25
—Jamás había comido tanto en toda mi vida. ¿Cómo se llamaba ese manjar de los dioses?
Filomena tiene la mano sobre su tripa y está destartalada en el sofá. Se ha desabrochado el botón del pantalón y aun así, no sé cómo (no me lo preguntéis, si lo supiera no llevaría estas pintas siempre), todo su outfit sigue estando perfecto. Maldita sea.
— Zamuriñas —dice Miguel.
—Zamburiñas —le corrijo yo—. Estaban muy ricas. Pero mi favorito ha sido el pulpo.
—¡Oh, el pulpo! —La expresión soñadora de Filomena nos hace reír.
—Las mejores vacaciones de su vida —susurra Miguel en mi oído, y yo me apresuro a asentir.
—Menos mal que os he engañado para venir —dice entonces Filo, demostrando que nos ha oído a la perfección.
—Ah, a mí no me ha engañado nadie —se defiende Miguel.
—¿Cómo que no? ¿Quién crees que le sugirió a Dorotea que un amarre te vendría fenomenal?
La cara de Miguel, entonces, es un poema. Abre mucho la boca y los ojos hasta parecer un dibujo animado, y creo que es la combinación de su expresión estupefacta con la expresión satisfecha de Filo lo que hace que se me escape una estruendosa carcajada.
Los dos interrumpen su duelo de miradas para clavar los ojos en mí.
—¡A ti también te han pringado! —consigo decir, entre risas y señalándole con el dedo.
—Necesitábamos un medio de transporte —se justifica Filomena, mostrando exactamente cero unidades de arrepentimiento.
Conociéndola, sí que puede haberle dado palo haberme engañado a mí con todo lo de la falsa Breogana, pero, por mucho que Miguel le haya caído en gracia desde el principio, le dará igual que se sienta utilizado.
Filomena es muy leal, pero lo es a muy poca gente.
Siempre me he sentido muy privilegiada por ser una de las pocas seleccionadas.
Al final, Miguel acaba suspirando de manera dramática:
—Solo me queréis por mi coche.
—Y tengo que reconocer que esperaba algo mejor. No quería ser yo la que te lo dijera, pero tienes un coche de mierda.
—¡Filomena!
Pero no soy capaz de imprimir a mis palabras ninguna seriedad, porque vuelvo a carcajearme. Y, en este caso, Miguel se une a las carcajadas.
Me levanto para ir a por un vaso de agua a la pequeña cocina y pronto noto su presencia a mi espalda.
—Lo he pasado muy bien —dice entonces—. Me ofende personalmente que te consideres una persona aburrida. Todo lo que dices es ingenioso y tienes una forma de ver la vida muy divertida.
No me giro para mirarle, porque tengo las mejillas al rojo vivo.
—Bueno, pero no tengo ninguna afición en general. Todo el mundo es apasionado de algo: Filomena, de sus movidas de brujas; tú, de los videojuegos y de las historias. ¿Yo? Mi mejor plan de viernes noche es pasármelo tirada en el sofá, viendo nada en particular en la tele hasta quedarme dormida.
—Pues me parece un buen plan. Además, seguro que da igual lo que estés viendo, soltarás un comentario de los tuyos en algún momento y ya será el mejor programa del mundo.
Lo dice así, tan… fácil. Como si ir soltando las cosas más bonitas que me han dicho en toda mi vida no fuese un esfuerzo, como si ni siquiera lo considerara algo importante.
—Además, dormir es genial —concluye, y entonces sí que me doy la vuelta, ya con el vaso en la mano.
—¿A que sí…?
Me doy cuenta en ese momento de lo cerca que nos hemos quedado. Es tarde (debe de estar entrando ya la madrugada) y la única luz que nos alumbra proviene del fluorescente que alumbra a duras penas esta pequeña cocina.
—Claro. Es lo mejor que hay.
Él no parece darse cuenta de lo que está pasando. De lo cerca que estamos. Así que quizá… quizá no esté pasando nada en absoluto.
