Soltando amarres 29
63%

29

FILOMENA

Estoy en shock .

Y jamás me había pasado, así que me siento como un cervatillo que acaba de nacer y aún no sabe poner una pata delante de la otra.

O más bien una jirafa, porque esos partos son terroríficos: la cría directamente se cae desde una altura considerable y, paf, ya se supone que tiene que apañarse por el mundo.

Así que eso ha sido para mí reencontrarme con Uxía: un maldito parto de jirafa.

Ya cuando se me asienten los pensamientos busco una metáfora mejor.

Uxía es la misma y, a la vez, totalmente diferente. Es como si su versión de diecinueve años hubiera digievolucionado en algo mucho más grande, más caótico. Su energía desborda, te envuelve, lo llena todo… Y eso que es bastante difícil llenar esta casa más de lo que ya está.

Esto antes no era así, claro. Recuerdo la casa de sus padres, en el barrio de Salamanca de Madrid. La pulcritud, las figuras de cristal carísimas detrás de vidrieras aún más caras.

Supongo que esto es lo que pasa cuando te crías entre cristales. Que es muy muy sencillo romperte… o que lo rompas todo.

Y una vez haces pop, ya no hay stop. Como con las Pringles.

O, en este caso, una vez haces diógenes , ya no hay vuelta atrás. Porque en el salón de esta casa podría estar creciendo una familia entera de gnomos del bosque y sería imposible darse cuenta.

La pregunta correcta es: ¿ha cambiado tanto o siempre ha sido así en el interior, pero nunca habían dejado que saliera?

¿Ha dejado de hablar con sus padres y se ha desatado? ¿Esto es lo que estaba buscando cuando decidió volver a Galicia?

Y lo que es más importante: ¿esto es algo a lo que yo podría… sobrevivir?

Cuando nos acompaña a otra sala, el shock es aún mayor.

Más que nada porque es radicalmente opuesta a la otra: está prácticamente vacía. Sus paredes son de color blanco, la enorme mesa en el centro también. Es como si, de repente, nos hubiéramos adentrado en el despacho de una psicóloga especialmente obsesionada con el orden.

—Madre mía…

Tamara se lleva las manos a la cara, y me da rabia porque noto que, en ese momento, todo el escepticismo del que siempre ha hecho gala y que estaba empezando a evaporarse vuelve con toda la fuerza del mundo. Como un tsunami.

Reconozco que, en general, hasta a mí me está costando defender esta movida.

Además, mi cuerpo está haciendo cosas raras. Cada vez que miro a Uxía (Breogana, Filomena… este último soy incapaz de asociarlo a ella), un ramalazo de algo viscoso se extiende por mi pecho.

¿Es nostalgia? ¿Morriña, ahora que estamos en Galicia?

«Siempre tendré morriña de ti», es lo que nos decíamos. Lo que murmuró en mi oído antes de despedirnos para siempre.

Teníamos diecinueve años y ni idea de la vida, y sabíamos que lo que sentíamos la una por la otra era demasiado fuerte como para soportar la idea de la distancia. Decidimos olvidarnos. ¿Qué hubiera pasado si no hubiera sido así?

Que quizá no me hubiera pasado los últimos cinco años pensando en esa misma pregunta.

Sacudo la cabeza, sin importarme que lo vean.

Ella ni siquiera me recuerda. Tengo la sensación de que yo podría reconocerla en cualquier parte, dentro de cincuenta años, a través de la niebla. Mi corazón sabría que es ella. Y, sin embargo, ella…

Supongo que yo tenía razón cuando dije que siempre la echaría de menos, y ella decidió que su morriña estaba solo reservada a Galicia.

Y, con este pensamiento, sonrío. A veces, me obligo a sonreír porque he descubierto que me ayuda a superar cualquier momento malo. Es como si mi cuerpo se convenciera de que, si estoy sonriendo, no estoy tan mal.

Tamara opina que es siniestro. Yo lo encuentro reconfortante.

Uxía toma asiento en una de las sillas y nos indica que hagamos lo mismo alrededor de la mesa blanca.

Cuando lo hacemos, un sonido muy peculiar lo invade todo. Nos miramos los unos a los otros, confusos, hasta que:

—¡Ha sido la silla! —promete Tamara, roja de la vergüenza.

—Tam Tam, que ya sabemos que es un amarre. No hace falta que lo volvamos a oler.

Meterme con ella y recibir su codazo me hace asentar más la sonrisa y, por tanto, que mi alma vuelva a la tierra, con ella.

No tiene ninguna culpa de que mi propia misión haya sido tan desastrosa.

Aún estamos a tiempo de centrarnos en lo suyo.

Que Uxía no me reconozca no significa, ni mucho menos, que este viaje haya sido en vano.

Al fin y al cabo, lo importante es Tamara. Y mi amor por mi amiga es lo suficientemente fuerte como para merecer todos los viajes de seiscientos kilómetros y todos los corazones rotos que hagan falta.

—Me da la sensación de que esto es una anécdota que quiero conocer—dice Miguel entonces.

—Por encima de mi cadáver —asegura Tamara, con una mirada tan seria que me hace reír.

Y cuando lo hago, me sorprende un sonido, una especie de carraspeo o de chirrido que proviene de Uxía. Al mirarla, me doy cuenta de que sus ojos se han abierto como platos.

Abre la boca y la cierra, y por primera vez distingo a esa muchacha tímida que una vez me besó bajo la lluvia.

Y sé que ha vuelto antes de que ella misma se percate:

—¿Filomena? ¿Eres tú?