Soltando amarres 28
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Después de dejar a las pequeñas bestias bien alimentadas y tranquilas en el piso de arriba, y de que yo me escandalice porque Filomena nos ha levantado a las ocho de la mañana (está loca), conseguimos que Miguel vaya a por churros a una cafetería de la zona y desayunamos en el pequeño salón, junto a la ventana que ayer nos mantuvo con los ojos pegados a la playa.

Las vistas siguen siendo impresionantes.

La verdad es que Combarro es precioso. No he viajado mucho en mi vida y, no sé por qué, pensaba que cuando lo hiciera sería saliendo del país, yendo a alguno de esos destinos típicos como Roma, París o Londres.

Pero de alguna manera me cuesta pensar que cualquiera de esas ciudades masificadas me fuera a gustar más que esto.

Imposible superar la luz de Galicia entrando por la ventana, la tranquilidad de la playa a lo lejos y el silencio. El silencio que lo envuelve todo.

No te haces a la idea del ruido que puede haber en Madrid hasta que experimentas esto. Si ahora mismo me preguntaras qué deseo más que nada en el mundo, sería mudarme aquí. Entiendo a Breogana/Filomena, yo también lo haría.

Una hora más tarde, estamos duchados y saliendo por la puerta.

Filomena se aferra al papel con la dirección, manteniéndolo siempre cerca de su pecho, y yo me dedico a observarla con preocupación. Mis propios problemas (amarre y esas cosas) se han disipado y mi prioridad hoy es que ella esté bien.

No hemos podido hablar mucho sobre cómo se siente o qué espera de este reencuentro. Y en cualquier otra situación, aunque a mí me guste hablar más que a ella, hubiera intentado que se abriera y me contara qué le está pasando. Qué espera, qué teme. Cualquier cosa, en realidad.

Nunca había llegado el momento en el que algo era demasiado grande como para que lo habláramos. Y eso lo marca, subrayado y en mayúsculas, como un problemón.

Se ha arreglado incluso más que de costumbre.

Luce una trenza de espiga que le añade elegancia al ya de por sí elegantísimo traje chaqueta color azul oscuro.

Ha encontrado una plancha en el alojamiento que ha empleado para dejar impoluta la camisa blanca, y Miguel y yo la hemos observado sin decir nada mientras nos vestíamos con la misma ropa que el día anterior sin ningún tipo de remordimiento.

Los rizos de Miguel están mojados y él parece tranquilo.

—¿Tienes ganas? —me pregunta entonces.

«Muchas», pienso al encontrarme con sus ojos. Pero luego parpadeo.

—¿De qué?

—Del desamarre.

No sé si hay otra pregunta debajo, enterrada en esas palabras. Si se parece en lo más mínimo a mí o ha sentido algo similar a lo que yo he sentido estos días, debería haberla.

—Sí, supongo que sí. Siempre es bonito que Filomena deje de darte la turra. Y tengo curiosidad por ver si tenía razón.

—¿Crees que es posible que no sea un amarre, después de todo?

Miro de reojo a mi amiga, que camina tan encerrada en su mundo que no se entera de nada de nuestra conversación.

Las calles de Combarro están tranquilas a estas horas de la mañana.

La luz sigue siendo preciosa y, aunque estoy acudiendo a un momento que debería ser de los más importantes de mi vida, solo siento… paz.

Esa misma paz que Miguel dice que llevo dentro.

Suspiro.

—La verdad es que estoy convencida de que no lo es, y al mismo tiempo tengo esperanzas de que lo sea.

Veo en sus ojos que se muere de ganas de preguntarme por qué, pero el tamaño de este pueblo juega en su contra, porque en ese momento llegamos a una pequeña casa, un poco diferente del resto, algo alejada, y Filo se detiene justo en su puerta.

Los tres intercambiamos una mirada muy significativa y, por primera vez, veo a mi amiga dudar.

Ahí, plantada frente a la puerta de hierro de esta casa de piedra, duda y no parece ella. Y, entonces, doy un paso adelante para ponerle una mano en el hombro.