Carraspeo y doy un tentativo paso hacia atrás, rezando por que no se note demasiado lo nerviosa que me acabo de poner.
—Filo te diría que esa es mi verdadera pasión.
—¿Una siesta un domingo por la tarde? También es la mía.
Me río, y me relajo un poco mientras apuro el resto del vaso de agua y lo dejo en el fregadero.
Pero Miguel no ha terminado de hablar:
—¿Una siesta después de un buen polvo? La gloria más absoluta.
Y ale. Ya no estoy relajada. No estoy relajada en absoluto.
Porque, cuando alzo la mirada, me encuentro con los ojos de Miguel, esos ojos que ahora sé que son del color del chocolate con leche y que no se despegan de mí.
Que no intentan ocultar que puede (puede) que haya alguna intención oculta detrás de sus palabras.
Me quedo sin respiración, con la garganta seca.
Y algo… algo pasa en mi interior y desciende hacia abajo, lentamente.
No es lo que ha dicho. Es evidente que hay millones de cosas mucho más seductoras que esa. Es cómo lo ha dicho. Con esa tranquilidad despreocupada, pero rematando la frase con una especie de ronroneo, como si saborease el solo pensamiento.
Como si pudiera… imaginárselo.
«¿Cómo puede hacer tanto calor a estas horas?», pienso frenética.
Y carraspeo de nuevo, para ganar tiempo. Como ese tiempo no funciona, le rodeo para volver al salón.
—Es tarde. Y ya hemos quedado en ir a ver a la bruja a primera hora, para que no se nos escape. Deberíamos dormir.
—Deberíamos…
Hay algo parecido a la resignación en su voz, solo que se entremezcla con algo que no soy capaz de identificar.
—Buenas noches, Miguel.
Y sin mirarle siquiera (porque no sé qué pasaría, ni en mí ni en él, ni en nosotros, si lo hiciera) subo las escaleras para encerrarme, con la respiración agitada, en el cuarto.
Lo siguiente en cerrarse son mis ojos, y solo los abro cuando noto algo restregándose a mis pies. Meiga ha venido hacia mí nada más entrar, y observo con el corazón encogido cómo se hace una bolita encima de mi zapatilla. Me embarga la ternura.
Me quedo en esa postura mucho tiempo, hasta que acuso el cansancio y decido que tengo que ponerme el pijama e irme a dormir.
Ahora entiendo eso que dicen los dueños de gatos de que, cuando uno te elige para ponerse encima de ti, no puedes moverte.
El chillidito de protesta que suelta Meiga cuando la despierto y la cojo en brazos me rompe el corazón.
La dejo junto a su hermana, que sigue dormida en los cojines que hemos colocado en el suelo para ellas, cubierta por una de las mantas.
Es probable que Filo y yo pasemos frío esta noche, pero merecerá la pena.
Lo que no sé es por qué mi amiga estará tardando tanto en subir, ¿se habrá quedado hablando con Miguel… ?
Me estoy abrochando el pijama cuando alguien llama a la puerta, y yo frunzo el ceño de manera automática.
Mi amiga no llamaría, entraría sin más (por algo mi habitación en Madrid tiene un pestillo muy bonito), así que avanzo pensando que quizá tema atropellar a alguna gatita si no entra con cuidado.
Pero quien me espera al otro lado de la puerta es Miguel, que se ha puesto también el pijama, y yo solo tengo un segundo para darme cuenta de que tengo el mío a medio abotonar, no llevo sujetador y esto no es algo que él debería estar viendo.
Pero es tarde: su mirada baja hacia mi pecho antes de volver a subir hacia mis ojos.
Nos observamos un segundo y luego él gira la cabeza mientras yo me termino de adecentar, con la cara roja como un tomate. Una vez ya están todos los botones donde deberían estar, carraspeo.
—¿Qué haces aquí? ¿Y Filomena?
—Sobadísima en el sofá.
—Oh. No me digas.
—Sí. Llevo un rato pensando qué hacer. Hasta le he sacudido el hombro un par de veces, pero ha puesto cara de cabreo y ha empezado a murmurar palabras en un idioma que juraría que no existe, así que me he acojonado.
