
¿Quién de los dos tiene el amarre, en realidad?
Abro la boca:
—Necesito… Necesito romper un amarre.
Asiente. Al fin y al cabo, es su especialidad. Debe ser, con diferencia, lo que más le piden. Después quizás de hacerlos, claro.
—Está bien. Dame la mano.
La miro, reticente. Nunca me ha gustado eso de tocar a gente desconocida, y mucho menos a alguien que tiene subalquilada su casa a una tonelada de ratas. Aunque su pinta no es de desastrada, quién sabe. Tendrá el aura muy limpia, pero habría que ver sus bragas.
«Si te escucha Filomena, te mata».
Sin embargo, me siento tan presionada por mi entorno que le tiendo la mano, y cuando la envuelve con las suyas me sorprende su suavidad.
—No te fías de mí.
La risa de Filomena me distrae un segundo.
—¿Te ha hecho falta tocarle la mano para notarlo?
La fulmino con la mirada, pero Breogana se ríe también.
—No, pero su cuerpo vibra con tensión, se quiere alejar. Y, sin embargo, aquí estás. Respira.
Tardo unos segundos en darme cuenta de que se trata de una orden, y me desconcierta aún más.
—¿Pe… perdón? Ya estoy respirando.
—Claro, boba; si no, tendríamos que usar la ouija para comunicarnos contigo —dice Miguel, y de alguna manera, cuando le miro a él, no reacciono igual que cuando miro a Filomena. La mirada se me suaviza, tiene menos de reproche y más de diversión. Breogana reclama mi atención de nuevo:
—Respira hondo. Sígueme. ¿Notas cómo lo hago?
Me paso la lengua por los labios, determinada a, al menos, intentarlo hasta el final.
Sigo su respiración. De alguna manera, la voy escuchando cada vez con más fuerza.
La replico lo mejor que puedo, mientras el resto de los presentes parecen contener las suyas. Dentro, fuera. Dentro, fuera.
—Muy bien. Cierra los ojos lentamente, Tamara.
Cogiendo aire y llenando los pulmones, lo hago. Y entonces, aunque ya no la veo, sigo pudiendo notar su respiración, sigo pudiendo seguirla.
Respiro hondo, cada vez más lento.
—Déjate llevar por tu propia alma. Suelta el peso que has traído hasta aquí.
Respiro. Respiro. Respiro.
—Estás aferrada a él, Tamara. Abre los dedos. Abre tu alma. Suéltalo, no te deja avanzar. No puedes ver con claridad, porque te tapa.
Y… suelto.
Los colores vienen despacio, como si los absorbiera al igual que el oxígeno, con mi respiración. Se cuelan en las rendijas de mi mente, parpadean en mis ojos y se establecen. Se alargan.
Primero son solo trazos, luego se vuelven algo mucho más nítido que nada de lo que jamás haya imaginado.
Una niña, con los ojos grandes y tristes, se acerca hacia mí despacio.
Lleva el cabello recogido en dos coletas, un vestido que parece antiguo y a su lado camina una gata negra como el azabache.
Cuando llega hasta mí, alza la mano, con expresión seria, y no pasa nada más.
Nada, hasta que clava sus ojos en mí (aunque toda ella esté en mí, toda ella sea yo) y sonríe.
Sonríe y mis comisuras la imitan a la inversa: se caen con fuerza, algo en mi pecho retorciéndose de dolor. Nuestro alrededor se vuelve una neblina densa, turbia, en la que no hay cabida para nada que no sean ella, yo y todo lo que se está desvaneciendo en nosotras.
Ella ladea la cabeza, yo me llevo la mano al pecho e intento hablar.
No puedo. O no quiero.
No lo tengo claro.
Me cuesta pensar cuando la tengo delante.
Me cuesta respirar con esto dentro del pecho.
Me cuesta llorar por algo que no conozco.
Nos miramos largamente, descifrándonos. Comprendiéndonos.
Boqueo. Pone una mueca.
Da una palmada… y sé que va a desaparecer. Una punzada de dolor se extiende por mi pecho, me recorre y me envuelve, y soy dolor. Sé que, si desaparece, yo lo haré con ella.
No quiero. Extiendo una mano hacia ella, trato de avanzar, pero mis piernas no responden, mi cuerpo no me pertenece.
Me fallan las fuerzas…
Y, entonces, despierto.
Me tiembla la mandíbula cuando abro los ojos, y tardo unos instantes en darme cuenta de la expresión con la que me miran tanto Filomena como Miguel.
Son sus rostros los que me indican que he estado llorando antes de llevarme las manos a las mejillas y descubrírmelas mojadas.
—¿Qué has visto, Tamara? ¿Qué se te ha mostrado?
«Estoy loca», pienso. «Ahora, yo también estoy loca».
Me cuesta mucho hablar, en parte por el casteñeteo de mis dientes, pero también porque, de pronto, me duele muchísimo la cabeza. Como si despertara de una resaca muy potente.