—Estás lista —le digo—. Estás lista, eres maravillosa y llevas queriendo esto tanto tiempo que ni siquiera has sido capaz de reconocértelo a ti misma. Así que no te permitas dudar.

No me mira, pero cubre mi mano con la suya y me da un apretón antes de asentir.

Cuando llama al timbre, casi espero algo distinto al sonido chirriante al que estamos acostumbrados, pero, como ya viene siendo habitual en mi experiencia con brujas (esta es la tercera que conoceré, así que casi me puedo considerar una experta), todo se rodea por una normalidad que contrasta con su propia esencia.

Como si la magia fuera, en resumen, lo más normal del mundo.

La puerta tarda en abrirse, aunque cuando lo hace no tiene pinta de que la propietaria de la casa haya perdido un solo segundo en asomarse por la mirilla.

Me figuro que es lo que sucede al vivir en un pueblo: esa sensación de seguridad de que, casi con total probabilidad, la persona que se encuentre al otro lado siempre será alguien conocido.

Su aspecto está a medio camino entre lo que hubiera esperado de una bruja de tanto renombre (ropas holgadas, cabello recogido en una diadema amplia, numerosos anillos y collares) y ciertos rasgos que no me cuadran para nada (el cabello rubio platino, los ojos azules, el piercing en la nariz).

Sin embargo, es su reacción al vernos la que dista de verdad de cualquier cosa que pudiera haber imaginado.

No se sorprende, aunque tampoco parece demasiado contenta.

Más bien, Breogana (me niego a llamarla Filomena, la verdad, bastante tiene ya mi pobre mente) nos observa con la desconfianza de quien mira a tres desconocidos.

Por un segundo, de verdad que contemplo la posibilidad de que nos hayamos equivocado de casa.

Pero Filomena (la de verdad, la mía) se ha quedado en estado de shock , con los ojos fijos en la bruja y la mandíbula tan abierta que parece que se le vaya a caer, así que tiene que ser ella sí o sí.

Alzo el brazo para cerrarle la boca a mi amiga (y mantener un poco su dignidad) antes de deducir que me va a tocar hablar a mí:

—¿Es usted… la bruja?

No puedo evitar una pequeña mueca al pronunciar la pregunta, porque jamás en todos los universos me hubiera imaginado a mí misma diciendo este tipo de cosas. Y mucho menos tratando de parecer convencida al mismo tiempo.

—Depende de quién pregunte. —Frunce el ceño, aún aferrada a la puerta que no ha llegado a abrir del todo—. Si es la pasma, no.

—Uy, la pasma . —Silbo—. No, qué va. Somos tres personas normales y corrientes.

—Aunque decir eso suena a que somos la pasma encubierta —interviene Miguel, y yo le fulmino con la mirada. Se limita a encogerse de hombros—. Es como decir: «Aquí no hay nada sospechoso». Lo primero que piensas es que hay algo muy sospechoso.

—Es verdad —coincide Breogana. Luego, clava sus ojos en Filomena—. ¿Y a esta qué le pasa?

«Esta» resuena en mi mente de la misma manera en la que me supongo que lo hace en la de la aludida, que consigue sacudir la cabeza para aclararse la garganta.

—Nada.

—¿Habéis pedido cita?

—No. Venimos sin reserva —dice Miguel, y se queda tan ancho—. Pero hemos viajado desde Madrid para verte. Nos han dicho que eres la mejor.

Lo último parece dar con la tecla adecuada porque, aunque aún se lo piensa un segundo más, se aparta para dejarnos pasar.

—A la izquierda. Haré un té. Sentaos donde queráis.

«Sentaos donde queráis» resulta ser… más complejo de lo humanamente posible. La sala de la izquierda es una especie de consulta, pero, si la de Dorotea en Madrid me había parecido caótica, esta es directamente surrealista.

La primera que alucina es Filomena, y así lo refleja su cara: sus ojos se mueven de manera frenética en todas direcciones, analizando la cantidad absurda de trastos que lo llenan todo.

Es una sala bastante amplia, que me imagino que podría costar una auténtica millonada si se alquilara en Madrid, y cuento al menos una docena de asientos, pero ninguno está disponible.