—Ah, sí. A veces maldice en sueños.
Lo digo con la tranquilidad de quien ya está acostumbrada, pero Miguel abre mucho los ojos.
—No jodas. ¿En serio?
Asiento.
—Una vez busqué una de las palabras que decía y significaba «muerte» en arameo.
Miguel suelta un gimoteo.
—Ahora sí que no puedo despertarla. Te importa… ¿te importa que duerma aquí?
«Uh. ¿Me importa?».
Esto sí que no me lo esperaba. Yo venía preparada para que Miguel durmiera tranquilamente en el sofá cama y yo compartir esta con Filomena, como es lógico y natural.
Además, ¿quién comparte cama con un tío al que acaba de conocer?
Por mucho que estos dos días se hayan sentido como semanas, seguirían siendo eso… semanas .
—Te prometo que no intentaré nada raro —trata de bromear, apurado—. Si quieres, duermo en el suelo con las gatitas.
La sola imagen me hace sonreír un poquitín.
—¿No te daría miedo aplastarlas?
—La verdad es que sí.
—Justo por eso no las he subido yo a la cama —le confieso en voz baja—. Si no, me encantaría dormir con ellas.
—Entonces, prometo ser el mejor sustituto posible.
Se pone la mano en el pecho, a la altura del corazón, y yo me doy unos segundos más para analizar la situación.
No voy a dejar que duerma en el suelo. Y no veo más opciones si Filomena se ha quedado sopa en el sofá. Yo misma sé lo jodido que es despertarla cuando se pone rollo poseída del diablo.
Termino por suspirar.
—Claro, no hay problema. Pasa.
Tengo mucho cuidado de cerrar la puerta después de comprobar que Meiga y Diana siguen a buen recaudo en su mantita.
—¿Qué lado es el tuyo?
—Eh… Ninguno. Soy ambidiestra de camas.
Se ríe.
—¿Ves? Ingeniosa.
—¿Y el tuyo?
No sé por qué, pero de repente me muero de ganas de saberlo.
—El de abajo.
Me mira, muy serio, y yo boqueo ante la información.
—¿En seri…? Me estás vacilando —concluyo al observar su expresión sonriente.
—Sí, pero no tengo problema en estar a tus pies. Creo que es donde he estado desde el minuto uno.
Se encoge de hombros y se sienta en el lateral derecho de la cama.
Yo me muerdo el labio y hago lo mismo en el izquierdo. Por unos segundos, nos quedamos así, de espaldas el uno al otro.
Luego, los dos nos tumbamos boca arriba en un movimiento coordinado.
Y nuestras miradas se vuelven a encontrar.
—Habrá que poner normas —murmuro, muy seria.
Él asiente.
—Tú sigues teniendo novio —dice, y yo asiento—. Hay que respetar eso.
—Y tú quieres recuperar a la tuya. —Ahora es él el que asiente—. Eso también hay que respetarlo.
Un silencio. Nos miramos hasta que el ambiente se carga de algo tan denso que se me enrolla en la garganta. Cojo aire, desvío la mirada y me meto bajo las sábanas. Miguel hace lo mismo, aunque luce una pequeña sonrisita de diversión.
—¿Eres de hacer la cucharita mientras duermes? —pregunta entonces.
—¿Yo…? No. Nunca he…
Se me ha escapado, así que cierro la boca y no puedo evitar que el pánico se deje ver en mi expresión.
Miguel se incorpora sobre los brazos.
—¿Nunca has hecho la cucharita? ¿O nunca te la han hecho?
Un silencio. Y me avergüenzo, porque de alguna manera decirlo en voz alta suena aún más patético que en mi mente. Y en mi mente ya sonaba bastante desastroso, la verdad.
—Ninguna de las dos.
Dejo escapar el aire con resignación, y él me observa con tanta atención que parece que quiera memorizar mi cara para poder analizarla más adelante. Para poder determinar si me estoy quedando con él o de verdad jamás he dormido abrazada a alguien.