Trago saliva, y me rasca la garganta.
—Yo… he visto una niña pequeña. Una niña pequeña que parecía triste. A su lado iba una gata negra, preciosa.
Una parte de mí se siente ridícula al decirlo en voz alta; la otra, como si así tuviera que suceder.
Breogana asiente con una tranquilidad que me hace sentir un poco menos lunática. Aunque mi parte más racional me esté gritando que se me ha ido la olla.
—¿Qué hacía la niña?
—Avanzó hacia mí. Me tendió la mano. Y, entonces, sonrió.
Los ojos de la bruja brillan satisfechos. Asiente de nuevo y retira su mano de entre las mías. Cuando lo hace, es como si un interruptor se apagara dentro de mí. Como si la conexión con mi alma se hubiera vuelto a perder.
Por un segundo, siento la misma pena que se reflejaba en los ojos de la niña.
Y por una vez, cuando Breogana habla, la escucho con la atención de un devoto que está ante su sacerdote:
—Solo nos ata lo que nos duele. Tu amarre tiene una única solución, y esa eres tú. Tú tienes que decidir lo que te amarra, y tienes que romper ese nudo. Sin embargo, piénsatelo bien: no todos los amarres son algo que queramos dejar marchar. Y el nudo, una vez se rompe, lo hace para siempre.
Trago saliva. Pero ella no ha acabado. Y Filomena la observa como si estuviera contemplando una puesta de sol, como si no hubiera nada más hermoso que pudiera desplegarse ante sus ojos.
Breogana se levanta, decidida, y se dirige a otro de los pocos muebles de los que consta esta sala: una cajonera del mismo blanco que lo invade todo.
Unos segundos después, encima de la mesa hay dos velas: una blanca y una negra, y unas ramitas de lavanda.
—En la próxima luna llena, purifica el aire quemando la lavanda.
Luego enciende la vela blanca para llamar a la paz y la vela negra para cerrar el ciclo.
Escribe en un papel lo que quieres borrar y quémalo en la vela negra.
Es importante que se empiece a quemar por el principio de la frase, no queremos que los espíritus entiendan mal tus intenciones. ¿Entendido?
«Lo que entiendo es la pasta que me va a costar irme a casa con dos velas y unos cachos de planta», no puedo evitar pensar, pero asiento.
Ella se estremece:
—Percibo en ti la desconfianza. Y eso es peligroso, Tamara: confiar es parte importante del proceso. No puedes romper algo si ni siquiera crees que existe.
Asiento de nuevo, incapaz de decir nada para contradecirla. Aún me late con fuerza el corazón, como si acabara de bajarme de una montaña rusa.
Y, entonces, Breogana se gira hacia Miguel.
—Y tú, muchacho, ¿qué necesitas?
Ver a una chica de nuestra edad llamar «muchacho» a Miguel resulta surrealista, pero supongo que, en comparación de todo lo que llevamos vivido hasta el momento, no es para tanto.
Yo sigo aún paralizada por la especie de viaje astral que me ha sacudido, aunque poco a poco siento que vuelvo a la normalidad.
Miguel sigue con expresión tranquila, pero en silencio. Aunque transmite calma, tengo la sensación de que esconde un mar embravecido. Cómo puedo verlo con tanta claridad… no tengo ni idea.
El ambiente se vuelve denso, masticable. Y, entonces, baja la cabeza.
—Vine aquí para hacer un amarre a mi exnovia, Raquel —acaba diciendo.
Me fijo en que no ha dicho que lo necesite . Se ha limitado a explicar los hechos.
Es evidente, por la mirada que le dedica Breogana, que ella también se ha dado cuenta.
Pero debe estar más que acostumbrada a no estar de acuerdo con las decisiones y las peticiones de la gente que viene a verla, así que no dice nada al respecto.
Sigo su ejemplo, porque si la bruja a la que está pidiendo el amarre no tiene nada que objetar, mucho menos debe hacerlo una semidesconocida que no tiene ningún derecho a opinar sobre su vida.
Resulta que ser bruja (o meiga, en este caso) es un curro más. Como a mí cuando me pasan una factura por algo que la empresa no necesita , pero la tramito igual, esta mujer ofrece sus servicios de la misma manera.
¿Es buena idea? Pues parece que eso solo lo sabrás si lo intentas.
O si decides no hacerlo.
Trago saliva.
—¿Qué tipo de amarre? ¿Hay amor aún entre vosotros?
Otro silencio, y de repente siento que no debería estar aquí. Que deberíamos haber tenido nuestras sesiones por separado. O quizá no es que no deba , sino que no quiero estar presente.
Algo dentro de mí se sacude de manera visceral ante esta situación.
—Siempre habrá amor entre nosotros. Estuvimos juntos cinco años. Nos queremos mucho.
Y lo que sea que se sacudía recibe una puñalada en un punto vital y agoniza hasta callarse.
Dejo caer los hombros, junto con la esperanza de algo que ha desaparecido antes siquiera de materializarse.