Los dos sofás principales están hasta arriba de cachivaches.

Y juro que, hasta el momento, la palabra «cachivaches» no había tenido demasiado sentido dentro de mi cabeza.

Pero ahora lo entiendo : son aparatos, en su mayoría de metal, apilados los unos contra los otros.

Cubos, sartenes, estructuras que no sé ni para qué sirven…

Y, entre ellas, telas, de todos los colores.

En cuanto a los dos sillones, tampoco son una opción porque encima de ellos duermen, a pierna suelta… En uno, un dogo gigantesco que apenas cabe. El tremendo perro ni siquiera nos mira, y ronca con la boca abierta.

En el otro sillón hay media docena de ratas.

Entre medias, hay algunos pufs, pero de aspecto tan antiguo que temo que no estén rellenos de nada, solo de esperanza.

En las paredes, los pósteres de paisajes y personas famosas se amontonan como si estuviéramos dentro de uno de esos bares. Sí, uno de esos. Todo el mundo sabe a lo que me refiero.

—Hoy, en Callejeros viajeros … —susurra Miguel, rompiendo un silencio que solo estaba amenazado por los ronquidos del perro.

—¿Cómo nos va a arreglar la vida una persona que vive… así? —se me escapa en otro susurro, aunque automáticamente después miro por encima de mi hombro para cerciorarme de que la bruja no me ha escuchado.

—Esto no… Esta no es… ¿Qué le ha pasado?

Filomena boquea como un pececillo, observándolo todo como si le acabaran de descubrir que estamos viviendo en Matrix y pensara que en cualquier momento va a despertar.

—Ah, ¿no os queréis sentar?

La voz de Breogana nos asalta de pronto, y damos un respingo mientras le dejamos paso de manera instintiva. Viene con una bandeja de metal reluciente; sobre ella reposan cuatro tazas de té humeante.

En cuanto ella entra en la habitación, es como si la energía cambiase.

Aunque culpo a este maldito viaje de que mi mente haya llegado a formar un pensamiento de ese tipo.

Pero el caso es que es pisar la primera baldosa y las ratas desaparecen, al mismo tiempo que el perro suelta lo más parecido a un «¿uh?

» que puede pronunciar un animal y se levanta, estirándose de manera perezosa y dejando una cantidad brutal de pelos tras él al marcharse, como en una humareda.

—Por querer… queremos muchas cosas —dice Miguel, metiendo las manos en los bolsillos.

Breogana deja la bandeja en lo alto de la mesilla de centro, que tiene tantas revistas acumuladas que nos llega ya por la cintura, y nos ofrece el té.

—No, gracias… —murmuro yo—. No tengo hambre.

«Y estoy segura de que eso habrá que masticarlo, no me preguntes por qué».

Se encoge de hombros antes de coger ella misma una taza. Le echa miradas de reojo a Filomena de vez en cuando, como si sospechara que algo está pasando, algo que se le escapa.

—Antes de nada, tengo que advertiros de que mis servicios no son gratuitos. No sería la primera vez que alguien viene aquí, aunque sea de tan lejos, pensando que trabajo por caridad.

—Lo sabemos —se apresura a aclarar Filomena, y nunca, en toda mi vida, la hubiera imaginado así de apurada.

—Bien. Depende de lo que necesitéis, la tarifa será una u otra. Los extras os serán comunicados, si es que hay alguno durante el camino. ¿Entendido?

«Extra de buen yuyu, diez euros», pienso sin poder evitarlo. «Extra de deshonra sobre tu vaca para tus enemigos, veinte euros».

—¿Por motivos de confidencialidad, esta llamada puede ser grabada? —pregunta Miguel con voz robótica, y yo le doy un codazo.

—Entendido, señora.

—No me hagas la pelota con eso de «señora»; no rebajará el precio.

Asiento vigorosamente. Y, entonces, Breogana da un sorbo largo a su taza de té, la vuelve a dejar con un sonoro clonc sobre la bandeja y da una palmada:

—Estupendo. Entonces, hagamos magia.