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El apartamento es una monada y la señora que lo regenta, un amor.
Es literalmente lo que piensas cuando te vienen a la mente las palabras «abuela gallega», aunque no puedo decir que la señora del bar en el que acabamos de estar no lo fuera también.
¿Todas las abuelas en Galicia me parecen la típica abuela gallega? ¿Es esto… racismo de abuelas? Me lo voy a tener que revisar.
El caso es que ni siquiera pone ningún problema con las gatitas, a pesar de que tanto Meiga como Diana han decidido que es el momento de dejar de portarse bien y en cambio ponerse a maullar como dos desquiciadas.
La pequeña casita cuenta con un piso de arriba con una cama doble y un piso de abajo con un sofá cama, una mini cocina y un pequeño baño.
Todo en tamaño tan reducido que incluso Miguel, que tampoco es que sea un chico enorme, parece un gigante paseándose por ella.
Las que sí parecen campar a sus anchas son las gatas, a las que hemos terminado dejando encerradas en el cuarto, para que no puedan ni hacerse daño ni liarla demasiado.
Después de juguetear un poco con ellas, darles de comer, montarles el arenero improvisado y comentar que el proceso es bastante parecido a cuidar de un Tamagotchi especialmente pesado, bajamos a la otra planta.
Porque lo mejor de esta casa, sin duda, son las vistas.
Asomados a la ventana del salón, nos quedamos embobados mirando el mar. Es probable que nos pasemos así, los tres, más de cuarenta minutos. En silencio, solo observando. Sintiendo la paz.
Hasta que Filo abre la boca:
—Chicos, está literalmente ahí. A unos metros. Ya que hasta mañana no podemos hacer nada… digo yo que podremos, al menos, dar un paseo por la playa, ¿no?
Y, por supuesto, no le hacen falta más palabras para convencernos.
***
Siempre me he sentido muy cómoda con el silencio, aunque haya una parte de mí que tiende a pensar que no debería.
Sé que la mayor parte de la gente lo considera un fracaso, algo que hay que llenar, pero a mí ya me llena.
Me deja lugar para pensar, para poner en orden mi cabeza, y cosas como el orden y la rutina siempre me hacen sentir más limpia por dentro.
Es mi propio ritual de purificación, si queremos llamarlo así.
Como en el resto de la vida, Filomena va delante, fijándose en todo, llenando sus manos de todo lo que le genera curiosidad.
En menos de media hora, ha recolectado diez conchas que no tienen nada de especial (a mis ojos), tres cristales pulidos (que yo considero basura) e incluso ha intentado llevarse un cangrejito vivo, pero este último se ha librado propinándole un pellizco con su diminuta pinza.
Es una playa pequeña, así que nos dedicamos a llegar hasta el muelle y dar la vuelta. Miguel y yo con tranquilidad, Filomena haciendo sus sprints , que hacen que parece que le haya dado un chute de cafeína de los malos, de los que te dejan en el hospital.
—¿Siempre es… así? —pregunta Miguel, rompiendo el silencio por primera vez.
—¿Filo? Claro. Es una fuerza de la naturaleza. A menudo me da envidia.
—¿Envidia por qué?
—Porque Filo nunca pasa desapercibida. Siempre deja huella, sea buena o mala. Como nuestras pisadas, hoy, en la arena.
—¿Y tú no?
Parece genuinamente curioso. Me encojo de hombros.
—Qué va. Yo soy más aburrida. Pero no pasa nada, hace mucho tiempo que lo tengo asumido.
Él parpadea dos veces y detiene su marcha, obligándome a mí a detenerme también. Luego, me sonríe.
—No eres aburrida, Tamara. Eres paz.
Para no variar, me toma por sorpresa.
—¿Paz?
—Claro. Eres la persona más tranquila que he conocido nunca. Y, aun así, eso no significa que no te importen las cosas. Por dentro de ti pasa mucho, pero lo hace fluyendo, como un riachuelo. Y, cuando sale, brilla. Pero con calma, no sé. Como una estrella.
—Eso que acabas de decir no tiene ningún sentido.
Miguel se ríe.
—Sí que lo tiene. Solo que nunca he sido muy bueno con las palabras.
Y, dicho esto, retoma el paseo, así que yo hago lo mismo.
—¿Tienes ganas de mañana? —le pregunto entonces, casi con timidez.
Su vista está centrada en la arena frente a él, en su camino, y supongo que es una buena metáfora para resumir lo que piensa en esos momentos. Qué camino tomar. Qué hacer.
Hace unas horas parecía habérselo pensado mejor. O, al menos, que ya no estaba tan seguro de lo del amarre. De su exnovia.
Y me gustaría preguntarme por qué, pero entonces me tocaría preguntar también por qué me importa, o qué respuesta quiero recibir. Y me niego.
—No lo sé. Creo que tengo ganas de que no funcione, ¿sabes?
De dejar de aferrarme a la esperanza de que todo lo que necesitamos es un empujón para volver a lo que éramos.
Que el empujón nos lo dimos nosotros, cada uno en una dirección diferente, en el último año.
Que esa fuerza puede contrarrestarse de alguna manera.
—Muy filosófico —susurro, porque no se me ocurre nada más que decir.
—Pero no creo que se pueda volver al pasado —sigue hablando, con actitud distraída y metiendo las manos en los bolsillos—. Si se pudiera, todos viviríamos ahí y nada avanzaría.
—A mí no me gustaría vivir en el pasado.
Mis palabras consiguen romper su trance, y me mira con los ojos bien abiertos. Me doy cuenta de que son un poco más claros de lo que se percibe a cierta distancia. Como un marrón chocolate… Pero chocolate con leche. Y pienso que le pega. Porque es suave y dulce y…
—¿No te gustaría?
Carraspeo.
—Me gustan las rutinas. Y las rutinas se crean con el tiempo, por lo que, si no avanzara, no existirían.
—Esto que estamos viviendo no es muy rutinario —comenta, con un asomo de sonrisa.
—¿Ah, no? Yo tenía pensado venir a Combarro una vez al mes de aquí al resto de mis días —bromeo.
—Vale —dice de pronto, muy serio—. Trato hecho.
Y esta vez soy yo la que le mira, y la que se sorprende al encontrarse su mano tendida hacia mí.
Las últimas luces del día nos rodean, y pienso que no tengo la culpa de que esta situación parezca tan mágica, teniendo en cuenta el momento, el pueblo en el que estamos y la situación surrealista que nos lleva rodeando desde que salimos de Madrid.
Que el nudo que me envuelve la garganta mientras le estrecho la mano a Miguel, no tiene que ver con nada más que eso. Con el momento. Con la excepción. Con el vínculo que compartimos al tener los dos un propósito semejante. U opuesto, más bien.
«No. No significa nada más. Podemos bromear sobre volver a Combarro, pero, en cuanto él lo arregle con su exnovia, no se cumplirá».
Y me fuerzo a cambiar de tema porque, de alguna manera, este ha empezado a escocerme en el centro del pecho.