27
Es Filomena la que nos pilla «solo durmiendo» y nos despierta como una cabrona absoluta. Por un segundo, estoy convencida de que se las ha apañado para conseguir una trompeta, hasta que me doy cuenta de que ha abierto YouTube y tiene el altavoz del móvil a máxima potencia.
—¡Arriba, gandules! ¡Hoy es día de magia! Y alguien tiene que ir a por el desayuno. Y ese alguien no voy a ser yo. Aún me duele la espalda porque me dejasteis despatarrada en ese sofá. Debería daros vergüenza.
Miguel protesta entre gruñidos, aún medio dormido:
—¡No había manera de despertarte!
Filomena suelta algo parecido a un bufido y después desaparece de la habitación. Y yo aprieto los ojos una vez más antes de ser consciente del todo de dónde estoy. Y de cómo estoy.
El brazo de Miguel sigue rodeándome y no solo eso, sino que su pierna está entre las mías.
Y creo que… creo que no había dormido tan bien en toda mi vida.
Y eso, para mí, es decir muchísimo.
—Buenos días —escucho entonces, en mi oído.
Cuando giro la cabeza, no sé por qué, casi espero que no sea Miguel el que esté ahí. Es su voz, es su calor… pero encontrarme con sus ojos es lo que me lo confirma, y ese mismo calor sube por mis mejillas hasta aferrarse a mí casi más que sus manos.
Casi.
—Buenos días —susurro a mi vez, y luego miro hacia abajo para observar su brazo en mi cintura.
Es ahí cuando Miguel se da cuenta y se separa de golpe, con un carraspeo avergonzado.
—Perdona…
—No, no te preocupes. Está bien.
«Está muy bien ».
Intercambiamos una sonrisa tímida y yo intento relajar mi mente, que está funcionando a toda velocidad.
¿Le acabo de poner los cuernos a Jose?
¿Por qué no me importa demasiado?
Y, sobre todo, ¿por qué me había olvidado de la existencia de mi novio hasta este preciso momento?
Mis pensamientos se ven interrumpidos por un sonido que, por un momento, me descoloca. No es hasta que noto un movimiento a la altura de mi tripa que lo veo: la gatita negra, Meiga, hecha una bolita contra mí.
—Pero ¿qué haces aquí?
Miguel se da por aludido y comienza a hablar rápido, algo que nunca le he visto hacer hasta el momento. Lo que solo puede significar que está extremadamente nervioso:
—¿Eh? Pero si me dijiste que podía dormir… ¿Te refieres a algo más filosófico? En plan, ¿aquí, contigo…? Pues no lo sé, Tamara, no sé si deberíamos hablar…
—No me refería a ti —le corto, porque no quiero que siga hablando. Porque no quiero lo que sé que pasaría si termina esa frase—. Mira.
Y, entonces, Miguel se encarama sobre mí para observar lo que le señalo y, cuando se da cuenta, su sonrisa es tan amplia que, de pronto, el cuarto parece tener más luz.
—Vaya, ¿cómo ha trepado a la cama? Si es enana.
—Pues no tengo ni idea…
—Está claro que sabía dónde quería estar.
Intercambiamos una mirada extraña pero bonita, y luego él carraspea y se levanta de un salto. En menos de dos segundos, se ha sentado en el cojín con Diana y la levanta con delicadeza.
Observo cómo la pone contra su pecho y luego se tumba sobre los cojines y las mantas. Cuando está totalmente en horizontal, suspira.
—Creo que, en realidad, deberíamos haber dormido así.
Y entonces compartimos una sonrisa. Le agradezco que intente hacer bromas al respecto. Le agradezco… Le agradezco muchas cosas, en realidad.
Nos quedamos así, tumbados, cada uno abrazando a una gatita, sin decir nada, durante lo que parece una eternidad.