—¿No duermes con tu novio?
—Sí. A veces. Pero al principio me daba vergüenza sugerirlo y después… ya se hubiera hecho raro.
Frunce los labios. El silencio y el ambiente vuelven a llenarse de ese… algo.
Algo que me deja expectante por saber qué viene después.
—Te voy a proponer una cosa, y vas a pensar que soy un raro —dice al final.
—Ya pienso que eres un raro —bromeo.
Me estoy oliendo por dónde va, aunque una parte de mí no quiere creérselo. Aun así, se me acelera el corazón y se me nubla un poco la vista. Nervios, supongo.
Qué tontería. Ni que fuera una adolescente.
—¿Te apetecería…? —Ahora es él el que carraspea, como si algo se le hubiera atascado en la garganta—. ¿Me dejarías abrazarte? Solo un rato.
—No tienes que hacer nada por pena, Miguel.
Me escuece el pecho al decir eso, pero más lo hace que sienta tanta lástima por mí que tenga que hacer este ofrecimiento.
—No es pena. Son ganas. Muchas ganas. Y es solo… dormir.
En sus ojos no se ve otra cosa que no sea honestidad. Ni rastro de malas intenciones, o de mofa. Solo pura honestidad. Son tan transparentes como él.
—Pero lo que hemos dicho antes… —protesto, confusa—. Raquel. Jose.
Son intentos un poco vagos de ganar tiempo, o de convencerme a mí misma de que dormir haciendo la cucharita con este desconocido es la peor idea del mundo. Porque mi cerebro parece empeñado en no colaborar pensando nada parecido a eso.
—Yo ya no estoy con Raquel y tú quieres dejarlo con Jose. No creo que estuviéramos haciendo nada malo. Si solo dormimos.
—Si solo dormimos —repito en un susurro.
Recuerdo mis propias palabras, en el salón de mi casa, con Filomena. Lo mucho que echo de menos los mimos. Alguien que quiera abrazarme, alguien a quien, quizá, no tenga que pedírselo.
Alguien que lo ofrezca.
Tengo la cara tan roja que estoy convencida de que, si me la tocara, saldría ardiendo.
Pero Miguel no deja de mirarme, con los ojos claros, la expresión segura.
—¿No nos arrepentiremos mañana? —pregunto entonces.
—Solo hay una forma de averiguarlo.
Ni siquiera me doy cuenta de cuándo asiento.
Solo sé que él se vuelve a tumbar y se acerca a mí con suavidad, sin ninguna prisa.
Yo me doy la vuelta, un poco para facilitarle las cosas, otro poco para ocultarle mi expresión, porque estoy convencida de que cambiará en cuanto me toque y no quiero que se dé cuenta.
Tampoco puedo soportar ver la suya. No me apetece siquiera pensar demasiado en lo que estamos haciendo.
Siento como si fuéramos dos adolescentes descubriendo lo que es el amor.
«Qué chorrada», pienso, pero incluso en mi mente mi voz tiene un matiz melancólico.
Su contacto llega sin prisa, gradualmente. Pega su pecho a mi espalda y, cuando quiero darme cuenta, soy consciente de que no necesitaría las mantas que ahora están en el suelo, con las gatitas. Para nada.
Con Miguel pegado a mí, podría sobrevivir a una nevada en plena montaña.
Y me sobraría hasta el pijama.
Me rodea con un brazo mientras el otro tantea bajo mi cuello. Lo alzo para dejar que se acomode y, cuando me quiero dar cuenta, me está abrazando. Todo él. Entero.
Soy tan consciente de todo su cuerpo como lo soy del mío y de las partes de mí que están en contacto directo con una parte de él que parece, de pronto, un poco más contenta que nosotros.
—Perdón —susurra—. Si quieres que me separe, solo tienes que decirlo.
Pero no digo nada. Porque no quiero que lo haga. Por nada del mundo.
Y antes de que pueda darme cuenta, antes de que podamos recordarnos que esto era un experimento, que solo iba a ser durante un rato, los dos nos quedamos profundamente dormidos.